38 #3
— Aye , lo haré exaltado de placer. Lady Cumberland, puede subir su pomposa retaguardia a su cabriolé y desaparecer de mi honorable residencia.
Parece que su amiga, lady Valery, ya tiene quien la salve del monstruo que se oculta detrás de la puerta.
—Tras sus palabras le extendió el brazo a Charlotte para conducirla al exterior.
Charlotte miró de soslayo a Valery, quien asintió, para tranquilizarla.
—Si necesitas algo, querida, solo avísame.
Y tú, grandullón, sosiégate. Estás a punto de cruzar la línea conmigo.
Entonces no seré tan amigable. —Dejando el brazo de Broc en el aire y lanzándole una mirada de regaño, continuó hacia la salida—.
Frederick se enterará de que conoces los tratamientos, pero que te niegas a utilizarlos.
—Frederick me conoce bien.
Cuando por fin se retiraron los dos dándoles algo de privacidad, Valery temió que Edward movido por los deseos de protegerla usara algún argumento para disuadirla de traspasar ese umbral. En cambio, él le tomó una mano y depositó en esta la codiciada llave.
—Estoy contigo —brotó de sus labios—. Creo que ambos necesitamos ponerle fin a todo lo que tiene que ver con Theodore y… Errol. Después decidiremos qué hacer con él.
Valery inspiró hondo, metió la llave en la cerradura del pomo y giró.
Tragó en seco y avanzó.
Podía sentir los pasos de Edward a su espalda.
Sus manos volvieron a temblar y comenzó a sentir frío.
—Sigo aquí, mi amor. —Edward le infundió valor, con la frente fruncida, como si lograse entenderla sin necesidad de explicaciones.
¿Quién era Theodore en realidad?
Un demonio con piel de oveja que incluso engañó a un médico tan hábil como Edward.
¿O por qué los Sable lo ocultaron del mundo?
Volteó solo una vez con esa pregunta atravesada, nunca profundizó al indagar sobre la apariencia de Theodore.
Simplemente se hizo una imagen de él muy diferente a la que tenía del huésped misterioso.
Solo hasta que Theo irrumpió en su casa y esperó encontrar a un ser peligroso e inhumano fue que unió a ambos en la misma persona.
Valery no lo pensó más, se introdujo en la estancia.
El hombre joven también se notaba sorprendido, pero era mayor la emoción que se reflejaba en su semblante.
—Valery, deseaba tanto verte de nuevo. —Usó un tono extremadamente educado. No era necesario que le hablara por el título, podía tutearla y dar la sensación de que poseía exquisitos modales.
—¿Theo? —inquirió sin lograr recuperarse de la impresión—. ¿Eres mi primo?
El interpelado bajó los ojos con timidez, como si el contacto humano lo incomodara y, pese a ello, se esforzara por encajar.
—Es una suerte que solo entraran los dos. No me gusta conocer a tantas personas al mismo tiempo. Puedes presentarme a lady Cumberland en otra ocasión. El señor MacKenzie ya se introdujo él mismo.
Valery entrecerró los ojos para estudiar sus rasgos que le parecían tan familiares, sí, definitivamente pertenecía a su sangre. Él había escuchado la discusión al otro lado de la puerta.
—¿Quién te enseñó a tocar piano? —lo interrogó. Había venido para encontrar respuestas.
Mientras, atisbaba de reojo cada rasgo, buscando más señas familiares: Theodore era un poco más alto que el duque de Richmond, el color de su cabello era ligeramente más claro que el de ella, más parecido al de su madre y sus hermanas. Ojos marrones pero no tan oscuros como los propios.
—Mi abuela, y tuve tutores después. —Se mostraba elocuente.
Sin embargo, se notaba un poco nervioso.
Una tímida sonrisa hizo que su rostro pareciera amable, tal como el sonido de su voz.
Fue cuestión de arrancar para que después no se callara—.
Y no solo piano, he practicado con múltiples instrumentos.
Cuando necesites la lista completa puedo dártela.
No sin que me lo pidas. Mi abuela me ha dicho que parezco un loro con la lengua desatada cuando hablo de un tema que me apasiona.
Esa melodía es de mi creación. Tengo… —Iba a explicar que tenía un repertorio, pero fue cortado por Valery e hizo silencio. Ya estaba hablando hasta por los codos.
—¿Por qué irrumpiste en mi casa a deshoras? ¿Pretendías asustarme?
Theodore hizo un gesto de pesar, después se revolvió el cabello con una mano, como si le causara fastidio tener que explicarse. Carraspeó y añadió:
—Quería volver a tocar mi piano, con el que aprendí.
No era mi intención causarte una conmoción…
Jamás te haría daño. Pero pasé años alejado de Londres, desde mis trece y añoraba tanto regresar.
No obstante, jamás olvidaría el camino a casa, por eso fue fácil encontrarlo.
Pensé que mi abuela, quizás estaba ahí. No la he visto desde que enfermó y…
—¿Te refieres a mi piano, mi casa, mi abuela? No entiendo nada. —Ella se llevó ambas manos al cuello. ¿Hasta dónde Theodore fue cercano a su propia abuela? Su mismo padre financió la carrera de Errol, tal vez tuvieron atenciones con Theodore.
Se volvió a Edward en busca de respuestas.