26
De pronto, una mañana Valery recibió la visita de lady Abbott, la señora Raleigh y lady Allard. Se sintió confundida. Solo faltó lady Sadice para que todas las parientes cercanas de Edward la sitiaran en Hayden House.
Seguro lady Abbott les relató cómo sorprendió a Valery y a Edward. Tal vez por ese motivo la miraban de modo tan interrogante y se hacían señas con complicidad.
Por fortuna, no había disgusto en sus semblantes. Parecía que la avanzada de la familia de Edward estaba al mismo tiempo conmocionada y feliz por la noticia.
No supo cómo la convencieron de subirse a un carruaje e ir camino a Richmond House. Ellas creían firmemente que con el compromiso podían arreglar las desavenencias familiares de Valery e, incluso, acercar los títulos Richmond y Allard.
De haber estado Ettie o Bonnie en la propiedad, quizás las visitantes habrían recibido cierta resistencia; pero Valery se dejó envolver por la algarabía de las damas que no tardaron en expresar su alegría por recibir un nuevo miembro en la familia.
Incluso le pidieron que las tuteara a todas —solo lo haría con Elizabeth, lo demás sería un exceso—.
Valery se sintió apabullada por la intensidad de aquellas, pero igualmente bendecida por el trato familiar y cariñoso que le daban.
También estaba el asunto del dinero del premio y la acusación sobre la doncella. En su fuero interno, Valery sabía que inculparían a la joven. Si no la defendía, nadie más abogaría por ella.
No podía permitirlo.
No obstante, no olvidaba que su padre pretendía casarla con un lord, no con un médico.
Confió. Edward estaba emparentado con la nobleza y tenía el respaldo de lo más selecto de la aristocracia. Su padre no podía cerrarle las puertas sin ganarse a pulso el desprecio del conde de Allard y su círculo estrecho de amigos y familiares, que lo defenderían a capa y espada.
La lógica le decía que era posible.
Debió tomar como señal que cuando el carruaje con ellas adentro llegó a Richmond House, Edward las interceptó antes que el mayordomo.
—Querido, ¿has pensado unirte? Qué maravilla —expresó lady Abbott.
—Como debe ser —reforzó Agatha—. Le comenté lady Abbott que lo más apropiado es que mi hijo pida la mano de la joven dama. No se ve bien que un grupo de mujeres trate de allanarle el camino.
—Lo sugerí desde el principio —recordó Elizabeth y después se dirigió a Edward—. Cuñado, traté de evitar este sinsentido e intromisión en tus asuntos. Solo estoy aquí para paliar las consecuencias. Mi tía es imbatible cuando sus artes de casamentera la conducen por caminos sinuosos.
—No te reprocho que las hayas acompañado, Elizabeth —contestó el aludido—. Sin embargo, me habría gustado darles yo la noticia de mi compromiso. Tía, ¿por qué tuvo que apresurarse?
—Yo… Solo pretendo adelantarme a un posible escándalo que arruine el compromiso —rectificó lady Abbott—. Hacen una pareja estupenda y me ha costado tanto darte el empujoncito. Vamos, tampoco te molestes con tu tía favorita. Sabes que te quiero.
Valery sonrió al contemplar a Edward respirar profundo para aguantar el exceso de cuidados de las damas.
—Valery y yo teníamos mucho que discutir antes de dar este paso —reprochó con un tono mandón, pero tras reflexionar unos segundos en las intenciones de ellas, exhaló y suavizó la voz—.
No soy partidario de precipitarme. No obstante, si Valery está de acuerdo procedamos…
Solo acudirán como comitiva de entusiastas, yo haré la petición.
Cuando Valery vio el brazo que Edward le extendía, no dudó en tomarlo.
—Edward, yo… —susurró con dulzura—. No pensé que te molestaría.
A ella le preocupó haberse equivocado. ¿Y si él no estaba listo? ¿Y si aún no deseaba pedir su mano? ¿Menos proclamarlo oficial?
¿Cómo se dejó convencer por esas mujeres? Si bien le agradaban, ellas le advirtieron cuáles eran sus intenciones al acudir a Richmond House y no debió acompañarlas a menos de que Edward y ella lo discutieran antes.
—No estoy molesto contigo. —La miró con ternura y ella tuvo que sonreírle muy complacida—. Sé qué tan convincentes pueden ser estas conspiradoras. Pero no quiero abrumarte o que te sientas obligada a seguirles la rima.
—¿Cómo supiste dónde encontrarnos? —Lady Abbott enarcó una ceja con una sospecha en mente; pero sin quitarle los ojos de encima a los tórtolos.
No podía cometer un error. ¿Se estaría apresurando?
Ellos aseguraron que alguien más sabía. Era importante atajar un escándalo antes que se desatara. Más con la hija de un duque.
—Evander —admitió Edward sin soltar a Valery.
—Lo sabía —cantó victoria lady Abbott—. Traidor.
Le solicitamos acompañarnos y se negó rotundamente.
Afirmó que solo vendría si tú se lo pedías y nos disuadió de entrometernos en tus decisiones.
