Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 27
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Edward tuvo que volver al hospital St Thomas tras la visita.

Sentía toda la musculatura tensa. Habría querido quedarse con ella en Hayden House para convencerla de que no podía volver a la casa de sus padres.

Se llevó los dedos a la sien que pulsaba, la discusión con el duque había alterado su habitual serenidad para afrontar las adversidades de la vida.

El recuerdo de cada una de las palabras de Valery, cuando lo defendió con vehemencia se coló en su mente, en su alma, escarbó e hizo que en su pecho creciera la llama. No tenía dudas: era ella. Lo sacudía de pies a cabeza, se había metido debajo de su piel.

Tuvo que poner de su parte para concentrarse y atender los nuevos casos, diagnosticar sin fallar y brindar tratamientos acertados.

Pero en cuanto terminó su jornada, no permitió que el doctor Emerson lo convenciera para quedarse hasta deshoras como de costumbre.

Necesitaba verla. Tenían tantos puntos que discutir.

Abandonó el hospital y tomó su caballo en dirección de la casa de los duques de Hayden. Cuando llegó el mayordomo lo hizo pasar de inmediato. La familia estaba en el salón de música escuchando a la duquesa tocar el piano, mientras el esposo permanecía de pie a su lado.

Bonnie y Valery estaban sentadas en un mullido sofá riendo de las travesuras de Honey, junto a la duquesa viuda.

Suspiró de alivio al comprobar que Valery todavía estaba ahí.

—Amigo, bienvenido… —Lo recibió Valentine con afecto—. Es grato verte.

Tras los saludos de rigor los presentes guardaron en silencio unos minutos hasta que la pieza musical llegó a su fin y sucedieron los aplausos.

—Edward —le dijo Ettie con cariño—. Siempre terminas tan tarde en el hospital desde que aceptaste tu segundo puesto. ¿Pretendes ganar el premio al médico del año? ¿Dos posiciones de importancia y tan demandantes? Te vas a consumir.

El interpelado rio, se consumiría, pero por las ganas de quedar a solas con Valery. Estaba a punto de indicarlo, pero no estaba seguro de si ella lo consideraba conveniente. Eso tenía que cambiar. Precisaban intimar más, conocerse a fondo, sin tantas personas a su alrededor.

—Edward, ¿acabas de llegar del hospital? —advirtió Valery, y ladeó la cabeza en una mezcla de ternura y evidente preocupación—. ¿No has cenado?

El estómago de él rugió delatándolo. Por lo general, lograba escapar del St Thomas, acudir a casa a cambiarse, cenar algo ligero e ir después a Hayden House. Quizás se equivocaba, ella lo conocía más de lo que creía. Pudo entenderlo sin necesidad de que él lo expresara.

—Disculpen, yo… Necesito hablar con Valery, más después de lo que ocurrió en Richmond House —explicó y se humedeció los labios, no podía quitarle los ojos de encima.

La emoción lo embargaba. Podía haber leído libros, enciclopedias, tratados y aprenderlos al dedillo; pero nada lo había preparado para lidiar con su cuerpo en llamas, con sus emociones disparadas, y los latidos acelerados de su corazón a punto de delatarlo al derretirse por completo por esos ojos, esos labios…

—¿Con Valery? —inquirió Valentine, que lo conocía bien, y se dio cuenta de que su amigo no mostraba su habitual confianza en ese tipo de situaciones.

—Espero que nos digas algo, Edward, desde el paseo a The Crest Stud, los dos han estado muy misteriosos cada noche —reprochó Ettie.

—Aún nos tiene en ascuas de lo que ocurrió esa mañana. Pero ha insistido que hasta que estemos todas las Rosas Inglesas juntas lo revelará, porque es un asunto muy largo de contar —intervino Bonnie tomando en sus brazos a Honey que cada segundo le gustaba más.

—Sí, es largo de contar —concedió Edward.

—¿Qué sucedió en The Crest Stud? —Valentine no pudo evitar usar la ironía para lo que venía a continuación—.

Lo has tenido muy guardado. Cada noche nos visitas y eliges la compañía de Valery.

Veo tus firmes intenciones de hacerle la corte.

Sin embargo, ¿qué clase de cortejo puede ser si no le obsequias flores o un poema?

¿O somos tan distraídos que no vemos tus intenciones?

¿Pasa algo entre Valery y tú? No quiero ser entrometido, pero una noticia de ese tamaño no puedes guardarla de tus amigos, más cuando has sido alcahuete de todos nosotros, de cierta forma.

A excepción de Highlander, ese sí creo que jamás va a asentarse con una mujer.

Valery y Edward se miraron al mismo tiempo, cómplices.

—Tal vez te equivocas sobre MacKenzie, Hayden —insinuó Valery hacia el duque recordando a la mujer que acompañaba al escocés; pero de pronto se dio cuenta de que pecaba de indiscreta y calló de inmediato.

—Bueno, no es hora de conducir a Broc MacKenzie al estrado. Díganme, ¿qué se traen ustedes dos? —El duque con cinismo, divertido de ver a su amigo en esa tesitura, no quitaría el dedo del renglón.

—Supongo que aún no era el momento de hacerlo oficial, hasta hoy que fuimos a Richmond House. Valery y yo necesitábamos más tiempo. —Edward comenzó a explicar, pero no pudo terminar.

