21
Valery llevaba tres días hospedada en la casa de los duques de Hayden, todavía temblaba al imaginar cómo reaccionaría su padre al tenerla de nuevo frente a frente. Había revisado exhaustivamente las columnas de sociedad.
Nada.
Ni un solo artículo sobre su repentina visita a los duques, cuando sus padres vivían tan cerca. Tal vez la discreción de ambas casas —Hayden y Richmond— evitaron que la noticia se convirtiera en fuente de susurros.
Pero ella sabía que la calma que había en el ambiente podía transmutarse en una tormenta de un momento a otro, cuando su padre tuviese acceso a ella lejos de la protección de los Hayden.
No podía quedarse encerrada para siempre como una princesa en una torre de cristal, así que cuando llegó el día de las clases que tenía pactada con los hijos de la duquesa de Norfolk, aguardó por el carruaje que le ofreció Ettie en la entrada principal.
Tras llegar el coche procedió a subirse, pero no encontró el cubículo vacío.
Edward Raleigh como muestra de la corrección personificada en la figura de un hombre le dio la bienvenida: calmado, en silencio. Ella sintió que el estómago se le encogía y que respirar era más difícil que de costumbre.
También fue prudente y aguardó.
Él golpeó el techo del carruaje negro completamente cerrado y le dio al cochero la orden de avanzar.
Lo miró inusitada, demandando una explicación.
—Bonnie y Ettie cancelaron tu clase con los hijos de la duquesa de Norfolk —pronunció magnánimo, levemente inclinado hacia adelante y Valery supo que él sabía más que ella.
¿Qué tramaban sus amigas?
Odiaba estar en franca desventaja.
Sus ojos se fueron hacia un enorme maletín de piel, evidentemente femenino y que por alguna razón guardaba similitud con el sobre de cuero que una vez le entregó Bonnie con el dinero del premio.
—Aquí pusieron tu ropa de montar.
—¿Montar? —Ahora sí no entendía nada.
Hasta ese momento ella se dio cuenta de que Edward llevaba un ajustado pantalón que le calzaba como un guante, camisa de algodón ligera y levita corta de tweed .
Y unas botas negras a media pierna que lo hacían verse elegante, pero a la vez muy sensual.
El deseo de imaginarlo en su traje de remero la distrajo unos segundos.
Hasta que él habló de nuevo y la visión de aquel hombre tan cómodo con su masculinidad la hizo humedecerse los labios por puro instinto.
Y sí, si tuviera que describirle a lady Abbott de nuevo al caballero que deseaba para su futuro esposo lo detallaría a él, con cada rasgo: su sonrisa cautivadora, la fortaleza de carácter, su mirada penetrante, esos mechones oscuros y cortos que se le alborotaban sobre la frente, cuando escapaban de su estricto peinado.
En particular, su sentido del humor tan descarado.
Era lo que tanto soñó cuando fantaseaba con encontrar el amor verdadero.
Suspiró, y las palabras de él la hicieron aterrizar de golpe en su propio cuerpo, cayendo de la nube donde fantaseaba de modo estrepitoso.
—Dicen que estás sobrecogida por todo lo que andas atravesando y que necesitas distraerte. —Usó su tono de médico del alma.
Valery arrugó el entrecejo, y se dio de bruces al darse cuenta de que no era un paseo romántico. La decepción fue agridulce, más porque la expresión del semblante de ese hombre parecía gritarle lo contrario. ¿O era ella que seguía fantaseando?
—¿Sabes por lo que estoy atravesando? —Se sonrojó levemente.
—No culpes a tus amigas… Ellas solo me pusieron al tanto de una parte. La otra me la contaste tú. —Suavizó el tono al recordarlo y ella se acordó de que Edward tenía el don de sensibilizarla y desahogarse sin reservas—. Y otra información bastante preocupante me llegó de mi tía.
—Oh, no. ¿Lady Abbott? ¿Qué te dijo? —¿Le habría contado que buscaba un esposo muy parecido a Edward, de casualidad?
—Mmmm… Preferiría que lo habláramos cuando lleguemos al sitio al que he planeado invitarte. Hoy pasaremos una tarde diferente. Todas tus amigas me contaron que ya no eres la misma, que llevan tiempo sin verte reír. Están angustiadas por ti.
Valery sintió que la recorría un escalofrío.
—¿Entonces has venido como médico? ¿Piensas que no puedo sola con todo? —Una cosa era que la curara de un resfriado, pero que acudiera a ayudarla a sanar las penas de su alma era muy distinto.
—No, Valery, a las dos preguntas. —Ladeó la cabeza, confundido—. Sin embargo, si precisas mi apoyo, necesito que jamás olvides que aquí me tienes. He venido como amigo.
Le extendió una mano enfundada en un guante de piel marrón, y a ella no le quedó más remedio que ofrecer la suya cubierta de la cabritilla más fina y delicada.
Él no tardó en sonreírle apenas, y acto seguido, mientras ella lo estudiaba con la mirada, Edward le depositó unos guantes de cuero más grueso, pero igual de flexible sobre la palma.
—Con los tuyos no podrás montar. —Miró de soslayo los que ella estaba usando—. La ropa está en…
—¿Qué estás sugiriendo? —Se ruborizó por completo.
