35
Para Edward era insoportable siquiera la posibilidad de que por su mal juicio Valery pudiese resultar lastimada.
Había dedicado su vida entera a estudiar, con la intención de ayudar a quien lo necesitaba, sobre todo a sus seres queridos donde ahora entraba Valery.
Y, verla sufrir otro ataque provocado por su negligencia lo hizo sentir miserable.
Desde que la conoció comprendió que no estaba bien, que se esforzaba más que las demás personas para encajar, como si hiciera un esfuerzo agotador y constante.
Cada vez que a su lado tuvo una recaída, como médico puso a prueba no solo su capacidad, también su temple. Era muy difícil tener que verla como paciente para no perder la objetividad que su caso requería.
—Mi valiente alondra —dijo obligándose a no compadecerse—. ¿Qué te hicieron? Mi amor, qué te hicieron.
—Oh, Edward.
La voz de Edward volvió a sumirla en la quietud y cayó, descendió en una abrupta espiral, lucía tan cansada, se le veía en el rostro. La había llevado cargada hasta su habitación, y estaban juntos en la cama. Ella en su bata de dormir, él aún con su traje completo.
No la iba a dejar sola esa noche por más conceptos morales que rompiera. Bonnie no puso objeción, y el servicio había probado que harían lo que fuera por las amigas. Tampoco hablarían.
—¿Era ese mi primo Theodore?
—Querida… —No sabía si hablar, no sabía si contar lo descubierto.
—No luce como un monstruo el huésped misterioso. Se ve bastante normal.
Edward cerró los ojos y recordó su desesperación cuando tras horas de revisar los casos de sus pacientes en su estudio, justo a las once de la noche salió a supervisar que todo estuviera bien antes de marcharse a dormir.
Fue cuando la señora Bates —que seguía despierta y parecía alarmada— lo puso sobre aviso.
—El ensimismado de la lengua larga…
—Por favor, no se refiera así a él, señora Bates…
—Es que usted no me ha dicho su apellido ni cómo debo referirme a él. No lo llamaré por su nombre de pila. Como sea, su invitado no aparece. Pasé hace unos minutos a ver si se hallaba bien instalado o necesitaba algo y no lo encuentro.
—¿Qué estás diciendo?
—No está en ningún rincón de la propiedad. Y revisé hasta abajo en los consultorios.
—¿Theo escapó?
—No hay rastros de su persona. —El ama de llaves se encogió de hombros.
—¿Y por qué tardaste media hora en avisarme?
—Revisaba que no hubiese robado nada. Todo está en su sitio.
—Pero Theo no es un ladrón. Claro, le dije que buscaríamos a su abuela y no lo hice de inmediato y menos le expliqué algo al respecto. Está desesperado por encontrarla, debe ser eso. Pero es un problema muy grande, no sé si sepa moverse en Londres. Hay tanto de él que todavía no sé.
—¿Y así lo trajo a casa? ¿Bajo nuestro techo? ¿Lo robó de Bedlam? —Sus ojos estaban muy abiertos y lo señalaba como si lo creyera capaz de eso y mucho más.
—No diga Bedlam, detesto que se refieran así al asilo, mejor use Bethlem, trabaja usted para un médico.
—Pero solo soy el ama de llaves, no personal de enfermería.
—Señora Bates —reprochó preocupado por el joven. El doctor Jackson se lo había advertido, que debía saber qué hacer con él porque corría riesgo si quedaba sin protección.
¿Dónde encontraría a Theodore?
—Ya me ha metido en este lío, ¿cómo puedo ayudarlo?
—Iré a buscarlo, si regresa por favor mándeme aviso de manera urgente, a la hora que sea.
—¿A dónde le envío el aviso?
Edward la miró y comprendió la magnitud del conflicto en que se había metido. Ni siquiera sabía dónde buscar.
—Si vuelve despierte a todo el servicio y reténgalo por el bien del muchacho, no le deje salir.
—Como ordene, doctor. Pero lo devuelve a Bed… a Bethlem —agregó con un mohín—. No somos un asilo y menos la caridad. No puede traer a cuanto desgraciado se tropieza en su camino.
Edward volvió al presente y abrazó con más fuerza a Valery que parecía dormir, recordó como corrió a buscar su caballo y cuando notó que este faltaba, entendió que Theo lo había usado para huir.
Fue hasta la casa de uno de sus amigos, y de ahí convocaron a los demás. Jamás le habían negado la ayuda en momentos de crisis. Se dividieron para buscar, y fue así como tras vagar con Cailean, algo le dijo que se cerciorara de que Valery estaba bien.
Cuando vio su caballo amarrado fuera de Skylark Nook el corazón casi se le detiene, derribaron la puerta a patadas y corrió hasta encontrarla a punto de desfallecer, y ella terminó derrumbándose en sus brazos.
Suspiró abatido. Le besó la frente y ella se removió. Aún el miedo a perderla lo atravesaba como un hierro candente.
—Querida mía, perdóname. —La abrazó tan fuerte que ella percibió su desespero.
