Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 33 #3
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—Disfrutaré mucho explicarle mañana al doctor Anderson que llegué con el chico a Saint Thomas y que se me extravió en uno de los amplios pasillos —masculló Morrison—. Cuídelo, doctor, el muchacho me simpatiza. Su familia no lo merece si lo deja en manos de ese perturbado doctor.

Cuando el carruaje se alejó, Edward le dio su propia capa y su sombrero a Theodore.

—Cúbrete lo más que puedas.

—¿Me llevará con mi abuela, doctor?

—Primero debo encontrarla, pero lo intentaré. ¿Sabes montar? Tendremos que compartir la montura para salir rápido de las calles.

—Me gustan los caballos, su hunter irlandés puede soportar el peso de ambos; pero si el trayecto no es muy largo.

—¿Conoces de caballos?

—Todo, me apasionan. He leído sobre caballos, perros de raza y zorros, también me gustan los zorros.

Pero los corceles son formidables. Sin embargo, debemos cuidar que no se lastime el suyo cargando a los dos.

—Estudió a Edward de arriba abajo como si estuviera enfrascado en una operación aritmética—.

Por su estatura y complexión asumo que pesa casi ochenta kilogramos.

—Setenta y ocho —aclaró Edward impresionado.

—Es una suerte que yo sea alto, pero delgado. Peso setenta y dos. Su hunter irlandés podrá con los dos. —Una sonrisa resplandeció en su rostro.

—Vamos, no hay tiempo que perder.

—Huyamos, es lo mejor que me ha pasado en semanas.

Edward no sabía cómo le hacía Theo, pero era imposible que no fuera agradable, aunque hablara hasta por los codos cuando tenía ganas de hacerlo. No entendía por qué su familia decidió dejarlo justamente en Bethlem.

Sin embargo, en casa la señora Bates no recibió la visita con agrado. Cuando vio a Edward llegar acompañado no tardó en lanzarse a la carga.

—¿A quién ha traído ahora, doctor? Primero esa doncella de la que se rumora robó en la casa que servía y hoy a ese muchacho. ¿De dónde lo ha sacado?

Si respondía que de Bethlem la dejaría más angustiada y no lograría concentrarse en nada, pensando que el joven podría causarle algún daño. Así que omitió su procedencia. Aunque confiaba en que no los delataría, tampoco quería que terminara siendo un manojo de nervios.

—La doncella es inocente, me consta. ¿Señora Bates, dejaría a una jovencita ser calumniada por sus señores?

Sabe las atrocidades que hacen algunos para abusar del servicio y ocultar sus faltas.

Ella no tomó el dinero, de haberlo hecho no estuviera sirviendo aquí en nuestra casa, hubiese abordado un vapor a América y allí sería una nueva rica. Era una suma importante.

—Usted cuando quiere refutar parece abogado más que doctor. ¿Y qué tiene que decir del ensimismado? ¿Cuál es el alegato en su defensa?

—Oh, no le llame así, su nombre es Theo. Y es muy conversador, pero cuando está de humor. Ahora se encuentra cansado y procesando la nueva información.

—¿Theo qué? Debe tener apellido —protestó la buena mujer que lo único que intentaba era cumplir con las peticiones de la madre y el hermano del médico, tratar de que Edward no se metiera en problemas.

—Por ahora solo Theo. Y, por favor, tiene prohibido, así como todo el servicio, decirle a alguien que Theo se encuentra aquí. Serán pocas noches.

—Doctor, usted no tiene compasión de mi cordura, solo es generoso con sus pacientes. Seré yo quien termine internada en B…

—No hable de asilos delante de Theo, le trae malos recuerdos.

—No me diga que… —Abrió muchos los ojos al imaginar por donde venía el asunto.

—Theo es un prodigio, la va a sorprender. Instálelo en la habitación más iluminada. Mañana mande a una criada a comprarle lienzos, lápices, pinceles, óleo, con discreción. Tal vez hasta le haga un retrato.

—¿En serio lo cree, doctor? —Aquello le emocionó porque jamás la habían pintado.

Edward le sonrió al verla entusiasmada.

—Ojalá tuviese un instrumento que prestarle, también es músico. Pregúntele qué desea comer y complázcalo de ser posible. Pretendo que disfrute su estancia.

—La señora Bates se parece a mi abuela. Es un gusto conocerla, madame .

A mi abuela tampoco la castigan los años como al resto de los mortales —intervino Theo.

Fue lo primero que dijo desde que había llegado—.

Usted posee una mirada dulce, pero una lengua más rápida que una flecha.

No tiene que ser tan dura conmigo, no le daré molestias.

No se preocupe por la cena. Comeré lo que quiera darme y no me pondré quisquilloso.

No soy buen cocinero, pero aprendí el recetario de mi abuela de memoria. Podría enseñarle algunas recetas.

—¿Me ha dicho que mi lengua es…? —El ama de llaves no pudo terminar la frase, comenzó a balbucear. Fue lo único que retuvo.

—Theo dice lo que piensa, no lo tome personal, señora Bates. Ha dicho que su mirada es dulce. Quédese con eso. Yo no lo había notado. —Edward bromeó tratando de hacer reír a la mujer que continuaba sin dar crédito a lo que había escuchado.

—Supongo que también necesitará camisas, pantalones, chaquetas. Vino sin equipaje como la doncella.

—Puede saquear mi propio guardarropa, seguro habrá algo que le quede.