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Aquella noche durante la cena Valery no pudo quedarse callada.
Muy animada le contó a Bonnie acerca de la visita de Edward.
Evadió la parte sobre la pérdida de conocimiento y el expediente robado, así como la historia del hermano de Errol, pero describió las hermosas palabras de amor pronunciadas por él, con las que recobró su fe en Edward.
—Lo sabía. —Bonnie había recibido con alegría la noticia y le aseguró—: La forma en que Edward te miraba la última vez que estuvimos todos en Hayden House era la de un hombre enamorado. ¿Y ahora, retomarán los planes de compromiso?
—No lo sé, no lo hablamos. —Se acarició los labios de forma inconsciente recordando sus besos y volvió a estremecerse.
—Seguro lo hará en la siguiente visita. —La miró risueña, su amiga merecía un poco de sosiego y más de un caballero tan encantador.
—Su familia me acepta, por ese lado no hay objeciones; pero mi padre se opondrá.
—Su excelencia no podrá detenerte. Mira dónde estás.
Abriste tu escuela de canto, acudes a sanatorios, orfanatos y hospitales a llevar tu voz.
Te presentarás en una gala para recaudar fondos para Bethlem.
Querida, nada te detiene. Los periódicos hablan de ti, y no como tus padres temían. Te elogian. Exaltan tu buen corazón.
Valery suspiró.
—Si Edward me propone matrimonio aceptaré sin importar las consecuencias. Mi padre tendrá que aprobarlo y si sus aspiraciones se arruinan lo lamento. Pero no puedo renunciar a Edward por el título de Richmond.
—Eres valiente y sabes que cuentas conmigo.
—No habría logrado tanto sin tu apoyo y el de todas las Rosas Inglesas.
—Estoy segura de que sin nosotras habrías llegado a donde te lo plantearas. Veo la resolución en tu mirada.
Conversaron un rato más y tras hacer planes para la jornada siguiente las dos se fueron a dormir. Al otro día, debían despertar temprano y alistarse para sus respectivas obligaciones.
A Valery no le costó conciliar el sueño, pero tres horas después, cerca de la medianoche su descanso se interrumpió. Abrió los ojos y con trabajo se incorporó en la cama.
Algo la hizo reaccionar.
No tardó en ponerse la bata, en cubrirse con una manta y dirigirse a las escaleras. En la cima, se apoyó en la balaustrada. En la más tenebrosa oscuridad, solo cortada por algunos reflejos de la luna, trató de escudriñar qué sucedía en la planta inferior
Por un instante, sintió que no estaba despierta, sino que luchaba enredada dentro de una pesadilla. Se talló los ojos con fuerza para convencerse de que era real lo que estaba viviendo.
Una música suave llegó a sus oídos, la misma que la arrancó de los brazos de Morfeo y la hizo levantarse.
—Es la melodía del ala oeste —susurró sobresaltada.
¿Cómo la interpretación de esa pieza había llegada a Skylark Nook? Una sensación helada la recorrió. En Richmond House todos negaron la presencia de un huésped desconocido para ella. Así que cabía la posibilidad de que estuviera en su cabeza, de que solo Valery oyera aquella música en el piano.
Había una sola manera de averiguar lo que estaba ocurriendo. Debía llenarse de valor y bajar a investigar.
Existían dos posibilidades.
La primera: era una mala jugada de su propia mente, lo que la inquietaba porque podía ser un signo de locura.
¿Tendría que ver con la recaída que tuvo durante la visita de Edward? ¿Estaría perdiendo la razón?
Ya había tenido esos desvanecimientos, temblores, ataques de nervios… O los vapores, como escuchó denominarlo a su madre alguna vez.
Por el Creador , pensó.
Se atrevió a ponerle un nombre a lo que le pasaba y se espantó todavía más. No podía estar mal de la cabeza.
Oír sonidos que no formaban parte de este mundo sería una prueba irrefutable de que su mente desvariaba. Un signo más grave. No podía pasarle algo así. Se lamentó.
Segunda alternativa: que el huésped misterioso no era resultado de su imaginación o su locura, sino alguien de carne y hueso que la había seguido hasta su nueva morada.
Por el Altísimo, esta posibilidad me aterra , pensó temblorosa.
Pero, llevaba varios días en la propiedad, ¿por qué no escuchó la música antes? ¿Por qué, quién sea que trataba de asustarla, tocaba el piano en ese justo momento?
Comenzó a descender, la necesidad de esclarecer lo que ocurría era mayor que el miedo que la recorría, pero no la paralizaba.
De pronto, sintió algo enredarse entre sus pies, casi rueda por las escaleras. Un grito estuvo a punto de escapársele, logró ahogarlo en una exhalación al darse cuenta de que era Honey quien casi la hace caer. Respiró pausada para tratar de recomponerse.
Seguro Honey sintió su ausencia en la cama y acudió a su encuentro.
Sin embargo, algo la atormentó más: Honey solía ladrar insoportablemente alto cuando escuchaba un ruido o alguna amenaza, y estaba en silencio, solo reclamando sus brazos y mirándola con sus ojos redondos e inquietos como dos botones negros que brillaban pese a la oscuridad.
