Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 23
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Quince minutos. Valery ni siquiera traía un reloj para medir el tiempo.

Encontró a los pies del carruaje a Errol Sable con cara de pocos amigos, una muy diferente a la que solía mostrar, cuando durante la cena en el lujoso comedor de Richmond House lo acompañaban sus ilustres invitados —el coro de aduladores de Errol—. En su mano sostenía las riendas de su caballo.

—¿Qué hace aquí, Errol? —lo abordó indignada, sin darle oportunidad de atacar primero.

—Me pregunto lo mismo. Su familia al borde de un colapso y usted tan tranquila. ¿Cuánto tiempo más cree que puedan ocultar que ha escapado de casa? ¿De dónde salió esa ropa de montar? ¿Se cambió en el carruaje? —Su rostro reflejaba indignación.

¿Cómo estaba al tanto? Ahora sí no podía permitir que Edward se dejara ver o su reputación terminaría por los suelos. Errol sospecharía que se había cambiado delante de él.

—¿Me está vigilando? —lo encaró, su rostro duplicó la indignación que Errol mostraba. Era su única oportunidad de salir bien librada, hacerle sentir que quien actuaba de modo reprobable era él. De lo contrario, estaría perdida.

—Por supuesto que no. Acudí temprano a darle una noticia importante, y vi cuando se subió al carruaje. Solo la seguí con la intención de poder hablar con usted un momento tras llegar a su destino. Pero parece que no arribará nunca. ¿Adónde se dirige?

—¿Y a usted quién le dio derecho de hacer tantas preguntas? Obligarme a apear del carruaje para conversar a solas en medio de la nada me perjudica. Hable, dé su noticia y continúe su camino.

Una de las sienes del hombre se tensó, y se miraron largamente a los ojos. Sabía que él no podía obligarla a responder, pero informaría a sus padres de la situación irregular. Y ellos sí la presionarían sin contemplaciones.

Quince minutos, ¿cuánto habría pasado ya? Tal vez cinco. Percibió que aquel traía un reloj, estuvo a punto de arrebatarlo para mirar la hora, pero quizás eso levantaría sospechas. Debía mantener la compostura y despacharlo cuanto antes.

—El dinero del premio ha aparecido.

La dejó sin habla aproximadamente dos preciosos minutos.

Ya había perdido la esperanza de recuperarlo.

Cuando pudo recobrarse de la impresión, volvió al ataque.

—¿Dónde? ¿Cómo? —El corazón se le aceleró.

—¿Ahora quién hace las preguntas? —agregó cínico.

—No juegue, si ha llegado hasta aquí, dígalo o márchese.

—En la habitación de una doncella. Su familia se arrepiente de no haberle prestado atención.

Pero en cuanto usted abandonó Richmond House de inmediato le indicaron al mayordomo que iniciara la búsqueda.

La muchacha será despedida sin carta de recomendación y, por supuesto, entregada a la autoridad correspondiente.

Valery se llevó la mano al corazón. Los minutos extinguiéndose la espoleaban, pero también la necesidad de saber qué había ocurrido con su dinero.

—¿Quién?

—¿Más preguntas?

—Deje de bromear en circunstancias tan serias.

Ahora él se tomaba su tiempo, el que ella no tenía.

Trató de mirar desde su posición el reloj del hombre, pero no alcanzaba a distinguir las manecillas sin contorsionarse por completo.

No podía delatarse así. Respiró hondo, con los latidos tan desbocados como la maquinaria de un reloj que no se detenía.

—No pregunté por el nombre. De todos modos, no conozco a la servidumbre de Richmond House más allá del mayordomo y el ama de llaves. No confraternizo con ellos.

—Claro, para usted no son personas, solo medios que le sirven…

—No sé a qué viene ese comentario. Pero ya he trasmitido el mensaje. Puedo escoltar el carruaje a Richmond House. Supongo que querrá constatarlo con sus propios ojos. Su familia está desesperada por verla.

Lo que le faltaba, que el carruaje con Edward dentro y la evidencia de que se había cambiado el atuendo a solas con él en un estrecho cubículo, llegara a las puertas de la residencia de sus padres.

—Tengo un compromiso con la duquesa de Norfolk y ya me ha hecho perder demasiado tiempo.

Vio su salida y no titubeó. Con atrevimiento se acercó más a Errol y aquel aguardó sorprendido sin saber qué pretendía Valery. Su rostro mostró su sorpresa cuando ella, sin pudor, tomó el reloj de bolsillo y se percató de la hora exacta.

Valery comprobó que quedaban dos minutos, solo dos. Alzó la nariz con orgullo para no dejarse intimidar por Errol. Sabía que nombrar a Grace frenaba a sus enemigos. Nadie quería contrariar al duque más poderoso de Londres. Y aunque se sentía terrible por mentir e involucrarla, no tenía otra salida.

—¿Cabalgará con los hijos de su excelencia? Tenía entendido que les daría clases de canto, no de equitación. Si al menos la acompañara su doncella.

—Mi padre se encargó de despedirla.

—Sin embargo, ella continúa en sus funciones.

Sintió un escalofrío, la estaba vigilando. Sospechaba que la coincidencia era una mentira, igual que la información que le había traído.

—Por favor, Errol, quítese de mi camino. Ya me ha hecho perder demasiado tiempo.

