Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 33
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Edward regresó a su asiento con las hojas dentro del cartapacio, mientras intentaba ordenarlas de forma idéntica a como habían venido. Valery servía el té, le habría gustado pasar a otra estancia de la casa, pero era el sitio más apropiado para recibirlo.

—Valery, lamento haber sido irresponsable.

No quise causarte tal impresión, que te llevara a…

—No pudo emitir un diagnóstico, no sin tener todos los elementos, más porque se trataba de ella y su juicio quedaría completamente nublado.

Sus emociones interferían—. Tal vez debí resumirte el caso y no dejarte leer el expediente.

Es solo que la situación de ese joven me tiene inquieto.

Más por el supuesto alienista que está a cargo de su caso.

He conocido a otras personas con características similares a él y sé que prosperan más en otros ambientes, no encerrados, y menos en un asilo como Bethlem.

—Su nombre Theodore, me da una rara sensación, como de algo que no logro evocar. Quizás mencionaron alguna cosa sobre él en mi presencia; pero pudo haber sido hace mucho tiempo.

—Quería saber más de él sin alertar a su hermano. Creí que tendrías información.

Ella negó.

—Solo la que dice aquí. —Valery señaló el expediente—. La entendería mejor si tú me la pudieses explicar.

—Refiere que Thedore padece de obsesiones intensas, pero no dañan a nadie, más bien podrían definirlas como pasiones.

El joven puede perderse durante horas en sus intereses como la música, el dibujo o hablar de temas que le agradan.

Es muy culto, se ve que ha estudiado mucho.

O al menos le brindaron una esmerada educación.

—Eso último combina con Errol —expresó Valery—, es casi un erudito. El señor Sable quiso que recibiera una buena educación y mi padre la patrocinó por completo.

—También dice que es muy sensible a los estímulos: sonidos, luces, ruidos… Y que padece de una ansiedad desmedida.

—Tampoco creo que sea motivo suficiente para mantenerlo encerrado.

—No. Pero este no es el expediente que Anderson entregó a Bethlem. El otro creo que fue alterado. Describe a Theodore como peligroso para sí mismo y para los demás.

—Pobre Theodore. ¿Por qué adulterarían su expediente? ¿Quién está tan interesado en encerrarlo?

—Es lo que pretendo entender y descubrir.

—También soy ansiosa, a veces. Hay situaciones que disparan mis nervios. ¿Tendrían que encerrarme por ello?

—Por supuesto que no.

Ella dio un sorbo a su taza de té preocupada por la revelación, pero estaba segura de que Edward ya se había percatado.

Edward vio su oportunidad y la tomó, no pasaba por alto lo ocurrido más de una vez en su presencia y sentía la necesidad de indagar, pero sin incomodarla.

—¿Lo que te pasó hoy te ha sucedido otras veces? —La miró comprensivo, para que ella confiara y se abriera.

—En una época anterior a mi entrada a English Roses School. Después solo quedaron mis nervios alterados ante algunos eventos, pero no los episodios de perder el conocimiento.

—¿Los temblores? —Se acomodó sus rizos. Detestaba que el escritorio se interpusiera entre los dos.

—¿Edward podemos concentrarnos en Theodore, por favor? ¿Podemos hablar de lo mío otro día? —pidió con el corazón en un puño.

Edward percibió su angustia y decidió no presionar. Estiró la mano para acariciar la de Valery mientras asentía.

—Según el doctor Anderson, Theo posee una sinceridad incómoda. Pero eso a mí me encanta. No se escuda en la frialdad inglesa para esconder lo que piensa o siente, siempre dirá la verdad.

—Casi como un niño.

—Pero no piensa como un niño, razona incluso como alguien de mayor edad a la suya.

—¿Qué edad tiene Theodore? —le surgió la duda y también acarició la mano de Edward de vuelta.

La contempló con amor, deseaba arrancarla de su silla y volver a fundirse con su cuerpo. Pero no quiso abrumarla. Esperó…

—Tú y él son contemporáneos —contestó a su pregunta y abrió el expediente para mostrarle el año de nacimiento. No había mención del mes o el día.

—Interesante, te refieres a él como «el joven». ¿También me ves como una muchacha? Y hasta hace unos minutos me besabas como a una mujer. —Enarcó una ceja para reforzar su punto.

—Entonces dejaré de referirme a él de ese modo. Es un hombre de veintiún años. —Tragó saliva, le había dado una lección. Theodore también era mayor de edad y debía tratarlo como tal.

