Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 31
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Edward llegó puntual a Bethlem, ya no había vuelto a beber. Se arrepentía de haber bajado la guardia. Cuando entró al pabellón de los pacientes que eran más tranquilos se sorprendió por completo.

Valery sentada en el viejo piano que traían de vez en cuando a la sala principal entonaba una canción con tanta armonía como la de los ángeles.

Se recostó a la columna que tenía cerca, con el alma en vilo.

Cuando creía que iba a desfallecer si no volvía a verla, ella venía a él. Algo debía significar.

Se veía hermosa, con un vestido blanco vaporoso y la paz dibujada en su semblante. Su cabello castaño en un perfecto recogido y su voz se elevaba hasta notas que jamás había logrado escuchar en alguien más.

—Alondra, has venido a mí —susurró.

Recorrió la vista sobre el público y vio a sus pacientes disfrutar del espectáculo, algunos sonreían, otros tenían lagrimillas asomándose a sus ojos, como si hubiesen pasado mucho tiempo sin disfrutar de la belleza de la vida.

Descubrió a Theo oculto tras una amplia butaca, concentrado, desde donde estaba no podía verla, pero reaccionaba al sonido. Con sus dedos marcaba el compás de cada nota musical como si él mismo tocase las teclas. Lucía extasiado con la melodía, en completo estado de armonía.

El doctor Jackson no tardó en acercarse y detenerse al lado de Edward.

—Canta hermoso, ¿verdad? —le preguntó.

—Sí, ya había tenido el gusto de escucharla. —Edward se llenó los pulmones a plenitud, también disfrutaba del espectáculo.

—Muchas sopranos de relevancia mundial envidiarían esa voz.

—Pero ¿qué hace la hija de un duque cantando para los enfermos? —La curiosidad lo embargaba.

—Ya lo has dicho, es la hija de un duque y con muchos contactos. Recibí la orden de mi superior. La joven quiere llevar paz con su voz a los menos afortunados, nunca había visto a los pacientes tan serenos. Visita cuanto asilo, orfanato u hospital se lo permite llevando esperanza.

—Supongo que sí, en St Thomas no se ha presentado. —Edward pensó que a los pacientes les encantaría.

—Aquí tuvimos más suerte. Los pacientes han reaccionado positivamente a la música. Johnny está más calmado que de costumbre, hasta parece que se quedará dormido. El señor Patter ha recordado dónde dejó su libro, vino a decírmelo muy emocionado.

—Estoy impactado, doctor Jackson. Pero siempre he creído que el canto es humanidad.

—Más cuando proviene de un ángel como lady Valery Belcher. —El director no pudo tener más razón—. ¿Sabe que habrá un concierto en septiembre de este año y lo recaudado se destinará para nuestra institución? Ella será una de las voces.

—No me sorprende de la dama. Me alegra por ella.

—Suspiró feliz de verla cumpliendo sus sueños, pero desdichado de haberla perdido—.

El arte ayuda a la mente. A los pacientes les convendría pintar, cantar, tocar un instrumento.

Y no solo el arte… Andar a caballo, practicar deportes, aprender oficios. Deberíamos instaurarlo.

—Tiene buenas ideas, doctor Raleigh. Sin embargo, el doctor Anderson y su séquito de adoradores se oponen rotundamente a cualquier cambio que implique salir de la rutina que hemos sostenido por años.

—Pero usted es el director.

—Anderson lleva más tiempo aquí que yo, tiene contactos muy fuertes que lo dejan deshacer a su antojo. Es una suerte que salió unas horas a un asunto privado o habría encontrado un «pero» a la presentación de la joven en el asilo.

—Mire a Theo, está embelesado, parece que conoce la letra, la tararea.

—Edward no pudo dejar pasar la ocasión, preguntó lo que hacía rato quería saber—.

¿Qué hace ese joven aquí? Parece que lo quisieran ocultar del mundo.

Es tan talentoso, obsérvelo, tiene conocimientos de música.

¿Ha visto su libreta de dibujos? Es increíble.

¿Sabe que una vez le pedí al doctor Anderson que me dejara revisar su caso y se negó rotundamente?

Me he ganado la confianza de Theo. Siento que puedo lograr más avances en él.

Con Anderson cierra la boca y se niega a hablar, conmigo conversa hasta por los codos.

¿Por qué usted no lo asigna a mi investigación?

Anderson sin supervisión no le hace bien.

—Ni con ella. Pero no puedo. Ese joven no se quedará aquí. Su cuidadora ya no puede hacerse cargo, y no supieron qué hacer con él. Como fue paciente de Anderson desde niño, él intercedió para ingresarlo aquí

—¿Intercedió? No es parte del procedimiento. —Edward negó cada vez más convencido de que había muchas incongruencias en el ingreso de Theodore.

—Es temporal, hasta que su familia decida qué hará con él.

