Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 24
49%

24

De regreso a Hayden House Valery se sentó frente a Edward que la miró interrogante porque no ocupó un lugar a su lado. El silencio se alargó casi todo el trayecto, y él no se atrevió a romperlo. Se veía muy pensativa, como si repasara los eventos del día y requiriera tiempo para asimilarlo.

Le dio el espacio que parecía necesitar, pero cuando la cercanía a la casa de los duques fue inevitable tuvo que hablar. No podía permitir que se despidieran con tanta frialdad.

—Lamento que el paseo haya terminado de esa forma.

Ella estaba callada y él se preguntaba qué estaría pasando por su mente. Se sintió torpe y un desastre por completo. De no haber sido interrumpido por aquellos dos la habría besado. Aunque lo deseaba no era correcto, no hasta que le revelara la verdad.

—No fue tu culpa. Espero que la joven mejore pronto —dijo Valery con sinceridad, restándole importancia a cómo terminó el paseo—.

De igual modo la cita será inolvidable. No obstante, no me engañaré, lo que comenzó como un sueño de encaje con pespuntes rosas terminó abruptamente, cuando tu amigo escocés irrumpió con la dama.

Y lo lamento, pero igual lo entiendo. No podíamos dejar a la pobre con el tobillo lastimado.

La amabilidad de Valery y su franqueza le agradó, era sencillo conversar con ella. Incluso, cuando había dificultades.

—Necesitará unas semanas de reposo. Es una suerte que tuviese a la mano mi maletín. —Nunca se separaba de aquel.

—Solo espero que la acompañante de MacKenzie sea discreta. —Al fin dijo lo que la angustiaba.

Comprendió. Sabía que para Valery era tormentoso haber sido atrapada tan cariñosa con un caballero, a solas, en medio de la nada.

—Nunca la había visto. Podría ser su pariente —aclaró para intentar calmarla.

—Por suerte no fue necesario que nos presentaran.

La mujer ni siquiera habló delante de ella.

—Es escocesa. No me dieron su nombre, ni ningún detalle. Tampoco pregunté. Jamás la había visto en los lugares que frecuento.

—Yo menos. ¿La habrá conocido el escocés en algún sitio poco honorable? ¿Quién será esa mujer? Mientras no comente con nadie que nos encontró en…

—Broc me juró que nuestro secreto estaba a salvo.

—Tu amigo es tan directo y despreocupado. Para él no es grave lo sucedido, para mí es un riesgo latente que haya un testigo de nuestro encuentro. —Su rostro reflejó abatimiento.

—Broc es todo un personaje, no se rige por las mismas reglas que el resto de la sociedad, reprueba la censura. Pero te agradará cuando alternes más con él, lo que sucederá si te casas conmigo.

—Por suerte, no fue necesario intimar con ella. Era indispensable que alguien llevara uno de los caballos y no dudé en ofrecerme. No es nada personal, pero ya tengo demasiados problemas. Tal vez la mujer es una persona agradable; sin embargo, nos conocimos en las peores circunstancias.

Valery se ofreció para llevar a un corcel, Edward montó al segundo, y Broc cabalgó con su montura y guio al de su acompañante, quien descansó en el carruaje hasta la Watherby House, la casa de la propiedad, donde Broc MacKenzie vivía.

Después, mientras Valery lo esperaba en uno de los salones, Edward acudió a una de las habitaciones a atender a la paciente.

Broc no dio explicaciones —que no eran necesarias— y Edward jamás las pediría.

Refirió que tal vez era una pariente de Broc para tranquilizar a Valery, pero para él fue evidente que era una conquista. Y si no, estaba en vías de serlo.

Edward también se preguntaba dónde su amigo habría conocido a la mujer. Hasta ese instante creyó que Broc era un solitario sin remedio. No quiso alertar a Valery, se veía ansiosa, para tratar de serenar añadió:

—Vamos, no es tan grave. Y no fueron las peores circunstancias.

—No quise decir eso, es solo que… Recién comenzábamos a vivir nuestra aventura y no quiero que termine. No así. No en medio de rumores y de un escándalo.

—Valery, ni que nos hubiésemos topado a una de las damas de sociedad. Esas sí nos habrían echado de cabeza. Mañana mismo encabezaríamos los titulares de toda la prensa, a excepción de The Golden Gazette .

—No bromees con eso, Edward —dijo sonriendo apenas.

Lo estaba consiguiendo, pero quería que se relajara más.

—Te imaginas que hubiese sido mi tía, lady Abbott. No nos dejaría tranquilos.

De la garganta de la alondra brotó una carcajada y él se sintió casi feliz.

—Sería un desastre de proporciones gigantescas. Ya no me consideraría digna de su sobrino prodigio —bromeó con soltura, aunque la ansiedad aún no la abandonaba del todo.

