23 #2
Cuando él la ayudó a desmontar, sus torsos se rozaron brevemente y su cuerpo entero se tensó.
Se miraron y sus corazones palpitaron sincronizados por unos segundos.
Habría sido el momento perfecto para un primer beso, pero la corrección de Edward se impuso.
Valery carraspeó para romper el silencio que se apoderó de los dos.
—Es hermoso este sitio.
Tomó asiento cerca del roble, y comenzó a revisar lo que había en la cesta mientras tarareaba una canción que ella misma compuso.
Descubrió frutos rojos, queso y vino. Tomó una fresa grande y jugosa y la mordió.
Emitió un jadeo de placer, estaba realmente buena.
Tras engullirla siguió cantando como un susurro diáfano que se llevaba el viento.
Lo descubrió absorto, mirándola. Edward carraspeó al ser sorprendido y se sentó junto al roble recostando la espalda en el robusto tronco. La escuchó hasta que ella terminó.
—Tus hijos serán muy bendecidos si los acurrucas en tu regazo y les cantas antes de dormir.
Y yo seré un esposo dichoso por tenerte a mi lado para siempre.
Justo aquí iba a comunicarte mis intenciones…
Sin embargo, me adelanté antes de llegar.
—Exhaló por la boca sin dejar de contemplarla.
Sí, ahí pensó proponerle aquello que había pactado con las Rosas Inglesas, pero todo se salió de control.
—Eres un bribón, Edward, me dejaste ganar. Además, eres muy engreído porque eso significa que piensas que yo no tenía posibilidades —bromeó juguetona, sin sospechar lo que él ocultaba.
Le extendió la botella de vino para que la descorchara, lo que hizo sin dificultad. Valery le pasó las copas.
—Te equivocas, eso nunca lo sabremos. Digamos que mi caballerosidad nos libró de tener ahora un ganador y un perdedor.
—Espero que algún día, cuando tengamos más confianza podamos correr sin trampas. Sigo teniendo fe en que podía vencerte. Y si ocurría lo contrario, siempre podríamos recurrir a una revancha.
—Eres incansable, Valery.
Probaron la exquisita bebida y después lo miró a los ojos, consciente de lo que hacían y decidió ir más allá.
—No siempre tienes que ser tan correcto conmigo —se le escapó e hizo silencio de golpe, porque no se refería a la carrera y sí al beso que tanto ansiaba recibir. Y los dos se dieron cuenta de su verdadera intención.
Ella se ruborizó ligeramente. Él se quedó muy serio contemplándola, parecía contenido.
Aunque sintiera vergüenza, Valery creía que tenía razón… Con tantas oportunidades, a solas…
Se preguntó por qué Edward aún no la había besado si ella se mostró bastante dispuesta. Suspiró para liberar tensión, casi tembló al imaginar cómo se sentirían sus labios acariciados por los masculinos. La ansiedad la recorrió entera y apuró su bebida. Vio que él hizo lo mismo.
Adjudicó las reservas del varón a su honorabilidad. Quizás no la besaría hasta que pudiesen hacer el compromiso oficial y eso solo sucedería cuando les dieran la noticia a sus padres.
—Ven, alondra… —dijo con la voz rasgada, sediento de un elixir distinto al de la vid. La despojó de su copa y dejó ambas sobre la manta. Acto seguido la tomó entre sus brazos con el deseo en la superficie de su mirada…
Ella se estremeció y se dejó arrastrar suavemente por sus brazos, permitió que la abrigara en ellos, mientras la espalda de él descansaba sobre el roble.
—¿Por qué me llamas así? —preguntó con dulzura, volviendo ligeramente la cabeza para mirarlo a los ojos y anhelando sentir sus labios de una vez.
—Cantas como el ruiseñor, el ave con mayor registro sonoro.
—Su voz era cálida, cercana, y cada segundo la hacía sentir más cómoda recostada a su pecho varonil que subía y bajaba al ritmo de su respiración.
Un dedo de Edward le recorrió la frente, la nariz y después sus labios hasta terminar en su barbilla.
Ella se entregó a las sensaciones voluptuosas que se desencadenaron en su cuerpo—.
Pero al ver cómo te defiendes ante la vida, concluí que eres como la alondra…
¿Sabes que canta cuando levanta el vuelo y lo hace mientras despega hacia las alturas? Eso la vuelve especial, como tú.
—No lo sabía, lo sé ahora. —Le gustó que la llamara así. Se sentía embriagada por su aroma, su calor.
—Una alondra canta al amanecer… Anuncia la luz, la primavera, la renovación…
Justo como tú en mi vida. Yo no pensaba casarme, pero te conocí y las dudas me golpearon.
Lo que siento al tenerte tan cerca me rebasa, me consume.
Valery, no puedo imaginarme mi vida si no estás incluida de hoy en adelante.
