Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 28 #3
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Valery reparó en su tía. La señora Sable llevaba un bastón y andaba con mucha dificultad.

Le llamó la atención porque en su casa caminaba sin ayuda ninguna.

Recordó de lo que la acusaban sus amigas, de fingir estar atravesando una enfermedad inventada para poder permanecer en Londres y no enfrentarse a la ira del duque de Hayden.

Al parecer, su excelencia ya era tan feliz que había olvidado esa vieja rencilla y ya no estaba interesado en volver a exiliarla de la ciudad.

Y la señora Sable se aprovechaba de ello.

—Hija, arruinarás tu reputación. Tu tía, a pesar de sus dolencias, se ha ofrecido para quedarse a vivir contigo en la casa que fue de tu abuela.

Al menos así nos libraríamos de los rumores que se pudieran suscitar de una dama casadera viviendo sola.

O, si lo prefieres, puedes quedarte en casa, nuestro carruaje te traerá todas las mañanas.

Si ya es inevitable la existencia de esta escuela de canto…

Al menos déjanos cuidar tu honorabilidad.

—Madre, quién le ha informado de mis novedades lo ha hecho mal.

No estoy sola. Lady Bonnie Severn vive en la casa conmigo.

No creo que nadie se atreva a considerar poco respetable mi compañía, tomando en cuenta que las hijas de la aristocracia están en las honorables manos de Bonnie durante tres años.

—¿La hermana del duque de Hayden? —inquirió la tía—. Te has aliado con mis enemigos, siempre he sido tu sombra. ¿Por qué me traicionas así?

—Tía, nadie la ha traicionado. No olvide que tal vez, gracias a la consideración que los duques sienten por mí, usted puede gozar de recuperarse en la casa de mis padres.

—Tu lengua se ha vuelto más afilada. ¿Me estás recordando que ese duque insoportable podría obligarme a salir de Londres en cuanto estime conveniente? ¿De esa forma me estás diciendo que no interfiera con lo que has hecho de tu vida?

Valery inspiró tratando de no dejarse perturbar, debía tener el ánimo sosegado para lidiar con ellas.

Ya no permitiría que la manipularan nunca más, menos que la colocaran en una posición vulnerable, ni que la hicieran sentir inferior, débil o pequeña.

Las miró de frente, a los ojos, y sin perder la mesura agregó con firmeza:

—Estoy decidida a seguir adelante, por favor no vengan a tratar de hacerme cambiar de opinión.

—Tu padre tiene maneras menos tranquilas. Él no vendrá a conversar. Te lo advierto. Nos dejas en ridículo —porfió la madre deseando que su esposo actuara cuanto antes—. Nos ha mandado de avanzada, para tratar de convencerte de regresar a la casa.

—Si no te ajustas a lo que se espera de ti, tu hijo no podrá ser duque, Valery. ¿Es que acaso no lo entiendes? —La tía se veía tan abatida como su madre.

—Infórmele a mi padre que mi hijo no será duque porque no nacerá. He decidido que no me voy a casar.

Las dos mujeres se miraron entre sí, confundidas.

—¿Eso quiere decir que has desistido de unirte en matrimonio con el doctor Raleigh? —Helen sintió una felicidad súbita y desbordante, no pudo disimularlo.

—Es cosa del pasado. —Le dolió morderse la lengua y tener que retractarse ante ellas. Su padre estaría eufórico al enterarse.

—Gracias Dios. Al menos entraste en razón y te diste cuenta de que ese doctor no vale la pena. —Suspiró de alivio Helen.

—¿No querrás volver a intentarlo con Errol? —aprovechó la señora Sable para sonsacarla.

—No —respondió tajante.

—Me iré más tranquila. Lady Bonnie te acompaña, no estás sola.

Y ese doctor ha salido para siempre de nuestras vidas.

No sé qué haya ocurrido, pero ha sido oportuno.

No estaba a la altura de la hija de un duque con tus posibilidades.

Solo tendremos que ocuparnos de hacerle frente a las consecuencias de este desastre: la escuela de canto —masculló Helen con desdén contemplando el letrero con el nombre en lo alto.

—Mis alumnos han llegado —dijo salvada por la campana cuando vio arribar el imponente carruaje de los duques de Norfolk.

—Al menos tus clientes son distinguidos.

Ni siquiera volviste para resolver lo del dinero del premio que robó la doncella.

Esa mujer escapó de la justicia, pero la policía la está buscando.

Valery, las puertas de la casa continúan abiertas para ti.

De tu padre nos encargaremos nosotras. Si esta escuela ya es inevitable, dirígela desde casa.

Pagaremos a una persona calificada para que tome el puesto de director.

Ella solo negó, no se desgastaría en discutir.

Pensó mejor en la doncella. Valery no había dejado de preocuparse por la pobre muchacha e hizo indagaciones en vano para tratar de ayudarla.

Pero tras sus investigaciones, se topó con que la joven había escapado de la justicia lo que le daba algo de paz.

Por lo pronto no pagaría por un error que no cometió.

Nadie le quitaba de la cabeza que sus padres o su tía estaban detrás de la pérdida del dinero.

O quizás aquel huésped misterioso cuya existencia su madre se negó a reconocer.

Se ocuparía de arreglarlo cuanto antes, pero sin la ayuda de su familia.