Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 25 #2
51%

25 #2

—Los rasgos del rostro y de la mente ofrecen un mapa que muestran el nivel de alienación de los pacientes y su tendencia a la criminalidad. Y sí, me apoyo en la frenología y la fisiognomía.

Edward abrió mucho los ojos con la sangre ardiendo dentro de sus venas. ¿Cómo era posible que dejaran a aquel dinosaurio continuar trabajando allí?

—Difiero ampliamente —sostuvo tratando de parecer relajado.

—¿También juzgará mis tratamientos? —El hombre estaba a punto de sufrir un síncope.

—Nunca los usaría. Prefiero establecer rutinas estables para mis pacientes, actividades donde se puedan sentir útiles, trato respetuoso. Encierro jamás, el aire libre y el ejercicio son indispensables.

—Usted es joven, doctor Raleigh, y viene de trabajar en St Thomas con sus grandes apoyos —masculló sin dejarse vencer—.

Todavía no entiendo qué lo motiva a venir a nuestra institución.

Este sitio aniquila el optimismo de cualquiera.

Yo llegué con sus mismas intenciones. No perderé mi tiempo dándole los datos que solicita.

Tengo casos que atender, ocúpese usted de los suyos.

Al final del año ya veremos quién tiene la razón.

—Doctor Anderson, nuestro colega está sobrecalificado para el puesto, tanto así que en St Thomas no lo dejaron ir y, por el contrario, le han dado una posición de más responsabilidad.

Ha venido a estudiar cómo abordamos los casos y proponer mejoras.

¡Y su hermano no proporcionó ninguna contribución económica allí!

Si lord Allard nos hizo una donación fue porque el discurso del doctor Raleigh sobre las necesidades de nuestros pacientes lo ha conmovido.

Así que sus supuestos son infundados. Raleigh ha entrado por sus méritos y le estamos agradecidos por traer los fondos de su hermano.

Lo respeto, pero no permitiré ese tipo de acusaciones entre mi personal.

Edward disimuló una sonrisa; no obstante, curvó una de sus comisuras, quería ver como el necio de Anderson respondía.

Sin embargo, tendría que esperar otra ocasión, la campana lo salvó de tener que retractarse. En ese momento, el secretario dio el aviso de que las personas que estaban esperando acababan de llegar.

Mientras los hacían pasar, Edward se dirigió a la puerta tratando de dominar su molestia con el doctor Anderson. Entonces, se topó de frente con el rostro de la última persona que pensó ver allí.

Errol Sable.

Se miraron largamente a los ojos, tras el altercado en el Támesis ninguno dio su brazo a torcer y evitaron saludarse.

Pero el sinvergüenza no se tragó sus palabras y masculló hacia sus zapatos con evidente disgusto:

—Qué suerte la mía. —Por supuesto que lo decía por Edward y la coincidencia de encontrárselo.

—Solo los ingenuos creen en la suerte —masculló Edward más bajo aún, evitando entrar en conflicto, era lo último que deseaba en su lugar de trabajo.

—¿Qué fue lo que dijiste? —inquirió Errol deteniéndose sin la capacidad de contención para dejarlo pasar. Solía ser más frío con otras personas, pero con su contraparte de remo le resultaba imposible.

No lo pensó dos veces.

—Que solo los ingenuos creen en la suerte.

Edward aguardó expectante, sin prisas, midiendo hasta dónde era capaz de llegar su oponente.

Notó que Errol sintió la afrenta directa, y lo miró con recelo; pero el director lo esperaba y no había alcanzado a escucharlos.

Supuso que no quiso contraatacar para no quedar en evidencia, más porque solía ceñirse a su moral intachable y no iba a mancharla delante del doctor Jackson.

En breve, Errol continuó a sus asuntos.

Después que la puerta de la oficina del director se cerró con Errol y los dos médicos a su espalda, Edward prosiguió su camino, mientras se preguntaba la razón de la visita del vizconde.

Supuso que tendría que ver con la capilla, se celebraban misas con frecuencia, sobre todo los domingos, y Errol representaba los intereses de la iglesia.

Tras dar unos pasos, encontró a un joven de unos veinte años desorientado sentado en uno de los bancos de espera.

No lucía como las personas que solían acudir ahí: enfermeras, cuidadores, pacientes, médicos, celadores…

Se veía distinguido, como si perteneciera a la nobleza.

Sabía que los aristócratas no estaban exentos de pisar Bethlem o de ser refundidos ahí; pero sería un escándalo.

Los familiares preferían ocultarlos en propiedades poco frecuentadas o asilos privados.

Ese joven llamó la atención de Edward. Un criado de rostro rudo y traje sobrio lo acompañaba, parecía vigilarlo.

Dos lágrimas surcaron las mejillas del muchacho de considerable estatura, cabello ligeramente desordenado y vestidura impecable. Le recordó a alguien, pero no consiguió acordarse de quién.

No pudo seguir su camino, decidió vigilar desde una distancia considerable.

¿Por qué lloraba?

—No sé qué hacemos aquí, Rudolph. Mi hermano dijo que visitaríamos a la abuela, y no la encuentro por ninguna parte.

—Su abuela no está bien de salud, necesita descansar. La verá en otro momento.

—¿Es por lo que estamos en este hospital?

Uno de los cuidadores del asilo no tardó en aparecer e intercambiar palabras con el criado, quien se retiró dejando al joven cabizbajo en el banco, que ni siquiera se percató de su partida.

—Sígame —le ordenó el cuidador al muchacho que no levantó la cabeza, seguía con la vista clavada en el suelo.

Edward se dio cuenta qué había captado tanto su atención, un ciempiés se había colado y caminaba sobre los patrones geométricos del suelo de piedra. Sacó una libreta de su chaqueta y un lápiz y comenzó a hacer trazos sobre una hoja.

—Joven, debe seguirme ahora.

Tras la insistencia del primero, el joven levantó la cabeza y sin hacer contacto visual se dignó a contestar:

—¿Por qué lo seguiría? No lo conozco. No me moveré de aquí hasta que venga mi hermano.

—Su hermano nos espera.

Entonces el muchacho escudriñó a su alrededor y se notó su ansiedad al descubrir que el criado que lo había acompañado ya no estaba. Dudó, pero tras reflexionar contestó:

—¿Ahora?

—De inmediato.

El joven movió ágilmente la mano sobre la página y tras más de quince minutos volvió a mirar al impaciente cuidador.

—Necesitaba el bosquejo, con esto puedo terminar más tarde cuando vuelva al estudio. ¿Ya se despertó mi abuela?

—Vamos, camine conmigo.

El muchacho lo siguió.

Edward no supo por qué aquello no le dio buena espina, y tras enarcar una ceja se escurrió por los innumerables pasillos tras ellos.