36 #3
Era una suerte que la caldera funcionase a la perfección y que no hubo necesidad de invertir dinero en repararla, no le habría alcanzado. Pero carecía de mezcladores modernos como los de Richmond House donde el agua llegaba tibia.
Vivianne era quien solía subirle el agua caliente, pero era evidente que tenía algo más importante que resolver.
Para su fortuna, Vivianne no tardó en llegar con una jofaina llena de agua a una temperatura más soportable. Y mientras se aseaba con rapidez, el ama de llaves le comunicó que Edward había tenido éxito en la fuga. Con prisa la asistió para que se adecentara.
—Oh, gracias por el agua. Me estaba congelando. ¿Le diste algo para desayunar a…? —Se preocupó por él. Encima habían dormido poco.
—No hubo tiempo, con dificultad logró ponerse la ropa mientras saltaba de dos en dos los estrechos escalones del servicio.
Vivianne le pasó el jabón, después los polvos dentífricos con aroma a menta y clavo de olor.
—Estará todo el día fuera trabajando y no probó bocado —se lamentó.
Tras secarse corrió a buscar un vestido.
Vivianne la siguió y la ayudó a colocarse cada prenda en orden, poniendo especial énfasis en ceñir el corsé como a la duquesa le gustaba y en ajustar el polizón a la altura de moda. Sabía que era mejor no contradecir en nada a su excelencia para que Valery saliera bien librada de la visita.
—El doctor sobrevivirá. Dé gracias al cielo de que se salvó de ser descubierto y retado a duelo por su padre. Por un minuto pensé que su excelencia acudió a la propiedad porque alguien le dio aviso de que el doctor pasó la noche aquí. Pero no parece ser ese el asunto que lo ha traído.
—Gracias a Dios. ¿Y Honey?
—Lo dejé al cuidado de la cocinera hasta que se vaya la visita. Ya comió. Haré algo rápido y decente con su cabello —propuso y Valery le agradeció con la mirada. Cuando la mujer terminó, añadió—: Está lista para enfrentarse a las fieras.
—¿A las fieras? Estás desatada, Vivianne. —Le guiñó un ojo, jamás se había referido así a los duques en presencia de Valery, pero aquella no lo reprobó.
La sonrisa se borró de sus labios al llegar a la sala de estar y ver a su tía instalada en el sofá, con su bastón en una mano. Junto a ella había dos enormes maletas.
—¿Tía? —preguntó a medio camino hacia el estudio.
—Querida, ¿tanto te ha sorprendido mi visita? Te has quedado pasmada.
—No es eso, es solo que… Pensé que por su delicada salud no hacía visitas sociales. Y, últimamente, usted ha estado más activa de lo esperado —Tanteó el terreno sin quitarle los ojos al equipaje—. ¿Sabe que vivo con lady Bonnie Severn?
—Lo sé —dijo con una mueca de disgusto—. Parece que no te agrada que tenga fuerzas para cumplir con mi obligación y acudir en tu rescate. Aunque me sigo sintiendo terrible. Es un gran esfuerzo el que hago.
—Mis padres aguardan por mí en la oficina. —Seguía sin entender qué significaba el equipaje, pero con un mal presentimiento.
—No los hagas esperar.
La miró de soslayo antes de proseguir. Cuando atravesó el umbral de la puerta de la oficina se encontró a sus padres allí.
Helen estaba recostada al alféizar de la ventana, y estudiando las mejoras que necesitaba aquel espacio.
Richmond ocupaba el puesto que le correspondía a Valery como directora, en vez de una de las dos butacas para los visitantes.
Carraspeó al estar frente a ellos y el duque exhaló mortificado mirándola a los ojos. Ni siquiera se puso de pie como correspondería a un caballero al verla entrar.
—Siéntate, la conversación será larga —adelantó Richmond señalando con el mentón hacia la butaca de la izquierda.
—Lo haría, pero usted ha decidido ocupar mi lugar —lo retó sin temor. Si cejaba su padre tomaría el control y ella no estaba dispuesta a bajar la cabeza ante su autoridad.
—Qué osadía, hija. ¿Cómo te atreves a hablarme así?
—¿A qué ha venido, padre? Si no lo hizo cuando abrí la escuela.
—¿Qué sucedió aquí anoche? Fui informado de que un hombre irrumpió en la propiedad y que más tarde llegaron dos más, y que hubo gran alboroto. ¿Sabes qué ocurriría si la Corona tuviera conocimiento?
—Padre, ¿se atrevió a vigilarme? —Se llevó la mano al pecho. ¿Qué tanto le habían informado? ¿Sabría que Edward pasó toda la noche ahí?
—Sé que uno era el doctor Raleigh. —Una mezcla de furia contenida y vergüenza desfilaba por su rostro—. Dime, insensata, ¿quiénes eran los otros dos? Sobre todo, ¿cómo se llama el más joven, el primero que llegó?
—No puedo creer que se atreviera a mantener mi casa vigilada —protestó con los brazos cruzados sobre el pecho para ganar tiempo, mientras miraba a su madre a los ojos, quien se mantuvo callada. ¿Qué tanto sabían aquellos dos?
—¡¿Y todavía reclamas?! —Richmond se levantó hecho una furia y la tomó con fuerza por el brazo mientras la sacudía, intentando sacarle las respuestas que había ido a buscar—. ¿Cómo se llama ese joven y qué relación tiene contigo?