—Continuemos. ¿A qué se refiere el doctor Anderson con que Theodore mantiene unas rutinas rígidas y que posee dificultad para adherirse a las normas sociales? Porque esto último se aplica a varios que conozco.

—Lo de las rutinas… Le cuesta cambiar lo que ya tiene establecido desde hace años.

Y en cuanto a este último punto coincido, es más difícil para él; pero no considero que sea necesario corregirlo como pretende Anderson.

Al contrario, debemos ayudarlo a vivir con dignidad.

En Bethlem no lo conseguirá, no es sitio para él.

Theo podría brillar en Londres respetando sus necesidades.

—Podríamos seguir por horas… Hasta yo considero absurdo lo que este doctor señala como peligroso… ¿Por qué está oculto?

—Porque la sociedad teme el escándalo, no tolera a alguien poco adaptado a sus reglas y siente terror por la imperfección hereditaria. Más si pertenece a la aristocracia.

—Pero Errol ni siquiera sabía que sería vizconde… Aunque es de ascendencia noble y supongo que esos prejuicios se arrastran. ¿Qué sucedería si mi padre que tiene tantas pretensiones para mi casamiento supiera que el hermano de Errol…?

—Dejaría de considerar a Errol una opción de inmediato. ¿Crees que Errol lo esconde para evitar que tu padre lo rechace como candidato?

—No lo sé. Mi padre ha apoyado a Errol, ¿por qué no haría lo mismo con su hermano? ¿Cómo es Theodore físicamente? Tal vez lo vi cuando canté en Bethlem.

—Creo que no lo viste. Theo se escondió detrás de una gran butaca a escucharte… A veces es tímido. Pero reaccionó al sonido, incluso parecía conocer de memoria la pieza, sus dedos tocaron un piano imaginario, mientras apretabas las teclas. Tu música le producía paz.

—Tenemos que auxiliarlo.

—Voy a ayudarlo a escapar.

—¿Edward? —Estaba muy impresionada—. Primero robas el expediente y ahora te vas a involucrar en una fuga…

—No me cruzaré de brazos. Theodore puede integrarse a la sociedad, es más brillante y sensible que muchos que pululan a sus anchas. ¿Quién le dio el derecho a Errol o a sus padres, en su momento, a mantenerlo encerrado en un asilo? Solo si les estorbara.

Ella suspiró.

—Ahora que desea desposarme, un hermano como Theo quizás no se apegue a sus planes. ¿Sabes qué? Cuenta conmigo, apruebo lo que piensas hacer.

—Hay alguien que igual desea hablar contigo, pero será en otra ocasión, tendrás que entrevistarte con ella. ¿Te acuerdas de la doncella que tus padres quieren involucrar en el robo del dinero de tu premio?

—¿La que dicen que huyó?

—Trabaja provisionalmente en mi casa… Hasta que ese asunto quede aclarado.

—Oh, Edward, gracias. —Lo enlazó por el cuello y le salpicó el rostro de besos—. ¿Cómo conseguiste ayudarla?

—Tengo contactos y odio las injusticias. Además, por ti haría lo que fuera.

Se puso de pie y fue a su encuentro, la tomó de la mano para acercarla. La rodeó por la cintura y volvió a besarla hasta que llegó la hora de despedirse.

Edward no debía acudir en las noches a Bethlem, pero esa lo hizo y tuvo una reunión con el director del asilo a puertas cerradas. Depositó en sus manos los dos expedientes e intentó volver a tomarlos cuando el doctor Jackson terminó de estudiarlos muy reflexivo.

—Los devolveré hoy —aseveró Edward con gravedad—. Vine a esta hora esperando que Anderson ya se haya marchado a su apartamento.

—El doctor Anderson no se ha dado cuenta de la ausencia de los expedientes.

—Qué suerte la mía.

—Tal vez está tan seguro de que tiene las espaldas cubiertas que ni siquiera ha tocado el cajón o revisado sus documentos.

Edward sonrió victorioso.

—Vine tarde para no toparme con él. Creí que se habría marchado echando fuego por la boca como un dragón y culpando a todos por su pérdida.

—Considero que no debe devolverlo si en sus planes está ayudar al joven a huir —pronunció el director del asilo y le sostuvo la mirada atónita a Edward, que trató de recomponerse y mantenerse firme.

—¿A huir? —repitió para ganar tiempo.

Jackson podía ser un médico confiable, moderno, y hastiado de los malos manejos heredados de otras administraciones de la institución que dirigía, pero eso no significaba que comulgara con las ideas de una fuga que podía echar por tierra las carreras de ambos.