Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 29 #2
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—¿De qué huésped hablan? —Frederick estaba perdido.

Miró a Broc con una ceja arqueada, su amigo era un hombre lleno de misterios, jamás hablaba de sus conquistas—.

¿Andas con una dama y lo guardas en secreto?

¿Es casada, soltera? Broc, no perjudiques a alguna dama casadera, ni te enredes con la mujer de otro o terminarás enemistándote con medio Londres, lo que sería pésimo para nuestros negocios.

—Una escocesa hermosa con ojos dorados como dos llamas.

Diablos, esa mujer me tenía loco. Pero la locura cedió cuando la llevé a mi lecho.

—Broc se encogió de hombros creyéndose conocedor supremo de las relaciones inconvenientes—.

Tenía problemas, necesitaba los medios para salir urgentemente de la ciudad, así que le ofrecí mi ayuda. Ya partió al fin.

—Eres un maldito desgraciado, Broc —bromeó Frederick—.

Jamás tomarás a nadie en serio. No puedes seguir soltero toda la vida.

Edward va tras Valery, ahora está borracho al punto de caerse de bruces si no le damos una mano, pero tiene una labia convincente, se las arreglará para que lo perdonen.

Ahora la única nota discordante serás tú.

Necesitas una casamentera, la tía de Edward es infalible.

—Pues apártala a kilómetros de distancia de mí. Seré el tío soltero empedernido de todos sus hijos.

—Como sea, Highlander, la vida se encargará de ti, encarguémonos ahora de nuestro amigo. No creo que pueda andar solo —insinuó Frederick y se puso de pie.

—Ni siquiera he tomado un whisky . ¿Ya nos vamos? —protestó el escocés.

—No seas aguafiestas, Frederick, acaban de llegar —balbuceó Edward cada vez más ininteligible—. Lo pensé mejor, me quedo. Soltemos una canita al aire. Hoy celebramos la soltería de los que aún seguimos en pie.

—¿Ves? Edward está muy animado. Quedémonos un rato. Debemos brindar por… —Se alegró Broc e iba a repetir lo propuesto por Edward.

—¿Por el corazón roto de nuestro amigo? —porfió Frederick e hizo una mueca de fastidio.

—Aguafiestas. Él no tuvo problema alguno por brindar por eso. Mira lo contento que está. —Broc insistió y Frederick continuó con la negativa en el rostro.

—Valery me destrozó el corazón, pero me preocupa ella —prosiguió Edward con su retahíla interminable—. Porque sé que piensa que soy un mentiroso que jugó con sus sentimientos, sé que debe estar sufriendo por mi causa. ¿Eso me convierte en un maldito canalla?

—No veo nada por lo que celebrar. Él no puede tocar una gota más de alcohol.

Y no tengo que ser médico para saberlo. —Frederick pidió la cuenta de inmediato antes de que lo convencieran de lo contrario—.

Si no llega a su casa, duerme y despierta mañana temprano, terminará perdiendo los dos trabajos que tiene.

—Eso sería terrible —reconoció Edward y estiró la mano hacia el brandy que había despreciado con intenciones de vaciar la copa antes de irse—. El doctor Anderson está aguardando con enfermizas ansias que yo dé un paso en falso. No puede negar que me tiene atravesado entre ceja y ceja.

—Descríbeme a ese doctor Anderson —masculló Broc interesado en el tema—. Si perturba a uno de mis amigos, es como si me ofendiera a mí. Tengo ganas de ser la pesadilla de alguien. Londres está muy tranquilo últimamente.

—Es un cabrón más estirado que yo. Te doy vía libre.

Destrózalo… Porque si lo hago yo podría perder mi trabajo…

Y mi bendita reputación quedaría más arruinada todavía.

Y el duque de Richmond, ese ególatra desquiciado, le hará la vida más miserable a Valery.

Imagínate, ya cree que soy un pésimo partido.

No quiero que la atormente enumerándole mis faltas.

—Yo le doy un susto, y al estirado de tu futuro suegro también… —Broc le palmeó el hombro.

—No es mi suegro, pero quisiera… No lo soporto; sin embargo, haría el sacrificio por Valery.

¿Ya te dije que estoy perdido por esa mujer?

Perdido… A kilómetros de Londres… No te enamores, Highlander…

La mujer es poderosa. Te doblega solo con un mohín.

No quieres verte arrastrado por el fango como yo lo estoy ahora.

Frederick ya no pudo más de aquella charla donde por lo visto Broc y Edward lo habían dejado fuera.

Puso los ojos en blanco, hastiado. Por suerte acompañó a The Red Cave a Broc, o en vez de rescatar al hermano caído en batalla le hubiese servido un whisky y lo habría conducido más rápido a la ruina.

—Así como está Edward, mañana no habrá quien lo despierte.

—Fred odiaba tener que ser la voz de la razón, ese era el papel de Edward desde tiempos inmemoriales.

Pero en su estado ahora le tocaba ser el sensato del grupo, porque Highlander era caso aparte—.

Creo que lo llevaré a mi casa, para cerciorarme de que resucite con tiempo suficiente para darse un baño, desayunar y salir puntual hacia Bethlem.

Odio que Charlotte tenga que verlo en ese estado, se pondrá intensa y le dará el regaño de su vida.

—Pobre Edward, no lo castigues así. —Broc se puso de pie listo para partir.

—No a Cumberland Place, Dios me libre. —Edward se había vuelto el rey de las protestas—. Tu mujer es endiablada y me caerá encima con toda su artillería.