Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 32 #2
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Cuando Valery volvió en sí, fue consciente muy despacio de su cuerpo recobrando la temperatura, de los sonidos de la respiración agitada de Edward, que sentado sobre la alfombra la acunaba entre sus brazos, sin entrar en pánico.

Abrió los ojos y su rostro fue tomando forma…

No supo cuánto tiempo transcurrió, creyó que segundos… Tampoco preguntó.

—¿Cómo te sientes? Un médico jamás olvida su maletín. Maldita sea, no lo tengo —imprecó sin perder la calma, como si no quisiera alarmarla.

—Abrázame —murmuró y enterró la cara en su pecho cálido, inspirando su aroma a hombre, su olor tan familiar.

Sintió los brazos de él aferrarla más, como si contuviera lo más precioso y delicado del mundo.

Sus labios suaves y llenos se estamparon sobre su frente y Valery se atrevió a aferrar sus dedos, ya desentumidos, a la tela del chaleco de él.

Nada le daba tanto confort, tanta seguridad, como el refugio perfecto de la cercanía de Edward, su cuerpo, su paciencia, su abrigo…

—No sé qué me pasó —dijo al fin sin despegar su rostro de los pectorales masculinos.

—No te preocupes ahora, solo déjame cuidarte.

Se sentía tan bien entre sus brazos. Por instinto, dejó que su mano vagara trémula hasta encontrar la de Edward, y cuando temerosa trató de rozarla, buscando ese contacto que necesitaba, sintió que él se la estrechó con fuerza…

Y no se sintió como resultado del soporte que brinda un médico…

Tampoco con la calidez propia de una amistad…

Sus dedos se buscaron desesperados, se entrelazaron con ansias de rozarse, sentirse, estrecharse…

A Valery se le escapó un suspiro, a Edward un ronco gruñido como si continuar aguantándose fuera un infierno para los dos.

Se quemaban, y recostada a su pecho percibió las llamas que también lo devoraban. No hicieron falta palabras, explicaciones, ni continuar por ese camino.

Ella levantó su cara para buscar sus ojos, sus ojos que no mentían y Edward no dudó en soltarla para acunar su rostro con sus manos, atraerla hacia sí y besarla con la misma desesperación de un hombre tras vagar por el desierto.

Sus labios tersos, voluptuosos acariciaron los de Valery con tanta entrega que ella se rindió ante su azote inclemente… No fue un beso tierno, aunque fuera el primero… Fue necesidad desbordada tras la más larga y despiadada espera, hambre desmedida.

Valery se aferró a su cuerpo, lo abrazó con toda la pasión que reprimió hasta ese instante en que ya no pudo más.

Jamás había besado a un hombre, pero sus labios respondieron al deseo primitivo y supieron como adorar la boca de Edward.

Y lo hizo con tanta devoción que un jadeo se escapó de la garganta masculina, apremiado por algo distinto de lo que había venido a buscar, pero que latía en lo más profundo de su necesidad.

—Alondra —le susurró entre beso y beso. Su aliento mentolado se mezcló con el elixir de miel de lavanda que cubría los labios de Valery.

Ella se estremeció cuando él la probó maravillado por su sabor dulce y perfumado.

Valery apoyó las manos en la dureza del torso varonil y él con una expresión que la sedujo en el acto, la invitó a seguir explorando. Le agradó tanto recorrerlo, acariciarlo, que no se conformó.

Siguió la línea central de su cuerpo, la chaqueta estaba convenientemente abierta, así que bajó sobre los botones del chaleco y no se detuvo hasta llegar a la cinturilla de los pantalones.

Sus ojos se abrieron bastante cuando al continuar su incursión hacia el sur se tropezó con una rígida protuberancia.

Él gruñó de placer cuando sintió su roce tímido.

La erección masculina le dio la bienvenida creciendo bajo su toque, como si la invitara a explorarlo con calma, sin miedo.

La reacción de Valery fue retirar la mano. Pero Edward, perdido en su propio deseo, la tomó y la devolvió a su sitio.

Ella, inquieta, buscó sus pupilas mientras jadeaba, llena de preguntas que no emergieron. Él también le devolvió la mirada, las ansias lo devoraban y se reflejaban en la superficie de sus ojos.

—No te detengas. —La instó a continuar reconociendo cada palmo de su cuerpo, lo enloquecía, jamás sintió tanto ardor por una mujer—. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué nos tardamos en llegar hasta aquí?

—Edward… —Gimió sin dejar de tocarlo justo donde se sentía más duro.

Las manos de él también se tomaron licencias con el cuerpo femenino, ascendieron a su cintura y la pegaron más contra sí.

Volvió a besarla con tanto ímpetu hasta que quedó lánguida a su merced, los besos de Edward bajaron por su cuello e hicieron una larga parada en su escote, probó el nacimiento de sus pechos hasta que tras luchar con las apretadas ballenas del corsé logró liberar uno de los pezones, el que engulló con desespero.

