Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 22
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Edward se humedeció los labios. Dejó de bromear. La seriedad del momento lo ameritaba. Tal vez a Valery no le agradaba lo que tenía que decir, quizás a ella no le simpatizaría que sus amigas y él unieran esfuerzos para tomar decisiones que no le correspondían.

Para Ettie y las otras Rosas Inglesas podría parecer acertado fingir un compromiso para que Valery se librara de Errol. ¿Pero Valery estaría de acuerdo?

En el pasado jugó ese mismo juego con Ettie y salió perfecto, su amiga ganó tiempo y despachó a los candidatos que le presentó su familia. Después encontró a su duque y ahora era verdaderamente feliz. ¿Pasaría igual con Valery?

—¿Hablarás de una vez? Para burlarte eres muy elocuente, pero cuando requieres ser honesto te quedas sin palabras. ¿Los ratones te comieron la lengua?

—No. Cuando decidí invitarte, lo hice porque necesito confesarte algo… y espero que lo tomes con prudencia. De lo contrario, no pasará nada. Aceptaré tu decisión.

—Me tienes en ascuas —espetó con sinceridad, poniéndose un poco ansiosa.

—Tomando en cuenta tus circunstancias, tal vez un prometido pueda ser la solución perfecta… Tus padres estarían entretenidos aceptándolo o alejándolo y eso ahuyentaría a Errol Sable.

—¿Qué intentas insinuar? —¿Por qué él le hablaba de algo tan íntimo? Suspiró. No podía olvidar que era el doctor de almas. ¿De eso se trataba? ¿De ayudarla?

—Por eso he venido a ofrecerme…

—¿A ofrecerte? ¿A encontrar una solución a mis dificultades? ¿Pretendes aconsejarme? ¿Es así como saldré airosa del matrimonio impuesto o el hostigamiento de mis padres? —Ahora sí que no entendía nada. ¿Adónde quería llegar?

—Yo puedo ser ese prometido… —Tragó fuerte tras la última palabra y se perdió mirándola a los ojos, analizando cada gesto, cada respiración entrecortada…

Reuniendo la fuerza para proseguir, para contarle el resto del plan que sus amigas habían urdido y que él estaba dispuesto a poner en marcha—. Entonces…

—¿Me estás pidiendo que…? —Ella titubeó…

A él se le ralentizaron los latidos, sin perder un segundo de cada reacción de esa bella mujer. Porque sí, Valery poseía una belleza tranquila, que podía ofrecerle refugio, hogar, a quien a futuro decidiera convertirla en su mujer.

—Sí. —Acompañó la afirmación de un asentimiento.

—¿Quieres comprometerte conmigo para salvarme de mi destino o por un interés real?

Porque si solo actúas como el caballero que sé que eres, no podría aceptarte —dijo entre sorprendida y aliviada, como si la esperanza puesta en terminar en los brazos de él fuera el final perfecto para su añoranza de encontrar el amor.

A Edward se le atravesó un suspiro en el pecho. Pero, ¿cómo?

¿Qué estaba ocurriendo?

Ella había entendido todo mal. Quiso despegar los labios para corregirla, pero se dio cuenta de que sería terrible. Si aprovechaba para explicar que lo que proponía era un falso compromiso iba a destruirla por completo.

—Yo… —Entonces él titubeó.

—¿Por qué quieres comprometerte conmigo, además de salvarme?

Te doy unos minutos para reconsiderarlo y retractarte si tan solo te has dejado llevar.

No puedes rescatar a cada criatura de su suerte, Edward.

Sé que tienes un magnífico corazón. Comprometernos para protegerme es bonito, pero no lo consentiré.

Correspondía en ese instante aclarar el malentendido. Sin embargo, él no pudo permitirlo. No podía herirla, menos humillarla así, cuando parecía ilusionada.

Y no entendió qué sucedió después…

La tomó entre sus brazos, sin despegar la mirada de sus ojos aún impresionados y repletos de fe. Un impulso lo dominó, la necesidad de llenarla de certeza.

—No intento ser un héroe, Valery. Me gustas y te quiero para mí. —Hasta él se sorprendió de sus palabras: directas, sin filtros. Sintió un arrebato que lo hizo estremecerse.

Era la más pura verdad, no era amigo del matrimonio, pero al tenerla tan cerca ya no pudo engañarse más.

