Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 37 #2
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—No sabes nada, Raleigh. ¡Nada!

—¡¿Quién vigilaba la casa de Valery, tus esbirros o los del duque?!

Edward lo sujetó por el cuello y lo aventó contra uno de los enormes jarrones chinos del recibidor que terminó hecho pedazos.

—¡Nada! —repitió Errol llevándose las manos a la garganta.

—¡Situaste a tus monigotes en el lugar equivocado, por eso volviste a quedarte sin carruajes!

Dos voces masculinas comenzaron a lanzar palabras altisonantes, parecían repeler el ultraje de Anderson y sus secuaces. Edward reconoció que se trataba del médico que contrató y el secretario.

La señora Bates armada con una escoba y las dos mucamas ya estaban bajando, profiriendo gritos amenazantes, tras recuperarse del susto, muy envalentonadas.

Desde los consultorios, Anderson y los dos hombres que todavía seguían en pie aparecieron al no encontrar ni a Theodore, ni los documentos que buscaban.

—Perdemos el tiempo aquí —soltó Anderson en dirección a Errol—. ¡No hay absolutamente nada! Debe tener al muchacho y los papeles robados escondidos en otro sitio.

Edward vio al individuo que lo había golpeado salir tras de Anderson y no dudó en cobrarle la ofensa.

No tardó en enzarzarse con él en una pelea cuerpo a cuerpo, mientras el secretario y el otro médico se lanzaban contra los otros dos atacantes que aún no se recuperaban de los golpes propinados por Edward.

—Vámonos, no tiene caso seguir aquí con esta horda de dementes —masculló Errol ordenando la retirada.

Edward enarcó una ceja, nunca dudó de que era él quien estaba al mando.

Los tres matones al ver que las enfermeras también se sumaron a la carga y la situación se salía de control, corrieron hacia la puerta.

La señora Bates, cantando victoria, lanzó escobazos a diestra y siniestra contra el doctor Anderson, mirándolo fijamente llena de resentimiento, mientras le advertía de no volver a aparecerse por allí.

—¡Fuera de una vez, horrible monigote, y no se le ocurra acusar de nada a mi querido doctor Raleigh! —le increpó el ama de llaves en un alarido amenazador.

Antes de que se escabulleran, Edward hecho un infierno de ira agarró a Errol por la pechera y lo estampó contra la pared. Las mujeres gritaron ante tal proyección de violencia.

Lo sujetó un par de minutos mientras los dos se miraban con el odio fluyendo.

Ambos tenían constitución similar, forjada por el duro puesto que conservaban dentro de sus respectivas regatas.

Ardía en deseos de darle una paliza que lo dejara sin caminar un par de semanas, sabía exactamente dónde golpear para impedirle volver a remar en su vida.

Pero pensaba en Valery. Darle su merecido a Errol dificultaría las negociaciones con el duque de Richmond.

Quería desposar a la que ya consideraba su mujer, y necesitaba hacerlo cuanto antes.

Errol, a pesar de su fuerza física similar a la suya no se defendía, solo se reía irónico. La rabia de Edward escaló a niveles insoportables, pero aún estaba en control de sí mismo. Una lucha pugnaba en su interior entre su parte racional y su instinto más primitivo.

—¿Vas a besarme? Lo que me faltaba, Raleigh. —Errol diría lo que fuera para llevarlo a los extremos.

Edward entendió que quería provocarlo para que lo golpeara más y tener elementos contundentes para acusarlo. Ya cientos de espectadores lo habían visto agredirlo durante la carrera de botes, era un antecedente.

—¡Eres un intruso en mi casa! ¡Un pequeño detalle que se te está olvidando!

—Yo solo he venido a preguntar si sacaste sin autorización a un paciente bajo mi cargo y tú y tu séquito de delincuentes han dado muestras de sus modales.

—Hay testigos, no llegaste solo, menos con buenas intenciones.

—Diré que mientes, que todos mienten. Acompañé al doctor Anderson con la única intención de preguntar.

Es la palabra de tu medicucho de quinta, tus sirvientes y la tuya contra la de un vizconde de conducta moral intachable y un médico respetado.

Tu hermano es conde, pero mi padrino es duque.

Tengo al deán de Westminster comiendo de mi mano.

Además, tú ya eres famoso por tu escaso autocontrol hacia mi persona. ¿Quieres probar quién es más fuerte?

Edward lo aplastó más contra la pared, con la mandíbula tensa…

Mas no era el camino que deseaba recorrer. No era un ser tan mezquino y bajo como Errol. No quería valerse de sus conexiones para ajustar cuentas… Le cobraría cada ofensa en el lugar y el momento apropiados, cara a cara, frente a frente y, sobre todo, sin intermediarios.

—¡Lárgate y no olvides mis advertencias, Errol! ¡Aléjate de Valery!

Cuando Errol y sus acompañantes se fueron, todos decidieron ponerse a ordenar el estropicio. Edward intentó explicar a medias la situación, pero no sabía cómo hacerlo sin mentir, sin omitir algo que lo vinculara con la sustracción de Theodore, con su relación con Valery.

—No tiene que buscar justificaciones para lo ocurrido. Sus enemigos son también los míos —enfatizó el secretario tomando la iniciativa.

