36 #2
Giró con Valery y la depositó en la cama, apoyó las palmas sobre el mullido lecho y comenzó a embestirla primero suave y lento.
Ella no dejó de jadear, como si de su orgasmo pasara a otro y otro en una carrera frenética hacia la cima.
Él quiso beberse sus gritos, la besó mientras impulsaba sus caderas al ritmo de su apetito.
Y guiado por los gemidos de su mujer, empujó con más fuerzas hasta que ya no pudo contenerse, convencido de que ella no podría soportarlo más.
Se vació con movimientos frenéticos en su interior, mientras ella solo podía gritar:
—¡Edward, oh, Edward!
La posesión hizo blanco en él, la abrazó como si desde ese momento cuidarla y velar por su felicidad fuese su responsabilidad mayor.
—Mi mujer, mía —bramó extasiado, mirándola y complaciéndose de haberla hecho gozar así.
—Ahora golpéate el pecho —bromeó casi sin aliento.
Él la cercó entre sus brazos y la besó enamorado.
—Al parecer, los vestigios de lo primitivo quedan incluso dentro de los hombres educados —gruñó bajo para no dar su brazo a torcer—. Más cuando el amor decide campar a sus anchas dentro del corazón.
Valery abrió los ojos y el recuerdo de todo lo que hicieron en sus aposentos la noche anterior llegó de golpe.
Sonrió aún agazapada a ese hombre seductor.
Una pierna larga y musculosa estaba cruzada, protectora, por encima de las suyas.
Las mejillas se le ruborizaron. Sus brazos fuertes también la aprisionaban.
Y escuchó emocionada los sonidos de Edward desperezándose.
—¿Qué hora es? —murmuró él con un enternecedor tono adormilado.
—Las siete de la mañana.
—No puede ser. —Edward dio un brinco, y casi se cae de la cama—. Debo ir a Bethlem y después a Saint Thomas.
Cuando Valery lo vio de pie junto a la cama, desnudo con aquel cuerpo esculpido, volvió a suspirar y lo recorrió con la vista de pies a cabeza.
Después se le encendieron las mejillas del todo, no era el comportamiento propio de una dama.
Pero la luz del día revelaba detalles que la noche anterior le pasaron desapercibidos.
No se quitaría aquella imagen de la cabeza.
Su abdomen marcado, sus torneados brazos, sus piernas como dos robles…
Y su sonrisa, orgulloso, mientras se sentía satisfecho por verla admirarlo así.
Sí, es un dios griego , pensó corroborando su juicio de la noche anterior.
Valery se llevó una mano a la cara para tratar de cubrirse los ojos.
—Lo siento, nunca había visto un hombre sin ropa mientras es bañado por los tenues rayos del sol.
Edward desvió la vista a las ventanas con cortinas de muselina, casi transparentes.
—Tu hombre, puedes mirar todo lo que quieras. Solo espero que no te aburras nunca.
Como si fuera posible , pensó ella. Y se percató de su propia desnudez, Edward también disfrutaba verla de día, pero él era más discreto; aunque con el rabillo del ojo escrutó cada detalle.
—Necesitas cortinas más tupidas.
—Esas me gustan, parecen flotar cuando abro las ventanas.
—Es una suerte que no se puede ver desde el jardín hacia las habitaciones.
—Pediré algo para que desayunes antes de que te marches a tus responsabilidades. Si bajamos juntos al comedor podría ser un escándalo. Bonnie y el servicio ya son bastante tolerantes. Ni siquiera sé cómo las miraré a la cara.
Los dos estaban conscientes de que hicieron más ruido del prudente, rogaron porque no hubiese llegado a los aposentos de las demás.
—Saben que estás en buenas manos.
—¿Y crees que eso aliviará mi vergüenza, Edward?
Él se acercó a la cama y le arrancó la sábana con la que intentaba cubrirse. La besó con ardor.
—Espero que un beso te haga cambiar de opinión. Te amo. Valery, te quiero tanto. Esta noche me gustaría invitarte a cenar en… Allard House.
—¿La casa de tu hermano?
—¿Lady Bonnie podría ser tu carabina? Solo para proteger tu reputación.
—Mi reputación está en riesgo de tambalearse. ¿Cómo saldrás de la propiedad sin que los curiosos te vean escabullirte?
—Los gajes de la profesión tienen ciertas ventajas. Siempre podemos alegar que el doctor Raleigh acudió muy temprano a atender a alguien en la casa, no necesariamente a ti.
—No tengo miedo. Ya no me importa.
La besó en la frente.
—Esta noche mandaré un carruaje con el emblema del condado a buscarte. Quiero presentarte a mi familia…
—Ya los conozco. —Tembló, ella sabía lo que él trataba de decir. Sin embargo, se puso nerviosa y soltó lo primero que le vino a la mente.
—Pero te presentaré como mi futura esposa.
Valery se quedó sin palabras… Un suspiro de felicidad se escapó de sus labios. Sonreía con la mirada, plena, sintiendo que la dicha completa era posible, y la suya estaba al lado de ese hombre.
Unos toques en la puerta los alertaron.
—Debe ser Vivianne. Pensará que nos quedamos dormidos. A las nueve llegan los primeros alumnos. Tenemos que ponernos en marcha. —Después se dirigió a su ama de llaves, que cuando era requerida también hacía la función de doncella—: Enseguida estoy lista.