La había mantenido lejos, al linde de su deseo y de sus anhelos porque era consciente de todo lo que los separaba: el estatus de Valery, la ambición de su padre y lo que esperaba del prometido de su única hija, sus propios planes para su carrera, las metas altas que se había trazado…

Sin embargo, al sentirse vulnerable, encerrado con una mujer que desprendía tanta ternura, inocencia y sinceridad, no quiso compartirla con nadie más.

Reconoció el rasgo que lo estaba dominando, esas trazas de egoísmo que brotaban de su pecho: salvajes, primitivas… Volvió a tragar para no devorar los suaves labios entreabiertos de la mujer que luchaban para meter aire a sus pulmones, asimilando sus palabras.

—Edward… —jadeó sobrecogida, batallando consigo misma, debatiéndose entre la lógica, el intento de autopreservación y los deseos de abandonarse a las emociones de su cuerpo.

La estrechó todavía más, desesperado por devorar esos labios, pero sintiéndose terrible por lo que acababa de ocasionar.

Y… no pudo. Ella parecía aún más vulnerable, hasta cierto punto frágil, desorientada y besarla así habría sido vil.

Desvió sus labios, y los posó sobre la atribulada frente tan suave como los pétalos de una flor.

Y la escuchó suspirar mientras apretaba su beso sobre la nívea piel.

Cuando reunió el valor de volver a mirarla a los ojos, ella aún parecía llena de interrogantes. Le tomó las manos y repitió la pregunta, sin la propia certeza de saber cómo salir bien librado del cambio de ruta en los planes de su hoja de vida.

—¿Me honrarías siendo mi prometida?

Ella llenó sus pulmones de golpe, presa de su ingenuidad, lo más sublime que él había podido contemplar. Edward sabía que jugaba con fuego. Estaba justo en medio de una fuerza magnética que lo llamaba al lado de esa mujer, y sus aspiraciones que lo impulsaban hacia la posición contraria.

Valery no pudo más que asentir, y él la abrigó por completo entre sus brazos, mientras asimilaban, en medio de las sacudidas del carruaje, lo que estaba sucediendo, ya sin poder soltarse.

—Voy a cuidarte —le susurró sobre los cabellos, mientras se llenaba de su aroma.

—No quiero que cuidarme sea lo que te acerque a mi lado… No soy frágil, aunque podría parecerlo. Si vas a estar conmigo, hazlo por las razones correctas, no por rescatar a una dama en apuros.

—Ya he dicho que no voy de héroe.

—Tampoco has dicho de qué vas.

—¿Cuáles razones considerarías irrefutables para iniciar un compromiso?

—¿Qué te hizo cambiar de parecer? Repetiste más de una vez que no pretendías casarte.

Aquello lo sorprendió, Valery no se arrojaba a sus brazos, sino que ponía su dignidad primero. La admiró más todavía.

—Lo repetí, sí —reconoció con valor.

—Pero igual sé que una vez se te escapó delante de Ettie, hace tiempo, lo que podía hacerte cambiar de opinión. Quieres un amor que te impacte. Que cuando la veas todo tu cuerpo te grite: es ella.

Edward se erizó por completo al recordarlo, ¿cómo era posible que Ettie se lo hubiese revelado a alguien más? Era terrible su amiga. Después pensaría en reclamarle, ahora era necesario responder.

—Quizás he madurado y se han elevado mis expectativas porque ya no me conformaría solo con eso.

Créeme, mi cuerpo me ha hablado, me habla…

Lo hizo cuando te conocí, también esa vez que te escuché cantar como un ángel…

Incluso, el día de tu resfriado. Hiciste trastabillar toda mi seguridad.

Nunca me había sucedido. Y no me refiero únicamente a deseo.

Mi cuerpo no solo susurra… Me grita… Que te bese en los labios sin darte tregua o descanso, que te haga mía…

Pero, no puedo sucumbir a los impulsos y pensar después cómo proseguir.

Anhelo más que la ilusión de caer de bruces ante los encantos de una dama.

Ante tus encantos, bellísima mujer. Y he luchado, no sabes cuánto, por ir en contra de mis instintos.

No porque no lo merezcas, sino porque los obstáculos que tendríamos que afrontar podrían consumirnos y alejarnos de nuestras metas personales.

—Edward, no seré quien te aleje de tus aspiraciones… Tienes tantos planes… —arguyó conmovida en lo profundo de su ser.

