Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 20 #2
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Edward enarcó una ceja, mientras las escuchaba y la idea de unir «ficticiamente o no» a Broc y a Valery le daba vueltas en la mente.

—Broc MacKenzie es todo lo opuesto a lo que se espera de un caballero —rectificó Ettie—. Y quiero que mi plan funcione, no que el duque encierre a su hija en una torre para salvaguardar su honor.

—Oh, sí. —Las carcajadas de Florence no se hicieron esperar.

Edward se cruzó de brazos. Quería oír qué decía, porque estaba casada con el primo de Broc y aunque este último era más agreste, los dos compartirían ciertos rasgos similares: en cuanto a enormes, salvajes y un poco brutos—: Relacionar a una dama con Broc Mackenzie, es sinónimo de darle carta blanca a todas las matronas cotillas, para que saquen las peores conclusiones sobre el decoro de la señorita en cuestión y murmuren a sus anchas.

—Concuerdo, y eso que también estoy casada con un escocés.

—Emily reforzó su aseveración con un asentimiento—.

Pero Broc MacKenzie es otro nivel. Así lo veo, si una dama casadera le acepta una invitación a Gunter´s a tomar un té o un helado, todos asumirán que saldrá de la tienda corrompida, con la reputación en entredicho, así no se aparten de la mirada de los demás comensales.

—Creo que hablar así de Broc es exagerar. —Charlotte defendió a su amigo, la había sacado de varios problemas y se sentía muy agradecida.

—Quizás has pasado mucho tiempo con él, y lo ves con cierta clemencia —arremetió Ettie.

—Al contrario, creo que Broc sería un marido ideal para cualquier dama inglesa o escocesa, incluso para la hija de un duque, como nuestra Valery. La haría inmensamente feliz. —Charlotte no cejaría—. Es protector, es guapo…

—¿Es guapo? —la interrumpió Bonnie interesada en ese dato particular.

Nadie había referido que el escurridizo escocés era bien parecido.

Detestaba ser la única que no lo conocía, porque hablaban siempre que podían de él y no tenía idea, en realidad, de quién era, más allá de los comentarios de sus amigas y sus esposos.

—Las solteras y algunas casadas son tan poco discretas cuando lo ven pasar —explicó Charlotte lo que percibía.

—Seguramente, lady Abbott frenaría en sus intentos de buscarte esposa, Ed, si creyera que le estás haciendo la corte a la hija de un duque —atacó Ettie antes que la conversación se fuese por otro derrotero.

—Del uno al diez… Siendo el uno algo agraciado, pero que no deja sin habla, y el diez correspondiendo a arrebatador, de esos que roban el aliento, ¿qué calificación le darían a Broc MacKenzie?

—insistió Bonnie sin intención de distraer a Edward del tema principal, convencerlo de sellar el trato.

Fue algo inconsciente y todas ignoraron a Ettie y se quedaron muy pensativas, buscando la respuesta en sus mentes.

—No es mi tipo, claramente el mío es pelirrojo. Pero tomando en cuenta estatura, rostro y encanto escocés le daría un nueve. —Florence fue la primera en responder—. No puedo darle diez, esa calificación solo puedo otorgársela a mi Cailean.

—Coincido con el nueve —la secundó Emily—. Le faltarían los ojos azules más hermosos que he visto de mi amado Zach, ser algo más refinado y elegante como mi esposo.

—También le daría un nueve. Solamente porque no es mi Fred.

Sin embargo, es un escocés bien plantado.

No creo que haya defecto en ese espécimen del sexo opuesto, más que su bocota mordaz que suele meterlo en problemas.

Es un bruto. Frederick podría enseñarle modales, aunque dudo que a Broc le interese.

Para la examante de mi padre que se hospedaba en uno de sus hoteles, Broc seguro era un diez.

La mujer ipso facto lo invitó a pasar a su habitación, solo lo había visto una vez.

—Sí, seguro la mayoría de las solteras que no tienen sus afectos comprometidos le darían un diez o un once. —Las risas de Florence estallaron.

Las carcajadas afloraron sin nada de recato, salvo Bonnie cuya curiosidad era más fuerte que la diversión.

Edward tampoco se rio, solo emitió un gruñido ante la muestra de tal desparpajo.

Agradecía para sus adentros porque cuando remodeló el consultorio puso especial énfasis en que lo conversado en el interior no pudiese escucharse desde fuera, para proteger la privacidad de los pacientes.

—Regresando al tema de lady Abbott, ¿te interesa o no, Ed, que tu tía deje de atosigarte buscándote una prometida?

—Ettie ya no sabía qué hacer para poner orden en sus amigas que seguían discurriendo en los atributos de Broc MacKenzie, en vez de concentrarse en lo que las había traído aquí—. Mi solución podría serte útil.

—Pensándolo bien, quizás lo que Valery necesita es todo lo opuesto a lo que el duque espera conseguir como esposo de su hija.

Un bruto salvaje como mi amigo escocés pondría a su excelencia en su lugar y al tal lord Sable lo borraría del mapa de un manotazo.

