21 #2
Lo miró de soslayo. Él era encantador. Pero a ella aún no le quedaba claro el motivo de tan inesperada invitación. Más, tomando en cuenta que era totalmente disparatado el plan.
Un caballero y una dama solos cabalgando… ¿Qué podía salir mal?
Se permitió descansar despreocupadamente en su asiento unos segundos, convencida de que no se cambiaría de ropa en aquel estrecho cubículo con él presente.
De pronto, se le ocurrió una opción.
—Cuando lleguemos a The Crest Stud te bajarás del carruaje y así yo podré hacer el cambio por mi atuendo de amazona.
—Pensé que no podías vestirte sin una doncella. —Se regodeó muy descaradamente.
—Eso ya lo veremos al llegar —asumió el reto.
Odiaba que desconfiara de su habilidad para resolver ese tipo de problemas.
Un hombre como él, estudiado, al frente de una profesión y se desempeñaba con éxito podía considerar ridículo que una persona no pudiese vestirse por sí sola, y estaba decidida a demostrarle lo contrario.
—¿Y cuánto te tomará ese cambio? He escuchado que una dama tarda la absurda cantidad de veinte a cuarenta minutos para quitarse el desfile impresionante de prendas y volver a enfundarse en tantas otras.
Ese maletín es inmenso y se ve muy abultado.
Será un desperdicio de tiempo tomando en cuenta que los caballos se rentaron por una hora.
Quería mostrarte todo lo que he aprendido en mis años de equitación.
—¿Se rentan los caballos en The Crest Stud para paseos?
—No, pero el dueño es mi amigo. En realidad se niega a cobrarme.
—Entonces es un regalo.
—¿Con qué soltura montas? ¿Con la misma que empleas para cambiarte sola de atuendo? —Trató de sonar interesado, pero lo hacía para pincharla y ella mordió el anzuelo.
Edward era ese tipo de personas que se divertían con llevar a los otros al límite de su paciencia cuando se trataba de bromear. De sus amigos podía ser el más irritante cuando se lo proponía. Casi siempre se hallaba de buen humor, y los que lo rodeaban solían reír a sus anchas por sus ocurrencias.
Pero Valery no estaba acostumbrada a llevarse así con nadie, menos con un ejemplar del sexo opuesto.
Había crecido bajo la sombra de su madre y su tía.
Jamás convivió mucho con sus primos. Y en cuanto su familia pudo la dejaron en una escuela para señoritas, con poca interacción con hombres.
Salvo su padre, cuyo humor no era nada estimulante.
—Cierra los ojos —le dijo con los suyos entrecerrados, deseando cerrarle de una vez la boca a ese fanfarrón— ¡Cúbrelos con tus manos! ¡Y gira tu cara hacia la ventana! ¡Si osas fisgonear solo una vez voy a castigarte de un modo que jamás vas a olvidar!
—¿Estás hablando en serio? —Rio a carcajadas sin poderlo evitar. Valery con el entrecejo fruncido parecía más tierna que intimidante.
—No solo eso, te retaré a una carrera. También he tomado clases de equitación.
—¡Qué interesante lo que enseñan en esa escuela para señoritas! —juzgó divertido y se cubrió los ojos con las palmas, siguiendo al pie de la letra las indicaciones de la dama.
—Será un honor ilustrarte.
—Como caballero te daré cierta ventaja, te dejaré escoger primero la montura. Sé que como amazona no puedes ir tan veloz como lo haría un hombre. Eso sí, no te pongas muy competitiva, una caída de un corcel con una falda larga podría ser mortal.
Ella sonrió, sin dar más explicaciones y se quitó el bonete, después la chaqueta, los puso sobre el extremo opuesto de su asiento, en perfecto orden.
Posteriormente zafó el cuello y los puños de encaje blanco desmontables.
Acto seguido, comenzó a luchar contra la intrincada hilera de botones a su espalda.
Hizo un mohín cuando entendió que por más que se contorsionara no podría alcanzarlos todos.
Y a su pesar solicitó, como quien no lo necesita el apoyo del único ser que la acompañaba.
—Parece que al final requeriré tu ayuda. Como cirujano experto, supongo que no precisas ver para soltar el resto de los botones de mi corpiño.
—¿Quieres que yo…? —Titubeó ante la oferta y casi abre los ojos.
Por fin algo le borró ese tono burlón. Sí que lo había sorprendido y se regodeó para sus adentros.
—¡Pero sin ver! —lo sermoneó tras cambiarse de asiento y ubicarse al lado de él—. Recuérdalo. Confiaré en ti.
—Estos vestidos son como camisas de fuerza. Es un incordio que no puedas librarte de la ropa sin ayuda de alguien más. Por eso tantos accidentes con el fuego, y más por el exceso de tela. Las mujeres terminan atrapadas en sus vestiduras como en una jaula.
—Más trabajo y menos charla —lo instó con premura—. La mayoría de los corpiños tienen los botones al frente, este es una excepción en beneficio de la moda.
—Una moda que ahora mismo sería la responsable de tu muerte si te acercaras demasiado al fuego —bromeó de nuevo, recuperándose de la sorpresa de la inesperada petición.
Ella pensó cómo contraatacar para ponerlo en su lugar.
—Es una suerte que no haya cerca ni siquiera una chispa.
