38 #2
Fue entonces que la melodía que solía sonar en el ala oeste de Richmond House volvió a escucharse… La sangre de Valery se le heló en las venas…. Se detuvo. Pero no había llegado tan lejos para quedarse paralizada.
Tenía que volver a encontrarse frente a frente con el huésped misterioso.
La oscuridad de la noche anterior evitó que detallara sus rasgos.
El recuerdo que tenía de él era la figura alta de un hombre, delgado pero atlético. Su rostro permanecía en el enigma, cubierto por las penumbras.
Se lanzó a correr hasta el lugar de donde provenía el sonido.
Colocó una mano sobre el pomo de la puerta y llena de pánico tuvo que soltarlo.
El corazón comenzó a latir acelerado… Y sus manos empezaron a sentirse rígidas, casi no podía abrir los dedos que se cerraban en puño. El zumbido de abejas en sus oídos se fusionó con la música.
—Respira, Valery, respira… —se repitió muy bajo, recordando las palabras usadas por Edward.
Tras varias respiraciones profundas, logró alejar el zumbido en sus oídos y sus manos comenzaron a relajarse.
Seguía teniendo miedo, pero volvió a sujetar el pomo y giró…
No cedió. Y batalló intentando abrirlo llena de impotencia.
Entonces, se acordó que Broc había referido que el sujeto permanecía «encerrado» en el salón de música.
Dio media vuelta, y como esperaba, Broc y Charlotte ya la habían alcanzado.
—Abra, ahora, grandullón… —musitó angustiada.
—No —dijo tranquilo Broc y su boca volvió a convertirse en una línea apretada—. Te dejo hablar con él a través de la puerta.
—Abre ya, testarudo, ¿no la oíste? —instó Charlotte.
—¡¿Quién tiene la llave?! —gritó Valery y se llevó una mano al corazón. Había algo en su cabeza que la atormentaba cada segundo más.
Los ojos de Broc se fueron instintivamente hacia la zona de su chaqueta donde la tenía oculta en un bolsillo interno.
—Da igual quien la guarde, porque no la tendrás —sermoneó con el gesto ceñudo.
Pese a lo anterior, Valery no se detuvo, miró de nuevo a Broc a los ojos, estrenando su semblante más fiero, entendiendo que con aquel hombretón no funcionaban los buenos modales.
—¡Abra de inmediato! —lanzó una orden certera desafiando al escocés.
Las dos mujeres se miraron, decididas a pelear con Broc para despojarlo del artículo que les impedía su propósito.
—No hasta que venga Edward… —sentenció Broc y las miró amenazadoramente con los ojos entrecerrados—. Pueden lanzarse cada una encima de mí, y aún tendré fuerza para alzarlas al mismo tiempo y encerrarlas por revoltosas, hasta que vengan los hombres de cada una y las obliguen a comportarse.
Ellas se ofuscaron y no tardaron en protestar sobre todo por la última frase.
—No necesitamos que ningún hombre nos enseñe modales —lo regañó Charlotte—.
Además, no soy el subalterno de Frederick para que me dé órdenes, soy su esposa.
Es definitivo, añadiremos a la lista de lo que necesitas aprender para encajar en sociedad: mejorar tu forma de comunicarte con las mujeres, o las espantarás a todas.
—Y yo sigo siendo soltera, al menos por ahora, señor. —La frase «su hombre» seguía resonando en su corazón, que se aceleró en pensar en él, en su amor latiendo con una fuerza incontrolable dentro de su pecho.
—Edward Raleigh ya te ha marcado… Lo noté desde que los vi en mis terrenos aquel día que paseaban.
—No soy ganado, por Dios —lo increpó Valery—. Sí, absolutamente esta bestia feroz necesita modales. Ahora, deme la llave y evitaré informarle a mi Edward que usted fue descortés conmigo, Highlander.
Y como invocado por el escocés, el ama de llaves lo anunció.
—Disculpe interrumpirlo, señor MacKenzie, pero el doctor Raleigh lo busca y parece desesperado.
