28 #2
—Por supuesto que no quiero ser doncella toda la vida. Pero siento un sobresalto cuando recuerdo a su padre, milady. El duque no se quedará con los brazos cruzados.
Valery no podía negarlo, se sentía triste, pero al mismo tiempo con la fortaleza suficiente para lidiar con su padre o con quien fuera que llegara con intenciones de dirigir su vida.
—Mantengamos las puertas bien cerradas, Vivianne. Al menos, mientras nos instalamos y acomodamos todo a nuestro gusto.
Unos toques fuertes sobre la puerta principal las hizo dar un brinco.
—Oh, por el Creador, ¿cómo pudo enterarse tan rápido? —Vivianne no disimuló su temor—. Creo que su excelencia ya nos ha descubierto. ¿Qué vamos a hacer?
—Respira profundo y no bajes la frente. No nos daremos por vencidas.
—Creo que lo más inteligente que podemos hacer, milady, es silencio —susurró—. Hagamos parecer que la casa sigue vacía, así el duque se tendrá que marchar.
Las dos se miraron impacientes, Valery analizó la propuesta de Vivianne. Lidiaría con su padre, pero no en ese momento. No tenía ánimos para hacerle frente justo el día que llegaba a Skylark Nook.
—Hagámoslo —concordó también en un murmullo.
Pero antes de que alguna pudiera evitarlo, las cuatro patitas diminutas de Honey se abrieron paso, presurosas, hacia la puerta y se puso a olfatear por el filo inferior.
Valery y Vivianne se miraron decididas a evitar que el duque de Richmond las descubriera, y corrieron, de puntillas, sin hacer ruido, hacia el perrito para alzarlo.
Un woooof que resonó en sus tímpanos echó por tierra su estrategia para alejar al intruso de inmediato.
Volvieron a mirarse con los latidos muy agitados.
De pronto, una voz alertó sobre quien llamaba del otro lado.
—Valery, somos nosotras. —La voz de Charlotte—. Abre, por favor.
Con un movimiento de cabeza le comunicó a Vivianne que abriera, mientras ella tomaba en brazos a Honey, el pequeño delator. Cuando vio que se trataba de sus amigas sintió un gran alivio, sus padres aún no sabían que ella estaba ahí.
Tres carruajes se encontraban afuera de la propiedad. Y ante ella Charlotte, Ettie, Emily, Florence y Bonnie, con un ejército de criados cargando muebles, enseres domésticos de todo tipo, que entraron abriéndose paso.
—¿Qué significa esto? —preguntó Valery.
—¿Creías que te dejaríamos marchar a tu suerte? No olvides que somos amigas. Y si en parte causamos algún estropicio buscaremos la forma de componerlo. No te podemos dejar sola en estas circunstancias —le dijo Ettie con cariño y de inmediato comenzó a dar órdenes al servicio.
—Todas donamos un instrumento, no son nuevos, pero están en excelentes condiciones. —Bonnie dejó lo que traía en las manos de Vivianne y tomó a Honey de los brazos de Valery—. Además, ya no puedo vivir sin este pequeño bribón.
—¿A qué te refieres? —Valery no entendió qué tenía que ver Honey.
—He decidido quedarme contigo una temporada.
—Oh, Bonnie, no puedo pedirte algo así. Viviremos en total austeridad —le recordó Valery.
—No crecí entre almohadones de plumas. Además, soy la única solterona del grupo.
Por fortuna, a mi edad ya nadie espera que me case, menos me cuestionan con quién vivo o a dónde voy.
Ya no necesito carabina. Al contrario, como directora de una de las escuelas más distinguidas de Londres puedo ser la carabina de una dama casadera.
Así pues, tu honor estará a salvo conmigo y las lenguas de los entrometidos de la sociedad no se desatarán en tu contra.
—Le hizo un guiño—. Espero que no te moleste que haya traído a mi doncella y una cocinera, yo me encargaré de sus sueldos.
—Gracias al cielo —dijo Vivianne muy complacida. No estaría sola con todo el trabajo de la casa.
—Los hermanos Hill estarán disponibles a partir de mañana. ¿Dónde puedo quedarme? —le preguntó Bonnie emocionada.
—Estoy en la habitación principal, elige cualquier otra que desees.
Bonnie las dejó para subir a instalarse y se llevó a Honey con ella.
—Es hermosa la propiedad —le aseguró Florence—. Traje saquitos de ramas de lavanda secas para que cada estancia huela impecable.
—Oh, Florence, querida, no sabes cuánto te lo agradezco, me reconfortará el alma.
—Ya hemos avisado a nuestros contactos de la próxima apertura.
—Charlotte le anunció muy animada—. En mi Casa de Correspondencia se le da informes a todos los que compran alguna mercancía.
Y le he pedido a Frederick que ponga un anuncio diario para ayudarte a tener muchos alumnos y que la escuela de canto arranque cuanto antes.
—¿Ya sabes cómo se llamará? —preguntó Emily—. Para que salga el anuncio en The Golden Gazette necesitarás un nombre.
—Skylark Nook —pronunció con orgullo.
—Es tan hermoso, me encanta —opinó Emily sonriente.
—A mí también me agrada —convino Charlotte.
—Todas te ayudaremos a que Skylark Nook esté en funcionamiento antes de lo que esperabas —concluyó Florence.
Dos semanas después, Valery observó el discreto letrero de madera que descansaba sobre la entrada principal. Para Valery, Skylark Nook se convertiría no solo en su refugio, también en su hogar.
Esperaba con emoción a los nuevos estudiantes, mientras el nombre de la escuela le recordó a él, a Edward. Fue el primero en llamarla alondra y usar esa palabra fue el único vestigio que conservó del sueño de amor efímero que vivió a su lado.
No se volvieron a ver, y les prohibió a sus amigas mencionarlo.
Suspiró.
Y cuando volvió a posar su vista sobre la calle vio un carruaje detenerse.
No era el vehículo de los duques de Norfolk, a los que estaba esperando, pues personalmente daría clases a los hijos de los aristócratas.
En el piso inferior había cinco aulas decoradas con sencillez, pero también con buen gusto. Espacios hogareños, tranquilos e iluminados, con amplios ventanales con cortinas de muselina blanca que se mecían con suavidad por la brisa matinal.
Una de esas aulas le pertenecía, y no solo aguardaban por los hijos de los Norfolk que eran siete. Los otros dos salones cada uno a cargo de uno de los hermanos Hill también ya tenían el cupo lleno. Si todo marchaba bien durante los primeros meses, podría contratar a dos maestros más.
Pero el carruaje que acababa de llegar tampoco traía a sus otros alumnos, lo conocía muy bien, lo había usado muchísimas veces desde que tenía razón.
Tembló al imaginar que su padre había arribado a estropear el primer día de clases.
El lacayo de los Richmond ayudó a que los ocupantes del coche se apearan, fue así como en breve terminó frente a su madre y su tía. Pensó si sería prudente invitarlas a pasar; pero decidió dejar que ellas tomaran la iniciativa para estudiar con qué ánimos se habían presentado.
—Hija mía, nos dejarás en la entrada. ¿No nos invitarás a pasar?
—Madre, tía, tal vez no es el momento adecuado. Estoy esperando a mis primeros alumnos. Aunque las invite adelante no podría dedicarles tiempo.
—Has llegado muy lejos, Valery —se quejó la duquesa, su hermana a su lado intercambió una mirada con ella, como para pedirle que mantuviera la calma.