Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 21 #3
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—¿Me llamaste apuesto? —inquirió sin reparar en la pregunta de ella.

—Es una referencia, tampoco importa a mi reputación si el hombre con quien me he perdido es hermoso u horrible. Pero, los malintencionados supondrán lo peor, principalmente, si es bien parecido.

—En ese caso, te agradezco por no considerarme un adefesio, supongo que es saludable para mi autoestima.

—Tampoco he afirmado que eres un adonis.

—Gracias, por recordármelo. Así no se me subirá a la cabeza.

—De por sí ya eres un poco insoportable. No quiero imaginar que un cumplido sobre tu físico te volviese más engreído.

—De acuerdo, entonces morirías en camisón con un apuesto y joven doctor en un carruaje con destino a quien sabe dónde. —Él volvió a dar rienda suelta a sus carcajadas.

—Aún no me contestas qué es tan gracioso. ¿Por qué te ríes? —insistió.

—Porque en esa historia llena de calamidad que hipotéticamente podrían narrar los periódicos, lo que más te preocupa es como irías vestida y no que los dos pasáramos a mejor vida —bromeó, incluso en esas circunstancias.

—¡Sí, porque estoy en paños menores! —gritó irritada.

De pronto, la cara de ella se enrojeció de golpe, y ya no le preocupó lo que pensaran sus padres, menos lo que opinara la flor y nata de Londres.

Se le hicieron aún más tangibles sus circunstancias, y se preguntó con desesperación qué estaría pasando en ese instante por la mente del varón.

—Lo siento, pequeña alondra… A veces trato de tomar con humor las circunstancias difíciles. Solo pretendía que olvidaras el mal rato y que llevas muy… poca ropa.

—¿Cómo me llamaste? —La alusión a su escasa ropa aún le zumbaba en los oídos, pero esa palabra «alondra» acuciaba con insistencia para que averiguara por qué se refirió a ella de esa forma.

—¿Lo dije en voz alta?

Entonces notó que él también quedó muy serio, y bajó los ojos por la delgadez de la tela, reparando en cada hendidura o protuberancia de la batista que moldeaba el cuerpo de la mujer cercana a su torso.

Ella aún no lo soltaba, pero nerviosa estuvo a punto de resbalarse por los zarandeos del carruaje.

Edward al percibir que Valery se escurría la alzó por la cintura como si no pesara nada y la hizo aterrizara a su lado.

Como un caballero rescató una de las chaquetas que junto a las demás ropas formaban un amasijo de telas en el fondo del carruaje, y se la pasó para cubrirse.

—Déjame ayudarte, me concentraré en solo mirar tus ojos —ofreció caballeroso y ella se relajó.

Edward hizo un bulto voluminoso con las prendas, y guiado por ella que seguía abrazada a la chaqueta del traje de amazona para cubrirse, ordenó el desastre. Puso sobre el asiento opuesto las piezas correspondientes al vestuario de montar, y todo lo demás dentro del enorme maletín.

De pronto, notó que dos objetos seguían balanceándose de un lado al otro a sus pies. Ella puso los ojos en blanco.

—El polizón va con el vestido de día, y la almohadilla menos abultada la usaré para montar, puedes dejarla fuera.

Edward trató de no hacer gestos cuando los levantó, si soltaba una broma al respecto Valery lo fulminaría con la mirada.

Cuando terminó de acomodar todo, él volvió a cerrar los ojos.

—Solo avísame si necesitas ayuda, prometo no mirar.

Valery tomó el corsé más liviano, la almohadilla, los pantalones ajustados y la falda de seguridad y comenzó a colocarse todo. Por último, se puso el chaleco blanco, la chaqueta, los guantes y un gracioso sombrero de copa.

—Ya puedes abrir los ojos. Ettie y Bonnie han pensado en todo.

No tienes que preocuparte de que en una caída quede enganchada por la larga falda a alguna parte de la silla, me han enviado una falda de seguridad.

Tiene botones que se soltarían con mi peso si caigo de la montura. Apenas se está poniendo de moda.

—Interesante. ¿Eso supondrá una ventaja? Podrías ganarme —jugó y a ella le pareció que intentaba seducirla. Pero desechó esa idea, no quería decepcionarse otra vez.

—De regreso a Hayden House, me iré con lo puesto.

Rogaré porque los sirvientes sean discretos y mi cambio no genere suspicacia.

En mi vida, volveré a enfrascarme en semejante aventura.

—Hizo un mohín nada halagador—. Si a mis amigas o a ti se les ocurre otra travesura similar, tendrán que avisarme para venir con el atuendo apropiado o, en su defecto, hacer lo que pueda con el vestido que lleve puesto.

—Tienes toda la razón. —Disimuló una sonrisa y ella tuvo ganas de imponerle un correctivo. Parecía muy divertido, mientras ella había batallado para mudarse de ropa en pleno movimiento.

—Jamás me había sentido tan humillada en toda mi vida. Ha sido ridículo. Como castigo deberías planear un siguiente viaje donde me toque a mí taparme los ojos y a ti cambiarte. Pero, claro, tu vestuario es menos aparatoso.

—No te sientas humillada, yo… No hay nada ridículo en ti.

Te juro que este viaje en carruaje será inolvidable.

No sé si el paseo a caballo podrá superarlo.

Pero no te avergüences, Valery, pequeña alondra…

Porque yo en realidad te admiro. Te vi cuando cantaste en la inauguración de la Casa de Correspondencia de Charlotte.

Y me sorprendió tu voz, así como la entrega que pusiste al alcanzar cada nota.

—Dijiste que no sabes de música —murmuró ruborizada, sin dar crédito a lo que escuchaba.

—No como tú, pero sé distinguir cuando alguien canta excepcional, y eres magnífica.

—No estás obligado a hacerme un cumplido para que olvide este mal rato.

—En absoluto es lo que pretendo. Solo soy sincero. —Él bajó la cabeza y añadió—: Hay algo más en lo que debo ser honesto.

¿Existía otro asunto que requería franqueza? Porque quedarse en camisola, calzones y medias delante de un hombre era lo más irremediablemente sin tapujos que había hecho en su vida.

—Habla. —La voz no le titubeó y trató de no tener expectativas. No quería sufrir otra desilusión.