Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 26 #2
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—¿Valery y usted? ¿No lady Valery? Lo escucho, pero de haber sabido que usted también estaba incluido me habría rehusado.

Después de su comportamiento en el Támesis con mi ahijado, no tenemos mucho de qué hablar, salvo que ofreciera una disculpa pública.

No es que las puertas de esta casa estarán cerradas, pero ya no cuenta con mi visto bueno, como en el pasado —declaró Richmond sin importarle lo que pensara su audiencia, menos los pares de ojos de aquellas mujeres que casi lo aniquilaron con sus miradas ante tal revelación.

Agatha estuvo a punto de salir en defensa de su vástago, pero Edward con elegancia se adelantó.

Lo último que deseaba era que aquella reunión terminara con las mujeres de su familia en una encarnizada pelea con el duque para defenderlo.

Apreciaba su cariño, pero podía y prefería defenderse por sus propios medios.

—Debido a que usted habla sin rodeos haré lo mismo. Estoy aquí para pedirle formalmente la mano de su hija. Me complace tener testigos… —Su semblante era tan serio como su poca paciencia con el aristócrata.

—¿Se atreve a venir a mi casa a solicitar mi aprobación para cortejar a mi hija? —Se notaba cómo se esforzaba el duque por mantener la compostura y contener el disgusto, pero su mentón y sus labios temblaban.

—Oh, no, excelencia. He venido para que conste mi petición como trámite formal, pero no me pondré de rodillas para suplicar su aprobación. Soy lo suficientemente capaz de entender que no está en la disposición de dármela.

—Por supuesto que no. —El duque quedó rojo por los esfuerzos que hacía para no gritarle la negativa con palabras altisonantes. ¿Cómo se atrevía aquel doctorcito a tanto?

—De acuerdo, entonces continuaré con la siguiente fase del trámite.

Valery y yo hemos venido a comunicarle algo de su completo interés, los dos conversamos y tomamos una decisión de común acuerdo: estamos comprometidos.

Eso no quiere decir que vamos a casarnos de inmediato, será cuando los dos estemos listos.

Pero, eventualmente, le guste o no, habrá una boda y lo más honorable por nuestra parte es ponerlos al corriente de lo que está aconteciendo.

—¿Se han puesto todos de acuerdo para tomarnos el pelo? —El duque aún quería que desmintieran tal despropósito.

—Le parece, su excelencia, que soy de las que le toman el pelo a un duque… Más a uno que no me agrada en absoluto. —Lady Abbott resolvió que, si aquel se mostraba indignado, ella con más propiedad haría exactamente lo mismo.

—Tía, dejemos a Edward hablar —le pidió Elizabeth, confiaba en que Edward podía manejarlo con mesura.

—Si usted se atreve a dar su opinión al respecto como padre de la novia, yo como madre del prometido haré lo mismo en nombre de mi finado esposo. Mi hijo es un excelente candidato y honraría a las más distinguidas familias recibir semejante petición. —Agatha no pudo aguantarse más.

—Señora Raleigh, entiendo que a sus ojos su hijo sea un dechado de virtudes —blandió el duque con desdén.

—A los ojos de muchos pares del reino y miembros respetables de la sociedad —contraatacó Agatha.

—Como sea, su prodigio no acudió a pedir absolutamente nada.

Me siento robado en mi propia casa. Ha venido con pistola en mano a exigir, a hurtar con total desfachatez lo más preciado que tengo —arremetió el duque debatiéndose para sus adentros entre si debía o no perder la compostura delante de esas mujeres y echarlos a todos de su propiedad.

—Su excelencia, mida el tono y el contenido de su discurso hacia mi madre o mi tía. —Edward fue tajante—. No permitiré que las ofenda.

—¿Qué derecho cree tener para exigir la mano de mi hija, doctor?

—Es mayor de edad y ha aceptado casarse conmigo.

—Por favor, vamos a calmarnos. —Elizabeth lanzó una mirada a Edward que parecía la de una hermana mayor comprensiva que lo llamaba a la reflexión.

Después se dirigió al duque—: Su excelencia, Edward es el hermano de un conde, tiene una reputación intachable.

Posee fortuna, una propiedad de gran valía y un futuro muy prometedor.

Conexiones importantes. Sabemos que no ostenta un título, algo que tal vez usted ambiciona para su yerno.

Pero en todas las historias de sociedad donde la familia interviene para separar a dos jóvenes que están decididos a casarse, la oposición solo les hace aferrarse más el uno al otro.

Así que mida sus palabras, porque podrían causar el efecto adverso a lo que pretende.

Edward miró a su cuñada con orgullo. Cuánto la admiraba. Había aprendido mucho de ella y de Evander.

—Todo lo que dice es cierto, lady Allard, pero difiero en algo con usted.

El doctor Raleigh era un médico brillante hasta que decidió torcer su camino.

Seré franco. No deseo dilatar esta conversación.