—¿No agradece las buenas nuevas?

—Lo agradezco sí, pero no vuelva a abordarme en medio de la nada. Si necesita entrevistarse conmigo, hágalo por los canales acostumbrados.

—Confío en que no se meterá en problemas —espetó negando y de un salto se montó en su caballo. Se despidió con la mano en el ala de su sombrero de copa.

Valery suspiró profundo, dejando ir toda la emoción contenida. Y al volverse al carruaje vio a Edward ya a su espalda, guardando su reloj en el bolsillo. Ni siquiera lo escuchó bajarse, fue sigiloso, tanto que la sobresaltó.

—¿No vas a creerle o sí? —Las manos en las caderas y la reprobación en el semblante.

—Debo volver… Estoy segura de que ninguna doncella tomó el dinero. Es obra de mis padres. Saben que no soportaría que inculpen a un inocente.

—Es un anzuelo, Valery. La única intención de tu familia y Errol es obligarte a regresar.

En Richmond House ya no podremos protegerte.

—Extendió su mano para recibir la de ella y la estrechó suavemente—.

Creo que no debes tomar una decisión apresurada.

Piensa con la cabeza fría. Un paseo a caballo podría ayudarte a despejar la mente para tomar la mejor decisión.

—¿Insistes?

—Pretendo presumir mis habilidades en equitación, y todavía hay una carrera que espero ganar. ¿O me estás dando un pretexto para retractarme porque estás convencida de que perderás?

—Fanfarrón. Por supuesto que no me ganarás. —Lo golpeó muy suave sobre el pecho.

—Déjame tener una atención romántica contigo, al menos una…

—¿Romántica? —Palideció.

Edward ladeó la cabeza con un gesto encantador, y el corazón de ella volvió a sumergirse en los hondos pozos de la esperanza en el amor.

—Apura, mi hermosa alondra.

—¿No nos estaremos adelantando?

—No lo creo. Además, si vamos a estar prometidos precisamos establecer ciertos acuerdos… Pensar en el futuro de nuestra relación. No seré un marido convencional, y debo dejar todo esclarecido antes que sea tarde y me reclames por haberte estafado.

—¿Estafado?

—Soy médico —le recordó mientras volvían al carruaje.

—Me gusta que seas médico, admiro tu profesión y cómo la desempeñas.

Cuando regresaron a los asientos del carruaje ya no lo hicieron frente a frente. Ella se acomodó al lado de Edward y él le rodeó la cintura, como si se negara a soltarla.

—Hay algo que necesito decirte. —Volvió a besarla en la frente y exhaló con fuerza, esperando no ahuyentarla con lo que diría a continuación—: Antes de reflexionar en futuros planes de matrimonio, debes saber que es cierto, acepté una posición en Bethlem…

—¿Y temes que mis padres lo reprueben por el estigma que trae aparejado? No me import…

No la dejó terminar.

—Acepté, pero el doctor Emerson, mi jefe en el St Thomas me hizo una oferta.

Una posición que me permite colaborar con Bethlem sin renunciar a mis horas en St Thomas, de lunes a viernes.

De mañana en el primero, tardes en el segundo.

Sin contar las emergencias que requieran mi presencia a altas horas de la noche o madrugada.

—¿Eres algo así como un comodín en un juego de cartas para el doctor Emerson?

Asintió como si hasta ese instante se diera cuenta de tal conclusión.

—Y los sábados será el único día del que dispondré para mi consultorio…

—Supongo que algunos domingos una urgencia también te reclamará…

—Si la vida de alguien está en riesgo no podré negarme.

—No te lo pediría. —Se quedó pensativa—. Varias veces desayunaré o cenaré sola. Espero que tengamos muchos hijos para compensarlo…

—¿Muchos? —Jamás esperó esa respuesta.

—¿No tienes nada en contra de mis aspiraciones, mi escuela de canto?

—Al contrario, te apoyaré por completo.

—Edward, te quiero a ti, y nunca te pediría renunciar a tus metas, menos si defiendes las mías. Te admiraré más todavía por entregarte a una labor tan difícil y útil.

Cuando Valery vio que la sonrisa de él iluminó su rostro, sonrió en espejo, conmovida del giro de esa mañana. Había abordado el carruaje sin saber cómo resolver sus problemas y ahora estaba comprometida, con un hombre que apoyaba sus sueños, y con un futuro juntos por delante.

—Te dedicaré todos los minutos libres que tenga, buscaré la forma de que no sientas mi ausencia, Valery… —En su rostro se reflejó la devoción y el agradecimiento.

El carruaje volvió a detenerse.

—Parece que hemos llegado a The Crest Stud.

La suave brisa matinal contra su rostro, mientras dirigía al caballo hacia la meta la hacía sentir una inmensa libertad.

Sus carcajadas se mezclaron con el susurro del viento, y lo escuchó también reír a solo un metro de sí.

O las lecciones de equitación de Edward dejaban mucho qué desear o se comportaba como un caballero, dándole ventaja.

Cuando llegaron hasta el viejo roble que se alzaba sobre la suave colina, desmontaron ávidos por disfrutar de su sombra; sus ramas estaban cubiertas de hojas nuevas verdes brillantes que dejaban filtrar la luz.

Una manta estaba extendida debajo. Vieron a un mozo alejarse a caballo, seguro el que dejó una cesta con provisiones.