Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 37
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Edward tuvo que pasar a su casa a prepararse para la jornada.

Era imposible presentarse así en Bethlem.

Se terminó de vestir mientras bajaba las escaleras de servicio y se calzó en la cocina, antes de escabullirse.

Nunca había experimentado esa clase de aventuras, debía arreglar la situación con Valery cuánto antes.

En su corazón no podía latir más fuerte el amor, la esperanza y los deseos de permanecer a su lado para siempre.

Salvo por la espinita de angustia que lo atormentaba por abandonar a Valery en aquella vergonzosa situación, sentía la seguridad de que nadie los separaría. No cuando se procuraban con la misma pasión.

La señora Bates no tardó en percatarse de su presencia, llevaba rato esperándolo, preguntándose qué había sido del médico tras irse la noche anterior.

—Estaba a punto de mandar un mensaje a Allard House para avisar de su desaparición.

Me tenía tan preocupada —lo sermoneó al verlo llegar en ese estado—.

¿Deambuló toda la noche buscando a Theodore sin apellido, doctor?

Me preocupa su aspecto. Parece que le pasó una locomotora por encima. ¿Y así, sin dormir, irá a trabajar?

—Voy a cambiarme, señora Bates, el tiempo es oro. Después tomaré un café y algo rápido de comer. Estoy a punto de llegar tarde si no me apuro. Hoy no puedo permitirme retraso alguno. En la noche hablaremos, aunque no hay mucho qué decir.

—Sus alimentos están listos. Veré que los sirvan de inmediato.

Cuando llegó a su habitación se desvistió para asearse y cambiarse el atuendo. Al reparar en los puños dobles de su camisa de lino percibió que olvidó sus gemelos en la casa de Valery. Rogó porque su madre no los hubiese descubierto en sus aposentos.

Se aseó profusamente, poniendo especial atención al afeitado y se alistó con ropas limpias a toda prisa.

Seguía pensando en ella, y sintiéndose terrible por haberla dejado justo cuando debía enfrentar a los duques, pero Valery no le dio otra opción.

Estaba muy mortificado sin saber qué suerte había corrido.

Iría al mediodía sin falta, al hacer el cambio del asilo al hospital.

Bajó apresurado los escalones y tras sentarse a la mesa con el estómago crujiendo por el apetito, alguien llamó tan enérgicamente a la puerta que lo escuchó arriba.

El ama de llaves lo miró llena de reproches.

—Usted desayune. Siempre lo interrumpen y no lo dejan alimentarse como es debido. Tal vez es el ensimismado que ha decidido volver.

—Ya he pedido que no lo llame así, y no lo creo. Di instrucciones claras de qué debían hacer con él. Podría ser una urgencia, un paciente. El médico que me sustituye en mi consultorio aún no ha llegado.

—Las enfermeras ya están ahí. ¿Por qué el paciente llamaría a su puerta y no a la de los consultorios?

Edward se llenó los pulmones a toda prisa y abandonó la mesa, un sobresalto lo inquietó, más de lo que ya lo estaba por los acontecimientos de la mañana.

Podía ser Valery, o Vivianne para pedir auxilio para la primera.

Algo no había salido bien con la visita de los duques, posiblemente.

¿Cómo se le ocurrió que podía ser de otra forma?

—Abriré de inmediato —ofreció la señora Bates.

—No, seré yo quien atienda la puerta.

—¿Pero hoy tampoco va a desayunar?

Bajó con rapidez los escalones hacia la primera planta y abrió a quien llamaba como si fuera el dueño de la propiedad.

Su rostro reflejó perplejidad al ver ante su puerta al doctor Anderson acompañado de Errol Sable.

El primero traía un ojo inflamado que casi no podía abrir; no obstante, nada lo detenía.

El segundo miraba a Edward con un gesto inescrutable.

No venían solos, cuatro hombres más con cara de asesinos a sueldo los acompañaban.

Miraban nerviosos de un lado al otro de la calle, como si buscaran cerciorarse de que nadie los vio golpear con violencia la puerta de la casa.

Era muy temprano, escasos carruajes desfilaban por la vía, y pocos transeúntes caminaban por ahí. La mayoría de los negocios aún no habían abierto sus puertas.

Lo empujaron hacia adentro del recibidor con violencia y cerraron tras de sí.

Edward trató de esquivarlos, pero tres de los hombres lo amagaron, intentando someterlo a toda costa, aunque él se defendía lanzando patadas en distintas direcciones.

El cuarto rufián aprovechó que los otros tres lo sujetaban por los brazos y la espalda y tras una mirada altiva de Errol —a modo de orden—, lo golpeó tres veces seguidas en el rostro, con la misma destreza de un boxeador de los bajos fondos, acostumbrado a las peleas sucias.

—¿Dónde está Theodore? —interrogó Anderson, quien parecía el cabecilla del ataque. Pero Edward sabía que no era así.

Errol se mantenía alejado, en silencio.

—En Bethlem —respondió con los dientes apretados.

—No lo creo.

—Busca en el lugar equivocado. Sabía que usted era propenso a la violencia y también un cobarde, uno que no se atrevió a venir sin escoltas.

—Tú lo ayudaste a escapar. Para nadie es un secreto que simpatizabas con el muchacho.

—¿Qué le sucedió en el ojo, doctor Anderson? ¿Se tropezó con la puerta?

