Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 33 #2
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—No soy idiota, Raleigh. —lo desafió con la mirada—.

Sé que usted no solo acudió a esta hora para retornar los expedientes a su lugar.

Lo que insisto no debería hacer, alguien podría verlo y yo ya no podría protegerlo.

Mi pregunta seria es… ¿Qué hará con Theodore cuando esté fuera de Bethlem?

Si su familia lo encerró aquí bajo el nombre Theodore S y lo han convencido quien sabe con qué argumentos de no revelar su apellido significa que no lo quieren de vuelta, y sobre todo, que el joven sabe lo que le conviene.

De cierto modo, es cómplice de que lo mantengan oculto.

Porque su hermano ha venido a visitarlo en dos ocasiones y han hablado por más de dos horas.

¿Qué recursos habrá usado para convencerlo de quedarse aquí?

¿Promesas de un futuro mejor? ¿De qué lo sacará pronto?

Mil ideas me dan vueltas en la cabeza. ¿Qué oculta lord Sable?

En ningún documento consta que el joven ingresado es su hermano.

No hay un acta de nacimiento ni certificado oficial de la identidad de Theodore más que las anotaciones de Anderson.

Pareciera que lord Sable solo está haciendo caridad.

Pero, una cosa es segura, no lo recibirá con los brazos abiertos en su propiedad porque él mismo lo encerró.

He indagado y la mayoría de los conocidos que tenemos en común ignoran que tiene un hermano y los que lo saben, jamás lo han visto.

—Vaya con ese tétrico personaje. Cada segundo me da más asco. Imagino que lord Sable no espera que su hermano aparezca llamando a su puerta y menos lo hospedará en su nueva mansión londinense. Al contrario, siento que desea deshacerse de un problema con el que no está dispuesto a lidiar.

—Doctor Raleigh, si lo descubren ayudando a un paciente a escapar arruinaría su carrera y no solo en Bethlem. Repercutiría en el Saint Thomas’ Hospital y en diversas esferas del ámbito médico y legal. Ni toda la ayuda del doctor Emerson lo sacaría del embrollo. ¿Está convencido de que vale la pena?

Edward se puso de pie, se desordenó los rizos de la coronilla con furia contenida. Jackson tenía razón, debía pelear por otra senda.

—Tratar de conseguir el alta médica mediante un informe legal podría tomarnos un tiempo prudente, uno que lord Sable y el doctor Anderson pueden usar a su favor para sacar a Theodore de Bethlem y refundirlo en un asilo privado muy lejos.

Tal vez esta es la única oportunidad que tiene Theodore de recibir ayuda.

—¿Por qué usted tiene que erigirse como salvador, doctor Raleigh?

—¿Por qué no debería ser yo? No quería involucrarlo a usted.

—Ya estoy involucrado.

—Lo mantendré lejos de mis decisiones.

—Pero usted seguiría en riesgo de perderlo todo.

Cuando llegó aquí lo vi como un faro, uno que puede ser mi aliado en contra de momias como Anderson que no me allanan el camino para los cambios que deseo instaurar en Bethlem y en la salud mental.

Su carrera es brillante, doctor Raleigh, dañarla sería un desperdicio.

Edward se puso de pie y caminó de un extremo a otro, mientras en su interior la sed de justicia crecía imponiéndose.

Dominado por la ira, comenzó a recitar:

—Insanidad moral, la que no he visto en ninguna de las observaciones que he hecho de Theodore.

Tampoco hay delirios, menos alienación y su inteligencia es excepcional, no puedo decir lo mismo del doctor Anderson.

—Soltó unas tristes carcajadas para aliviar la tensión y continuó con más ímpetu—: El juicio de Theodore es íntegro y muy acertado, tanto cuando conversamos o ante una exploración.

Monomanía, eso dice el expediente oculto.

Tal vez, pero yo estoy obsesionado con mi carrera.

¿Me deberían diagnosticar también por tener un interés absorbente?

¿Socialmente torpe e inadaptado, excéntrico, singular?

Y otros dictámenes similares que no le impiden convivir con otras personas.

Ese expediente que escondió bajo llave es solo basura.

Lo reharía por completo. Y el segundo, donde dice que es perjudicial para otros y para sí mismo está plagado de mentiras para poder mantener a Theodore aquí.

Es solo una fachada. Donde Anderson ve la obligación de corregir, de apartar de la convivencia con otras personas, yo veo la necesidad de comprender, de dar herramientas para que su vida sea más fácil, más digna.

No puedo mirar para otro lado, no mientras Anderson, para salirse con la suya, y la familia de Theodore se aferran a un diagnóstico insuficiente para mantenerlo lejos y «proteger el apellido».

—Maldita sea, tiene usted tanta razón. —Jackson negó mortificado, en todo coincidían—.

