Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 25 #3
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Lo que vio después lo desarmó por dentro, era una de las razones por las que su permanencia en Bethlem no era negociable.

Condujeron al joven justo al pabellón donde estaban los pacientes de Edward y le pidieron entrar a uno de los cuartos más apartados del resto.

No encontraron a la abuela, menos al hermano.

Había un celador y no tardó en llegar el doctor Anderson, Edward se ocultó a tiempo antes de que aquel lo descubriera.

Cuando la puerta volvió a cerrarse se acercó y se asomó por la mirilla.

Anderson no respetaba los procedimientos.

Le habían asignado el pabellón antes de la exploración médica de ingreso, lo que suponía que Anderson estaba realizando en ese momento.

Sabía que no era agresivo, pues fue directo al pabellón de los pacientes tranquilos.

Lo escuchó hacer preguntas generales, insuficientes para poder definir su lenguaje, conducta, orientación, memoria.

—Morrison, haz el inventario. Debo retirarme. Hay muchos papeles que firmar. Sabes lo que procede. Si se pone inquieto pídele a una enfermera que le dé un poco de láudano. Tal vez dormir lo ayude a aceptar su realidad.

Edward se movió rápido, lejos de la puerta y se ocultó tras una columna para ver pasar al doctor Anderson con sumo hastío, parecía que necesitaba un ejército para levantar cada uno de sus pies.

Ese hombre estaba a punto de terminar como uno de sus pacientes y no lo sabía, no soportaba su profesión, era como si tras años de matrimonio con su puesto estuviera ansioso por divorciarse, pero no daba su brazo a torcer.

Cuando Anderson dobló en la siguiente curva, Edward se detuvo en un ángulo que le permitía ver sin levantar sospechas. La puerta quedó convenientemente abierta para él, que sentía gran curiosidad por saber qué sucedía.

Morrison quiso decomisarle al joven el afilado lápiz, pero aquel se resistió con una fuerza imponente —aún sin entender que su problema era mayor que defender sus pertenencias—. Lanzó patadas, forcejeó contra los dos cuidadores que intentaron cumplir con su detestable trabajo.

Edward ya no pudo soportarlo y caminó hasta donde ocurría la batalla campal.

—¡Suéltenlo! —ordenó con la autoridad que le confería su puesto.

—El doctor Anderson mandó que…

—Logré escucharlo.

—Es peligroso para él.

—Si el joven fuera peligroso estaría en otro pabellón. Lo estás alterando. Déjame a solas con él.

—No es su paciente, doctor Raleigh.

—Es evidente que no puedes manejar la situación, Morrison. Permíteme intentarlo.

A regañadientes, Morrison dio un paso atrás, y su compañero hizo lo mismo. Cuando salieron de la habitación, el muchacho aún se aferraba a su lápiz.

—Es probable que no esté en mis manos dejarte el lápiz, pero si dejas que yo lo cuide, lo guardaré para ti y lo devolveré cuando estés de salida. Y, mientras tanto, puedo traerte una caja de carboncillo.

El joven entrecerró los ojos, inspiró profundo y después miró a Edward lleno de certeza.

—Mi hermano me trajo para ver a mi abuela, me aseguró que estaba aquí y que su salud era delicada.

Por eso seguí a los cuidadores. Pero no soy un ignorante, sé a qué traen a los pacientes a Bethlem, pude leer el nombre del hospital en la entrada principal.

Y que yo recuerde, mi abuela es la persona más cuerda que conozco.

Pero parece que todo era una trampa, y a quien desean encerrar es a mí.

Debe haber una confusión, mi hermano jamás me traicionaría así.

Edward se le quedó mirando. No tenía una vasta experiencia con pacientes mentales, pero no fue la respuesta que pensó escuchar.

—Soy el doctor Edward Raleigh. ¿Con quién tengo el gusto de hablar? Puedo averiguar qué está sucediendo, y si hay alguna inconsistencia en su caso, puedo ponerme en contacto con su familia.

—Soy Theodore… —La seguridad inicial se rompió, dudó antes de dar su apellido y guardó silencio.

—¿Theodore qué?

—Yo… Yo esperaré a mi hermano. Debe haber un malentendido.

—¿Cómo se llama su hermano? —Sentía la necesidad de ayudarlo.

Edward había conocido muchos tipos de médicos, pero destacaban dos: el que reducido por la fatiga y el exceso de trabajo, aunado a la dureza de los casos se blindaba con una capa de frialdad para encarar su profesión, y otro que seguía viendo a los pacientes como seres humanos, no como expedientes —el que miraba a los ojos y no perdía su humanidad.

De forma consciente elegía cada día permanecer aferrado al segundo grupo.

El joven negó con la cabeza, suspiró y se dejó caer sentado sobre el colchón.

—Esto es indigno para alguien de mi posición. Aceptaré los carboncillos en lo que se resuelve la confusión que me ha traído aquí.

Depositó el lápiz en la palma de Edward que lo contemplaba repleto de interrogantes, lo había evadido con maestría. Era un joven muy inteligente.

—¿Ha estado antes internado en otro asilo, uno privado por casualidad? —escarbó. ¿Vendría de un asilo exclusivo para clases más pudientes donde la discreción era importante, y por motivos que desconocía y le intrigaban, su familia no pudo seguir sosteniéndolo? ¿Por eso estaba aquí?

—Por supuesto que no —soltó con seguridad, desbaratando la hipótesis inicial de Edward.