La lealtad de la señora Bates no necesitaba quedar asentada, tampoco la de las demás criadas, incluyendo la que Edward había librado de las garras de los Richmond.

—Seguro lord Sable informará a los duques que usted trabaja ahora aquí. Me ocuparé de buscarle una posición segura en la casa de alguno de mis amigos o de mi hermano —le dijo a la doncella acusada en falso del robo del dinero de Valery. La joven asintió aliviada.

—Estimado colega, estamos en el mismo equipo. Sobran las explicaciones. Me encargaré de adecentar el consultorio y la enfermería con ayuda de las enfermeras, antes de que venga el primer paciente —agregó el médico que Edward había contratado, quien lo admiraba y lo veía como un referente.

La señora Bates se quedó con él cuando todos se fueron.

—¿Mando aviso a la policía, doctor? —inquirió con la escoba en la mano, respirando agitada, después de tanto alboroto.

—No —soltó seco, mientras se palpaba el labio roto.

—¿A su hermano?

—Menos, no quiero alarmar a nadie. Las damas de mi familia entrarían en pánico y ahora debo concentrarme en componer el desastre.

—Pero, doctor, temo una represalia. Esos hombres lo odian. ¿Por qué tuvo que traer a Theodore?

—Yo me ocuparé de calmar las aguas, señora Bates, y no se preocupe más, no volverán a sorprendernos con la guardia baja. Reforzaré la seguridad de la propiedad. Ahora debo salir.

—¿En ese estado?

—Mande a mi secretario con un aviso para el director de Bethlem. Que le informe de lo sucedido en persona. No quiero intermediarios. También hágale saber que hoy no podré presentarme.

—Como ordene, doctor. Por favor, no salga. Tengo miedo de que lo sigan y lo ataquen de nuevo…

—Sé cuidarme, señora Bates.

Una de las criadas llegó a tiempo con su maletín, Edward no dudó en tomarlo, nunca estaba de más.

—Al menos cúrese antes de salir —rogó la señora Bates.

Edward solo tomó un pañuelo del interior de su chaqueta gris oscura y lo pasó por el rastro de sangre de su rostro. Por lo pronto, sería suficiente. No tenía tiempo que perder.

Con mil ideas en mente buscó su caballo, él mismo le colocó las riendas y la silla de montar, tras asegurar bridas y amarres se subió de un salto rumbo a Skylark Nook.

Agitó al animal y partió a todo galope por las calles adoquinadas que resonaban bajo los cascos de su montura.

Tras esquivar carruajes, transeúntes y seguir atajos para dirigirse por el trayecto más corto pudo llegar en una pieza a la casa de Valery.

La puerta de la residencia permanecía cerrada y no dudó golpear la aldaba con violencia, desesperado, con los latidos más desbocados que los de su propio corcel.

Vivianne, sobresaltada, abrió la puerta con Honey en brazos que lanzó un dulce pero estridente wof , como si tratara de alertarlo del destino de su dueña. Valery no iría a ninguna parte dejando a su fiel compañero detrás.

—Gracias a Dios es usted. —En cuanto se percató de los estragos en su labio roto y un pómulo inflamado y amoratado, se llevó una mano al pecho, temiendo lo peor—. ¿Qué le sucedió, doctor?

—¿Dónde está Valery? —Sus ojos estaban fijos en el perro y cualquier gesto de la mujer que arrojara respuestas.

—¿No viene con usted? —Su rostro era una prueba fehaciente de la incertidumbre, mientras se aferraba más al can.

—No la he visto desde que salí huyendo de aquí.

—Sus padres convocaron a un médico con la intención de sedarla y llevársela a la fuerza. Lo saben todo, que usted pasó la noche aquí. Nunca vi a su excelencia perder los estribos de esa forma.

—¡No! ¡¿La condujeron a Richmond House?! —Se llevó ambas manos a la cabeza, tratando de llenar sus pulmones al máximo para mantener la calma que necesitaba en ese instante. La rabia podía cegarlo, y sería contraproducente.

—No lo creo. Traían el equipaje de Valery.

—¡¿Entonces, a dónde!?

—No. No lo consiguieron —soltó muy agitada—. ¡No pudieron subirla a ese carruaje! Por eso no me he movido de aquí aguardando razones. Los duques también pretendían llevarme. Solo Dios sabe qué oscuros propósitos perseguían dejando a lady Valery en manos de ese doctor Anderson.

A Edward le hirvió la sangre cuando escuchó el nombre del médico solicitado por los duques.

—Dime algo más, necesito saber dónde puedo encontrarla.

—Lady Valery luchó con uñas y dientes. Mordió a su excelencia en la mano con la que la sostenía.

Pateó al doctor en sus partes nobles y le propinó un puñetazo en el ojo que me dejó sin aliento.

No sabía que una dama inglesa podía pegar así.

Ella huyó. Milady escapó. Creí que iría a reunirse con usted.

Edward recordó el ojo hinchado de Anderson y soltó un grito lleno de rabia. De haber sabido lo que aconteció no lo habría dejado salir de su propiedad.

—Cuida a Honey, la traeré de vuelta. —Acarició la cabeza angustiada del perrito y tras una última mirada al rostro suplicante de Vivianne partió a buscarla.