Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 30
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Valery estaba en la puerta de Skylark Nook esperando de nuevo a las criaturas de la duquesa de Norfolk. La clase les había encantado y la voz de lo que se podía esperar en su escuela de canto se había extendido por todo Londres…

Nuevos alumnos ingresaban esa mañana: los hijos de los duques de Weimar, de los marqueses de Bloodworth, de los barones Peasly, de los marqueses de Normanby y de los condes de Pembroke. Incluso también los sobrinos de Edward, hijos de ambos hermanos.

La escuela estaba funcionando por encima de su capacidad. Valery debía contratar una maestra más esa misma semana, los hermanos Hill y ella ya no podían con la carga de alumnos. Lo que reconfortaba su atribulado corazón.

No solo había estudiantes de las altas esferas aristocráticas, admitían a cualquiera con el deseo de aprender a cantar sin importar su linaje, procedencia o economía familiar.

Mientras recibía a los alumnos y pasaban al interior, Isabelle, la vizcondesa Sadice y Elizabeth se quedaron para saludarla.

—Encontré entre las solicitudes que llegan a mi biblioteca la de su escuela. Agradezco la gentileza —le dijo Isabelle tratando de ser amable con Valery.

—He mandado varias solicitudes a espacios como el suyo, milady, donde acuden pequeños que tal vez no pueden pagar lecciones de canto.

Cuando pensé abrir la escuela lo hice también deseando llevar mi voz y las clases a quienes les pudiese ayudar.

Sería un honor para mí cantar para los niños que van a su biblioteca y abrir espacios en mis aulas para los que tengan interés.

—Es un hecho. Responderé cuanto antes a la solicitud. Los pequeños estarán felices. Por otra parte, es una pena que no me hayan invitado a la petición formal de su mano, milady. También me habría agradado darle la bienvenida a la familia.

—Habría sido grato para mí, pero ya no es necesario. —Valery se ruborizó un poco.

—Supimos que el compromiso se canceló antes de hacerse público. Una pena. En casa todos estamos desconsolados. —Elizabeth llevaba días tratando de buscar el pretexto para acercarse a Valery y aprovechó la ocasión.

—Lamento haberles ilusionado, pero a veces las decisiones apresuradas traen consecuencias que no esperamos. —Valery no sabía qué decir, tanto la hermana como la cuñada de Edward se veían muy sinceras.

—Si tengo que darle un tirón de orejas a Edward para que se comporte a la altura lo haría —convino Isabelle—. Pero no sé qué habrá hecho mi hermano para decepcionarla. Sin embargo, si me permite abogar por él, le aseguro que no encontrará un hombre con el corazón más generoso que Edward.

—Lo sé. Jamás lo he puesto en dudas —aceptó Valery con el pecho agitado. De pronto se sintió acorralada por aquellas bondadosas damas que no podían ocultar el inmenso cariño y admiración que sentían por Edward.

—¿Entonces? —preguntó Elizabeth—. ¿En qué falló mi cuñado?

—Él no podría fallar aunque se lo propusiera. Edward es un caballero, y sí muy generoso. Pero no puedo permitir que sacrifique su vida solo por salvarme de… —Hizo silencio y los ojos se le humedecieron.

—Querida, no pretendemos perturbarte. —Elizabeth se compadeció—. Ve a tu clase. ¿Nos aceptarías en otra ocasión una invitación para tomar el té?

—Es evidente que usted sufre y él está destrozado —comentó Isabelle—. Es tan triste. Edward ha caído en una espiral de descontrol, si sigue por ese camino podría perder su carrera…

—Belle, por favor. —Elizabeth trató de disuadirla de continuar contándole lo que acontecía con su hermano.

—Solo digo algo que ella debe saber, Elizabeth —puntualizó la hermana—.

Edward puede perder su carrera. Se ha vuelto oscuro, nada le importa como antes.

Hace tanto que no nos visita. Frederick lo encontró en The Red Cave muy bebido.

Algo que nunca esperé escuchar de mi hermano.

Si Edward solo fuera generoso, ¿cómo se explica su conducta errática de los últimos días?

—Tal vez es la culpa. Fui dura con él. Buscaré el modo de acercarme y reiterarle que debe seguir con su vida.

