38
Valery corrió con todas sus fuerzas. De no haber sido por Vivianne que sirvió de escudo humano entre sus padres, el abominable doctor Anderson y ella no habría conseguido escapar. Su fiel ama de llaves logró retrasarlos y darle una ventaja que marcó la diferencia.
Trató de escabullirse por callejones estrechos para que al carruaje de su padre le fuera difícil seguirla, hasta que consiguió que perdieran su rastro.
Ni siquiera sabía dónde estaba o qué tanto se había alejado.
Lo más lógico habría sido huir a la propiedad más cercana de aquellos que podían ayudarla, Allard House era esa opción, pero se desorientó en su huida.
Cuando se percató de que ya no la seguían, se detuvo intentando recuperar el aliento.
Sentía que iba a desfallecer de tanta debilidad.
Miró a su alrededor y trató de ubicarse.
Se dio cuenta de que la casa más cercana donde podía pedir auxilio era Cumberland Place.
Aún tomaba aire sosteniéndose de una columna, tratando de reunir las fuerzas para continuar. Estaba a punto de conseguirlo.
Se aproximó por la entrada de los sirvientes. Una doncella al ver el estado en que se encontraba la hizo pasar de inmediato.
No tardaron en conducirla al saloncito del ama de llaves de la propiedad.
—¿Milady, sucede algo? —Le asombraba que no se hubiese presentado por la entrada principal.
—Estoy muy agotada. Necesito ver a lady Cumberland —dijo para referirse a su amiga Charlotte, esperando que pudiera ayudarla. Apenas podía hablar.
El ama de llaves ordenó a la doncella que le sirviera agua de inmediato, y ella misma le acercó una silla. Después le comunicó:
—Los condes no se encuentran.
—Necesito un caballo, un carruaje, después hablaré con su señoría. —Casi temblaba. ¿Cuánto había corrido?
—¿Por qué no sube a descansar a una habitación de invitados? ¿Llamo a un médico? ¿Tiene usted una emergencia?
—El caballo —dijo casi sin fuerzas.
El rostro de la mujer parecía angustiado, como si tomar la decisión fuera todo un debate interno.
Fue una suerte que el ama de llaves valiéndose de los lazos comprobados de amistad entre Charlotte y Valery decidiera ayudarla, concluyendo que sería lo que la condesa haría.
Tras brindarle té con azúcar y leche tibia, la puso en un modesto carruaje que ella misma usaba para sus recados, directo y sin escalas al sitio sugerido por la joven dama.
Valery había escuchado, la noche anterior, a Edward cuando le dijo a Cailean MacAlister que llevara al huésped misterioso a Watherby House, la propiedad donde vivía el otro escocés que frecuentaban sus amistades cercanas.
Descansó recostada a lo largo del asiento en el trayecto a las afueras de Londres, donde se extendía la magnífica propiedad.
Tras arribar se alisó el vestido y con una mirada condescendiente se despidió del cochero, a pesar de que el hombre insistió en esperarla.
Pero antes de poner un pie sobre los escalones de acceso a la entrada, el cabriolé de Charlotte irrumpió con estruendo a todo galope.
—¡¿Charlotte?! —la llamó volviéndose de espaldas a Watherby House.
—Llegando a casa me avisaron que estabas en problemas. ¿Por qué no esperaste por mí?
—No sé cuánto tiempo me queda antes de que mi padre logre capturarme. Creo que decidió encerrarme, llevarme lejos. Se atrevió a contratar a un médico funesto que pretendía dormirme para trasladarme.
—¿Pero el duque de Richmond ha perdido la cordura? —Entonces se acordó de su propio padre, quien en el pasado fue mucho más enérgico a la hora de imponerse—. Ya estoy contigo, sobre mi cadáver te llevará a alguna parte.
—Sabe que Edward y yo nos reconciliamos… —Estaba a punto de explicar lo del intruso, pero Charlotte no la dejó terminar.
—¿Y por qué me perdí ese desenlace? Vamos, hablemos adentro. Broc es mi amigo, y el ama de llaves no tardará en conducirnos hasta él. —De pronto, le surgió otra duda—: ¿Y por qué en tu huida has venido a Watherby House si podías recurrir a cualquiera de nosotras?
—Hay alguien aquí que necesito ver de nuevo.
—¡¿En la casa de Broc?!
El antes mencionado abrió con brusquedad la puerta principal lanzando maldiciones en todas las direcciones, mientras parecía echar rayos y centellas por los ojos.
Su ama de llaves permanecía detrás, como si en el camino hacia la puerta para atender a quienes habían arribado en los carruajes, el dueño de la propiedad la hubiese detenido para ocuparse en persona.
Pero se quedó allí por si era necesaria.
Tras una seña del escocés, la señora se perdió en el interior de la casa.
—¡¿Quién demonios se atreve a crear tal alboroto en la entrada de mi residencia?! —Cuando se percató de que era Charlotte y una de sus amigas, su semblante iracundo dio paso a una expresión de fastidio.
Valery se contuvo, aquel hombre de modales bruscos siempre le había causado cierto recelo. Pero Charlotte la tomó de la mano y en tromba se dirigieron al interior de la propiedad sin importar los gruñidos del dueño.
