Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 25
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Unos días después el asunto de enfrentar a los duques de Richmond aún le daba vueltas en la cabeza. No había querido apresurarlo, no hasta aclarar ciertos detalles.

Edward y Valery se veían poco porque su nueva jornada había iniciado y se la pasaba del hospital al asilo, adaptándose al cambio.

Pero se escapaba para verla aunque fuera unos minutos después de la cena, a diario, sin falta.

Nunca a solas, a esa hora Hayden House siempre estaba llena, los duques, lady Bonnie, su madre.

Pero hablaban, se conocían más y compartían miradas colmadas de promesas.

Él le contaba cómo le iba en el hospital. Ella le reveló que por fin el piano de la casa de su abuela había quedado arreglado, así como los avances en reparaciones menores de la escuela de canto. También lo puso al corriente del primer día como maestra de los hijos de los duques de Norfolk.

Estaba prometido… No había vuelta atrás.

Esa mañana, llegó temprano a Bethlem, que parecía más la residencia londinense de un noble que un asilo para pacientes mentales.

Sin embargo, a pesar de sus interiores atiborrados de ventanas por donde entraba un gran flujo de luz, sus techos elevados y las lámparas de gas, sabía que dentro aún faltaba mucho camino por recorrer para que la salud mental se equiparara a otras áreas de la Medicina.

El consultorio que le ofrecieron olía a una mezcla de remedios y humedad que en un principio no le molestó, se encargaría de aligerar el ambiente y que predominara el olor a jabón en los días siguientes. El silencio de las primeras horas fue cortado por un grito lejano de alguno de los internos.

Tomó las historias clínicas y revisó tan solo nombres, padecimientos y los tratamientos. Previo a profundizar en el estudio de los documentos decidió dar un recorrido. Prefería guiarse por su ojo clínico y familiarizarse con los casos antes de detallar lo escrito por otros.

Cinco pacientes para empezar, todos los casos aparentaban ser tranquilos. Al parecer, el director prefirió no asignarle algún paciente considerado peligroso; quizás hasta que su experiencia en el lugar fuese más amplia.

Encontró habitaciones austeras: camas de hierro con colchones de crin, un mueble, una silla y afortunadamente una ventana.

Examinó a sus nuevos pacientes. Todo parecía indicar que tenía a un epiléptico, otro con manía, dos con melancolía severa y el último sin diagnosticar aún.

Los tratamientos prescritos por los médicos anteriores iban desde baños terapéuticos fríos o templados en la sala de hidroterapia, hasta otros muy cuestionables que le hicieron torcer el gesto: no podía creer que seguían vigentes.

Examinó a cada uno con paciencia, y ordenó a los cuidadores que llevaran al jardín a caminar un rato a los que podían andar o a tomar el aire a los que no, sin objeciones. No importaba lo que había prescrito el médico anterior.

Se suponía que haría un trabajo experimental para probar que su propuesta de tratamiento era más eficaz que la utilizada hasta ese momento.

Después volvió a su consultorio para sumergirse en el estudio de las historias clínicas. Mientras las ponía en orden, sonrió recordando la emoción descrita por Valery en su primer día como maestra de canto.

Tamborileó los dedos y desvió los ojos hacia la revista Journal of Mental Science que tenía sobre su escritorio de caoba, que era dirigida por uno de sus modelos a seguir: Henry Maudsley, catedrático de University College.

Negó al recordar lo que aprendió en sus Conferencias Gulstonianas , las que tomó en el Royal College of Physicians y que también tenía en formato de libro, cuando se publicaron después bajo el título Cuerpo y Mente .

Las historias clínicas que dejaron en sus manos no resultaban de utilidad. Notó que faltaban muchos datos importantes como fechas de ingreso, antecedentes, entre otros.

Al parecer, el médico antecesor era fiel partidario de la escuela que definía al individuo y su comportamiento según su fisonomía, una teoría del siglo anterior, que todavía se usó en las primeras décadas del siglo XIX y que Edward desacreditaba totalmente.

Era un desastre. Decidió acudir con el director para que le indicara de qué otra forma podía obtener los datos faltantes en los expedientes.

El secretario le informó que el doctor Jackson estaba reunido con un médico alienista de los más antiguos en el asilo y Edward le aseguró que no le molestaba esperar. El hombre le manifestó que estaba a escasos minutos de desocuparse, pues llevaban largo rato en el interior de la oficina.

La puerta se abrió y los doctores continuaban conversando, pero el director no tardó en verlo y le pidió pasar para presentarlos.

—Doctor Raleigh, le presento al doctor Anderson, fue titular de los casos que le asignamos. Estamos esperando a un paciente que no debe tardar en llegar, y nos estábamos poniendo de acuerdo sobre sus circunstancias de ingreso. Puedo atenderlo mientras aguardamos.