—Estaremos bien —le susurró y después palmeó su lado del asiento—. ¿Por qué tan lejos? Acércate, querida, no sabemos cuándo tendremos otra oportunidad como la de hoy.

Le extendió los brazos y ella tomó las manos fuertes del hombre, y se dejó guiar hasta su lado. Edward no tardó en abrazarla, besarle la frente y colocarle una mano en la mejilla. Los ojos de ambos volvieron a encontrarse, llenos de ilusión.

—Jamás había tenido una cita, Edward, este paseo lo guardaré con afecto en mi corazón.

—Entonces, tendré que planear uno mejor, uno donde no nos interrumpa nadie.

El carruaje se detuvo y un lacayo que salió a recibirlo abrió la portezuela.

Pero Edward se apeó primero para ayudarla a bajar. Cuando tomó la mano de Valery que se dispuso a descender por los cortos escalones, una voz lo sorprendió por la espalda.

—Edward Raleigh, ¿qué haces aquí?

Los dos dirigieron su vista al mismo tiempo hacia la dama que había hablado, era lady Abbott.

Valery quiso soltarlo de inmediato, pero él no se lo permitió, la aferró del brazo con más fuerza para brindarle seguridad.

—Tía —saludó lacónico, sin contestar a lo que le preguntaba.

—Ya no te dejas ver. ¿Pero tienes tiempo para lady Valery? Qué grata sorpresa —indicó complacida.

Los sorprendidos fueron ellos, habrían esperado un mayor aspaviento.

—Todo tiene una explicación —se adelantó Valery nerviosa.

Edward la miró con complicidad para sugerirle que no dijera nada que pudiera comprometerlos.

—Querida, ahora es mi turno de hacerme cargo de la situación. Si te parece bien, por supuesto —propuso él abriéndole mucho los ojos.

—Lo agradeceré. —Valery asintió, entendiendo que debía darle el mismo voto de confianza que él le dio cuando ella se encargó de hacerle frente a Errol.

Lady Abbott no dejaba de mirar al rostro de uno y de otro, con una sonrisita pícara en los labios que no se molestaba en esconder.

—Soy toda oídos, par de tórtolos. —La dama se veía llena de gozo, como si estuviera viviendo uno de sus mejores días.

—Tía, sonrojarás a mi prometida.

—¿Tu promet…? —La sonrisa de la mujer se ensanchó más.

—¿Y supongo que la carabina aún sigue en el carruaje? ¿De dónde vienen, querido, si no es indiscreción de mi parte? ¿Un paseo por Hyde Park, tal vez? ¿O un sitio menos concurrido en estas fechas? —atacó la casamentera sin irse por las ramas.

En ese instante, el lacayo bajó el equipaje donde venía el traje de día de Valery y la situación escaló, inevitablemente.

Lady Abbott que había estado contenida, y hasta cierto punto celebrando una victoria aguardó unos minutos —en que nadie intervino— como si confiara ciegamente en que alguien más abandonaría el carruaje.

Pero no sucedió.

—¿No hay carabina? —esbozó a punto de titubear con la sonrisa borrándose por la impresión.

—No. —Edward sabía que en ciertos momentos de la vida menos información podía conducir a la victoria.

—Entiendo. En situaciones especiales puedo ser muy comprensiva. —Los estudió de arriba abajo con serenidad—. Bueno, si se casan pronto y me aseguran que nadie los vio podríamos evitar que la situación se vuelva escandalosa.

—Tía, sabes que soy un caballero.

—Mmmm —murmuró pensativa, como si lo estuviera considerando—.

He conocido a muchos caballeros, tan honorables como tú, pero que han sucumbido ante la dama adecuada.

¿Tomaron sus precauciones? Porque quiero concentrarme en preparar una boda, no en tener que paliar las consecuencias de un escándalo.

Y si bien recuerdo, lady Valery fue muy específica en el tipo de compromiso que espera el duque de Richmond.

Ed… Es imperioso que acudas con tu futuro suegro a pedir la mano de lady Valery cuanto antes.

—Así lo haré, tía.

—Necesitarás respaldo, Richmond no dejará a su única hija en tus manos si no vas bien apadrinado. Evander deberá acompañarte. Y tu mentor, ese grandullón de lord Oso que tanto te estima, también podría hacer presión. ¿Requeriremos a alguien más en la caballería?

—No importunaré a mi hermano, menos a Oso. Soy capaz de encargarme de mis asuntos. Yo resolveré con el padre de Valery lo que acontezca.

—Ay, pero qué terco eres, muchacho. Sé que no precisas que resuelvan tus cuestiones por ti. No obstante, te allanarían el camino.

—Valery y yo podemos solos.

Le tomó la mano enguantada y la besó tras mirarla a los ojos con fervor. Aquella muestra cerró la boca de lady Abbott, que no podía estar más ilusionada.