Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 29
65%

29

Edward sabía cuántos días, horas y minutos llevaba sin verla. No podía dormir. Por eso tras la extenuante jornada primero en Bethlem y después en el St Thomas, prefirió refugiarse en The Red Cave en vez de ir a su casa a sentirse más solo que nunca.

Siempre agradeció los momentos en su residencia, donde podía reponerse para hacerle frente a la rutina del día siguiente.

Valoraba su independencia, la libertad que le daba ir y venir sin tener que darle cuentas a nadie.

Hasta que ella se desvaneció en sus brazos, no le dio una oportunidad y tuvo que aceptar que arruinó la posibilidad de tenerla para siempre.

Permanecería en su corazón como una asignatura pendiente, la que nunca aprobaría. No la vería al amanecer y no se dormiría a su lado. Menos la abrazaría cuando Valery más lo necesitara.

—Doctor, le urge un doctor —masculló muy bajo, mientras su vista estaba sobre el líquido dorado y su mente repleta de imágenes de ella: su sonrisa; su cabello al viento, mientras cabalgaban en The Crest Stud, cuando una ráfaga le arrebató su sombrero y su recogido se deshizo de golpe; su canto como el de una alondra—.

Diagnóstico: alma despedazada. No sabía que dolería tanto.

Maldición. Alondra, me rompiste el corazón.

No era un hombre aficionado a la bebida, pero esa noche decidió sedar la mente con el brandy.

Se había mantenido en contacto con Valentine, por él sabía que Valery estaba bien y que continuaba lejos de los Richmond.

No se perdonaría que por su culpa ella volviera a donde había sido tan infeliz.

Pero hacía tres días que el exceso de casos en St Thomas no le dejaba tiempo para hablar con él.

De pronto, en su campo visual vio la figura de Frederick enfundada en su impecable frac hecho a la medida, detrás de él sobresalía en altura y músculos su nuevo amigo inseparable: el escocés.

Incluso estaba celoso.

Antes solo eran Fred, Valentine y él. Haber expandido el grupo para incluir a Cailean, Zachary y Broc era un acierto, pero parecía que Broc y Fred habían estrechado mucho los lazos desde que el highlander rescató a la esposa del periodista de un evento muy peligroso.

No tardaron en divisarlo y acudir a su mesa.

Lo que me faltaba , pensó inquieto.

—Pueden hacer como si no me hubiesen visto. No quiero interferir en sus asuntos —les dijo sintiendo los efectos del alcohol, así que decidió detenerse, apartando la copa.

El siguiente día no era libre, como desde hacía unas semanas, y no se presentaría a trabajar con los estragos de la bebida. Se puso de pie, tambaleante, decidido a marcharse, irse a la cama a dormir unas horas y tomarse un buen café a la mañana siguiente.

—No digas idioteces, Edward, nuestro asunto eres tú —le reveló Frederick irónico, quien ya estaba pasando su vista por las demás mesas, para cerciorarse de que no había espectadores incómodos.

—Pensé que venían a pasar el rato para continuar con sus lecciones de sociedad.

Zachary te dio la misión de cultivar las maneras de nuestro querido amigo aquí presente, ¿no?

Yo estorbo. ¿Quién lo diría? El Látigo , afilado periodista que hereda el condado de Cumberland, trabajando como institutriz del salvaje hombre de las Tierras Altas.

Tiene su chiste. Hasta parece uno de los artículos que sueles escribir, Fred.

—Edward trataba de que la lengua no se le enredara, pero no tenía mucho éxito.

— Och , aye . Está ebrio como una cuba. —Unas carcajadas bruscas salieron de la garganta de Broc—.

¿Quién en su sano juicio puede creer que The Red Cave es un sitio para alternar con lo más selecto de la aristocracia?

Al menos soy el salvaje de las Highlands, lo que no me ofende, me agrada.

Pero tú, Frederick, ¿institutriz? El brandy le ha soltado la lengua al doctor.

Es una suerte que lo hayamos encontrado o se habría ido a los puños con alguien.

—Te lo dije —porfió Frederick en dirección de su enorme acompañante, un poco molesto por reírle la gracia a Edward, pero no les daría el gusto de protestar.

— Nae , yo te lo dije —bramó Broc.

—¿Qué diantres se dijeron el uno al otro? —Edward volvió a caer en su silla, sin lograr mantenerse de pie—. Ya parecen enamorados en medio de una pelea.

—Que te encontraríamos aquí —respondió el periodista.

—Nunca te había visto borracho, señor doctor, así que no tomaré en cuenta la ofensa. —Broc gruñó con sarcasmo, estirando al máximo su tolerancia y acomodando su pesada figura sobre la silla que permanecía libre.

—Oh, no, no, no tienen que quedarse —protestó Edward—. Ya voy de salida. Solo pago la cuenta y me largo de este sitio infernal. Hoy me temo, Broc, que no podré servirte de ayuda. Mis modales están pasando por una fase de mantenimiento.

—Es gracioso el doctor cuando está ebrio, se le quita un poco lo estirado —bromeó Broc muy divertido.