Y desde que tomé la directiva me juré que no permitiría que personas sanas, mal diagnosticadas por errores humanos o falta de comprensión de los síntomas para nuestros tiempos fueran encerradas aquí como último recurso.

Menos de un modo doloso y plagado de engaños.

—Anderson comenzó a tratarlo a los tres años, ahí están sus anotaciones.

Aseguró que Theodore ni siquiera conseguiría comunicarse con propiedad.

—Se rio con sarcasmo—. Lo atendió hasta los trece.

Imagino su cara al escucharlo entonces y ahora.

Theodore es tan elocuente, tiene un vocabulario más extenso y un razonamiento más lógico que muchos pares del reino que deambulan por los elegantes salones y ostentan un escaño en el Parlamento.

Por solo señalar alguno de sus supuestos fallos irreparables.

Después le perdió el contacto, supongo, porque no vuelve a haber nada en el historial hasta lo que ha transcurrido de este año.

—Repito, ¿qué hará usted con él?

—Tengo contactos, amigos que me pueden ayudar a reubicarlo en…

—Necesita a alguien que lo desaparezca y lo proteja a la vez. No quiero arriesgarme a dejar a ese joven sin protección. Es brillante, pero no está preparado para lidiar con las necesidades básicas del día a día, como buscarse el sustento, por ejemplo. Su familia no lo preparó para el mundo.

—Es la diferencia entre nosotros, doctor Jackson, con todo respeto. Creo que su familia cortó sus alas, pero Theodore puede encontrar su lugar y salir adelante como todos, e incluso mejor. Estoy dispuesto a darle las herramientas para que aprenda a volar solo.

—El muchacho tiene cierto padecimiento mental que no logro definir sin un reconocimiento más detallado, pero está lejos de lo que ha concluido Anderson.

—Exhaló con fuerza—. He visto a otros parecidos a él, y viven en sociedad, aunque con ciertos comportamientos excéntricos.

Aquí terminará enfermándose de verdad, su razón está amenazada con el encierro y los insanos métodos terapéuticos de Anderson.

Prima la seguridad de un ser humano y ante eso, no puedo tampoco quedarme cruzado de brazos.

—Si lo ayuda a tomar una decisión, debe saber que contacté a una dama de la familia de Theodore. Es de toda mi confianza. Está de acuerdo conmigo. Somos aliados en este asunto.

Jackson lo miró perplejo, comprendiendo hasta donde estaba dispuesto Edward Raleigh a llegar.

—A todas estas, usted no debería estar aquí.

El doctor Emerson dirá que estoy rompiendo nuestro trato inicial.

Por cierto, ya debe irse. Tengo que firmar un permiso para que uno de los pacientes acuda a Saint Thomas, tiene una urgencia que aquí no podemos resolver.

Un carruaje y uno de los cuidadores más capacitados lo llevará al hospital.

Jackson habló como si tal cosa y a Edward le pareció sospechosa su actitud desinteresada, de pronto. Más cuando él mismo lo instó a robar los expedientes tras la presentación de Valery. Ladeó la cabeza.

—¿Quién es el paciente?

—Si usted sigue aquí, doctor Raleigh, no tendré pretexto alguno para mandar a Theodore S a ese gran hospital con tantos pasillos y pabellones donde cualquiera puede perderse de vista en cuestión de segundos…

No puedo justificar que lo he mandado a consultar fuera cuando se encontraba en el asilo uno de los médicos cirujanos más preparados.

Edward enarcó una ceja.

—Es hora de irme —dijo sin más y se apresuró al perchero donde descansaban su sombrero y su capa. Se puso los guantes de cuero negro con rapidez—. Convendría mucho que ese paciente saliera con la misma ropa que llegó.

Jackson asintió y después añadió:

—Conservaré los expedientes. Hay algo importante que debo hacer.

Edward se los confió y salió con prisa en busca de su caballo.

Sabía que el doctor Anderson era un fuerte detractor de las ideas innovadoras que el director quería realizar en el sanatorio, y que desequilibrar a este último daría puntos a favor de Jackson.

Así que no perdió más tiempo. La oportunidad era única y no estaba dispuesto a desperdiciarla.

Edward no sabía a qué se atendría, ni en qué momento debía actuar, pero cuando el carruaje salió de Bethlem lo siguió con sigilo.

Tampoco le agradaba tener que llevarse a Theodore en Saint Thomas, un escándalo en el hospital sería un tiro de gracia.

Pero no se acobardó. ¿Por qué no se comunicó antes con Broc?

Las habilidades del Highlander para moverse en circunstancias turbias le habrían servido bastante. Ya no había tiempo de buscar refuerzos.

Lo que no esperó fue que, en un callejón oscuro, el coche se detuviera y sus ocupantes salieran del carruaje para aguardar a que se acercara.