—Gracias, doctor Jackson, es una consulta rápida. —No tardó en plantearle al director la necesidad de reunir más datos sobre sus pacientes, sin ofender al doctor Anderson, responsable de las imperdonables omisiones.

—La historia clínica no es relevante. Pierde usted el tiempo queriendo llenar papeles —intervino el doctor Anderson.

A Edward casi se le muda el rostro, pero sabía a quiénes se enfrentaba. Ese tipo de pensamiento era lo que pretendía erradicar.

—Vamos, Anderson, esos pacientes que tiene el doctor Raleigh fueron tuyos. Supongo que pueden llegar a un acuerdo para que le brindes más información sobre los casos. Recuerda cuáles son nuestros principios: proteger, tratar, observar. —El doctor Jackson intentó mediar.

A pesar de tener a su cargo médicos tan pagados de sí mismos que no aceptaban que se amparaban en teorías obsoletas, el director tenía buenas intenciones. Seguramente, Anderson y otros como él contaban con conexiones importantes que los respaldaban y los mantenían en sus puestos.

—Pero la realidad es otra y la frustración ante enfermedades que no avanzan dejan la teoría a la altura de una quimera —aseveró Anderson—.

Hay pacientes crónicos que no prosperan por más décadas que se les trate, por más empeño que se les ponga.

Tampoco me agrada el hacinamiento y la frustración que me produce la falta de personal.

—El doctor Raleigh está aquí para ayudar en el último punto —insistió el director.

Edward no se quedó callado, un médico treinta años mayor que él, que se creía moral y clínicamente superior a su propia experiencia no iba a reducirlo en su elemento.

Recordó que Maudsley fue rechazado allí mismo en Bethlem hacía más de diez años, y se abrió camino por otros lados, demostrando que la ciencia triunfaba cuando se fundamentaba en bases sólidas.

Ahora dirigía una revista de gran importancia y enseñaba Medicina Legal en una de las más prestigiosas universidades.

No dejó que los años del doctor Anderson lo intimidaran.

—Créame que lo entiendo, doctor Anderson, pero una historia clínica detallada, así como sistematizar las observaciones de la conducta y llevar estadísticas de los casos similares, es el único camino que veo para que se produzca un verdadero avance. —Edward le sostuvo la mirada, sin temor.

—¿Qué desea, doctor Raleigh? ¿Convertir el estudio de la enfermedad mental en una ciencia como pretenden hacer hoy algunos? ¿Entender las causas biológicas exactas? Usted acaba de llegar, esto no es St Thomas —El doctor Anderson negó hastiado.

—Por supuesto que lo deseo. Ambas se basan en las leyes biológicas, en la anatomía.

El estudio de la mente y sus padecimientos merecen el mismo respeto que el de otras enfermedades.

Estoy seguro de que existe relación entre el cerebro y los padecimientos mentales, y entre las emociones y el comportamiento.

Anderson se atrevió a poner los ojos en blanco y después a mirar a Edward por encima del hombro.

—Ser hermano de un conde solo le servirá para obtener un puesto aquí o en St Thomas.

No se compara con mis años de experiencia.

No soy obtuso. Sé que la locura no es un castigo divino, no soy retrógrada.

—Anderson emitió un sonido de aburrimiento—.

Pero la maldad existe, y convive muy a menudo dentro de estas paredes.

No todo lo que pretendemos componer tiene arreglo.

Hay pacientes muy peligrosos y con tendencia a la delincuencia.

La mayoría de las veces el castigo físico es la única opción, así como el encierro.

¿Cree usted que me sobra el tiempo para llenar historias clínicas?

Estamos sobrepoblados por eso he dejado algunos de mis casos en sus manos, los más inofensivos.

No queremos que salga corriendo. Su hermano hizo una gran contribución económica, muy necesaria.

Como sea, doctor Raleigh, queremos hacerlo sentir útil, para no perder el apoyo.

Veremos si dura o recula para St Thomas antes de que cante el gallo.

Edward se esforzó para no poner los ojos en blanco también y por no contestarle como se merecía. El doctor Anderson quería negarlo, pero tenía una mentalidad de inicios de siglo, hacía tiempo se sabía que sus métodos no funcionaban.

Fue una bajeza sacar a colación que Evander había hecho una donación, lo hablaría después con él. Se defendió del ataque de Anderson que buscaba minimizarlo.

—Para mí es fundamental que los datos estén en los expedientes, así como tratar de entender lo que causa la conducta antes de juzgarla.

Jamás seré partidario del castigo físico, menos de calificar a una persona por tener una nariz prominente o chata.

—Bufó ya sin poder resistirlo recordando las anotaciones de Anderson en los historiales médicos.

¿Para qué se limitaba? Anderson y él no serían amigos, ni aunque después limaran asperezas. No le agradaban los hombres que en una posición de poder mantenían a otros más vulnerables reducidos por su condición mental.