36
Valery nunca había sentido tanta agitación en el pecho como cuando él se puso de pie con ella encima. La hizo aterrizar de pie sobre la alfombra y su camisón terminó de deslizarse por su cuerpo hasta quedar a sus pies.
Pasó sus ojos por ella muy complacido, tenía la anatomía de una musa, lucía mejor que las esculturas de las diosas griegas.
—Ahora es tu turno —le dijo invitándola a desnudarlo con una cínica sonrisa—. Querías ver, es lo justo. Debes comprobar si te gusto antes que decidas hacerme tu esposo.
—Estás loco, estoy segura de que me gustará.
Valery, un poco sonrojada por estar expuesta delante de él, lo libró de la corbata, la chaqueta y el chaleco. La dureza de los músculos del hombre le atraía desde que los palpó por primera vez y se moría por ver qué había debajo de tanta tela.
Cuando lo libró de la camisa y vio sus músculos marcados bajo la delicada ropa interior, se mordió el labio. Era un hombre hermoso, y saber que sería suyo hizo que una emoción profunda bullera en su interior.
Edward terminó el trabajo librándose de los pantalones y el resto de sus prendas.
Ahora los dos se encontraban como Dios los trajo al mundo. Valery estaba segura de que habría corazones rotos en Londres cuando supieran que ese hombre no seguiría soltero por mucho tiempo. Su figura tenía un brío que desafiaba a la más casta de las féminas.
—Bésame —ordenó Edward sacándola de su embeleso.
Ella se alzó de puntillas y un calor palpitante se instaló entre sus muslos cuando alcanzó su boca y sus pezones rozaron sus pectorales.
Suspiró de placer por el contacto sobre los labios del hombre y él, sin poder resistirse más, la alzó por las posaderas para degustar su beso mientras sentía su piel tibia muy pegada a la suya.
—No sabes cuánto he soñado con tenerte así, alondra.
—Te asombrarías de saber cuánto has visitado mis sueños.
—¿Y eran sueños ardientes? —preguntó provocándola.
—Engreído, vuelve a besarme.
Caminó con ella hacia la pared más cercana y la depositó cerca de una columna, de pie, y comenzó a castigarla con sus besos sobre sus pezones rígidos.
Ella gimió sin control, aquel contacto era lo más intenso que había experimentado y obraba milagros.
El deseo dolía. Su intimidad pulsaba al ritmo de sus latidos, sentía como se inflamaba ante el despliegue de las artes amatorias del varón.
Edward siguió la línea de su cuerpo hacia el sur, dejando un reguero de besos. Cuando llegó a su ombligo hizo una pausa y la invitó a separar las piernas.
Entonces posó sus manos sobre las bien formadas caderas, inclinó la pelvis de la mujer ligeramente hacia su rostro, mientras su espalda se acomodaba sobre la rigidez de la columna de mármol.
Sin perder tiempo, acaparó el hinchado brote en su boca como si devorara una fruta y ella tuvo que llevarse una mano a los labios para acallar un grito.
No quería alertar a las mujeres de la propiedad, más después de lo que esa noche habían vivido.
Vendrían armadas con los utensilios domésticos, y lo último que pretendía era que los interrumpieran.
Él sin darle tregua chupó el delicado botón repetidas veces, con una maestría que le obnubiló los sentidos. Se olvidó del mundo y de su propia existencia. La sensación que manaba de su cuerpo en llamas era todo lo que quería ser en ese momento.
Pero cuando la lengua húmeda y cálida fue más allá y comenzó a asediar su abertura, como si le hiciera el amor, Valery tuvo que aferrarse a los cabellos de Edward.
Ella había escuchado como el hombre empuñaba su virilidad por ese estrecho canal, y cómo podía llenar de besos calientes el nudo de nervios entre sus piernas; pero no sabía que un hombre podía poseer a una mujer con la lengua.
—¿Te complace, mi amor? —le preguntó con la voz entrecortada tras una acometida.
—No te detengas —exigió casi sin voz.
Y a él se le escapó una carcajada de puro gusto, antes de seguir penetrándola con su lengua.
Valery sentía que la fuerza de sus piernas le fallaba, no podría continuar mucho tiempo de pie, pero él no le daba tregua.
—¡Oh, por todos los Cielos! —Se aferró más a su cabello cuando la sensación alcanzó niveles insostenibles y tuvo que gritar, ya sin importar que el servicio de Londres entero viniera a formarse ante la puerta de su habitación para indagar por el ruido.
Un fuerte orgasmo la atravesó. El corazón le latió tan rápido que tuvo miedo de que se detuviera y que muriese ahí mismo.
Él la atrapó justo antes de que se desplomara y la condujo a la cama.
Era tan varonil. Algo despeinado y con el brillo del deseo en la superficie de los ojos.
Su pecho subía y bajaba haciéndolo ver más sensual.
Su erección era enorme y Valery no podía dejarla de mirar.
No se aguantó más y tuvo que empuñarla. La textura sedosa y la dureza que tenía, al mismo tiempo, la fascinó por completo.