—No puedo jurar que renunciaré a mis sueños para encajar en los requisitos que tu padre exige a tu futuro esposo.

—Tampoco te lo pediría.

—Si me aceptas como soy, estoy dispuesto a entregarme por completo.

Será duro construir algo juntos, pero si es también lo que deseas, estoy dispuesto a descubrirlo, a dar un paso a la vez.

De antemano te pido perdón, podía haber seguido de largo y no complicarte la vida; sin embargo, soy un maldito egoísta que no soportaría verte en los brazos de otro hombre.

Y aunque no es la decisión más razonable, sí es la más visceral.

No me perdonaría arrastrarte conmigo. Será difícil.

¿Eres consciente de lo que significa para ti volverte mi prometida?

—Lo soy, conozco a mi familia antes que tú, así que te llevo ventaja. ¿Crees que no sé en qué lid me estoy metiendo?

—Me gusta que seas tan inteligente.

—Y a mí que en esta ocasión hayas desobedecido a la razón. Porque gracias a tu desobediencia vas a ser mío… —Lo tomó por el chaleco y por primera vez se permitió mirarlo sin tener que disimular cuanto le atraía—. Y, créeme, no hay hombre en la faz de la tierra que haya querido tanto tener…

A Edward lo impactó su revelación franca y sin escudos. Ella no buscaba protegerse, era tan natural, pura y clara como agua límpida en sus manos. Sabía que si no la cuidaba podría escurrírsele entre los dedos… Pero no lo permitiría. También la deseaba para sí.

Edward exhaló cavilando en ese beso en los labios que no se atrevió a darle minutos atrás…

¿Cómo terminaron confesándose lo que hasta ese instante ninguno se había atrevido a decir? Se preguntó con el corazón agitado.

Definitivamente era ella… Justo como lo había anhelado alguna vez.

No le quedaron dudas cuando Valery sonrió y a él le tembló el alma.

Fue sincero, sin guardarse un solo sentimiento desde el fondo de su corazón. Incluso la honestidad lo sorprendía a sí mismo, lo atravesaba como un rayo, develándole que el ser humano era impredecible.

Entonces, se dio cuenta de que en medio del huracán de emociones que lo sacudieron y lo obligaron a develar que la quería para sí, omitió una cosa: que su propuesta inicial nació de la confusión.

Su conciencia atacó.

¿Debía aclarar que, aunque no quería dar un paso atrás, la intención de aquel paseo y su petición era un compromiso falso?

Sus labios se despegaron, tenía que decirlo y justo en ese instante las ruedas del carruaje se detuvieron. Habían llegado…

Le extendió la mano, decidido a aclararlo antes de buscar los caballos, y una voz conocida lo alertó de que tal vez lo que frenó al carruaje no fue el arribo a The Crest Stud.

—Quédate dentro… —ordenó Edward y Valery lo miró con la negativa en el rostro.

—No. Si está afuera es porque me busca a mí.

—No voy a esconderme como una gallina. Que me aspen si te dejo a solas con él.

—Edward, si nos descubre juntos se hará un escándalo de proporciones gigantescas. Perjudicará tu carrera y mi reputación.

—En ese caso, lo única diferencia es que acabaríamos casados antes.

—Apenas nos estamos conociendo, en otros términos.

No permitiré que Errol lo eche a perder.

Quería tiempo para nosotros, sin mi familia respirándonos en la nuca.

Hay posibilidades de que me haya visto subir al carruaje y que tras el largo viaje se haya cansado de seguirme.

Déjame averiguar qué pretende. Tal vez lo mandó mi padre.

—Te daré unos minutos… Exactamente quince. —Tensó la mandíbula y le mostró su reloj de bolsillo de bordes plateados y esfera blanca—. Si escucho algo que no me gusta daré la cara y que el sol salga por donde tenga que salir.

—No sabía que eras tan terco.

Él volvió a señalar el reluciente reloj.

—Te dije que solo era humano.

—Confía en mi capacidad de dominar la situación.

Lo amonestó con el gesto y sin aguardar un segundo se desplazó hasta la portezuela que abrió sin dudar.

Edward sintió que lo atravesaba un puñal mientras ella se apeaba y cerraba a su espalda.

Parecía que tercos… eran los dos.

No se esperó ese coraje de Valery.

La resolución de su tierna y aparentemente vulnerable alondra lo enloqueció más todavía.