Y por supuesto que aceptaré la invitación —convino Valery llena de inquietud al conocer lo que estaba sucediendo con él, había prohibido a sus amigas que lo mencionaran en su presencia y ellas cumplieron.

—Te haremos llegar el mensaje. —Elizabeth le obsequió una afectuosa sonrisa.

Despidió a las damas y se llevó la mano al pecho.

Edward seguía muy adentro de su corazón y por más que trataba de concentrarse solo en la apertura de su escuela, él volvía cada instante a apoderarse de sus pensamientos.

Si era cierto lo que lady Sadice le acababa de confesar tan angustiada debía ponerle fin, él no podía culparse eternamente por las consecuencias de aquel malentendido.

A punto de entrar en la casa para dirigirse al aula una voz masculina la hizo detenerse.

—Finalmente lo lograste. —Lo vio recostado a un flamante y enorme carruaje.

Sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal.

—Errol, ¿qué haces aquí? —También lo tuteó. Tal vez era mejor para decirle todo lo que pensaba.

—¿No soy bienvenido?

Por supuesto que no , pensó. Sin embargo, le dijo:

—Tengo que entrar al salón, mis alumnos están bajo la supervisión de Vivianne, pero la volverán loca si no empiezo la clase de inmediato.

—Eres la hija de un duque.

—Jamás lo olvido.

—Después de todo, lo lograste, no necesitaste el dinero del premio. Tu familia y yo aunamos esfuerzos por encontrar el monto que perdiste, y no te importó. La ladrona recibió ayuda de alguien. Escapó.

—¿Quién la ayudó?

—Como sea. Espero que estés contenta con la escuela.

Tu padre está devastado, pero no tendrá más opción que asimilarlo.

He hablado mucho con él. De lo contrario, ya habría tomado cartas en el asunto.

La opinión pública no fue tan desastrosa como él lo temió.

Está dispuesto a aceptarte en casa para cenar esta tarde. Te extraña.

—Errol, yo… No podré acompañarlos. Veo que tienes un nuevo carruaje, bien por ti. Adiós.

—A ver si esos inútiles que robaron el anterior se quedan con dos palmos de narices.

—Ahora tengo que entrar.

Ella dio media vuelta y sintió que él la tomó por el brazo. Se libró de su agarre tan rápido como pudo, tratando de no reflejar la repulsión que sentía.

—Valery, creo que no empezamos con buen pie. Terminé siendo el parche. Tu padre quería que hicieras tal cosa y yo fui el instrumento para conducirte a conseguir sus propósitos. ¿Podríamos volver a empezar? Ya sin la presión del ducado encima. ¿Podría visitarte más a menudo?

Lo miró disimulando que lo estudiaba. Había algo en él que no le daba confianza, aunque se esforzara.

—No es correcto recibir la visita de un caballero sin una carabina. Y lady Bonnie está muy ocupada, ya bastante hace con quedarse aquí una temporada, no puedo pedirle más.

—Yo podría traer a una dama respetable para ser la chaperona. Tu tía, por ejemplo, estaría feliz de…

—Errol… Traté de despacharte educadamente, pero ya que insistes, seré directa. Porque por evitar decirlo con todas sus letras no quiero que crees esperanzas de algo que jamás va a suceder: no conversaré contigo, no aceptaré que me cortejes, menos seré tu prometida y nunca caminaremos al altar.

—Yo solo quería…

—Es importante para mí no dar falsas impresiones. Si ya tienes clara mi postura, no encuentro necesario aceptar tus visitas si nunca accederé a tus pretensiones.

La miró largamente, como si se debatiera entre mantener comportándose como el imbatible caballero que pretendía ser, o mostrar todas sus cartas. Ella inspiró con fuerza para aguantar el golpe que se veía venir.

Él la miró de reojo y como si estuviera a punto de asfixiarse si continuaba reprimiendo lo que sentía, dio rienda suelta a lo que nunca había mostrado ante los Richmond. Aquello que Valery presentía y que le erizaba la piel, como al estar en presencia de un depredador.

—Tu padre no ha podido contigo porque dedicó toda su existencia a consentir tus demandas.