—Edward, aún no me respondes. —Seguía llorando—. ¿Era el hermano de Errol?
—Sí. ¿Estás segura de que no lo conocías?
—Por favor, no lo lastimes.
—Te ha pegado un susto de muerte. Aún no sabemos sus motivos y tú solo quieres que no lo lastime —masculló con una mueca, recordar a Theodore lo ponía furioso.
—Él… Algo me inquieta mucho cuando me mira a los ojos.
—No lo dudo, aparecerse así a medianoche y armar tal alboroto.
—Mis padres y mi tía, incluso Errol, tendrán mucho que explicar. Porque Theodore estuvo en mi casa hospedado en el ala oeste. Pero, claro, lo tenían oculto de mí. Él tocaba el piano. Encontré bocetos, dibujos, incluso un retrato mío. Él me dibujó, me conoce.
—Todo lo que dices más me enerva.
—Llegó justo cuando Errol vino a vivir a Londres, así que debió traerlo.
Lo que no entiendo es por qué no lo hospedó en la casa del vizcondado.
Me siento tan angustiada… ¿Por qué callaron mis padres?
¿Sabes qué pienso? Que mi padre haría lo que fuera con tal de salirse con la suya…
Quería casarme con Errol y debe haberle exigido que ocultara a Theodore de la sociedad.
Si la Corona sabe que Errol tiene un hermano así, ¿jamás lo aprobaría?
Lo que no logro entender es por qué mi padre se aferra a Errol.
Tantos fallos que señaló en ti. ¿Por qué no descartó a Errol y buscó en otras familias?
—Según Theodore vivía con su abuela hasta que ella enfermó, por eso lo ingresaron en Bethlem.
Pero sigo sin entender por qué Errol no dispuso una propiedad de campo para sus cuidados o por qué no lo internó en un asilo privado, donde su identidad podría estar protegida. ¿Será que es obra de Errol encerrarlo?
—Tampoco lo entiendo, se me hace tan cruel que dejara a un hermano en Bethlem. Pero que mis padres, y en especial, mi tía, no supieran de la existencia de Theodore lo dudo muchísimo. Él estuvo en mi casa aunque todos lo negaran.
—Entonces, será eso. Están coludidos. Errol usó a Theodore como arma para acercarse a ti. Sabía que yo trabajaba en Bethlem, y justo por ese entonces llegó su hermano.
—No tiene sentido. No saques más conclusiones. Mañana me entrevistaré con él.
—No, tú no te entrevistarás con él. Yo haré las averiguaciones —alegó en tono mandón.
—¡Edward! —Se sentó en la cama y lo atrajo hacia sí, tomando sus mejillas entre sus manos—.
Edward no eres un hombre de las cavernas, ¿crees que no puedo defenderme?
Tú mismo dijiste que no llegaste para salvarme, sino para proteger a Theodore de ser masacrado por nuestro ejército de mujeres armadas…
Él bufó, mientras se aflojaba la corbata y se abría el chaleco para estar más cómodo.
—Mujeres armadas con ollas y sartenes.
—Vamos —protestó Valery con un mohín—. La cocinera tenía un cuchillo y Viviane el hacha de la carne. Incluso me felicitaste por usar a Caliope como arma mortífera.
—Sí, eso dije.
—Ahora no te retractes. Tendrás que regalarme la colección completa de musas, para arrojarle a los intrusos una a una por la cabeza.
—Te has vuelto temeraria.
—También quiero saber qué sucede. Si quisiera un cavernícola que se golpee el pecho velludo y me impida pensar no te habría elegido a ti.
—Por supuesto que no soy un cavernícola —resopló ante el desafío.
Valery lo miró a los ojos, dejó caer la bata de seda que la cubría lentamente por su espalda, mientras se quedaba nada más con el camisón de batista. Le dio un beso corto sobre los labios, después otro, y otro más.
—Estamos solos —le recordó—. Pese a todo desafío parece que te quedaste a pasar la noche.
—Únicamente estoy de guardia. Si te sientes más cómoda puedo hacerla fuera de tu habitación. Quiero cerciorarme de que estás bien, no me perdonaría que algo te ocurriera…
—No te vayas.
—En ese caso dormiré en el chaise longue .
—Señaló al mueble que estaba bajo una ventana, forrado en damasco, donde a un hombre de su talla se le dificultaría descansar—.
Me escurriré temprano a mi casa cuando estés dormida y sin sobresaltos.
Mañana hablaremos acerca de Theodore, y principalmente, sobre nosotros.
Necesitamos formalizar nuestra situación.
Ella tomó en sus dedos la cinta blanca que anudaba al frente su camisón y la desató tirándola por un extremo.
—Dormirías muy incómodo.
—Oh, alondra mía… No podría dormir aunque me lo propusiera. —No con ella tan cerca y su deseo latiendo en carne viva—. Vigilaré tu descanso.
—¿Y cómo te vas a presentar al otro día en Bethlem? Esas ojeras, mi amor, me duelen en el alma. No quiero robar tu descanso. Quédate conmigo, déjame velarte yo mientras reposas.