—¿Decida?

—Su familia tiene dinero. Su hermano es vizconde y nos ha obligado a guardar silencio.

—¿Lord Sable? —Era una enorme coincidencia que el día que llegó Theo también apareciera Errol y se encerrara con el doctor Anderson con total secretismo.

—No salió de mis labios.

—No me gusta lo que ocultan esos dos. ¿Y si Theodore posee una herencia que su aristocrático hermano le quisiera quitar? Tal vez el encierro es una excusa para despojarlo de sus bienes.

—Eso no. También tengo mis medios para investigar.

El testamento del señor Sable, padre de Errol y Theodore Sable, no dejó estipulado absolutamente nada para el muchacho.

Y en cuanto al vizcondado Sable tampoco, Errol es vizconde por casualidad de la vida.

Sin embargo, el expediente real de Theo no pasó por mis manos, no es el que aparece junto al de los demás pacientes con escasos datos.

Solo me entregaron dos certificados corroborando que era peligroso para sí mismo y para los demás y que necesitaba ser internado.

Ninguno procede de Anderson, como estipula el protocolo; pero los médicos que firmaron son conocidos en nuestro medio por no poseer una respetable reputación.

—Anderson se tomó bastantes molestias, más considerando que él no le da importancia a la historia clínica.

—En este caso la familia paga a Anderson por debajo del agua.

Estoy casi seguro, pero no tengo pruebas.

Nada de lo que pusieron en mis manos justifica lo que he podido observar en el joven.

Sé que el verdadero expediente está oculto en un cajón de su escritorio.

Jamás suelta la llave. Y yo no he podido exigir que me lo muestre.

Alguien más arriba de mí movió sus influencias para dejarme fuera del conocimiento de la información. ¿Te intriga tanto como a mí?

—Sí. —Edward asintió, más con el nombre de ese sujeto involucrado. ¿Qué tenía que ver ese joven con Errol? —. Perdóneme por lo que diré. Admiro sus intentos para que la institución se mantenga en orden y sin corrupción, pero le reprocho no tener una mano más firme.

—Lo sé, también me lo reprocho. —Bajó la mirada apenado—. Si alguien investiga, no me molestaré. Sé que usted protege a Theodore de Anderson cada vez que puede. Me lo han dicho los cuidadores. Usted no es el único que no soporta a ese hombre.

—Lo defiendo. Detesto que un joven como él esté encerrado y más a cargo de un médico que comete ciertos abusos disfrazados de tratamientos.

—Sin embargo, no con Theo. Lo sabe, incluso lo ha dicho en voz alta. Si le toca un pelo a Theo estará perdido. Su hermano es poderoso.

—No logro entender cómo el vizconde tiene a su propio hermano aquí y a cargo de Anderson.

Theodore podría evolucionar muy bien en cualquier otro ambiente.

No necesito leer su expediente para saber que es un joven sano, solo con una familia terrible.

La sintomatología que he corroborado en él responde bien a un tratamiento fuera de instituciones.

—Ese expediente necesita de alguien con agallas que lo estudie a fondo. No me haga rogárselo.

Edward asintió con seriedad.

La música se detuvo y deseó tener un minuto a solas con ella.

Cuando Valery terminó su canción se puso de pie y cerró la tapa del piano. Para sorpresa de Edward caminó hacia él y el doctor Jackson.

—Gracias, milady, por tan loable labor. Posee una voz angelical —alabó el director.

—Gracias, doctor Jackson, por permitirme acercarme y traer lo que puedo aportar. Es poco en consideración con lo que hacen algunos de sus médicos. El doctor Raleigh me ha sensibilizado hacia los pacientes de Bethlem, tan solo quise ayudar.

Edward sintió una corriente eléctrica recorrerlo entero cuando ella pronunció su nombre y habló tan bien de él. Valery no le reclamaba, no lo miraba con hostilidad.

—Es un placer tenerla aquí, milady. Espero que pueda visitarnos más a menudo —dijo al fin y la miró a los ojos, tratando de no perderse en ellos.

—Lo intentaré. —Ella también lo observó y bajó la vista al contacto.

—Si me permite la acompañaré hacia la puerta —ofreció el director.

—Puedo acompañarla, si le parece correcto, doctor Jackson. —Edward vio su oportunidad y no perdió un segundo.

—Me parece estupendo.

—Milady, ¿puedo guiarla? —ofreció Edward con la emoción bullendo en su interior.

—Gracias, doctor Raleigh.

Ella asintió, como si no esperase ese desenlace, pero no puso objeción. Caminaron.

Cuando llegaron al vestíbulo, lejos de los demás, Edward le susurró:

—Valery yo…

—No tienes que angustiarte más. Tu hermana ha abogado por ti.

—¿Belle? —Suspiró. ¿Algún día su familia dejaría de defenderlo?