No quiero dejarte ir, me lo reprocharía toda mi existencia.
Jamás había sentido con nadie la conexión que siento contigo.
Ella suspiró. Su sinceridad la desarmó.
—Espero que no se lo digas a todas tus conquistas —jugó un poco, y se apretó más contra su pecho.
Bésame, Edward, bésame , pensó con deseos de suplicar.
—No soy un libertino. —Sonrió con tanta seguridad. Valery jamás se sintió tan plena. La voz de aquel hombre, salpicada de alegría, jocosidad y confianza se sentía como un refugio, como el hogar donde pretendía habitar para siempre—. ¿O has escuchado rumores sobre mi comportamiento con las mujeres?
—No, pero puedo darme cuenta de que no eres un santo.
Tu cara de bribón te delata… Incluso me sorprende que todavía no me hayas besado.
—Y sus labios quedaron a escasos centímetros de él, que enarcó una ceja a punto de abandonarse a sus ansias que lo empujaban a apoderarse de la boca de su avecilla.
Dios del cielo, lo dije. ¡Qué vergüenza! , pensó Valery mientras las mariposas se arremolinaban en su estómago.
—¿Quieres besarme? —la provocó a escasos segundos de sucumbir. Las aletas de la nariz de Edward se ensancharon, con el deseo de devorarle esos labios rosados… Se humedeció los suyos e inhaló con fuerza.
—Yo… —titubeó y dejó caer la cabeza hacia atrás, relajada y dispuesta, cómoda entre sus fuertes manos que la sostenía una por la espalda y la otra por la nuca.
Edward comenzó a aproximarse… El corazón de Valery latió con tanta fuerza que amenazaba con romperle en dos el pecho. Y, entonces, los cascos de unos caballos en pleno trote les advirtieron que no estaban solos.
Los intrusos frenaron de golpe, dejando la marca sobre el pasto y ellos a regañadientes tuvieron que separarse.
De inmediato, Valery se dio cuenta de que los intrusos eran ellos porque tenían frente a frente al dueño de aquellas tierras.
Broc MacKenzie encima de un imponente semental negro los miró desde su altura. No hizo gesto alguno, no se movió un solo músculo de su cara por atraparlos en una situación tan comprometedora.
Qué desfachatez , pensó ella. Incluso creyó que si el escocés los sorprendía in fraganti en pleno «acto» no habría asomado a su rostro ni el más leve asombro.
A su espalda una mujer de cabellera negra y ojos ámbares brillantes se aferraba a su cintura y detrás de ellos, una yegua alazana era llevada por las bridas por el hombre. La damisela respiraba agitada.
Edward le extendió la mano a Valery para ayudarla a ponerse de pie, mientras los recién llegados los contemplaban sin inmutarse por los asuntos que no les correspondían.
—Estoy perdida —susurró ella entre dientes, preocupada, más porque Edward había asegurado que estarían completamente solos. Y por ello se dejó llevar, sin temor a ser sorprendidos por nadie. Tan distraída se encontraba que no los escuchó llegar hasta que fue demasiado tarde.
—Broc es de fiar.
—Pero no conozco a su acompañante —masculló con disimulo.
—Edward, perdona molestarte, sé que deseabas privacidad —comentó Broc con prisas desde su montura, la mujer no tenía buen semblante—. Mi amiga aquí presente se ha torcido el tobillo mientras desmontaba. También teníamos un paseo, aunque no romántico; pero del otro lado de la propiedad.
Valery puso cara de circunstancia, habría matado al escocés por su irreverente aclaración y por expresarse de esa forma de ella sin ningún pudor.
Incluso, aunque los hubiera descubierto besándose, la etiqueta dictaba que debía simular y fingir no haberlos visto, más si era amigo de Edward. Ella seguía siendo una dama, ¿o no?
Miró a Edward para ver si defendía su honor, pero parecía muy cómodo con la referencia. Trató de calmar su ritmo cardíaco que se disparó sin remedio.
¿Quién era esa mujer y qué podría hacer con tanta información?
–Oh, ojalá no sea nada grave —dijo Edward solidario.
—Recordé que estabas en la propiedad. Espero no ser inoportuno, pero creí que podías ser de utilidad.
Estoy casi seguro de que no se rompió el hueso.
Sin embargo, si tenemos un médico en casa sería estúpido no consultarlo.
Espero, muchacha, que no te ofendas porque vine a robarte a tu enamorado unos minutos —gruñó con tono jocoso.
A Valery casi le da el soponcio por el vocabulario del escocés.
Edward se acercó para ayudar a desmontar a la amiga de Broc, quien se negó:
—Será mejor que nos encuentres en la casa.
—Tenemos cerca el carruaje —ofreció Edward.
A Valery la sacudió un sobresalto, qué pretendía ¿que fueran juntos? Ahora sí que su reputación estaba arruinada.