—Solo si buscas matarme, en tu cama lo último que podría conciliar es el sueño.
—Pues no duermas.
Su camisón cayó por sus hombros hasta sostenerse débilmente sobre la mitad de sus pechos cremosos.
—Soy un caballero, Valery. Quiero hacer las cosas bien contigo, el cortejo, el compromiso, la boda… No puedo aprovecharme de la situación, menos ahora que todo es tan confuso para ti. —Exhaló con fuerza ante la hermosa visión de su piel clara en contraste con sus ojos y cabello oscuro.
El camisón de algodón blanco tan delicado ponía su imaginación a volar, irresistible para un hombre que llevaba un tiempo imprudente de abstinencia.
—Entonces, seamos fuerte los dos.
—Podemos tener una boda apresurada. Cómo deseo estar casado contigo. —Se sorprendió de lo rápido que cambió de opinión.
—Eso me complace —dijo sonriendo y tomó entre sus dedos un mechón que se escapó de su trenza, algo nerviosa.
—¿Estás segura?
Ella asintió.
—Por ti me saltaría el cortejo, el compromiso que solo pondrá a mis padres iracundos y pasaría directo a la boda. Así ya no podrían poner objeción.
Edward no pudo seguir dominándose, ya se había atenido demasiado tiempo a lo que se esperaba de él, ahora quería complacerse a sí mismo, y sobre todo hacerla feliz a ella.
—Solo un beso, antes de irme a ese maldito chaise longue —gruñó lanzándole una mirada irresistible—. Es imposible compartir la cama contigo si deseo que tengamos una boda honorable.
—De acuerdo. —Se veía contrariada.
Estampó sus labios contra los sensuales labios de su alondra, y su entrepierna vibró. Sí, era masoquista, concluyó. Sus manos la sujetaron por la espalda. Sus palmas sobre aquella piel cremosa que temblaba bajo su toque mandaron una señal de deseo más fuerte aún a su hombría.
—Mejor sin besarnos. —La soltó de golpe. No era mojigato, todo lo contrario, pero había metido la pata hasta el fondo con Valery, y no quería fallarle de nuevo. Era imperioso ir por la senda correcta para que ella no volviera a sentir que caminaba sobre terrenos pantanosos.
Si se casaban antes de hacerla su mujer, ella se sentiría más segura. Y quería protegerla incluso de sí mismo.
—Qué cruel eres, Edward —se quejó cuando la privó de sus labios.
Él se le quedó mirando tan enamorado.
—Eres hermosa, mi futura esposa.
Ella sonrió con timidez y bajó los párpados para volver a abrirlos y mirarlo tan complacida por un simple elogio. Esa ternura lo conmovía, lo enloquecía.
Como un marino hechizado por el canto de una sirena, tomó uno de los extremos del listón que anudaba el final de la enorme trenza de Valery y tiró de él hasta liberar el amarre.
Con su mano fuerte de remero, la misma con la que manejaba con maestría sus instrumentos de cirujano desenredó el cabello, hasta que cayó en cascada sobre la nívea espalda de Valery.
Extasiado, besó uno de sus hombros. Era tan atractiva.
Solo quería recorrerla lentamente, sin prisas, en esa noche que la vida les estaba regalando.
La amaba, su cuerpo entero respondía a su merced, con cada mirada, sonrisa o roce.
—El maldito chaise longue me reclama —dijo marcial.
Entonces, el azar quiso que el camisón de Valery se deslizara por sus brazos, dejando los turgentes pechos al descubierto. Edward había visto senos de todas las edades, pero ningunos lo sobrecogieron de esa forma, se habría arrodillado ante esa mujer por el resto de su vida.
Un gruñido gutural abandonó su garganta.
—Si vas a dormir en ese chaise longue deberías quitarte la chaqueta y el chaleco, para mayor comodidad. —Se atrevió a darle una recomendación.
Él seguía absorto mirando aquel pecho casi perfecto que lo hechizaba.
—Sí, debería. Pero supongo que me dolerá horrible la espalda al siguiente día si duermo en ese rígido mueble —musitó como embriagado con la vista.
No se puso de pie, ni se puso cómodo para irse a dormir al otro lado. Su boca hambrienta se acercó a uno de los pezones de Valery y lo engulló como si muriera de inanición y el pecho cremoso fuera la única fuente de alimento.
Ella gimió estremecida y él gruñó de placer. Lo chupó con devoción, regalándole a Valery tantas sensaciones agradables, que dejó caer más el camisón hasta que acabó enrollado en sus caderas, mostrando su ombligo al descubierto.
Edward quedó en éxtasis contemplándola.
—Sabes que el orden exacto de las cosas nunca ha sido mi fuerte.
¿Quién dijo que la boda va antes de la primera vez?
Este maldito camisón me está haciendo perder la paciencia, debe desaparecer.
—Ya estaban descansando sus rodillas en la cama, así que la alzó sin previo aviso y la subió sobre sus piernas—. ¿También lo deseas?
—Más que la boda, te lo puedo asegurar.