Él señaló hacia el abultado maletín—. ¿Qué?
—inquirió estupefacta, sus ojos se abrieron desmesuradamente.
Esa salida jamás la vio venir. Superaba sus ensoñaciones con el guapo caballero—.
¿Acaso dónde vamos no hay un lugar decente para cambiarme? ¿Rotten Row?
—Nos dirigimos a The Crest Stud y aunque el personal de Broc MacKenzie es bastante discreto, según el escocés, tendríamos que desviarnos hacia la casa de la propiedad. No creo que pretendas cambiarte a la intemperie. Por esos lares no hay una cuadra, ni siquiera alguna de las oficinas.
—Donde tampoco me cambiaría —protestó azorada.
—Vamos al extremo este de la finca. Un mozo nos esperará con dos corceles y lo necesario para un pícnic. Disfrutemos de un paseo ameno y tranquilo.
¿Tranquilo? Dependía del punto de vista de quien lo juzgara. Para ella estar con Edward en cualquier situación le aceleraba el corazón más de lo normal.
¿Montando a caballo?
¿Solos?
Sin otra alma en el carruaje ya superaba cualquier expectativa de un paseo indecente. No era una aventura, era una travesura en toda regla.
—¿Y habrías aceptado? —la confrontó—. Creo que ahora mismo no te bajas del carruaje porque está en movimiento. Valery, tus amigas tal vez consideran que necesitas un poco de emoción… Arriésgate. Te prometo que soy un caballero. Que me aspen si miro.
¿Desvestirse en presencia de un caballero, así se comportase y no mirara?
Una de esas travesuras solo podía acabar en un matrimonio apresurado o en un duelo.
—¿Sabes cuánto tiempo me tomaría desvestirme sin el apoyo de una doncella?
¿Cómo a Ettie no se le ocurrió una idea menos…
menos…? Podían haberme dicho que bajara con el traje de montar puesto —farfulló con lo primero que le vino a la mente a la defensiva.
No iba a cambiarse de atuendo en su presencia, de ninguna manera—.
Mis amigas, todas están faltas de juicio. Jamás lo he dudado.
—¿Habrías aceptado?
—Tal vez. Yo… —Cómo la abrumaba y desordenaba por dentro.
—Entonces solo cámbiate y disfrutemos del paseo —agregó desafiante y un poco descarado.
Siguió mirándolo a los ojos, total estaban solos y nadie la amonestaría por eso. Él cruzó los brazos e hizo lo mismo, como invitándola a atreverse.
El traqueteo del carruaje sobre el camino provocaba que ambos se movieran suavemente y aquello lo hacía verse cada segundo más interesante.
Gritó para sus adentros llena de impotencia. Con tantas preocupaciones, asuntos por resolver y luchas que pelear… ¿A quién en su sano juicio se le ocurriría que pasear con un hombre que no estaba interesado en el matrimonio y que era bello como el infierno podría ser una idea acertada?
—¿La idea de montar hoy con este clima estupendo es de…? —ironizó Valery. Necesitaba saber a qué amiga tenía que reclamarle por ponerla en esa exaltada situación.
Él se humedeció los labios para disimular una sonrisa, como si percibiera que ella estaba comenzando a ablandarse, a ceder.
—Mía. Propuse el paseo. Sin embargo, la idea de no decirte hasta subirte en el carruaje no me corresponde. El crédito es de tus amigas. Todas y cada una. Podrás reclamarles después —susurró instigador, como si aquello le divirtiera demasiado.
—Diviértete a mis expensas. Supongo que es muy entretenido sacarle canas verdes a los demás. Nunca te he visto triste, menos iracundo —dijo de pronto—. ¿Nada te afecta? ¿Descubriste un antídoto mágico? ¿Es por lo que quieres trabajar en Bedlam?
—Parece que no soy el único que tiene demasiada información.
—Alguien lo comentó en una cena, sin una buena intención. —Se encogió de hombros, tampoco le agradó que trataran de difamarlo o que lo criticaran a sus espaldas.
—Supongo… —agregó sin darle importancia.
Estaba al tanto de que su decisión alborotaría el avispero que conformaba la sociedad londinense—.
Triste he estado… Cuando se fue mi padre fue devastador.
No fue fácil superarlo. No tengo ningún antídoto, por eso sé que se puede tocar fondo y me interesa ayudar a quien podría atravesar por lo mismo.
Siento que nadie posee las herramientas hoy en día para lograr confortar o calmar a quien sufre un trastorno de la mente que aún no podemos entender.
En cuanto a iracundo, evito estarlo cada vez que puedo; pero tu primo me ha visto perdiendo el control.
Él podría describirte con lujos de detalles como me veo al estar dominado por la ira. Solo soy un ser humano.
—¿Crees que yo padezco un trastorno de esos que aún no se pueden entender?
–Valery, no… No tengo elementos para dar fe de ello. Pero sé que no te encuentras bien, que te aqueja la situación por la que estás pasando. Todos tenemos altas y bajas en la vida. Si yo puedo hacer tu carga menos ligera, déjame ayudarte.
—Y solo estás aquí porque mis amigas te lo pidieron… —Bajó la mirada.
Era lógico que Edward tratara de animarla si ellas se lo habían pedido, sabía lo insistentes que podían ser. Suspiró profundo.