¿Sabe qué no lo hace idóneo? —Richmond lanzó una mirada hacia el médico que lo escuchaba estoico, como si estuviera blindado con una fuerte corteza que repelería lo que fuera que iba a brotar de su boca.

Al duque no le importó, él quería resquebrajar esa coraza a como diera lugar—: Sus ideas revolucionarias sobre el modo de tratar a los lunáticos, su escaso control cuando no supo perder en el Támesis y no se comportó como un caballero.

En resumen, la amenaza que representa para mis intenciones de continuar mi linaje a través de mi hija.

Esto último lo convierte en un problema enorme, uno mayor que las ideas de Valery acerca del canto o de abrir su escuela.

Y la razón de más peso por la que jamás lo aceptaríamos: no es Errol Sable.

Las damas se quedaron con las bocas abiertas, cada palabra pronunciada por el duque fue una bofetada sin mano, pero aquello último les pareció indignante.

—Me esperaba una respuesta así. —Edward no estaba sorprendido.

Ni siquiera alzó la voz—. De usted no puede salir un análisis más profundo que ver desde el ángulo de sus intereses.

Pero quien va a casarse es su hija, y le agrade o no, me ha elegido a mí.

Le advierto que lo que para usted es un problema, para mí es motivo de orgullo: las elecciones que he hecho en mi carrera, mi reputación y apoyar a Valery con su escuela de canto.

—Padre, cuando escuché justo en nuestro comedor que el brillante cirujano Edward Raleigh estaba a punto de escandalizar a la sociedad por dedicarse al estudio de los padecimientos mentales, me sentí orgullosa de conocerlo, a él, alguien que de verdad comprende lo que significa desafiar a la sociedad por sus convicciones.

—Valery lo miraba retadora, pero aún con la esperanza de hacer recapacitar a su padre—.

Y cuando lo escuché hablar con tanta compasión por los pacientes en general, como si estuviera convencido de que puede cambiar al mundo, me enamoré de su alma.

Elizabeth aplaudió para sus adentros la valentía de la joven. Cada vez entendía más por qué Edward había reconsiderado al último minuto su soltería.

—No queremos que te cases con él, Valery. —Helen ya no pudo callarse, estaba tan afectada como su esposo—. Si escoges mal destruirás siglos de linaje. Hija, elegir marido solo por enfrentarnos es un acto de rebeldía. Jamás creí que llegaras tan lejos.

—Tal vez es rebeldía, madre, pero no he elegido a Edward porque pretendo desafiarlos. Soy rebelde por una sola razón: no permitiré que me impidan desposarlo. Lo quiero a él, a su esencia.

Agatha sintió el orgullo inundarla, le pareció maravilloso que su futura nuera respaldara así a su hijo. Inspiró hondo con la emoción contenida.

—¿Y mis años de negociaciones con la Corona?

Quisiera que defendieras a nuestra familia, su legado y el título que podría heredar tu hijo con la misma fuerza que defiendes tus intereses y a ese hombre al que no estás ligada por sangre —acometió Richmond mostrando un signo de debilidad.

Su voz se resquebrajó al final, evidenciando que se sentía muy agotado de querer encauzar la vida de su hija sin éxito.

Valery cerró los ojos un minuto, la presión que sentía era muy fuerte. De un lado un linaje y una sangre que no quería traicionar. Del otro, la lealtad consigo misma: el hombre que pretendía, su talento, su vocación, sus sueños…

—Valery, estoy contigo, mi valiente alondra.

—Edward le sostuvo el espíritu para que no se quebrantara, recordándole que estaba ahí para ella—.

No permitas que el peso de sus palabras te haga sentirte culpable.

Las aspiraciones de tu padre son válidas; pero no puede ponerlas por encima de tus deseos.

Si vives el destino que él está fabricando para ti sin tomarte en cuenta, a futuro te sentirás vacía y en deuda contigo misma.

—No intente manipular a mi hija, doctor.

¿Eso es lo que ha hecho? —Richmond negó reclamando al cielo por tal desenlace.

¿Por qué Valery lo agobiaba así? No tenía consideración—.

¿Hace cuánto la ronda? Iluso de mí que lo mandé a llamar para curarle aquel resfriado.

¿Desde entonces ya metía sus ideas en su joven mente, para llevarla al punto de rebelarse en nuestra contra?

Ya sé por Errol que usted es una pésima influencia, y que campea a sus anchas por Bedlam; pero sus colegas no tienen la mejor opinión de las ínfulas con las que llegó al asilo, de sus intenciones de cambiar lo que lleva años establecido.

El doctor Anderson previno a Errol, y mi ahijado a mí.

¿De qué sirve ser un médico brillante si al mismo tiempo será tan cuestionado?

—No veo nada cuestionable en Edward, padre. Él quiere curar mentes con la medicina, yo busco sanar almas mediante la música. Así que no hay caballero mejor para mí.

Lady Abbot quiso abrir la boca para defender a su sobrino, pero aquella muchacha lo hacía con tanta firmeza y autenticidad que prefirió escuchar, más que hablar.