34 #2
—No he llegado hasta aquí para que un secuaz de Errol quiera hacerme salir de mi escuela de canto con la cola entre las patas, como cachorro asustado —arremetió con fiereza, domando su temor.
Alguien a su espalda las llamó en susurros y casi gritan azoradas las dos, era Vivianne con bata y gorro de dormir, también sin entender nada.
—Hay un ladrón —le susurró Valery para ponerla en contexto.
—¿Uno que toca música? —Su rostro reflejó su desconcierto—. La doncella de lady Bonnie y la cocinera también se despertaron, fueron a buscarlas a las habitaciones. Las iré a alertar, espérenme aquí, entre todas será más fácil abatirlo.
—No tardes —murmuró Bonnie coincidiendo con la idea de Vivianne.
Sin embargo, ellas no aguantaron más la incertidumbre y se lanzaron al frente. Caminaron sin que sus pisadas hicieran ruido, y al llegar al salón de música vieron que la puerta estaba abierta de par en par, por eso el sonido inundaba toda la casa, más en el silencio de la noche.
Se miraron y asintieron, era en ese momento en el que debían actuar…
Tras los episodios en los que la música del ala oeste la atormentó, y el misterio de quien la interpretaba crecía, había llegado el momento de ponerle cara a quien estuvo hospedado en Richmond House.
Estaba segura de que sus padres y su tía estaban coludidos porque nada sucedía en la casa del ducado sin que ellos estuvieran al corriente.
Inspiró hondo. ¿Qué podía encontrar?
Un monstruo…
Un hombre peligroso.
Un demente.
Las dos mujeres entraron una detrás de la otra empuñando sus armas improvisadas, Honey seguía observador, sin ladrar.
Y entonces lo vieron.
La imagen preconcebida de lo que Valery esperaba hallar se disipó al tropezar con la persona que aguardaba.
El pianista intruso o huésped misterioso de la mansión ducal ni siquiera se inmutó cuando ellas estuvieron dentro. Era como si no se hubiera percatado aún de la presencia de ambas. Tocaba sin levantar la cabeza una sola vez, y con tanta pasión que solo la música lo dominaba…
Las ventanas de cristal tenían las cortinas de translúcida muselina descorridas, una de ellas estaba abierta y la tela se batía por el suave viento como un velo espectral… Evidenciaba que por ahí se había colado el hombre que sin dirigir su mirada hacia ellas tocaba de una forma impresionante.
Cabello oscuro desordenado que le caía sobre la frente, tez nívea que bajo los tenues reflejos de la luna parecía brillar, y unos dedos largos y fuertes que danzaban furiosos y ágiles sobre las teclas del viejo piano.
Y lo hizo como poseído por un ente superior hasta que la música alcanzó fuerza dramática, pasando de pianissimo a fortissimo .
Después agitados trinos en registro grave simulaban la lucha de los elementos que pugnaban entre sí, como si quisiera retrasar el final, para causar una angustia interminable por la expectativa de cuál sería la última nota, hasta que todo acabó de golpe dejándolas sin aliento.
Pero no podían conmoverse, aunque temblaban. El intruso seguía ahí, respirando agitado, recuperando el aire para lanzarse al ataque.
—¡Tú, ¿qué demonios haces aquí?! ¡Fuera de mi casa! ¡De inmediato! —le gritó Valery valiente. Defendería su escuela de canto hasta las últimas consecuencias.
Bonnie con la mirada afilada, sin permitirse ser presa del miedo, le acercó la flama de la palmatoria al varón para iluminarle el rostro.
Sí, aquel hombre de carne y hueso no era un monstruo…
Y entonces, en el momento menos oportuno Valery se paralizó por completo.
El valor que la acompañó para enfrentar al intruso se desvaneció de su espíritu, aferró a Honey más a su cuerpo y dejó caer la estatuilla de bronce que hizo un ruido ensordecedor al precipitarse sobre el suelo de mármol.
El huésped misterioso del ala oeste se puso de pie e ignorando a Bonnie se dirigió a Valery, que lo miraba al rostro aún iluminado por la titilante flama.
Un frío insoportable hizo a Valery tiritar, temblores incontrolables comenzaron a sacudir su cuerpo…
Honey lloró de angustia y le pasó la lengua por una mejilla, pero ella solo podía concentrarse en los rasgos del hombre desconocido.
Jamás lo había visto, pero algo superior a toda lógica lo hacía recordarlo, como si lo hubiera conocido.
La vista comenzó a nublarse.
Miles de abejas zumbaban en sus oídos.
