32
Cuando Vivianne le dijo a Valery que el doctor Raleigh estaba en la puerta, su primera reacción fue despacharlo.
Ya había dicho lo que pensaba sobre la cancelación del falso compromiso.
No quería alargar una situación que la lastimaba.
Pero no pudo negarse a recibirlo. En realidad, habría deseado que hubiese insistido más, hasta que la convenciera por completo.
—Llévalo a mi oficina. Es una suerte que haya venido en un horario apropiado.
Los estudiantes hacía rato se habían marchado.
—De inmediato. —Vivianne jamás la cuestionaba cuando el asunto era relevante, y no era un secreto para ella lo que Valery sentía por el doctor.
Nerviosa se alisó la falda, repasó que ni un mechón estuviera fuera de su sencillo recogido y acudió a su encuentro.
—Si nos tardamos más de media hora, por favor, lleva un servicio de té. ¿Dijo qué lo trae a nuestra casa?
—No, milady.
Ella tembló un poco, sin comprender por qué venía sin avisar.
La decoración de la oficina estaba a medio terminar, era el antiguo estudio de la casa.
Muebles de haya que tuvieron sus mejores años hacía bastante tiempo.
Pero que podían ser útiles y que vibraban con el mismo encanto de la propiedad, como si el otoño fuera permanente, a pesar de que estaban en plena primavera.
Verlo ahí de pie como si no le hubiese roto el corazón se sintió como un puñal clavado con violencia en su herida.
Alto, infranqueable, con su espalda ancha y sus músculos de hierro forjados por el arduo esfuerzo de batirse contra las aguas más turbulentas.
Las mejillas bronceadas por las horas dedicadas al remo.
Y esos ojos que la devastaban sin remedio: grandes, inquietos, llenos de chispa y tan expresivos que parecían decirle todo sin mover los labios.
Con esas ojeras que amaba, resultado de cada desvelo con el que procuraba salvar la vida o la cordura de sus pacientes…
—Valery. —La voz de barítono que reconocería en medio de una turba agitada, la hizo estremecerse. En sus manos traía algo mal envuelto en una tela de seda color burdeos.
—Edward. —En cambio, la voz que brillaba en el canto se rasgaba cuando estaba frente a él.
Quería ser más fuerte ante su presencia, pero ese hombre la hacía sentirse frágil, perdida… Como si lo único que pudiese calmar sus ansias fuera hallarse protegida entre sus vigorosos brazos.
Estaba tan tensa que ni siquiera le ofreció sentarse. Ella permaneció también de pie frente a él.
Oh, Edward, ¿por qué sigues viniendo a devastar mi mundo? , pensó tratando de disimular la tormenta desatada en su interior.
—Gracias por recibirme, no estaría aquí de no ser un asunto importante. —Su tono era formal.
Languideció.
Como si tras romper los lazos, volvieran al trato impersonal. Agradeció que no la llamara lady Valery o milady, como hizo en Bethlem, o terminaría por hacerle añicos el corazón.
¿Me quiere? ¿Será cierto que me quiere? No puedo creerle sin una prueba irrefutable de que su corazón se descontrola tanto como el mío cuando estamos juntos , pensó queriendo aferrarse a las palabras de la hermana y la cuñada que abogaron por él.
Por más que su mente le ordenaba resistirse, su cuerpo entero temblaba cerca de Edward, deseando que la tomara en sus brazos y que con besos ardorosos la convenciera de que la quería, tanto como aseguraban sus palabras.
—Te escucho. —Su corazón iba a mil por horas, como un tren a punto de descarrilarse.
—Es un asunto muy serio y pido tu completa discreción. Me juego mi puesto en Bethlem, mi carrera…
El corazón de Valery desaceleró.
¿No estaba ahí para besarla hasta hacerle perder la cordura?
—Sabes que puedes confiar en mí —susurró tan apagada como una vela tras una ráfaga helada de invierno.
Edward tragó saliva y ella impaciente y descorazonada aguardó.
—Pero antes de revelar lo que me trajo déjame tener una atención contigo… Ni siquiera vine a la inauguración de tu escuela. Aunque tampoco fui requerido —se lamentó como si le reprochara no haberlo invitado.
—Oh, es que no hubo inauguración. Tan solo abrí las puertas.
Nada fue como imaginé en un inicio, no hubo grandes cambios, ni decoraciones de estreno.
¿Y sabes qué? Nunca me había sentido más feliz, el encanto de la propiedad me tiene cautivada.
Aunque recupere los fondos del premio me he propuesto resguardarla tal y como está, solo mejorando lo que requiera restauración sin modificar su esencia.
—Es muy acogedor. Me alegra saber que seguiste adelante, que estás feliz. —En el semblante de él se reflejó la tristeza unos instantes, y después respiró hondo y trató de mostrarse alegre por ella.
Valery no le diría que su felicidad estaba incompleta hasta que no se lo sacara del corazón, cada minuto la esperanza de recuperarlo se tambaleaba dentro de ella.
—¿Y tú estás contento? —No pudo evitar preguntarle.
—Traje esto para tu escuela.
Ella lo recibió y esbozó una tímida sonrisa mientras descubría el regalo. Pesaba, y él lo notó así que se lo quitó de las manos y la puso en un mueble cercano.