Edward escupió saliva mezclada con sangre en el amargado rostro de su contraparte.

Anderson sacó un pañuelo blanco impoluto y se limpió.

—No sabe pelear limpio, Raleigh. Es asqueroso —se quejó Anderson.

—¿Así como pelea usted, idiota? —contraatacó con ironía.

Edward no se daría el lujo de mostrarse superado y fuera de control, aunque el número fuese desigual.

—Buscaré en todas las habitaciones —masculló Anderson y le hizo una seña a otro de los secuaces para que subiera con él, mientras continuaba indolente, complaciéndose de ver a Edward sometido, tratando de liberarse.

Cuando Anderson y uno de sus esbirros subieron a revisar el resto de las estancias, Edward escuchó a la señora Bates gritar asustada por la invasión, mientras trataba de oponerse a la incursión de los recién llegados.

—¡Señor, ¿cómo se atreve a irrumpir así en un hogar decente! Llamaré a la policía.

—¡¿Dónde esconden a Theodore, señora?! —vociferó Anderson desde arriba—. La policía encerrará a su doctor y no ejercerá nunca más. Sustraer a un paciente también es un delito.

—¡Calumnias! —La mujer encaró a Anderson—. ¡El doctor Raleigh jamás cometería un acto repudiable!

—¡Última vez! ¡¿Dónde esconde a Theodore!?

—¡No sé de qué está hablando, aquí no va a encontrar a nadie más que el servicio, malnacido!

Edward dejó de forcejear cuando entendió qué solo venían por Theodore, no lo hallarían en la propiedad. Prefirió mostrarse sereno porque se irían como llegaron: con las manos vacías. Ya ajustaría cuentas con Anderson y, por supuesto, con Errol.

—¿Por qué tan interesado en un paciente de Bethlem, Sable? —inquirió con sarcasmo devolviéndole la ferocidad de la mirada.

—No es asunto tuyo, Raleigh. —Errol contestó ajustándose los guantes de cuero.

—No sé qué hacen aquí. No tengo nada que ver.

—Un joven con la descripción de Theodore llegó cerca de la medianoche a Skylark Nook, amarró el caballo a un poste y se coló por una ventana. Después te vieron a ti y a otro hombre ingresar por la puerta principal de la propiedad.

A Edward lo recorrió un escalofrío. El maldito sabía que había pasado la noche con Valery. Apretó los dientes. ¿Por eso irrumpieron en la mañana el duque y su esposa?

—¿Está muy activo durante la madrugada? —inquirió para obtener más datos.

—No, yo no, a diferencia de ti. Tus jueguitos nocturnos deben acabar. Para de destrozar mis carruajes.

—¿Tus carruajes? —¿Por qué hablaba en plural?

—Encontraron el landó, que acababa de comprar, en llamas en un paraje lejano de Hyde Park —informó iracundo.

Edward enarcó una ceja, los primos escoceses eran imbatibles—.

Y la inepta policía no tiene pruebas para acusarte.

Sustraes pacientes, destruyes propiedad privada, me robas a mi prometida y la vuelves indecente.

—Ella jamás fue ni será tu prometida. —Lo miró con la misma furia.

—¿Todo porque manipulé el maldito asiento del bote? Lo admito, pero deja de entrometerte en mi vida.

—Tarde, los jueces no pueden cambiar a estas alturas el veredicto de la competencia. Pero ya me da igual. —Solo le importaba Valery.

Anderson y el otro hombre no tardaron en bajar. Dejaron la discusión y se concentraron en él.

—No hay rastros de Theodore. Tampoco de los expedientes, ¿dónde los esconde?

—No tengo idea de qué está hablando —articuló bajo Edward, simulando aburrimiento. Fue una suerte que el doctor Jackson hubiese decidido quedarse con los documentos.

—Nos falta revisar los consultorios. Tal vez lo oculte ahí. Necesitaré refuerzos.

Uno de los tres hombres que sujetaban a Edward se sumó a Anderson y su acompañante por la puerta que conectaba la casa con los consultorios. Pero él tampoco opuso resistencia, decidió aguardar.

Cerró los ojos, encabritado, al oír a las enfermeras gritar asustadas por la intromisión. No escuchó voz masculina más que las de Anderson y sus aliados, así que concluyó que el secretario aún no había llegado.

Exhaló su rabia con la cabeza gacha, y tras unos segundos en que respiró hondo, calculó sus posibilidades. Cuando sus captores bajaron la guardia, vio una oportunidad y la aprovechó.

Con un rápido movimiento le dio una patada en las partes nobles a uno y un cabezazo en el rostro al otro, dejándolos fuera de combate en el acto.

Después encaró a Errol:

—Parece que estamos solos, es un trato más justo.

Errol reaccionó con rapidez viendo que perdía ventaja y le lanzó un golpe al rostro que Edward esquivó con precisión.

Sin darle tiempo a repetir el ataque, Edward le asestó un puñetazo en el abdomen que lo hizo toser.

—¡Que sea la última vez que se te ocurra venir a mi casa con tus matones a imponer terror, maldito! ¡Y no te atrevas a molestar a Valery, menos a lastimarla porque te perseguiré y te haré mucho daño!

Errol comenzó a reír a carcajadas, con dificultad, sosteniendo su abdomen, mientras intentaba recuperar el aliento y se ponía en guardia para repeler la ofensiva de Edward.