Y a punto de caer solo sintió que alguien tomaba a Honey y que sus manos, desesperadas por aferrarse algo sólido se toparon con las solapas de la chaqueta del huésped misterioso.
Un estruendo espantoso sacudió las paredes y los muebles e hizo temblar los cristales. Otro golpe seco más, y otro…
—¡Valery! ¡Valery! —Fue lo último que alcanzó a escuchar antes de que fuera incapaz de percibir sonido alguno y todo quedara sumido en silencio y oscuridad.
No supo cuánto tiempo había pasado, pero cuando volvió a abrir los ojos, Edward estaba en el suelo del salón de música con ella en brazos, mientras trataba de hacerla volver en sí.
Poco a poco sus sentidos se recobraron, distinguió la voz asustada de Bonnie clamando por su salud, y la de Edward susurrándole al oído palabras llenas de amor.
Abrió lentamente los ojos, su corazón estaba agitado.
—Honey —balbuceó, pero no fue necesaria respuesta, lo descubrió a salvo en los brazos de su amiga.
—Oh, Valery, ¿estás bien? —preguntó Bonnie sin soltar al perrito que exigía correr con su dueña.
La escoltaban Viviane, la doncella de Bonnie y la cocinera. Las tres armadas con cuchillos, sartenes y un hacha para carne, respectivamente, que sacaron de la cocina.
Valery asintió como pudo, muy confundida y después dirigió su rostro a su héroe salvador.
—Edward, oh, Edward, ¿cómo supiste? ¿Cómo llegaste aquí? ¿Has venido a protegerme?
—Más bien a proteger al insensato que irrumpió en tu propiedad. Un ejército de mujeres armadas con enseres domésticos lo habría hecho pasar a mejor vida. Veo que Caliope fue un obsequio muy acertado, con un golpe certero en la nuca mandarías a cualquier atacante directo al Hades.
—Pero no conseguí defenderme…
—Ahora estás a salvo, mi querida alondra. Fuiste valiente, es lo único que importa. Y tu insensato atacante tendrá que explicarse o dejaré que la cocinera prepare un guiso con él. —Observó al aludido muy decepcionado.
Lo miró incrédula y se refugió más en sus brazos.
¿Cómo podía continuar siendo sarcástico en una situación así?
Agradeció al cielo que todo estuviese controlado, pero necesitaba explicaciones.
Trató de incorporarse, quería sacudir al intruso por las solapas e interrogarlo.
Y aunque Edward quiso impedírselo logró escabullirse de su agarre y salirse con la suya.
—¡¿Quién eres?! ¡¿Quién te ha mandado?! ¡¿Qué quieres conmigo!?
Ese hombre… Su rostro era desconocido pero familiar al mismo tiempo. Una angustia insoportable intentaba abatirla; no obstante, esta vez no lo permitió, se mantuvo firme desafiándolo con la mirada.
—Valery… —la llamó por su nombre como si la conociera desde hacía mucho tiempo.
—¿De dónde me conoces?
Pero Edward había gritado su nombre antes de que se desvaneciera, tal vez solo lo repetía.
Detrás del desconocido descubrió al pelirrojo Cailean, vigilante. Edward había traído a uno de sus enormes amigos escoceses. El hombretón miraba con un gesto implacable al intruso.
—¡Llévalo contigo, Laird! Necesito enfriarme antes de cometer una locura.
—Edward llamó a su amigo por el apodo que tenía en su secreta hermandad.
De inmediato, rugió muy enfadado hacia el intruso y lo señaló, apuntándole con fuerza sobre el pecho—.
¡Después ajustaré cuentas contigo, Theodore!
Cuando pueda pensar con claridad. No puede ser que haya ayudado a escapar al propio verdugo de la mujer que amo.
Me engañaste. Ahora no te daré tu merecido porque tengo que cuidar a Valery, pero no te escaparás.
—Vamos, infeliz —gruñó Cailean como un guerrero listo siempre para la ofensiva. Pero no tuvo que ejercer violencia para aprehender al huésped misterioso, el hombre parecía dispuesto a seguirlo por su propia voluntad.
—Que Broc lo resguarde en Whaterby House, es el único soltero, en mi casa no puedo continuar ocultándolo —decidió Edward—. No debe ir a la casa donde están las mujeres, no hasta que me cerciore de cuáles son sus verdaderas intenciones y que no constituye un peligro para nadie
—Broc se hará cargo —aseveró con seriedad.
Valery se llevó la mano a la boca, con la mente embotada de ideas y sensaciones que la atormentaban.