—La pondré donde todos puedan admirarla. Gracias, Edward.
—Es una estatuilla de Caliope una de las siete musas de la música, la más importante.
Pesa porque es de bronce. Se dice que es la de la bella voz y la poesía épica.
Espero más adelante poder regalarte las demás para que completes el juego.
Creo que se verá bonito en este lugar: Skylark Nook.
—Su voz que nunca temblaba lo hizo al pronunciar el nombre de la escuela Él la había llamado alondra por primera vez, y ella no dudó en usarlo.
Ninguno recalcó el hecho, pero los dos lo pensaron y el silencio comenzó a volverse espinoso.
—De verdad, no es necesario. —¿Pretendía pegarle los trozos del corazón roto con atenciones similares? Su acto de héroe sacrificado tenía que acabar, si no la quería lo mejor era que se alejara y no que intentara componer el desastre.
—Insisto.
—¿Y entonces, qué más te trajo aquí además del obsequio? Dijiste que era muy serio.
—¿Errol tiene un hermano?
La pregunta de él la tomó desprevenida. ¿Errol? ¿Vino a hablarle de Errol? Respiró hondo para no romperse delante de él.
—Creo que tiene un hermano, pero no lo conozco.
Y jamás lo he escuchado referirse a él. —Valery sintió el frío calar sus huesos, aún trataba de asimilar que él no vino para aclarar su asunto pendiente: que jugó con sus sentimientos y que escaló hasta involucrar a las dos familias en un compromiso falso y detestable.
—Lo tiene. —Aportó demasiado seguro, intrigándola—. ¿Nunca lo conociste?
—No, no lo recuerdo. Mi tía, la señora Sable, debe saber.
—Pero no puedes preguntarle. —Parecía una orden. Pronto Valery entendió que no lo era, le hablaba como a una aliada, una cómplice.
—Nunca fuimos cercanos a su familia. —Negó—. Mis padres los frecuentaron a menudo en el pasado, incluso son padrinos de Errol. Tengo un recuerdo antiguo de la familia Sable visitándonos alguna vez, pero no ubico el rostro de ese hermano al que te refieres. ¿Será que aún no había nacido?
Apretó sus labios. ¿Cómo podía conversar con él, fingiendo que el dolor no la devoraba por dentro?
Como sucedía en ese momento. Trató de no suspirar de desconsuelo, libraba una batalla campal.
La desarmaba las razones de su visita. Necesitaba esforzarse para que no se le notara el desánimo.
Si no la quería, no la quería, debía asumirlo. Quizás solo la consideraba una amiga.
Maldito corazón delator , pensó.
—Ese joven es tu primo.
—Lejano. Primo lejano, como Errol. Supongo que no le agrada tanto a mi tía o a mis progenitores, nunca lo han mencionado. Ni siquiera Errol habla de él.
—Ahí está el misterio.
—¿Estás tratando de insinuar algo? —preguntó y él asintió. De pronto, sus primeras palabras la hicieron sentir un sobresalto—. ¿Por qué dijiste al llegar que esta visita podría costarte el puesto en Bethlem? ¿Y tú por qué sabes de la existencia del hermano de Errol?
Valery entrecerró los ojos. Era un hecho que la presencia de Edward ahí no iba de un asunto romántico —muy a su pesar—. Pero la información compartida carecía de sentido para ella.
—Porque lo ingresaron en Bethlem y quien sea que lo llevó no parece tener intenciones de sacarlo pronto.
—Qué tristeza.
—Lo que voy a hacer va contra todos mis principios profesionales…
—admitió muy serio—. Sin embargo, mi ética personal pesa más que mis compromisos con la posición que sustento en el asilo.
—Entonces sacó un cartapacio con papeles dentro—.
Lee lo más rápido que puedas, el doctor Anderson debe estar rabiando en este instante tras descubrir su ausencia…
Y en algún momento tendré que buscar la forma de devolverlo sin ser atrapado en el intento.
Valery tomó el grueso expediente, y aún de pie comenzó a leer.
—¿Lo robaste?
—Anderson nunca le dio una oportunidad, nunca… Solo tenía tres años cuando lo conoció y sentenció su destino.
—¿Es…?
—El hermano de Errol se llama Theo. Theodore Sable.
—Theo…
—Sí. Theo…
Valery sintió un mareo de pronto, y comenzó a temblar de un modo cada vez más notorio e incontrolable. El expediente cayó de sus manos y las hojas terminaron por el suelo.
—¿Estás bien? —Su reacción fue preguntar, pero no era necesario que ella respondiera, era evidente que no.
—Ed… Ese nombre…
Los temblores se hicieron insoportables…
Tenía tanto frío…
Su mundo entero se tambaleó, un enjambre de abejas invisible zumbaba en sus oídos y la vista se le nubló poco a poco. La desesperación la cubrió.
El instinto le hizo elevar los brazos para tratar de sujetarse de Edward, pero sus manos se cerraron, no podía controlar sus dedos y obligarlos a abrir para agarrarse.
No fue necesario que llegara hasta él, Edward la tomó del talle y la sostuvo antes de que perdiera el conocimiento y terminara golpeando la cabeza sobre el suelo.
De pronto, primó el silencio… El vacío… La oscuridad…