—Broc parece una bestia feroz, pero no muerde. —Fue la frase que usó la temeraria pelirroja para tratar de ignorar los reclamos del enorme escocés.
—No he llegado hasta aquí para que una bestia feroz me detenga. Eh, Highlander —lo llamó como había escuchado en el pasado que lo hacían sus amigos.
—Dime, muchacha —soltó con rudeza y hartazgo Broc MacKenzie clavándole su mirada tan afilada como una espada.
—Oh, Broc, no seas salvaje. Debes dirigirte a ella como milady o lady Valery, no son íntimos —intervino Charlotte en tono mandón, ganándose un gruñido de Broc cuya escasa paciencia ya había sido rebasada.
—Dios me libre —murmuró Valery con una ceja alzada.
— Och , eres un incordio, mujer —soltó el varón en dirección a la escocesa y exhaló con fuerza—. ¿Qué deuda tengo que pagar en esta vida que siempre te metes en problemas y terminas golpeando mi puerta?
—Puedes llamarme Charlotte y solo porque eres un viejo amigo de mi hermano, de lo contrario, sería lady Cumberland lo más apropiado —lo sermoneó, le encantaba buscarle la lengua. Llevaban tiempo tuteándose.
—¡¿A quién llamas viejo?! —Su voz sonó tan gutural que a Valery la puso sobre alerta. Si Charlotte seguía sacando de sus casillas a la bestia feroz no lo podría convencer de volverse su aliado.
—¿Cómo deseas que te diga, jovenzuelo? —bromeó Charlotte consiguiendo irritar más al hombre.
—Desde que te casaste con el Látigo se te ha contagiado lo de ser estirada, pelirroja del demonio.
—Deberías aprovechar lo estirado de mi querido esposo para nutrir ese comportamiento que deja mucho que desear, Highlander. Así no vas a casarte jamás.
—¡Alto los dos! —ordenó Valery al ver que la diatriba no tendría fin—. He venido, señor MacKenzie, a entrevistarme con el huésped misterioso.
Broc arrugó el entrecejo mirándola sin comprender a qué se refería.
—No te entiendo, nighean .
—Highlander, sigue siendo informal que le digas «niña» en gaélico escocés.
—Charlotte entrecerró los ojos ante la palabra que significaba niña o hija, pero que se usaba para dirigirse a mujeres jóvenes en el habla coloquial.
Broc era incorregible, ahora quería saltarse los tratamientos en su lengua natal.
— Boireanach óg , ¿estás hablando del hombre que trajo Cailean, el que se coló sin permiso en tu residencia? —continuó el escocés ignorando los reclamos de Charlotte, quién puso los ojos en blanco.
—Sigues sin llamarla: milady. El término «mujer joven» en gaélico escocés es más formal, pero continúa sin ser apropiado para dirigirte a una dama.
— Lassie , ¿me contestas la pregunta? —le inquirió a Valery en scots (escocés) , usando una palabra que se traducía como «muchacha o muchachita». Broc gruñó decidido a salirse con la suya en la lengua que fuera.
—Sí, a ese me refiero —atinó por fin Valery antes de que la discusión entre aquellos fuera eterna.
—Está encerrado en el antiguo salón de música de la propiedad.
No deja de tocar el maldito piano. Si no fuera porque Cailean me dijo que lo resguardara hasta que Edward viniera a buscarlo, te rogaría para que te lo lleves ahora mismo.
Me está enloqueciendo con su música melancólica —confesó realmente agotado—.
Ni siquiera he tenido que usar la fuerza.
Creí que tendría que amordazarlo, amarrarlo y darle un buen escarmiento, pero ese muchacho no parece una amenaza.
—Voy a verlo…
—No hasta que Edward lo autorice… —la previno.
Broc MacKenzie como una muralla de casi dos metros, de músculos duros forjados por el rudo trabajo se interpuso.
—Escuche, señor Highlander, estuve toda mi vida obedeciendo a los que me decían qué hacer… Y eso se terminó, así que no me provoque. Quítese del medio.
Como un huracán de resolución continuó avanzando.
—Ya veo que no tienes intenciones de frenar.
—Broc podría haberla detenido fácilmente, pero prefirió no hacerlo.
Le agradaban las mujeres decididas, por eso se llevaba tan bien con Charlotte—.
Te seguiré por si el ladrón saca sus garras.
Cailean lo trajo asegurando que es peligroso.
Pero no me parece que tenga intenciones de atacar.
—Más te vale, Highlander, si tocas a mi amiga las dos te saltaremos encima como dos tigresas. —Charlotte lo previno con una mirada mordaz.
Broc curvó la boca en una sarcástica sonrisa.
—Eso resultaría muy desafortunado. Jamás levantaría la mano contra una mujer. Sería una lucha muy desigual.
—¿Lo dices por ti, Highlander? Seguro llevarías la de perder.
Valery echó una mirada hacia atrás, donde Broc y Charlotte se habían quedado por seguir enfrascados en aquella tonta discusión. Lo que ella aprovechó para avanzar por las estancias de la propiedad en busca del salón de música.
En su camino se tropezó con el ama de llaves y decidió preguntarle.
—¿El salón de música?
La mujer no era de pocas palabras, pero se quedó muda. Era como si no estuviese segura de si debía responderle o no lo que le pedía.