27 #2
—No, no soy tu prometido ficticio. —Le tomó ambas manos entre las suyas, las frotó para que entraran en calor.
—¿Ah, no? —Abrió los ojos de golpe, las lágrimas eran abundantes, infinitas…
—Por supuesto que no. Jamás te he mentido. Déjame explicar. Ha habido una penosa confusión. Pero no dudes de mis sentimientos, de lo que te he confesado.
—Habla, Edward, no le des tantas vueltas. —Su voz ya no era un lamento, salió dura, acusatoria.
Edward bajó la cabeza, tomó aire y se llenó de valor. Lo que le faltaba, terminar enredado en tal estupidez. ¿Por qué no tuvo el control desde el inicio? ¿Por qué no fue directo cuando más lo necesitaba?
—Es verdad que Ettie y tus amigas me pidieron que fingiéramos un compromiso para disuadir a tu padre de casarte con Errol.
Es cierto que acepté. Les pregunté si estabas de acuerdo y me dijeron que aún no te habían consultado.
Así que les pedí que me dejaran consultarte.
Esa era mi intención cuando fuimos a The Crest Stud.
—Suficiente… Calla… Calla… —gritó desconsolada—. Estuve ahí. Me dejé envolver por tu juego, tus tretas…
—No hubo mala intención. Me conoces, sabes que jamás dañaría a un inocente, menos a ti.
Edward hizo silencio y se concentró en la respiración agitada de ella, le dio una pausa, para no fustigarla con tanta información.
Valery llevaba una racha difícil: la mala relación con sus padres, las imposiciones, sus sueños impedidos, no podía sumarle de golpe el resultado de aquella confusión sin darle tiempo a respirar entre cada revelación.
—¡Contéstame, Edward, sin darle tantas vueltas a las palabras! Porque no permitiré que esta vez me confundas de nuevo…
—No intento confundirte —le aclaró. Recordó cuando Richmond le aseguró que la había manipulado para que cayera en sus brazos. No podía permitir que ella le creyera, ahora que su confianza en él se tambaleaba.
—¿Te subiste al carruaje con el propósito de proponerme ser mi prometido solo para ayudarme a distraer a mis padres?
—Sí.
—¿Y cuando acepté ilusionada preferiste callar que sacarme de mi error?
—Puedo explicar qué ocurrió…
—¡No, solo quiero que contestes! ¿Malinterpreté lo que pretendías, pero tu intención inicial no era pedirme matrimonio?
—Valery, me callé… Porque cuando aceptaste me sentí complacido.
Me atraías desde antes… Cuando tus amigas me propusieron semejante plan fue difícil para mí acceder…
Estaba luchando entre lo que me hacías sentir y mis aspiraciones de prolongar mi soltería para dedicarme exclusivamente a mi carrera.
Cuando me aceptaste ya no pude seguir resistiéndome, ni correr en otra dirección: caí en tus brazos y fue tan dulce saber que me recibías.
—Por todos los santos, ¿qué fue lo que hiciste en Richmond House?
Hemos involucrado a tu familia… —Parecía que no lograba comprenderlo—.
¡Qué vergüenza! Si lady Abbott no nos hubiese sorprendido…
Porque jamás sentaste a tu familia para revelarle tus intenciones hacia mí…
No. Tu tía nos vio y corrió a poner sobre aviso a tu madre y tu cuñada.
Tú solo acudiste a Richmond House a impedir que ellas contactaran a mis padres…
—Valery, no soy un canalla… —Sintió que sus ojos se humedecían, y no se reprimió, sus lágrimas resbalaron calientes por sus mejillas.
—Oh, Edward… Lo que decían sobre ti es verdad. —La mano de ella se soltó de las masculinas y limpió una de las lágrimas genuinas del varón—. Darías todo por las personas que amas, por los afligidos… No, no había mala intención.
Edward suspiró confiando en que el malentendido iba a solucionarse. Ella lo estaba comprendiendo. Lo perdonaría.
—Es lo que he tratado de decir… Yo te am…
—Eres un caballero, uno de los pies a la cabeza. Cuando mis amigas te contaron esa idea loca accediste… ¿Cómo negarte? Me veías tan infeliz, yo había dejado todo mi tormento en ti, te conté tantas cosas… Pero no debiste, ahora es más doloroso.
—¿Por qué más doloroso? Nos tenemos.
—¿Y continúas? Por el Altísimo y tu alma noble que no, no vas a sacrificarte.
Entiendo que eres un caballero y acudiste ante una dama en apuros.
Seguro mis amigas fueron muy convincentes…
Pero no es correcto que por compasión hacia mí no me sacaras de la confusión.
Claro, un caballero como tú no humillaría jamás a una dama.
¿Te quedaste callado para no avergonzarme más?
Valery se puso de pie, lloraba tanto. Edward sentía el dolor atravesarlo en dos, quebrar sus huesos y dejar ardiendo toda su piel.
—¡No! Eso no ocurrió así. Debí hablar… Pero temí que no me creyeras… Como está sucediendo ahora. Guardé silencio porque me gustó vivirlo, sentir que era tu prometido… Todo lo que le aseguré a tu padre es la más descarnada verdad. Te quiero, Valery. Te amo…
—Incluso ahora, no puedes hacerme sentir miserable…
—No, te adoro, te juro que estoy enamorado.
—¡No jures en vano…! —Sus ojos estaban enrojecidos, sus labios temblaban—. Edward, no me mientas para no romper mi corazón.
—¡No miento!
—Ahora lo entiendo… —Hablaba para sí misma como si cada pieza del rompecabezas cayera en su propio espacio.
Negaba y movía las manos, nerviosa, por su pecho, como si de pronto los encajes del escote le incomodaran.
Y entonces pareció dar con el punto más álgido de su análisis de la situación, como si encontrara la explicación plausible, la prueba irrefutable—.
Por eso evitaste besarme todo el tiempo…
Valery cayó de rodillas, como si no le importara humillarse más…
Él se arrodilló frente a ella, con el alma destrozada.
—No, evadí besarte porque no podía hacerlo hasta aclarar este malentendido. Pero me muero por hacerlo, incluso ahora.
Estaba a punto de golpearse por estúpido, mientras se reprochaba no haberla sostenido entre sus brazos en cuanto tuvo la oportunidad y demostrarle en un beso toda la pasión que despertaba en su alma, en su cuerpo.
—Dirías lo que fuera para no humillarme más. —Se cubrió el rostro con ambas manos y repitió—: ¡Qué vergüenza!