—Está muy interesado en ese joven, padre. Respóndame usted por qué…
Unos pasos enérgicos a su espalda la alertaron de la presencia de alguien más. Lamentó que para esa hora ya Bonnie hubiese salido hacia English Roses School, de lo contrario, habrían unido esfuerzos.
Una voz conocida la hizo dar media vuelta para quedar frente a frente, logrando zafarse del agarre de su padre:
—Cuánta decepción, Valery, cuánta decepción.
Errol Sable no lucía su habitual semblante condescendiente, aquel que fingía para lograr sus propósitos. Ninguna máscara disfrazaba la verdad de su alma que se traslucía en cada gesto, en cada inhalación, en su mirada de desprecio…
Y sin más palabras, sin exigir más explicaciones compartió un gesto cómplice con el duque y salió lanzando maldiciones.
A Valery su comportamiento le hizo sentir un sobresalto, la conducta de Errol parecía impulsada por un fuerte motivo, y sus pasos alejándose de Skylark Nook perseguían un propósito. ¿Pretendía ajustar cuentas con Edward?
Se levantó de su silla y corrió detrás, interrogándolo:
—¡¿A dónde vas Errol?! —le gritó al llegar al salón, pero el vizconde iracundo no se volvió para contestar.
Decidida quiso seguirle detrás; sin embargo, la voz de su tía le recordó que continuaba allí.
—Oh, Valery, tus modales… Invertí tanto tiempo en ti para semejante resultado. No puedes olvidar que eres la hija de un duque.
—Tía, ¿y ese equipaje? ¿Pretende quedarse en mi casa? —preguntó tratando de encajar todas las piezas del rompecabezas, muy confundida. Era probable que sus padres quisieran tenerla vigilada, ¿y quién desempeñaría mejor esa misión que la tía Gertrude?
—No, querida, son tus pertenencias. Saliste de casa prácticamente sin nada. De hecho, tu atuendo de hoy deja mucho qué desear. Es tan modesto.
—Es lo que pude comprar… ¿Trajeron mi ropa?
La tía negó mortificada.
—Debes vestirte como lo que eres, miembro de una de las familias nobles más influyentes del reino. Eres una rosa inglesa, no una florecilla de campo… —De inmediato, recordó el comité que su sobrina conformaba con sus amigas y se arrepintió de su comentario.
Sin perder más tiempo en tratar de entenderla, Valery corrió a la salida. Necesitaba descifrar qué tramaba Errol o al menos prevenir a Edward. Solo alcanzó a ver el caballo del vizconde alejarse.
Maldijo por no salir de inmediato, y se aferró a la única posibilidad.
El carruaje de sus padres aún los aguardaba, le urgía convencer al cochero de llevarla a Bethlem. Edward ya debía estar en el asilo, lo alertaría de las intenciones de su primo.
Sus padres no tardaron en aparecer seguidos de su tía que caminaba más lento, apoyada en su bastón. El duque con gesto severo y su esposa con el rostro compungido.
Un segundo carruaje se detuvo detrás del perteneciente al ducado, y de su interior bajó un hombre vestido de negro con el semblante taciturno.
Valery no cejó en sus intentos.
Vivianne también salió a la entrada, con un mal presentimiento, había aguardado cerca para ayudar a Valery en cuanto lo necesitara, su lealtad estaba probada. Y sentía que los Richmond y los que le eran leales estaban acorralando a la joven.
—Vivianne, qué oportuna —dijo Helen con el semblante estoico, diría lo que fuera para guardar las apariencias; incluso, ante el servicio—.
Ha llegado el doctor Anderson, acompáñalo adentro.
Valery está muy alterada. El doctor le dará un calmante para que pueda descansar.
Ya sabemos todo, que durante la noche asaltaron la propiedad y se llevaron un susto enorme. No es para menos.
—No estoy nerviosa y no necesito que ningún médico me examine. —Valery entrecerró los ojos estudiando al doctor que ya había abierto el maletín y comenzaba a sacar un frasco color ámbar…
—Entra, Valery, hablaremos en la casa o pretendes dar un espectáculo —masculló la madre tensando la mandíbula, y forzando una sonrisa.
—Basta de necedades —dijo el duque con el entrecejo fruncido, se acercó con brusquedad a su hija y la tomó por la muñeca—. Obedecerás de inmediato. Doctor Anderson, subámosla al carruaje, haga adentro su trabajo. Esa rebeldía insana. ¿Cree que tenga histeria?
El duque la tomó por un brazo con violencia y el médico con un brillo perverso en la mirada la sostuvo por el otro.
Valery no pudo creer que su padre perdiera los estribos hasta recurrir a la fuerza para someterla.
No se detuvo en reflexiones. No iba a permitir tal ultraje. Forcejeó para liberarse, sin tregua.
La duquesa hizo un mohín, como si hubiese esperado que la familia se saliera con la suya sin llegar a esos términos. Pero sin perder tiempo, le ordenó a uno de sus lacayos conducir al carruaje el equipaje que la señora Sable había traído.
—Si lo deseas, Vivianne, puedes acompañarla.
Valery hará un largo viaje —agregó con desdén Helen sin dejar de dar órdenes—.
Hermana, creo que también la acompañarás.
Hemos decidido frenar de un modo tajante las locuras de esta niña y alguien de confianza tiene que supervisar que así sea.
Debimos tomar cartas en el asunto desde que su comportamiento empezó a desviarse.