Valery se perdió por completo tras el azote de su cálida lengua…

Sin darse cuenta terminaron sobre la alfombra, él encima, agasajándola con maestría ante la sorpresa de ella que recibía con placer cada vehemente caricia de sus manos expertas.

Edward no tuvo que pedirlo, pero ella separó sus rodillas y él se acomodó en medio sin importarle el amasijo de encaje y seda…

Y sin dejar de repartir besos por cada trozo de piel expuesta, el varón comenzó a impulsarse con suavidad.

Una danza rítmica y seductora, acometidas que le hicieron a Valery perder la noción del lugar donde estaba.

Mientras enterraba sus dedos entre los rizos del cabello de Edward que se habían desacomodado, escuchó unos toques en la puerta.

—Milady, he traído el servicio del té… —Era la voz de Vivianne.

Valery dio casi un brinco y lo obligó a ponerse de pie. Él la ayudó a incorporarse tras gruñir de molestia por la interrupción.

—Dame unos minutos, Vivianne —soltó nerviosa y odió que se notara en su voz.

La nueva ama de llaves contestó del otro lado junto al tintinear de la porcelana:

—Puedo volver en unos minutos.

—Me parece apropiado. El doctor y yo estamos tratando un asunto de negocios y el té se podría enfriar.

—Por supuesto —convino sin disimular la picardía en su tono.

Cuando la escucharon alejarse, miró a Edward que seguía con la ropa hecha un desastre y que no se había molestado en acomodarla.

Los ojos de ella no pudieron evitar hacer contacto con la erección y se ruborizó un poco.

Él esbozó una media sonrisa.

—¿Estamos tratando un asunto de negocios? ¿Y el té se podría enfriar? Tu ingenio en momentos embarazosos es deslumbrante —bromeó al mejor estilo de Edward Raleigh y a Valery le encantó recuperarlo por completo.

La enloquecía, su corazón solo había latido de esa forma cuando la miraba así, como si el vínculo que entre los dos estaba construyéndose fuera irrompible.

—Insoportable —se defendió, y reprimió una carcajada. No podía dejar de mirarlo—. Es lo primero que se me ocurrió, no estoy acostumbrada a que me atrapen in fraganti en esta clase de circunstancias embarazosas.

Edward curvó uno de los extremos de su boca con descaro al escucharla usar la misma palabra que él utilizó para definir lo ocurrido.

—El té se tendrá que enfriar.

Se desplazó hacia la puerta donde echó el cerrojo y después se acercó a ella de nuevo. La atrapó por el talle sin previo aviso y mientras volvía a embeberse del dulzor de sus labios, la sentó sobre el escritorio y se coló entre sus piernas.

—Edward… —Gimió sobresaltada.

—No te besé antes porque no podía hacerlo sin develar la mentira que causó la confusión.

Me habría sentido deshonesto. Y, Valery, entender que lo que me atrae no es una simple ilusión pasajera, y menos un impulso proveniente únicamente del deseo de poseerte, no deja más explicación para lo que siento: estoy enamorado de ti.

Y nadie puede discutírmelo, ni siquiera tú porque soy yo quien lo vivo.

—Le tomó una mano y se la llevó a su corazón que latía precipitado bajo su palma.

—No dudaré nunca más.

Entonces, fue ella quien lo abrazó y se apoderó de sus labios, como si jamás pudiera aburrirse de besarlos.

La voz de Vivianne volvió a escucharse con un tono más elevado que la última vez:

—Milady, vuelvo a estar en la puerta con el servicio del té.

Valery se negó a despegarse de la seductora boca de Edward. ¿Acaso le estaba fallando la suspicacia a Vivianne?

La escucharon carraspear tan alto que se dañaría la garganta.

—Lady Bonnie ya está en la propiedad, llegó temprano y pregunta por usted. —Volvió el ama de llaves al ataque—. ¿Qué le digo?

Edward y Valery se separaron a regañadientes. Y mientras se adecentaban entre susurros de amor, ambos tomaron los asientos correspondientes y trataron de actuar como si la tormenta de la pasión no los hubiese arrasado apenas escasos segundos atrás.

—Adelante, Vivianne.

La mujer trató de abrir y se topó con que el picaporte estaba cerrado. Edward acudió en su rescate mientras se acomodaba la ropa y el cabello, entre las risas cómplices de los dos.

Por fin Vivianne entró con una bandeja en las manos y la acercó al escritorio tratando de no sorprenderse; pero fue imposible no hacerlo al descubrir el arrobamiento en el rostro de Valery y la suspicacia en la cara del caballero.

Sin embargo, cuando vio varias hojas esparcidas por el suelo de la estancia, dejó escapar sus impresiones.

—Parece que entró una ráfaga de viento.

Los tres notaron que la ventana de marcos blancos estaba cerrada.

Vivianne dejó la bandeja del té sobre el escritorio y mostró su intención de levantar los documentos, pero Edward se puso de pie otra vez.

—Yo lo haré. Son confidenciales —se ofreció, prefería que nadie más que él o Valery los leyera.

—Sí que son muy serios los asuntos de negocios —blandió el ama de llaves y después los dejó a solas.