—Qué oportuno. Estaré feliz de dejarle a estas dos ilustres y educadas damas en sus manos —ordenó mofándose de las dos—. Tráelo con nosotros de inmediato.
Cuando Edward apareció ante ellos, el corazón de Valery latió todavía más aprisa.
—Valery —soltó y el alivio iluminó su semblante. Parecía que ni siquiera se percató de que su amigo y las dos mujeres estaban enzarzados en una acalorada discusión—. ¿Estás bien? Vivianne me contó todo. Es una suerte que hayas podido escapar.
Valery corrió a sus brazos y sin importarle la presencia de los otros lo abrazó. Él la revisaba en busca de señales de daño, muy desesperado.
—Estoy bien —lo tranquilizó, mientras contemplaba su rostro lastimado con gran preocupación—. ¿Qué te ha sucedido, mi amor?
—El idiota de Anderson y tu primo llegaron con matones a sueldo… Fueron a mi casa, buscaban a Theo.
Un gruñido de rabia de Broc y un sonido de molestia de Charlotte les hizo recordar que estaban acompañados.
—¿Te duele? —le preguntó con delicadeza, mientras exploraba los moretones y él trataba de sonreír, a duras penas, para no angustiarla.
—Solo un poco, pero no durará… —El labio le punzaba, pero decidió ignorarlo.
Él acunó el rostro de Valery entre sus manos, se perdió en la profundidad de sus ojos.
Y ella al tenerlo tan cerca no se resistió.
Espoleada por el miedo y el desconcierto de lo que pudo sucederle a Edward, estampó sus labios sobre los del varón.
En respuesta, su amado no tardó en rodearla por la cintura y abrazarla con fuerza, y acto seguido se perdieron en un apasionado beso, hasta que él soltó un gruñido porque un tirón del labio le recordó la lesión sufrida.
—No sé qué habría sido de mí si tus padres te hubiesen desaparecido… Te habría encontrado en cualquier lugar del mundo.
—Nadie me apartará de ti… Nadie…
Y se perdieron en un abrazo largo, mientras sus bocas llenas de desesperación se devoraban la una a la otra, sedientas, necesitadas…
El público carraspeó.
—Tórtolos, otro beso igual y el labio hecho polvo terminará más destrozado. —La voz de Broc amenazó con interrumpir, siguieron sus sarcásticas carcajadas que se asemejaban más a gruñidos—. Todavía tenemos un asunto que resolver.
A regañadientes se tuvieron que separar.
—Aún tiene usted una llave que darme, señor MacKenzie —lo encaró Valery que no estaba dispuesta a ceder.
—¿Quieres entrar ahí? —le preguntó Edward sin poder comprender.
Broc asintió antes de que Valery alcanzara a responder.
—Tengo que verlo —pronunció mirándolo a los ojos.
—Déjame hablarle primero —propuso Edward—.
Necesito entender qué está sucediendo. No sabemos si es peligroso.
Podría jurar que no, confiaba en Theodore por eso lo ayudé a escapar.
Sin embargo, que irrumpiera en tu casa de noche me genera tantas dudas…
¿Por qué? ¿Es cómplice de Errol o sigue sus órdenes?
—Tampoco tengo las respuestas. Solo sé que necesito verlo.
Broc gruñó para hacerse notar y pronunció hastiado:
—Edward, dejaré la llave que tu dama trató de arrebatarme con nada de delicadeza y me llevaré a su señoría, la condesa de Cumberland, para que puedan besarse sin espectadores, y resuelvan sus problemas con el pianista intruso que tenemos encerrado.
Las amigas se miraron muy sorprendidas por las palabras elegidas por la bestia feroz, que hasta un minuto atrás había carecido de modales por completo.
De los labios de Valery casi emergió una protesta por el sarcasmo empleado por el escocés, pero como estaba más interesada en que la puerta se abriera, decidió cooperar.
Edward extendió la mano con la palma abierta, con seguridad.
—Deja ese asunto a mi cargo.
Broc le ofreció la llave y después sonrió con cinismo.