—Highlander, dime —susurró Edward burlón—. ¿Fuiste tú quien se encargó de destrozar el carruaje del hipócrita de Sable? Tu primo y tú. Recuerdo que Cailean me dijo aquella vez que…

— Aye , ya estás vengado. Pero no toquemos ese tema aquí. Alguien podría escuchar —espetó entre dientes.

—Debieron invitarme.

—Pensamos que como eres tan decente te opondrías. Te invitaremos si hay una próxima, pero tendrás que estar borracho. Así eres más amigable.

—Broc, no te pases —sermoneó Frederick—.

Como sea, todos agradecemos sus intervenciones.

Y tú, Edward, vaya preocupaciones nos has dado.

Es una suerte que tu hermano me haya contactado primero antes de tomar el asunto en sus manos.

Le aseguré que daríamos con tu paradero.

Valentine fue a buscarte a St Thomas, Zach y Cailean a White’s por si habías decidido retornar a esa cuna de lo más insufrible de la aristocracia de donde nos autoexpulsamos —continuó Frederick, quien ya había tomado asiento.

—¿Por qué demonios todos me están buscando? —Su lengua traicionera no tenía la destreza habitual.

—Tu hermano está inquieto. Tu madre angustiada.

Llevas más de dos semanas sin responder los innumerables recados que han mandado a tu casa.

Y has faltado a todas las cenas familiares a las que te han convocado.

Evander fue a buscarte y el ama de llaves le informó que apenas duermes unas horas y que casi no pruebas bocado.

Está furioso, no entiende qué pasa contigo.

—Esa intrigante desleal… ¿Cómo pudo venderme así? —replicó Edward.

—Valentine nos contó lo que te sucedió con Valery, lo lamento. Pero, ¿a quién en su sano juicio se le ocurre confiar en las ideas locas de Ettie? Vamos, nuestra amiga es brillante, pero muy inconsciente también. —Frederick objetó.

—Yo le pedí matrimonio a la alondra… No como parte del compromiso falso, cuando las palabras brotaron de mi boca salieron genuinas… Incluso temblé de sorpresa. No fue premeditado, fue mi instinto, mi corazón lo que me llevó a…

—¿Aún quieres casarte con ella? —Frederick negó, pero entendía que una mujer causara tal estrago. Su pelirroja había ocasionado un terremoto en su vida al conocerla mejor, y no pararon hasta jurarse amor eterno frente a un altar.

—Sí. Pero fui muy descuidado. Tanto que ayudo a otros a superar sus problemas y yo resbalé en el momento menos propicio y me hundí por completo. Me enamoré cuando creí que era inmune al amor, que podía ordenarle a mi corazón no sentir.

—Edward, no eres descuidado. Ni en la casa del herrero todas las espadas están bien afiladas. No seas duro contigo.

—Pero la he perjudicado, debo ser catalogado como un negligente e irresponsable. La animé a seguir su sueño y ahora está sola, enfrentando las críticas de la sociedad tras desafiar las normas para una dama casadera, que en vez de elegir un candidato para matrimonio ha decidido ganarse la vida.

—Estás muy desactualizado. No hay críticas ni sobre su elección de vivir en la escuela, ni por abrirla.

Los periódicos resaltan su generosidad, su caridad, su altruismo.

Lady Valery no está sola, las Rosas Inglesas están para ella.

Ha abierto las puertas de su escuela a niños que jamás podrían pagar una clase de canto.

—¿Obra tuya, Fred?

—Yo solo tomé la iniciativa, las demás columnas siempre buscan superarme.

—Como sea, mi instinto me falló en el momento menos pertinente y perdí la oportunidad de aclarar lo ocurrido con Valery. La extraño tanto.

—Edward enamorado. Eso sí no pensaba verlo —confesó Frederick.

—Edward, no fue el instinto lo que causó el desastre, fueron los pantalones…

—rugió muy entretenido el escocés—. La mujer es hermosa, y tú con las narices metidas todo el tiempo en los libros, recetas, enfermos…

te estabas volviendo un monje. La abstinencia hace que cualquier incauto pida matrimonio al escuchar el frufrú de una falda.

Nada más levantaste los ojos de tus cosas estiradas de médico y viste los atributos de la muchacha y tu cuerpo se puso en llamas.

Como eres un caballero, tu mente no ve otra alternativa para llevarla a la cama que el honor que ofrece el matrimonio.

Pero te aseguro que tras satisfacer las demandas del amigo entre tus piernas huirías de una boda como de la peste.

—Que tú no te enamores aún, Highlander, no significa que Edward no esté enamorado.

Míralo. Está babeando por ella. Nunca creí que dama alguna apartaría a mi querido amigo de sus intereses.

A ti te ocurrirá igual, no tientes a la suerte.

Y te lo digo por experiencia propia, los que más nos resistimos o creemos inmunes al amor, somos los desgraciados que caemos más fuerte. Morderás el polvo.

—No todos estamos hechos de la misma madera, Frederick. Yo moriré siendo un sinvergüenza soltero. —Broc despreció la idea de sucumbir ante una mujer.

—Pensé que estabas loco por la dama que cabalgaba contigo, tu huésped. —Edward se encontraba ebrio, pero hilvanaba ciertas ideas, lo que no fue grato para Broc.