Pero, querido, no tienes el camino fácil.
Richmond no cederá si vienes con las mejores intenciones, tu honorabilidad y tu buen corazón.
Perdóname por lo que diré a continuación, Valery, pero es la más cruda verdad.
Para doblegar a ese viejo retorcido y recalcitrante se necesitan ciertas artimañas que un alma noble no estaría dispuesta a tramar.
¿No lo ves, Edward? Valery y tú precisan de nuestra ayuda. La unión hace la fuerza.
—No desconfío de su talento, tía, tampoco del de Elizabeth o mi madre; pero no me sentiré orgulloso de ganar la mano de Valery si alguna pone un pie en la mansión Richmond para llevar a cabo la misión que me corresponde.
Además, Valery no debería estar aquí. —Se volvió a ella y le tomó la mano, Agatha y lady Abbott suspiraron, mientras Elizabeth sonreía con orgullo del muchacho que había visto convertirse en hombre—.
Valery, no entres ahí. Déjame encargarme, no me perdonaría que por un error tu padre se las arreglara para dejarte de nuevo encerrada.
—Edward, yo… No puedo huir toda la vida. Si aún estás decidido a seguir adelante con nuestro compromiso, yo…
—No lo dudes ni un segundo —aseguró y estrechó los dedos enguantados de Valery con vehemencia.
—Querida Valery, jamás he visto a mi hijo mirar así a una dama —intervino Agatha—.
Si tu padre se atreve a rechazarlo por muy duque que sea se enfrentará con el terror de cerca.
En mis últimos años he tratado de comportarme como una señora tranquila, serena, sosegada.
Para que ninguno de mis hijos casados, mi nuera o mi yerno se quejen de mí.
Pero si ese Richmond le pone un reclamo a mi Edward, conocerá el tamaño de mi furia.
Y no lo dudes, todos en casa estamos contentos de saber del compromiso.
Estaremos felices de recibirte en la familia.
Incluso, Evander que no ha venido con nosotras está complacido.
Es mi hijo, no me puede engañar. Tenía un brillo particular en la mirada cuando recibió la noticia.
—Por favor, agradezco que todas vinieran como la caballería armada y lista para la guerra; pero Valery debe permanecer a salvo en Hayden House y yo dar la cara a Richmond, sin un ejército protegiéndome las espaldas.
—Sobrino, te cubriríamos por todos los flancos —advirtió lady Abbott muy decidida.
—Si tú entras, Edward, yo estaré a tu lado —agregó Valery valiente—. ¿No te opondrás o sí?
La cara de él se leía con claridad, no podía negarle nada.
De pronto, la puerta se abrió y el mayordomo apareció preocupado por la algarabía en la entrada.
—Tenemos una cita con su excelencia —adelantó lady Abbott.
—Yo tomaré la cita en su lugar. —Edward estuvo a punto de proferir un improperio en dirección de su tía, su madre… Sin embargo, respiró hondo y agradeció por estar rodeado de una familia que le brindaba tanto cariño. Eso último no lo podía negar.
—Entraremos todos —resolvió lady Abbott.
—Por favor, decídanse. —El mayordomo comenzó a perder la paciencia.
—Todos. Al duque le complacerá recibirnos —persistió lady Abbott haciéndole un dulce guiño a su sobrino para ablandarlo.
—Adelante, sean bienvenidos. —Valery se abrió paso y los invitó a entrar, mientras amonestaba al mayordomo con el gesto por su descortesía.
—Por supuesto, milady. De inmediato —acató el sirviente y apuró a sus lacayos para que acudieran a recibir a los recién llegados.
El hombre no tardó en conducirlos a la sala de estar donde los duques ya esperaban a las damas. Sus rostros no disimularon su grata sorpresa al descubrir que Valery las acompañaba. No sintieron lo mismo al darse cuenta de que el doctor Raleigh también se había presentado.
—Valery, querida —dijo Helen, quien la invitó a que ocupara el lugar libre a su lado en el amplio sofá donde estaba sentada con su esposo.
La joven negó y se situó frente a ella, custodiada por un lado por Elizabeth y por el otro por Edward.
Los duques abrieron más sus ojos. Richmond solo emitió las palabras usuales para saludar, muy cortés. Quería esperar a que los recién llegados desplegaran sus cartas, pero su aguda intuición le sugería que no le gustaría nada.
—Su excelencia, gracias por recibirnos en su hogar —Edward se adelantó cuando vio a lady Abbott separar sus labios.
—Estoy muy intrigado por lo que sea que han venido a decirnos. Más porque está usted aquí, doctor, no voy a engañarlo. —Omitió que todavía le inquietaba más el motivo por el cual su propia hija los acompañaba.
—Mi familia quiso estar presente, pero soy yo quien tiene algo que decirle —dijo en dirección a las damas, antes de que se desbocaran y tomaran el control de la situación que le pertenecía—. Me corrijo, Valery y yo.
Ella sintió que el pecho se le inflamaba de orgullo.