Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 28
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Jamás se había sentido tan traicionada en toda su vida, pero traicionada por sí misma. ¿Cómo pudo creer que Edward Raleigh abandonaría de la noche a la mañana su resolución de permanecer soltero por caer rendido en los brazos del amor?

«Idiota, idiota», pensó.

Ahora podía entender todo con claridad, pero era casi asfixiante comprender su torpeza con él delante, tratando de explicar lo que no tenía lógica.

Era un caballero de los pies a la cabeza, y según ella haría lo que fuera para que Valery no se arrastrara por aquel mármol más de lo que ya se había arrastrado.

Recordó todas las virtudes sobre Edward que Ettie le refería a menudo, no solo era guapísimo, deportista, sano, sereno, divertido, sarcástico, inteligente, amigo, generoso… Además, tenía su camino trazado.

¿Cambiaría de la noche a la mañana por ella, por Valery Belcher?

Todos los reclamos de su madre sobre la falta de chispa que tenía golpearon de modo abrupto su amor propio, el que había navegado en aguas tormentosas desde hacía tiempo, tratando de mantenerse a flote.

De pronto, acarició sus labios inexplorados…

Él no la había besado y era la única verdad que le importaba.

No lo culparía por sacrificarse por una dama en desgracia.

Lo único que tenía en mente era que él no la había besado…

Un beso, la prueba irrefutable del deseo, de la atracción…

Las manos comenzaron a acalambrarse y sus dedos se cerraron sobre sus palmas, no podía —aunque lo intentara— abrirlas. Y aquello la asustó todavía más.

—Valery, ¿qué te sucede? Respira, respira… —La voz del falso prometido se escuchaba cada segundo más lejana, como si ella ya no estuviera a su lado, en ese salón de música.

De pronto, tampoco podía verlo, sintió que se desvanecía en sus brazos…

Cuando recobró el sentido estaba en su regazo, sobre el sofá.

Fueron segundos.

Sintió los labios llenos de él presionando su frente.

Parecía un beso eterno.

Cuando él advirtió su movimiento no la dejó escapar, la protegió con más fervor y la miró a los ojos.

Valery suspiró mientras comprendía que había recobrado la audición y la vista y sus manos se hallaban menos tensas. Experimentó más vergüenza si era posible. Pero se encontraba tan aturdida que ya no quería pensar, ni para castigarse a sí misma.

—Estás muy fría y sudorosa. Sufriste un desmayo, estarás bien, solo fue la impresión.

Comenzó a revisarla como médico sin separarla de su regazo. Sus dedos explorando su piel se sentían suaves, agradables, podrían hacerle perder la razón y obligarla a olvidarse de proteger su pudor.

—Por favor, Edward, no te esfuerces más. Solo vete. Ya me siento mejor. —Tenía que alejarlo a como diera lugar o quedaría dispuesta a su merced y le creería lo que fuera que él se empeñara en explicar. No podía permitir que ese hombre maravilloso se sacrificara por una mujer que no amaba.

—No hasta que me asegure que estás bien —insistió con su voz varonil, con esa apariencia castigada por las malas noches, pero peligrosamente sensual.

Se alzó con ella en brazos, mientras trataba de no sentirse tan cómoda pegada a los duros músculos del remero… Su pecho era una roca, una cálida y reconfortante…

Era la despedida, tenía que ser la despedida, pero ya no se permitió llorar.

El sueño terminó , pensó Valery con resignación. Había hecho tantos planes para el futuro.

Entonces se dio cuenta de que no estaban solos. Había espectadores, aunque ninguno se atrevía a hablar: Ettie, Bonnie con Honey en brazos, Valentine.

—La llevaré a su habitación —indicó Edward y nadie puso objeción, aunque ya se habían tomado demasiadas libertades para un soltero y una dama casadera.

—Claro, sígueme —dijo Ettie muy bajo.

Por supuesto, todos eran alcahuetes, no dirían una palabra.

—Llamaré a la doncella para que le lleve té y la asista. Debe descansar —ofreció Bonnie ante un sonoro ladrido de Honey que mostró su negativa a continuar separado de su dueña. Pero de todas formas no lo soltó, ya lo llevaría después.

Valentine solo negó, muy serio aún.

Valery se permitió cerrar los ojos y disfrutar por última vez la calidez y el aroma de aquel cuerpo masculino, mientras se trasladaban por los corredores decorados con exquisita opulencia y ascendían por los escalones.

Cuando llegaron a la alcoba y la depositó con suavidad sobre la cama, él despegó los labios para decir algo más y ella desvió la vista hacia la pared, para evitarlo.

Sintió su presencia unos segundos, hasta que sus pasos fuertes se enfilaron hacia la puerta.

Lo escuchó susurrar con Ettie, mientras Valentine solo gruñía en señal de reprobación.

—¿Entonces la quieres? ¿Por qué no lo dijiste antes, idiota?

—le reclamó Ettie a Edward. Valentine volvió a gruñir, aquella situación ya había escalado a proporciones insospechadas.

Pero Edward no contestó, así que su amiga continuó—: Si lo que nos has dicho es cierto y ella también te ama, están sufriendo ambos sin necesidad.

Ay, me desespero. ¿Cómo pudo ocurrir algo así?

—Ha elegido no creerme. Piensa que actúo como un caballero.

—Es evidente que la amas, solo hay que ver lo pálido que estás. ¿Y esas son lágrimas? Oh, Ed, ahora me siento doblemente culpable. Yo te metí en este embrollo. Se resolverá, hablaré con Valery.