—Si tú lo dices. —Gruñó leve. Ella tenía una respuesta para todo y él ya se estaba preguntando por qué se dejó envolver por las Rosas Inglesas y les siguió el juego en semejante locura.
Antes de continuar reclamando, recordó que para aceptar el plan disparatado de Ettie de simular un compromiso con Valery, exigió ponerla al tanto en persona.
—Lo sostengo —rebatió Valery ajena a los pensamientos que atormentaban a su contraparte.
Pero cuando sintió las manos de él afianzar la seda a su espalda un escalofrío la recorrió y ella también guardó silencio.
¿Estaba a punto de permitir que un caballero —y más ese hombre en particular— sacara uno a uno sus botones?
Con su respiración golpeándole la nuca, con su fuerte aura imponiéndose como un vendaval que se apropiaba de cada espacio dentro de ese carruaje.
Carraspeó sobrecogida y se esforzó para que no se le escapara un suspiro.
Sin embargo, su instinto dominaba a tal punto su voluntad, que por más que lo intentó no pudo evadirse. Se concentró por completo en escuchar como fluctuó el ritmo de la respiración del caballero mientras se enfrentaba a los botones.
No podía verlo, pero lo sentía moviéndose detrás de ella: seguro, sin los temblores que a ella la sacudían y se esforzaba por ocultar.
¿Cumpliría su palabra y mantendría los ojos cerrados?
Percibió que los ágiles dedos trabajaban —supuestamente a tientas— como expertos, hasta que con total presteza llegó al último.
—Los botones se han acabado —expresó y oírlo tan cerca fue arrebatador. Valery inspiró de golpe para mantenerse firme o dejaría entrever toda su agitación—. ¿Cómo más puedo serte de ayuda?
Ella se tragó un suspiro. Y su mente volvió a sumirla en la vorágine de sensaciones. Podía percibir el calor que emanaba de su cuerpo, su aliento le rozaba la oreja, su aroma a limpio era cautivador y su cercanía provocaba que su corazón palpitara a un ritmo más rápido que el habitual.
¿Lo notaría? ¿Un médico podría percatarse de su arrobamiento y sofoco?
—Creo que puedo continuar por mi cuenta —dijo y tratando de mantener el equilibrio volvió a su lugar, frente a Edward.
El hombre seguía con los ojos cerrados. Quizás los había abierto para dar un vistazo. Contrario a lo esperado, no le reprocharía por hacerlo, incluso lo deseaba. Se erizó por completo solo de imaginarlo absorto admirando la piel desnuda de su cuello…
No se entretuvo más, y cómo pudo, en medio de aquel estrecho cubículo se libró del corpiño y lo colocó sobre la chaqueta. Después se quitó los botines de cabritilla con cordones. Los hizo a un lado, debajo de las otras prendas.
Ahora seguía la mayor proeza, sacarse la sobrefalda sin morir en el intento.
Contrario a lo que parecía no fue tan funesto, y repitió la operación con las enaguas, que eran dos, una más pesada y la otra más ligera, como si con una no fuera ya suficiente.
Sabía que con su engorroso corsé con ballenas de acero sería un incordio montar, así que con esfuerzo también se deshizo de él, era una suerte que el cierre metálico fuera frontal.
Y con menos trabajo se quedó sin el polizón, montar con este no habría sido tan cómodo, aunque no era tan voluminoso, pero ya había retado a Edward a una carrera, y estaba decidida a ganar.
Suspiró de alivio al darse cuenta de que ya había logrado la proeza de desvestirse sola, casi sin ayuda, en un carruaje en movimiento. Continuaba la siguiente parte, pero se sentía segura de lograrlo.
Tomó el traje de amazona y sus complementos, dispuesta a batallar para colocárselo, sin terminar en el suelo del carruaje.
Sería humillante que tras el ruido ensordecedor de su cuerpo azotándose sobre el suelo, Edward la encontrara agazapada a sus pies… Y con poca ropa.
Y mientras pensaba en eso, una piedra en el camino hizo que el conductor tomara una curva cerrándose demasiado, y causando que los ocupantes del coche y las múltiples piezas de Valery se tambalearan como monedas dentro de una bolsa.
Pero Valery no terminó en el piso, aunque su traje de amazona salió volando de sus manos, estas se aferraron a lo que fuera para no caer.
Cuando se percató que apretaba los músculos duros de los brazos de Edward se quedó impactada, pero el bamboleo la obligó a no soltarlos.
Consternado, sin poder constatar qué estaba ocurriendo, Edward abrió los ojos de golpe y se encontró con los de ella, observándolo.
—¿Estás bien? —le preguntó. La preocupación de él parecía ser mayor que el estupor de verla con poca ropa.
Valery no supo si asentir o amonestarlo por contemplarla. ¡Por Dios solo estaba en camisón! Supuso el peor escenario.
—¡Señor mío! ¿Cómo terminé convencida de esta locura? Imagino la cara de mis padres y de todo Londres al leer la nota en un periódico: ¡La hija del duque de Richmond perece en un accidente de carruaje junto a un apuesto y joven doctor, y la dama solo portaba su camisola!
Las carcajadas de él estallaron de golpe, mientras trataba de componerse.
—Lo siento.
—Eres un bruto insensible. ¿Por qué te ríes?