Ante la primera exigencia de la vida real te escudas en tus supuestas ansias de lograr este estúpido sueño, pero no es más que el berrinche de una damita malcriada que jamás ha tenido que esforzarse para obtener algo en la vida.

—Tú no me conoces —protestó sin hacer un escándalo para no alarmar a los estudiantes, pero ganas no le faltaron—. No sabes quién soy ni por lo que he tenido que atravesar. Así que no te atrevas a juzgarme.

—Yo nací en el lado pobre de la familia, soy vizconde porque la vida me premió después de tanto sacrificio.

No crecí aspirando a título alguno. Y tú que no lo mereces, te das el lujo de despreciarlo.

Mi hijo podría ser duque, pero no lo será porque tú te encargaste de arruinarlo antes de que se hiciera realidad.

Hablaré con tu padre, lo convenceré de cerrar esta escuela inmunda que está muy por debajo de la dama que se convertirá en mi esposa, te guste o no, querida.

—Le lanzó una mirada donde la maldad más pura y descarnada brilló como una promesa que estaba dispuesto a cumplir.

Lo contempló con desprecio, con el mismo que él la juzgaba.

Ella no iba a explicarle que había sufrido en silencio el rechazo de sus compañeras de escuela, precisamente por ser la hija de ese duque y la sobrina de la maestra menos justa del internado.

Tampoco le diría que su madre la hostigó desde pequeña para que enterrara en el fondo de su alma a la verdadera Valery, la genuina Valery, que solo pudo salir a flote cuando conoció a las Rosas Inglesas, y cuando la acogieron y entendieron con sus luces y sus sombras.

Menos le diría que tuvo que tragarse su voz porque su madre le dijo que una dama cantaba midiendo no despertar interés, envidia o captar mucha atención sobre sí.

Y no le explicaría que su madre igualmente le prohibió seguir tomando clases de canto porque la acusó de tener la voz de una artista de ópera de esas que se presentan en los teatros: como si describiera alguien sin valor y completamente inmoral.

Si no fuera por la valentía que le inculcaron sus amigas continuaría presa en Richmond House y sin el valor de oponerse al matrimonio arreglado que deseaba el duque para ella.

Hablarle a ese hombre de sus frustraciones solo le daría armas que utilizaría después en su contra.

Nunca confiaría en Errol.

Solo sus amigas la habían comprendido y apoyado como jamás lo hizo ningún miembro de su familia, salvo su abuela que en paz descansaba, la única de la que guardaba recuerdos entrañables.

—No me interesan tus infortunios ni tus ínfulas de grandeza.

Fuera de mi casa, fuera de mi escuela y no regreses, Errol.

Que te quede claro, no eres bienvenido. Y no, no voy a casarme contigo.

Si quieres un hijo duque, haz méritos para que la Corona eleve tu rango porque de mi parte no recibirás absolutamente nada.

Se apresuró a entrar y le cerró la puerta en las narices antes de que aquel fuera más allá de sus amenazas. Apretó los dientes para no gritar, si los niños no hubiesen estado en las aulas habría vociferado con todas sus fuerzas para echarlo de allí.

Cuando escuchó los pasos de él retirándose se recostó a la madera con el corazón desbocado.

Vivianne apareció de la nada con la cofia desacomodada y algunos mechones fuera de su recogido, con los gemelos de los duques de Norfolk en cada mano.

—¿Por qué tardó tanto, milady? Estos niños se le escaparon a…

—Ni lo digas en voz alta, no sea que lo repitan en presencia de sus padres.

—Claro, solo quería decir que son unos angelitos.

Los niños la miraron con picardía, como si hubiesen entendido todo.

—Tenemos que contratar al menos a un lacayo, es urgente.

—¿Sucedió algo?

—Después te explico.

Tomó a los niños de las manos y los condujo de vuelta al salón.

Ahora sí, a disfrutar del mejor momento del día, les enseñaría a cantar.

—¿Todos listos? —preguntó Valery más serena—. Antes de comenzar a vocalizar, me gustaría que me compartieran la primera canción que recuerdan haber aprendido. ¿Quién desea empezar?

La niña de menos edad de los duques de Norfolk levantó la mano, ella siempre tomaba la iniciativa.