—No son lágrimas.

—Ni siquiera notaste que también se te rompió el corazón. Valentine, acompáñalo, no debe irse en ese estado. Yo me quedaré con mi amiga.

—No es necesario que nadie me acompañe —aseguró Edward y se llevó las manos a la humedad que empapaba su rostro—. Cuiden a Valery, ella los necesita más.

—Pero, Eddy…

—Déjalo, querida —gruñó bajo el duque muy mortificado—. Él puede lidiar con esto, es un hombre. Edward y tú no se portaron bien, tienen mucho que reflexionar.

Valery despertó a la mañana siguiente abrazada a Honey, su pequeña bola de pelos, cuyo sonido al respirar la reconfortaba. Lo besó consumida por la tristeza. Tenía tanto que pensar.

Descubrió en el diván de la habitación a Bonnie desperezándose, y al girar al otro lado de su amplia cama vio los enormes ojos brillantes de Ettie mirándola.

—¿Cómo dormiste, querida? —le preguntó con afecto.

Bonnie también saltó a la cama y Honey corrió a saludarla con lametones en el rostro.

—Sí, amiga, ¿cómo estás?

—Supongo que puedo ver lo ocurrido con más claridad. —Valery se cubrió la cara con las palmas—. Espero poder mirar a la cara a Valentine sin morirme de vergüenza.

—Mi Ogro Gruñón es más comprensivo de lo que parece. Créeme que no te hará sentir incómoda, al contrario, te cuidará tanto como nosotras.

—Mi hermano es gruñón, pero en lo más recóndito de su corazón hay un hombre tierno. Aunque casi nunca puedas verlo —le aseguró Bonnie.

—No puedo continuar aquí, en Hayden House…

—Por supuesto que no volverás a la casa de tus padres. Edward nos hizo prometer que no lo permitiríamos. Él te quiere —abogó Ettie por su amigo.

—No, no hablen de él o las echaré de la habitación.

—Pero estás sufriendo sin necesidad. Ese hombre está loco por ti —insistió Ettie—. ¿Cómo no puedes verlo?

—Hoy no hablaré de él y mañana tampoco creo estar de humor. Lo que sea que tenga que resolver entre Edward y yo lo haremos solos. Por favor, no me ayuden más de esa forma. No soporto ser la última en enterarme.

—Palabra —dijo Ettie.

—Igual tienes mi palabra.

—La verdad es que la idea fue mía —admitió Ettie—. Yo convencí al resto. Si vas a culpar a alguien deja fuera a las demás, solo cúlpame a mí.

—Ya olvidemos el malentendido, por favor. Necesito respirar y pensar en él siento que me asfixia. Regresaré a la casa de mi abuela. Viviré ahí con Vivianne y con Honey.

—Pero todavía no está lista. —Ettie se llevó las manos al corazón. Un error tras otro, ahora sí que la situación se estaba descontrolando por completo.

—Olvida si está lista o no, cariño, tu padre necesita probar tu idoneidad ante la realeza… —Bonnie le recordó—. ¿Una joven casadera viviendo sola?

—Tengo veintiún años y la casa de mi abuela. No preciso más para echar a andar mi negocio.

—Ni siquiera has recuperado el dinero del premio. Necesitarás fondos. —Bonnie le recordó, la escuela de canto no sería tan difícil de llevar como English Roses School, pero demandaría capital, personal y trabajo arduo.

—Y se consiguen con esfuerzo. Trabajaré… —Valery estaba decidida.

—Jamás has trabajado. —Ettie estaba preocupada, pero se prometió no volver a interferir después del fiasco con el compromiso ficticio.

—Es buen momento para iniciar. Tengo un poco de dinero, vendí algunas prendas. Servirá para arrancar. Solo necesito clientes.

Ettie y Bonnie se miraron y se alzaron de hombros.

—Cuenta conmigo —ofreció la primera.

—Conmigo también.

El día que Valery regresó a la casa de su abuela se sintió confortada cuando el papel tapiz verde oliva con flores muy tenues le dio la bienvenida. Honey corrió feliz por los espacios como si supiera que habían llegado a casa. Vivianne también parecía contenta, mas un poco preocupada.

—No decaigas, Vivianne —le susurró Valery—. Nos apoyaremos la una a la otra. Ánimo, vas a estrenarte como ama de llaves.

—Solo espero que el reto no sea muy grande. Seré ama de llaves, doncella, cocinera…

—Si me enseñas también puedo poner las ollas sobre los fogones…

—Milady, ¿olvida que es una dama?

—Estoy dispuesta a todo con tal de no volver a Richmond House, ahí me sentía prisionera. Como una alondra en una jaula. Ningún ave debe vivir en cautiverio. Están hechas para volar, cantar… ¿Sabes que la alondra es el único pajarito que canta mientras remonta el vuelo?

—Qué cosa tan bonita.

—Las alondras cantan incluso cuando nadie las ve, como yo, que oculté tantos años mi voz de los demás. Eso se acabó, todos van a escucharme cantar.

—¿Se imagina un letrero enorme que diga La casa de la alondra?

—O el rincón, el refugio secreto, el recoveco de la alondra. Hay tantas posibilidades. Me gusta. Será Skylark Nook, en cuanto pueda pagarlo lo mandaré a elaborar.

—¿Y yo seré el ama de llaves de tan distinguida academia?

—¿Anhelabas ser doncella toda la vida? Creo que subir de puesto puede ser interesante.