—Milady, es urgente, debo darle un aviso de inmediato. No puede esperar. Tengo que entrar.
El ama de llaves no aguardó a una palabra de Valery para darle acceso, abrió la puerta y pasó adelante.
Cuando vio al enorme remero que ya estaba de pie con la ropa en sus manos, y no en su cuerpo, ahogó un gritito. Valery alcanzó a lanzarle una manta de lana al hombre para que se cubriera.
Vivianne ni siquiera se volvió de espaldas, sino que atrapó la manta en el aire, se acercó a Edward y se la tiró por encima de los hombros.
Mientras, él negaba azorado por el atrevimiento del ama de llaves, tapando con su amasijo de ropas sus partes pudendas.
La mujer lo tomó por el brazo y lo instó a abandonar la habitación.
—Vivianne —le reclamó Valery sin dar crédito, mientras seguía cubriéndose con la sábana.
—Por el Creador, milady, va a matarme del susto.
Vístase de inmediato. Su madre va subiendo por los primeros escalones y su padre abrirá un surco en la sala de estar de tanto caminar de un lado al otro.
Exigen verla de inmediato. Yo guiaré al doctor por la escalera de servicio y después lo sacaré por la puerta de la cocina.
Roguemos a Dios que no se tope con sus padres.
—No me iré, no te dejaré sola con los duques.
—Edward, provocarás un escándalo —objetó sobresaltada lo primero que le vino a la mente.
—No me importa si con eso estás a salvo.
—Puedo manejar a mis padres. —Trató de parecer acomedida, pero el corazón le latía frenético—. Confía en mí.
—No hay tiempo para discusiones, doctor. Haga lo que dice milady. Su caballo ya está listo y lejos de los ojos del duque o su cochero. No me ponga más nerviosa.
Valery saltó de la cama y mientras corría por la habitación, recuperó su camisón y la bata de la noche anterior. Como pudo, se metió detrás del biombo para ponerse al menos esas prendas ante la llegada intempestiva de su madre.
—Esta noche, Edward, como acordamos —soltó atropellada, mientras Vivianne lo arrastraba fuera de allí.
Con el camisón puesto y la bata encima corrió hasta la cama, escudriñando cada palmo de la habitación, revisando que no hubiese quedado alguna evidencia de que un hombre había pasado la noche allí.
Cuando su madre llegó ante su puerta dio dos toques y la doncella de Bonnie que la acompañaba la anunció:
—Milady, su excelencia, la duquesa de Richmond, desea pasar.
—Adelante.
La duquesa ataviada con sus galas de día más exuberantes hizo acto de presencia.
—Hija mía, ¿aún en la cama?
—Ya estoy despierta, hoy me retrasé más de lo habitual. ¿Qué es tan urgente que no pudo esperar abajo, madre?
—Una inspección sin previo aviso me pareció una medida acorde. Sobre todo, para una hija casadera que decide independizarse sin la autorización de sus padres.
—No vivo sola. La carabina, por excelencia, de las hijas de las familias más distinguidas de Londres, se encarga de dar fe de mi buen comportamiento. —Se sorprendió de la firmeza con que lo pronunció.
¿Cuándo se volvió tan cínica?
¿Desde qué instante mentir se le daba tan bien?
La duquesa no sospechaba, de lo contrario sus ojos recorrerían cada rincón de la estancia en busca de algo fuera de lo normal. Parecía que la posibilidad de un encuentro furtivo de Valery con un amante era lo menos que le preocupaba en ese instante.
Valery casi exhala de alivio, pero se contuvo para no despertar suspicacias. Fue entonces que notó sobre su mesa de noche los gemelos de Edward. Y desvió los ojos de inmediato para que su madre no se percatara. Trató de mantener el mismo tono con que la había recibido.
—¿Revisará toda la propiedad, madre?
—Adecéntate y baja, tu padre está nervioso y desea hablar contigo cuanto antes.
—¿Me da un momento? Pueden esperarme en mi oficina, es el antiguo estudio de la propiedad.
—De acuerdo.
—Pediré que les envíen un té y unas pastas. —Le pareció apropiado distraerlos, así Edward podría escabullirse sin ser descubierto.
Helen soltó un bufido de incomodidad e impaciencia e hizo lo que su hija le pedía.
—No es necesario, no es una visita social. Te esperaremos en el estudio.
Voló sobre la cama y atrapó los discretos gemelos de oro y los guardó dentro del cajón de la misma mesa de noche, mientras agradecía que su madre no se hubiese percatado de ellos.
Comenzó a prepararse, notando que su madre se negó a llamarle a la estancia «su oficina» como ella la había bautizado. No le dio importancia, sus padres harían lo que fuera para no apoyar las decisiones ya tomadas por ella. Pero no había vuelta atrás.
Tras salir su madre, se acercó al cubículo del retrete a vaciar su vejiga.
El pobre Edward ni esa atención recibió.
Suspiró de alivio, llevaba rato aguantando.
Después, se dirigió con prisa al cuarto de baño para mojarse la cara.
El agua corriente que salía de los grifos por las tuberías de plomo estaba fría.
Aunque a esa hora ya habían encendido la caldera, el agua caliente solo llegaba a depósitos.