Adoraría desde esa noche el arma que su hombre portaba.
Era la pieza más perfecta de la creación.
—¿Todos son tan buenos como tú o gané cuando repartieron amantes? —preguntó con la respiración agitada.
—No lo sé, pero creo que los dos hemos tenido suerte. —Cerró los ojos mientras ella lo acariciaba y él se dejaba hacer.
—Es una bendición.
—¿Sabes? No tenemos que llegar al final.
—Le dolía decirlo. Estaba tan firme que temía no conseguir irse de allí caminando si no se aliviaba.
Pero no era un imberbe, podría relajarse hasta calmarse y después resolver su problema cuando ya estuviera en su casa—.
Hay muchas formas de obtener placer sin que pierdas tu virginidad, para que así puedas llegar casta a la noche de bodas.
Ella no dijo nada, pero continuó acariciando el miembro viril fascinada por cómo se sentía en la palma de su mano.
—Enséñame a darte placer. Me muero si no consigo ser una buena amante para ti.
—Lo que estás haciendo funciona. —Cerró los ojos y se recostó sobre su espalda descansando la cabeza en la almohada—. Muévelo de arriba abajo sin apretar demasiado.
Y mientras lo hacía, admiraba cómo crecía en su mano. Respiraba agitada en respuesta al placer que le producía verlo gozar ahora bajo su azote.
—Eres un hombre muy apuesto, Edward.
Él esbozó una leve sonrisa, que al estar fustigado por el placer lo hizo ver más seductor.
—Claro que no, solo soy un hombre. —Siempre era muy modesto.
—Sí que lo eres.
—Los hombres no poseemos belleza. —Una pausa para jadear complacido. Él trataba de seguirle la corriente, pero su control cada segundo parecía más escaso—. Las mujeres son las que tienen esa fortuna.
—¿Te gusta más rápido? —preguntó al ver cómo impulsaba sus caderas, mientras ella intentaba seguirle el ritmo.
—Oh sí —gruñó muy excitado—. Tendremos placer sin las consecuencias. Dejaremos lo mejor para la noche de bodas.
Era un hombre recto, más que Valery, ya lo tenía muy claro.
No le importaba. Al contrario, lo hacía quererlo más, admiraba su honorable proceder. Por eso doblegarlo la seducía tanto.
Necesitaba oírlo gritar desbordado de placer y que cayera en un espiral de dulce agonía, tal y como él hizo con ella. Así que se tomó su trabajo más en serio.
Lo montó a horcajadas para que su mano quedara más cerca del miembro viril que seguía moviendo de arriba abajo, con movimientos precisos. Se guiaba por los sonidos que escapan de su garganta.
No se dio cuenta cuando con la mano libre comenzó a acariciarse un pecho buscando la fruición que sintió antes, cuando él lo chupó sin darle tregua. Casi lánguida, lo contemplaba disfrutar el placer; pero ardiendo por dentro, sin que su mano se detuviera ni un solo instante.
Y sin darse cuenta, comenzó a balancear sus caderas encima del hombre como impulsada por algo primitivo que iba más allá del razonamiento.
De inmediato, la virilidad de Edward estaba tan cerca de su intimidad, que cerró los ojos, sobrecogida en su propio gozo.
Se le hizo fácil rozar con la punta de la masculinidad del dios griego que estaba tumbado bajo su apremio su entrada.
Y, sin proponérselo, después restregó ese mismo glande por toda su húmeda abertura, mientras grititos de júbilo salían de su propia boca.
Él había dejado de jadear, así que Valery abrió los ojos de golpe para ver qué ocurría con su hombre y lo descubrió mirándola con una apetito incontrolable…
Edward también sintió el calor abrasador y húmedo de la intimidad femenina sobre su miembro.
Vio los ojos de un depredador…
—Oh, Valery —bramó muy excitado.
Y ella tampoco pudo contenerse, menos cuando la palma masculina sostuvo el pecho libre y sus dedos apretaron hasta hacerla jadear. La otra mano de él cubrió la de ella que seguía empuñando su hombría, y juntos sin decir una palabra más la guiaron hacia el interior.
Ambos gritaron cuando el miembro viril fue conquistando cada tramo de ese tibio refugio que le dio una voluptuosa bienvenida.
Ella estaba tan excitada que comenzó a romperse en oleadas palpitantes de placer, gritó mientras él la penetraba.
Valery se deshizo culminando sobre ese trozo bendito, firme y prominente de carne.
—Oh, Edward —gimió fascinada. Jamás había sentido algo así. El dolor de la invasión se camuflaba con la intensa necesidad de acabar sobre su hombre.
—Valery. —La voz grave de él, advertía que no era el final, sino solo el comienzo. La haría acabar de nuevo, estaba seguro. Quería derramarse mientras ella gritara su nombre.
Cuando se enterró hasta la empuñadura ambos gimieron complacidos, habían soñado tanto con ese momento que ya no podían posponerlo más.