Le hizo una seña rápida a su amigo para que abortara su misión, no debía continuar por ese derrotero. Valentine lo captó en el acto, curvó el lado derecho de la boca y se dijo que ya interrogaría a Edward en otra ocasión, parecía no estar pasándola muy bien.

Pero Ettie no se quedó conforme, y volvió a inmiscuirse sin poder entender lo que ocurría. Se preguntaba si había funcionado el plan para salvar a Valery.

—¿Qué tiene que ver Richmond House con el paseo a The Crest Stud?

—Más de lo que imaginas —aceptó Edward, buscando cómo explicar lo sucedido. Pero temía lastimar a Valery en el proceso—. Valery y yo necesitamos hablar a solas.

—En ese caso no se diga más, no has cenado. Y nosotros estamos muy divertidos aquí escuchando a mi preciosa mujer tocar como nunca. Ordenaré que te sirvan la cena en el comedor, Valery podrá hacerte compañía. —Valentine no tardó en volverse cómplice de su amigo.

—Querido, no es lo que estás pensando —aclaró Ettie—.

Nos encantaría que Valery y Edward terminaran juntos.

Digo, ambos son estupendos y harían una pareja bellísima.

Pero, en realidad, todo es un plan para salvar a nuestra querida amiga de las garras del funesto pretendiente que le consiguió su padre.

Valentine puso cara de confusión total. ¿Qué tenía que ver su esposa con los intercambios de palabras y las salidas de Edward y Valery?

Bonnie dejó de acariciar rítmicamente el pelaje de Honey, como si captara con más rapidez que sus contrapartes lo que acababa de suceder.

Valery soltó un quejido y se cubrió la boca con la mano. Edward mudó el rostro, que quedó desencajado, como si el brillo con que llegó —pese a la dura jornada en el hospital— se apagara de repente.

—¿De qué plan estás hablando, Ettie? Me da la impresión de que no te refieres a la idea de poner mi ropa de montar en un maletín y convencer a Edward de colarse en el carruaje.

—La voz de Valery salió rota. Ella que tenía una voz bien impostada que daba gusto escuchar, parecía que las palabras le raspaban la garganta como cuchillos afilados.

—Eso quiero saber yo, ¿de qué están hablando?

Pero tal vez no es el momento apropiado.

—Valentine sintió que no iba a gustarle lo que escucharía a continuación, por lo que reaccionó con rapidez.

Se puso de pie y quedó serio en el acto—.

Creo que debemos dejar de opinar, Edward y Valery tienen que conversar.

Ordenaré que le sirvan la cena de una vez.

—No tengo hambre —admitió Edward sintiendo que su apetito se había extinguido.

No sabía por dónde empezar a explicarse.

—Como sea los dejaremos a solas —atajó el duque con el semblante reflexivo. Deseaba sacar a su mujer y su hermana de la estancia e interrogarlas. Algo le decía que ellas sabían de inicio a fin de ese supuesto plan.

—No es necesario, querido —atajó Ettie—.

Te lo explico de inmediato. Al parecer fue un éxito rotundo si Edward ya pisó la ilustre morada del duque de Richmond.

El padre de Valery pretende casarla con el insufrible e insípido Errol Sable, las Rosas Inglesas recordamos cuando Edward brindó la loable labor de salvarme en una situación similar.

Así que lo convencimos de prestarle los mismos servicios a Valery…

—Ettie, ya no más… —Edward intentó impedirlo, pero sentía que se asfixiaba y no podía reaccionar.

—¿Lo conseguiste, Ed? ¿Ya eres el prometido ficticio de Valery? ¿Cómo pudieron dejarnos al margen? —continuó la duquesa con inocencia, mientras a su amiga se le desvanecía el brillo de los ojos, como si le aspiraran el alma y solo dejaran su cascarón.

—Valery, has quedado pálida. ¿Qué ocurre?

¿Cómo puedo ayudarte? —Ettie caminó con prisa hasta su lado, la tomó por el brazo.

No podía abandonar el salón dejándola así—.

Estás muy fría. Por favor, di algo. Me asustas.

¿Qué he dicho para inquietarte tanto? ¿No te ha gustado?

Cielo santo, de haberlo sabido no nos habríamos tomado tal atribución. Nuestra única intención era ayudarte.

—Vamos, Ettie, Bonnie, madre… Ellos deben hablar a solas. Estaremos en la biblioteca. Si nos necesitan saben dónde encontrarnos —resolvió el duque temiendo que, en el afán de ayudar, habían causado un daño irreversible.

—Me llevaré a Honey, amiga. —Bonnie le avisó—. Lo siento, si hemos cometido un error, lo sentimos tanto.

—Estaremos cerca. Di algo, Valery, por favor. Al menos asiente para saber que nos perdonas. —Ante el semblante perdido, lejano de Valery, Ettie se sintió terrible. Abandonó la estancia confundida del brazo de su esposo, con Bonnie caminando detrás de ellos.

Edward se sentó por fin al lado de Valery que tenía los ojos cerrados, como si necesitara asimilar lo que le estaba ocurriendo.

—Valery, te suplico que no saques conclusiones apresuradas. —Le tomó las manos heladas.

—Prometido ficticio… —murmuró apenas audible, como si tratara de poner en orden sus ideas, sin intenciones de comunicar algo.