26 #3
—Hija, es absurdo que siquiera te plantees elegir entre un distinguido vizconde aprobado por tus padres o el hombre que podría destruir tu lugar en la sociedad para siempre. —Helen secundó a su esposo.
—¿Destruir mi lugar en la sociedad? Edward y yo no podríamos ser más iguales.
A usted, padre, le inquietan el legado y el control de lo que sucederá con sus descendientes.
A mí me preocupa mi dignidad, mi futuro.
Usted no quiere casarme, solo le importa fabricar un heredero.
Ya tiene a la yegua de cría de su propia estirpe, ahora necesita al semental purasangre según sus condiciones.
Para mí, obedecerlo resultaría emocionalmente devastador.
Valgo más que únicamente mi capacidad de procrear.
—Hizo silencio unos instantes y sus lágrimas rodaron gruesas por su rostro, pero ni así le tembló la voz.
Menos porque Edward seguía a su lado sosteniéndole la mano—.
Edward lucha contra una sociedad que trata a los seres humanos como…
como… objetos apilados en un sitio donde no molesten al resto…
A usted y los demás aristócratas no les importa la suerte de los que están atormentados por enfermedades que quizás son curables; Edward sabe que en la ciencia hay esperanza.
Por eso para mí es admirable. No toleraré que en esta casa nadie cuestione su valor usando preceptos arcaicos e inútiles que no le llegan ni a los talones.
—Hija mía, te desconozco por completo. Nunca te habías atrevido a hablarnos así. —La madre se veía consternada, como si hubiese fallado en la única misión que tenía: preparar a Valery para seguir sus pasos.
—Lamento, madre, si usted sacrificó su vida por deber, por hacer el matrimonio conveniente. Pero no permitiré que me sacrifiquen por la continuidad del legado. Yo me casaré con Edward.
—¿Vas a casarte con él, con un médico de lunáticos? —Richmond no gritaba, más bien estaba estupefacto. Su rostro se puso blanco. No supo qué más decir para revertir lo que sucedía. Se había quedado sin argumentos. Su mente no podía asimilar el desenlace que parecía ser inevitable.
—Su hija ya fue muy clara al respecto. —Edward puso los ojos en blanco—.
Y no son lunáticos, su excelencia, son personas, merecen ser tratados humanamente.
Muchos pueden mejorar y otros sobrellevar sus circunstancias con dignidad en un entorno que los salvaguarde, no encerrados bajo condiciones brutales.
—Eso es ridículo y hasta cierto punto radical —resolvió Richmond—.
¿Y pretende casarse con la hija de un duque?
Creo que ya hemos hablado lo suficiente.
Si ha venido por mi aprobación no la tiene, doctor Raleigh.
Respetables damas, entiendo que apoyen a su pariente, pero así venga lord Allard a interceder por su hermano no cambiaré de parecer.
Mi esposa y yo estamos al borde del colapso, hemos tratado de comportarnos, pero comprenderán que la visita ha sido agotadora. Necesitamos reponernos del disgusto y…
—Ya nos retiramos, su excelencia. —Elizabeth se puso de pie y todos los demás la imitaron.
Después, agregó como si tal cosa, cansada de que aquel duque se creyera tan superior al resto que olvidara con quien estaba tratando—: No se cierre.
Si ellos se aman, usted no podrá detenerlos.
Lord Sable parece una opción menos contradictoria o moralmente aceptable, pero lo admitiría como yerno por encima de los deseos de su hija y eso sería imperdonable.
No olvide con quien está tratando. Hoy perdonaré sus comentarios desafortunados porque reconozco que la noticia le ha impactado.
Pero no olvide que mi esposo tiene un carácter imponente, una resolución tajante y contactos que lo apoyarán sin dudar.
—¿Me está amenazando, lady Allard?
—Tómelo como mejor le parezca —espetó Elizabeth arrugando el entrecejo, ya cansada de la intransigencia del duque—.
Por las buenas, podríamos, incluso, tratar de conciliar sus aspiraciones con el matrimonio de mi cuñado y su hija.
Podríamos mover nuestros hilos para que la respuesta de la Corona sea favorable y su nieto pueda…
—Milady, no me haga reír o llorar, ya no sé ni qué amerita.
—Richmond soltó unas bajas carcajadas como si la tachara de ingenua—.
Su cuñado no pasará la inspección de la Corona.
No. No será posible. Ni siquiera si su esposo y el círculo de aristócratas, con los que ha formado una fraternidad intocable, unen esfuerzos para volver idóneo al doctor Raleigh delante de los ojos de Su Majestad.
—Hora de irnos. —Edward no estaba dispuesto a negociar. Ya se había dicho suficiente de ambos lados de la contienda.
—El mayordomo los guiará a la salida —dijo Richmond agradecido de saber que ya no tendría que lidiar con ellos—. Valery se queda.
—Eso tampoco es negociable. Edward la tomó de la mano, aunque el padre continuara reprobándolo con la mirada.
Cuando Edward y su familia se dirigió a la salida, Valery caminó a su lado. Pero Helen, decidida a evitar que su esposo diera un espectáculo trató de retenerla. Se apresuró hasta ella.
—Hija mía, no te vayas. Ya sabemos qué ocurrió con el dinero del premio.
—Ese asunto. —Valery se detuvo. Edward y su familia también, no querían dejarla atrás.
—El dinero aún no lo hemos recuperado, pero ya sabemos cuál doncella lo tomó.
La policía se hará cargo de hacerla confesar.
No creemos que haya gastado semejante cantidad —explicó Helen sin el tono irritante que usó para intentar convencer a Valery que Edward no le convenía, como si entendiera que solo con sutileza conseguiría que su hija no abandonara la mansión.
—No si continúa sirviendo en su casa. Un ladrón ya habría desaparecido con los fondos. —Edward aportó algo evidente y la duquesa lo miró con desidia.
—Es probable que no fuera la doncella, madre. No permitiré que culpen a una inocente. Quizás fue el huésped misterioso.
—¿De qué huésped hablas? —inquirió Helen—. No entiendo.
—Sé que había alguien hospedado en el ala oeste, aunque nunca pude verlo.
—Juntas investigaremos, hija —propuso Helen, ante la mirada impaciente del duque y su propio desconcierto por la alusión a un invitado.
—Volveré mañana con Honey para resolver ese misterio. —A Valery le atormentaba que la doncella terminara afectada por un delito que no había cometido.
—Podemos mandar a nuestro carruaje por Honey e insisto en perdonar a Vivianne.
Valery miró en dirección de su padre. Ella sabía que su madre no podía tomar esa clase de decisiones sin pasar por el veredicto del cabeza de familia. El duque asintió muy serio.
—Madre, debo despedirme de los Hayden como corresponde y agradecerles por su hospitalidad. Lady Allard, lady Abbott y la señora Raleigh me acompañarán hasta Hayden House. Volveré mañana con Honey… Vivianne no sé si desee regresar.
—La convenceremos, querida. —La duquesa estaba dispuesta a prometer en voz alta lo que fuera; sin embargo, ¿cumpliría?
—Si yo vuelvo es solo para resolver el asunto de la doncella, nada cambiará. No me casaré con Errol. Edward es mi prometido.
Sus padres forzaron una sonrisa, y solo asintieron, como si en ese momento necesitaran un respiro para lamer sus heridas y prepararse para la siguiente batalla.
Con la mente embotada, Valery abandonó su casa y salió con las damas hacia el carruaje. Edward aún seguía a su lado. Antes de ayudarla a subir al coche, le susurró:
—No regresarás, ¿verdad? No puedes confiar en ellos.