Iré a hablar con Highlander de inmediato.

—Charlotte ni siquiera esperó por los trámites de Ettie, ella ya estaba buscando una alternativa.

—Pues si Edward no acepta, tendrá que ser la solución —dijo Florence alzándose de hombros.

—Supongo que sí. —Emily también se encogió de hombros.

—Y quién sabe, quizás el encanto escocés disuada a Valery, y ya no sea necesario seguir fingiendo el romance. —Charlotte asumió pensando en voz alta, contenta de sus propias conclusiones—. Yo me encargo de que Broc acepte.

—¡Silencio! —soltó Edward en un tono elevado para que el murmullo del gallinero en que se convirtió su recinto dejara de escucharse—.

Mi consultorio parece el salón de té de unas damas cotillas.

Me sorprenden damiselas. Cuántas palabras salen de sus bocas en tan solo un segundo.

Todas han hecho aportaciones valiosas, pero Broc ni remotamente podría congeniar con Valery.

—¿Quién lo dice? —inquirió Charlotte.

—Cualquiera que tenga ojos en la cara. Es solo verlos. Valery es dulce, elegante, refinada, una tierna rosa inglesa… —Edward comenzó a sentir que sus nervios se crispaban. Ya no solo era impaciencia por tener a esas mujeres hablando sin cesar con sus insistentes demandas.

—Tal como Florence y no puede estar más derretida que un helado de Gunter’s en verano por su escocés —apostilló Charlotte decidida a que su aportación saliese triunfadora.

Florence sonrió muy enamorada de su pelirrojo.

—Valery necesita un candidato que, aunque no sea del agrado de su padre, ofrezca cierta esperanza de que pueda ser de la aprobación de la realeza, tomando en cuenta que Richmond desea obtener una concesión real para que el hijo de…

. —Edward se desacomodó el cabello dejando sus rizos fuera del peinado inicial más estilizado. Estaba a punto de perder la compostura.

—¿Y tú cómo estás tan bien informado? —preguntó Ettie y elevó una de las comisuras de la boca sin dejar de estudiarlo.

Todas se quedaron estupefactas, esa parte de la historia no la habían explicado aún.

—Resulta que Valery acudió a consultar a mi tía como casamentera y mi tía, tuvo la loca idea de que el candidato ideal para la joven podría ser yo. Se lo dijo con gran expectativa a mi madre y a mi cuñada, y por error alcancé a escucharlas sin que se dieran cuenta.

—¿Quién es el cotilla ahora? —se burló Charlotte. Y todas menos Bonnie se rieron con suma discreción.

—¿Te estás ofreciendo como aliado, Edward Raleigh? —bromeó Ettie optimista—. Parece que quieres sacrificarte en favor de la credibilidad de la puesta en escena. Sigo creyendo que tú como falso prometido podrías tener más éxito que MacKenzie.

—Pues parece que una damisela está en peligro, debo hacer lo correcto y rescatarla, ¿no? Un compromiso ficticio con Broc podría arruinar a Valery para siempre y cero prometido dejaría el camino libre para ese insoportable de Errol Sable.

—En eso coincido. Si a ojos de todo Londres Broc y Valery se comprometen ella quedaría arruinada para el resto —sopesó Emily con una risita cómplice—. ¿Qué caballero creería que pasó por ese compromiso y que al romperlo salió con el decoro intacto?

—¿Tengo licencia para poner al corriente a lady Abbott de tu repentino interés por Valery? —preguntó Ettie victoriosa porque su plan estaba sobre ruedas—. Si tu tía se emocionó tanto con la noticia podría ser nuestra aliada, aunque la pobre no sepa qué ocultamos en realidad.

—No me gustaría involucrar a mi familia —repitió él y ya se estaba arrepintiendo de ceder a la presión de las damas. Pero dejar a Valery a merced de Broc era algo que por alguna razón no podía tolerar.

—Oh, Ed, eso es imposible. Necesitamos que sea lady Abbott y tu señora madre quiénes sostengan al toro por los cuernos, o lo que es lo mismo, que visiten a los estirados duques de Richmond y los pongan al corriente de las buenas nuevas.

—¿Que qué? Por Dios, Ettie, eres un peligro y el resto no se queda atrás. —Las miró con recelo.

—Vamos, Ed, ya no puedes retractarte. —La aludida se puso de pie y le palmeó el hombro con aprecio.

—Tengo un requisito.

—¿Acaso los falsos novios pueden tener requisitos? —preguntó Florence risueña.

—Habla, pues. —Ettie con el rostro más radiante que tras dormir más de ocho horas plácidamente, le concedió ese derecho.

—Ella debe estar de acuerdo…

—Por supuesto, nos dividiremos. Tres irán a poner al corriente a lady Abbott. Dos le darán la fantástica noticia a Valery, que hemos creado un perfecto plan de distracción para su anticuado y engreído padre.

—No, si haremos esto, yo le daré la noticia. Necesito estar seguro de que es lo que ella quiere hacer.