Lo alzó respirando agitada en medio de la noche apremiante.
—Debí traer una vela o un candelabro de hierro fundido.
Si no me servía para iluminar la cara de quién sea que ha irrumpido en la casa, podría usarlo para defenderme y arrojárselo en la cabeza —se lamentó, llenándose de valor y aferrándose a su cordura con la misma fuerza que sentía que era consciente de cada paso que daba, de que aquel sonido no provenía de su mente.
Continuó descendiendo a tientas guiada por aquella música melancólica, abrazando protectoramente a Honey. No estaba dispuesta a retroceder.
Al llegar a la planta baja caminó unos metros en dirección del salón de música, donde estaba el piano de su abuela.
A su espalda una tenue luz la iluminó, no tardó en percatarse de que era Bonnie con una palmatoria.
—¿Y esa música? —le susurró su amiga con una expresión alarmada—. Pensé que eras tú. Bajé porque se me hizo muy raro que te pusieras a tocar a la medianoche.
La melodía que se oía lejana llegó a un punto más álgido y se percibía por la totalidad de la estancia, como si el intruso quisiera alertar a todos en la propiedad, y ya no le importara mantenerse en secreto.
A Valery le volvió el alma al cuerpo.
Bonnie también escuchaba la música. Significaba que no había perdido la cordura. Pero antes de cantar victoria, un escalofrío más violento que el anterior le recorrió la espina dorsal.
Si no la estaba imaginando, era señal de que había alguien más en la propiedad, la misma persona que se ocultaba tras una puerta en la casa de sus padres.
La pieza sonora cambió, pasó de esa extraña y nostálgica interpretación a la Sonata para piano N.º 14 en do sostenido menor, Op. 27 N.º2 Quasi una fantasia , más conocida como Claro de Luna de Beethoven, sin que ellas notasen donde acababa una y empezaba la otra.
Tras unos minutos en que Valery y Bonnie seguían en silencio, tratando de entender, el pianista mezcló las notas de la partitura y ya estaba tocando un fragmento de Nocturne Op.
15 No. 2 en fa sostenido mayor de Chopin, e ipso facto , sin que fuera perceptible el cambio, inició El clave bien temperado.
No. 3, Preludio y Fuga en do sostenido mayor BMV 878 de Bach.
—Hay un intruso —murmuró Valery y las dos se contemplaron sin saber qué hacer.
Al mismo tiempo observaron la mesa alta que tenían cerca, había un jarrón, una urna de cristal protegiendo unas rosas de cerámica, un reloj y la estatuilla de bronce de Caliope que le había regalado Edward.
Asintieron mirándose a los ojos, la suerte estaba echada. Valery tomó la estatuilla en una mano sin dejar de sostener a Honey. Bonnie cogió el jarrón que también podría causar un daño al invasor.
—Lamento haberte sacado de la seguridad de Hayden House y que ahora tengas que pasar por esto, Bonnie —le susurró preocupada, mientras la música jugaba con sus mentes—.
¿Un ladrón virtuoso? Quién está aquí me busca a mí, ya lo enfrenté varias veces en la casa de mis padres, pero nunca le vi el rostro.
Lo que sí es un hecho que jamás escuché antes de la llegada de Errol esta música.
¿Será él? No, no puede ser él. Porque una vez lo encontré en la dirección contraria.
¿O será alguien mandado por él para acosarme y obligarme a arrojarme a sus brazos? ¿Un monstruo?
—Los monstruos no existen. Quien sea que está tocando lo hace demasiado bien para ser un simple esbirro contratado con el propósito de amedrentar. —Bonnie trató de calmarla, manteniendo a raya sus propios nervios.
—Como si los malvados no pudieran ser también prodigiosos en la música. Mira a tu hermano, lo apodan Ogro Gruñón y es de los mejores pianistas que he conocido.
El fragmento de la Fuga de Bach llegó a su fin y el pianista volvió a la pieza original, la que Valery solo había escuchado en el ala oeste de Richmond House.
Las damas se miraron al mismo tiempo y continuaron tratando de sacar conclusiones:
—Mi hermano es gruñón y hasta letal, pero solo por justas razones. Este rufián a las supuestas órdenes de Errol, que se ha colado en la casa, busca atormentarte, más si ya lo has escuchado antes y sigues sin saber quién es.
—Debe ser alguien monstruoso o deforme y por eso nunca muestra su cara.
Tal vez, Errol o mi padre piensan que saldré huyendo, que renunciaré a mi sueño.
Porque tiene que ver con mi familia, no es solo un ladrón.
Es la misma música que solo yo escuchaba en mi casa y que todos decían que no era nadie.
Quieren asustarme para que salga despavorida de Skylark Nook —resolvió asintiendo.
Pero su conclusión no aminoraba su miedo.
La música subió in crescendo como si quien la tocara ya no le importara ser descubierto.
—Oh, pero ya sabes que no eres la única que la oye. Yo también la escucho.
—¿Y si es alguien desquiciado que Errol ha mandado a hacerme daño?
—Lo sacaremos a golpes —blandió Bonnie amenazando a un adversario imaginario con el jarrón—. ¿Estás preparada?