Se complacía por el amor que le brindaban, pero tal vez su relación con Valery habría tenido más éxito sin el impulso de lady Abbott, las recomendaciones de su cuñada y su hermana, y sin su madre como defensora del hijo que era un hombre y estaba dispuesto a ocuparse de sus propios asuntos.

Gracias a Dios, Evander era diferente, lo dejaba afrontar como adulto sus tribulaciones porque confiaba en él.

—Tu familia es… tan unida.

Ella elogió a los Raleigh y a él se le llenó de orgullo el corazón.

Cuando llegaron a la entrada principal, Edward pidió el carruaje de la dama y continuó:

—Es unida, sí. Y ser el hermano menor y aún soltero es complicado. Salvo Evander que se mantiene solo observando a distancia, las mujeres enloquecen… Todas desean verme casado y exaltan mis virtudes más allá de lo realista.

—Te quieren, te cuidan, te protegen. Yo desearía que los míos me demostraran afecto de la misma forma. No habría huido… Sería grato ver la casa donde crecí como refugio, no como cárcel. Lo siento, de nuevo te abrumo con mis problemas.

—Jamás. Me complace escucharte y brindarte mi apoyo, siempre, Valery.

—Supe que fuiste a The Red Cave y bebiste hasta quedar casi inconsciente. Tu hermana me puso al tanto, y después Charlotte me relató algo más. Estoy preocupada por ti, Edward.

—Me perseguirá por siglos. Siempre estuve consciente, aunque sí me excedí. No volverá a suceder. Valery, ¿podríamos conversar más tarde?

—No lo creo apropiado. Pero quería verte para decirte, mirándote a los ojos que yo te libero, no tienes deuda alguna conmigo. No dejes que la culpa siga afligiéndote. Eres un buen hombre.

—¿La culpa? ¿De qué culpa hablas? Valery, estoy destrozado porque te am…

—Mi carruaje ha llegado —lo interrumpió porque le dolía escucharlo y le puso sus dedos sobre los labios para no continuar oyéndolo—. Sigue con tus sueños que yo seguiré con los míos. Has hecho mucho bien a mi vida. Solo mírame, sin tus consejos, quizás jamás habría tenido valor.

—No te di consejo alguno, te dejé elegir. Toda la obra es tuya. Eres autora de tu propio destino.

—Tengo que irme. —En sus ojos se notaba que solo quería escapar.

El alma se le rompió cuando la ayudó a subir al carruaje y la vio alejarse de la misma forma que había llegado.

Cuando el vehículo desapareció en el horizonte reaccionó. Debía ocupar su mente cuanto antes. De lo contrario, se perdería tratando de encontrar una solución que lo acercara a Valery, lo que podría hacer que volviera a tomar malas decisiones.

Anderson no estaba en el asilo. Lo recordó. Tenía que aprovechar.

Regresó adentro con un propósito en mente: Theodore.

Se escurrió sigiloso valiéndose del movimiento y la distracción que había causado Valery y se introdujo en el consultorio del doctor Anderson, era una suerte que no le ponían seguro a las puertas, para que el personal de limpieza pudiese hacer su trabajo.

No tardó en divisar el cajón de los expedientes, y entre los muchos que había encontró el de Theo entre los más recientes. Lo revisó con rapidez y arrugó el entrecejo al parecerle insustancial. Lo guardó en su chaqueta de todas formas.

Sacudió los demás cajones del escritorio hasta dar con el que estaba cerrado con llave. Utilizó una de las pillerías que aprendió en Eton de Frederick, y no tardó en abrir el cajón con un cortapluma que llevaba para ese fin.

Ahí estaba el premio gordo. Volvió a cerrar el cajón vacío, de tal modo que se estropeara la cerradura y quedara atorada.

Era bueno ganar un poco de tiempo en lo que el doctor Anderson buscaba un cerrajero.

Ese mismo día sacaría el expediente de Bethlem, nadie podía encontrarlo en su poder o su carrera estaría perdida.

Con destreza lo guardó en uno de los bolsillos de su chaqueta, la cerró bien para no levantar sospechas y salió con el mismo sigilo con el que entró.

En las últimas dos semanas se había acercado más al muchacho y algo no acababa de gustarle, fue una suerte que se animó a hablar sobre él con el director.

Miró el reloj, justo daba la una de la tarde. Así que se preparó para abandonar el asilo.

No solía acudir a su casa antes de cambiar de Bethlem a St Thomas, pero necesitaba esconder los expedientes. Por lo que esa tarde decidió pasar a tomar un refrigerio.

Cuando llegó no probó bocado, se encerró en su estudio a revisar las historias clínicas de Theo. Lo que encontró lo dejó sin palabras.

Anderson nunca le dio oportunidad a Theo Sable.

El desprecio de Edward por Errol y el resto de su familia creció todavía más.

Tenía que contarle a Valery, ella debía saber.

El joven era su primo.