Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 29 #3
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—Es mejor que vaya conmigo a The Crest Stud. Para algo sirven los amigos solteros. Yo me despierto antes de que canten los gallos, hay mucho que hacer en las cuadras. Garantizo que no se quedará dormido —agregó Broc solemne.

—¿Estás seguro de que puedes ocuparte de él? —inquirió Frederick.

—No necesito niñera, iré a mi casa, en mi caballo, como corresponde. No estoy tan ebrio. —Edward se puso de pie y le flaquearon las piernas. Hizo una mueca al darse cuenta, en medio de su estado, que estaba más borracho de lo que había creído.

—Bueno, ya te dio tu merecido. Ahora tú eres la niñera. —Fue el turno de Frederick de burlarse de Broc.

—No me agrada el papel de niñera, pero tampoco soy un irresponsable como insinúa Frederick.

Si te dejo subir a tu montura caerás y te romperás el cuello.

—El escocés no daba crédito para lo que había quedado, ya no le parecía tan grato ser el único soltero que podía dar refugio a los amigos pasados de copas.

—Lord Responsabilidad —se carcajeó Edward y Broc casi lo incinera con su cara de pocos amigos.

—Déjalo en mis manos, Fred. Si mañana no despierta a tiempo, disfrutaré de arrojarle una cubeta de agua helada por la cabeza. Se pone muy juguetón el doctorcito —gruñó irritado Broc y entonces fue Frederick quien tuvo que reír a carcajadas.

—Me parece buena idea. Se sentirá mejor con ese interesante despertar. No le quedarán ganas de resolver sus problemas con la bebida.

Cada uno lo tomó por el brazo y se dispusieron a la salida.

Lo subieron de un empujón al carruaje de Frederick, quien se llevó el caballo de Edward y le ordenó al cochero que tras dejar a su amigo en Watherby House volviera a Cumberland Place.

Broc todavía negando, se subió por fin a su montura y siguió el coche hasta su propiedad.

El despertar de Edward fue peor de lo prometido. Alguien lo arrancó del lecho y lo dejó caer como saco de patatas a medio vestir en una bañera llena de agua.

—¡Qué demonios! —protestó Edward cuando el sueño se le fue por completo.

Frente a él tenía a Broc, el responsable de sacarlo del lecho y un ama de llaves que lo miraba como a un disoluto.

—No va a traerme cada noche a sus descarriados amigos, no me parece justo.

—El ama de llaves de Broc protestaba más que el mismo Edward.

Así que se quedó callado observando a la mujer—.

Espero que la temperatura del agua sea de su agrado, doctor.

Enseguida le traigo unas toallas y ropa del antiguo dueño de Watherby House, las del señor MacKenzie le harán parecer un espantapájaros.

Y no se atreva a mostrarme sus atributos, que esta es una casa decente.

No tiene que dejarme ciega con sus tristezas, cúbrase las partes nobles cada vez que me vea atravesar esa puerta.

No tenemos un ayuda de cámara para que le asista.

—No necesito un ayuda de cámara. —Edward se sorprendió de su propia e inesperada timidez.

—¿Ya se vio en el espejo esta mañana, doctor? Parece que le pasó un tren por encima. —Esa ama de llaves no tenía compasión—. Será una proeza adecentarlo. Si sus pacientes lo vieran, no tomarían ningún remedio recetado por usted. Cuánto desparpajo.

Salió hecha una furia tras lanzarle una mirada desafiante a Broc, pocas personas se atrevían a tanto. Pero ella estaba que echaba chispas porque el escocés la involucró en semejante embrollo sin siquiera avisar.

—¿Está bien de la cabeza tu ama de llaves? Esa mujer es peor que un general. Podría destrozarle el amor propio y la seguridad a cualquiera —soltó cuando la señora se fue.

—También he dudado de su cordura, por eso lord Watherby la cedió cuando nos vendió la propiedad. Tiene un genio maldito, pero cuida bien de la casa a pesar de atizarme más fuerte con las palabras que al fuego de mi chimenea. Te dejo en sus manos, tengo trabajo que hacer.

—No me dejes con esa señora.

—Edward, no creo que sea más difícil que tus pacientes de Bedlam.

—Su lengua es mucho más cruel. Esa mujer es un peligro.

—Al menos me soporta por eso no la he despedido. —Eso le hizo recordar algo—. Espero que no te despidan del hospital o el asilo. Frederick me responsabilizaría por ello y no suelo fallar en ninguna misión.

—No somos un regimiento, Broc, no estamos en guerra.

El aludido le lanzó una mirada impaciente y continuó:

—Ya ordené que te sirvan litros de café y un caldo escocés, scoth broth , que revive a un muerto. Acompañado con bannock es una delicia.

—Oh, esos panes que he probado en la casa de Zach.

—Traje a la cocinera hace poco de Escocia para que fuera mi aliada, pero ahora simpatiza con el ama de llaves. Tengo que ir a las cuadras, te dejo una responsabilidad, salvar tu trasero, no me defraudes.

—Ya estoy en mis cabales. Vete tranquilo.

—Tranquilo estoy, no pensarás que tu drama de anoche va a inquietarme. Tendrás que pedirle uno de mis caballos al mozo de cuadra, el tuyo se lo llevó Frederick.

Se despidió con una mueca de fastidio y Edward se sumergió por completo en la bañera, decidido a no volver a causar tal alboroto. Llegando a Bethlem mandaría una nota a su madre y su hermano para que supieran que estaba bien.