20
Cuando Edward escuchó a su secretario decir que el próximo paciente podía pasar, no imaginó a quienes se encontraría. Se puso de pie en señal de caballerosidad y trató de esbozar una sonrisa, pese a su agotado semblante.
—¿Alguna de las cinco está enferma? —preguntó dudándolo al extremo, o por qué habrían caído como una horda de encajes, listones a esa hora de la mañana.
Ettie, Emily, Florence, Charlotte y Bonnie negaron al mismo tiempo.
Él se pasó las manos por el rostro cansado. Llevaba dos días trabajando sin tregua, antes de dejar a sus pacientes a cargo del nuevo doctor que lo remplazaría en el consultorio. Las ojeras violáceas eran una señal evidente.
—Edward querido, la razón que nos ha traído es respetable. Requerimos tus servicios para socorrer a una criatura en desgracia —profirió Ettie llevándose la mano al corazón.
—Esa suele ser tu especialidad, Ettie. La mía solo cuando lo que aqueja a la criatura en cuestión es algún malestar del cuerpo o de la mente. ¿Sufre síntomas como tos, fiebre, dolores de estómago? ¿O, por el contrario, una melancolía incipiente, ataques de ira, desmayos, temblores?
—Pues, definitivamente su cuerpo y su mente sufrirán daños irreversibles si tú no das un paso al frente para defenderla. —Ettie puso rostro inocente, ese que ponía cuando estaba a punto de causar un problema. Y era usual que eso sucediese cuando pretendía rescatar a algo o alguien en dificultades.
—He venido a dar fe de que mi cuñada no exagera, ni que la motiva un capricho. —Bonnie intervino.
Si Bonnie que era la más sensata del grupo la apoyaba…
Edward hizo una mueca y las invitó a sentarse. No había tantas sillas para las cinco, así que ofreció también la propia, moviéndola de lugar. Como seguían faltando, pidió al secretario dos más.
Cuando todas estuvieron cómodas, caminó hasta el amplio ventanal que dotaba de luz la estancia, y se recostó al alféizar.
—¿Quién necesita ayuda? —preguntó circunspecto.
—Alguien que merece ser rescatada —opinó Florence.
—La idea de Ettie es brillante. ¿Cómo no se nos ocurrió antes? —Emily también secundaba a Ettie, al parecer todas lo hacían.
—Esto me recuerda algo —susurró Charlotte para sus amigas, como si Edward no la escuchara con claridad.
—Sí. —Emily acalló las carcajadas que querían brotar—. Cuando irrumpimos en los terrenos de un mal pretendiente que procuraba llevar a Florence al altar y lo disuadimos sutilmente de retractarse. Nos referimos a Cornelius Banes.
—¿Disuadieron sutilmente? —Edward negó.
—Solo movimos un hilo aquí, otro allá y el maldito abusador se dio cuenta de que se había metido con la Rosa Inglesa equivocada. —Charlotte agregó como si hablara del clima.
Edward hizo una mueca dudando de la simpleza o inocencia de los actos del selecto ramo de florecillas.
—¿Qué necesitan de mí? —preguntó para no dilatar el asunto.
—Ed, ¿recuerdas esa vez que fingiste que me cortejabas para contrarrestar los esfuerzos de mi familia por encontrarme un prometido? —preguntó con delicadeza y calma Ettie.
El médico arrugó el entrecejo preocupado. ¿Qué tramaban esas mujercitas?
—Lo recuerdo. Casi termino protagonizando un drama de proporciones gigantescas. Valentine ya suspiraba por ti y creyó que me estaba traicionando.
Las risas de las damas fueron un coro sutil lleno de encanto. Al único varón en la estancia no le pareció, precisamente, un coro de ángeles. Sabía que cuando revelaran la razón del asalto a su consultorio no le resultaría una idea acertada.
—Bueno, tenemos una amiga que necesita de esos servicios.
Eres un novio falso encantador y muy efectivo —continuó Ettie—.
Mi madre y mi hermano se lo creyeron por completo y eso que son muy perspicaces.
En fin, su familia quiere casarla con un soso y petulante vizconde que no le agrada en lo absoluto y se me ocurrió que…
El hombre se apretó el puente de la nariz, no daba crédito a lo que estaba escuchando.
Después alzó una mano en señal de «basta» para pedirle que no continuara.
Se juró que no volvería a dejarse envolver en una de las grandiosas ideas de Ettie, menos si incluía fingir.
Era pésimo mentiroso y, además, lo ponía de un terrible humor.
Prefería ir de frente con la verdad. Exhaló con fuerza y antes de que Ettie terminara de exponer su infalible plan —según ella y seguramente el coro que la acompañaba con rostros esperanzados— decidió tomar la palabra.
—Claro, Ettie, dudo que la ingeniosa idea venga de alguien más. No porque tus amigas carezcan de ingenio, y sí porque esa cabecita tuya ni siendo duquesa conoce lo que es la sensatez.
—Oh, Edward, tendría que ofenderme, pero no lo haré porque te necesito.
—Veo que falta una de las Rosas Inglesas —advirtió en voz alta Edward lo que notó desde que las féminas llegaron—: ¿Es casualidad o es la parte interesada?
Tuvo que dejar su posición y dar vueltas por el amplio consultorio que tras la invasión se sentía estrecho.
—No nos pareció prudente… —continuó Bonnie.
—Comunicarle la brillante idea de Ettie… —la interrumpió Charlotte y siguió la frase que la otra comenzó.
—Sin que hubieres aceptado antes —concluyó Emily.
Edward puso los ojos en blanco al escuchar que Charlotte calificaba de «brillante» tal disparate, más con el duque de Richmond de futuro yerno y con Errol de adversario.
—No podríamos contribuir a alimentar la esperanza de nuestra amiga a salir de la disyuntiva que la aqueja, si no existen posibilidades reales de que un novio ficticio saldrá en su rescate —puntualizó Florence.
—Admiro el generoso y compasivo corazón de cada una. Eso último es lo único sensato dentro de lo que cabe, no comunicarle esta loca y disparatada idea a Valery —soltó aliviado, aún podía salir del embrollo.
Todas lo miraron como a un desalmado. ¿Por qué lo observaban así? No era culpable de las absurdas ideas del duque de Richmond. Y aunque sí sentía preocupación por Valery y le agradaba la joven no iba a volver a «comprometerse» para alejar a un pretendiente.
—Ed, tú también eres un alma generosa —insistió Ettie—.
Sé que no tienes corazón para negarte. ¿En qué te afecta?
¿Estás comprometido? No. ¿Piensas casarte algún día?
Menos. Si tu soltería empedernida nos da una ventana para aprovecharla en beneficio de nuestra amiga y querida Valery, sería terrible negarse.
—Creo que no han sopesado algo importante.
El duque de Richmond no me ve con buenos ojos desde que golpeé a lord Sable en la carrera de botes.
Jamás me aceptaría como prometido de su hija.
—Soltó unas carcajadas de fastidio. ¿Cómo era posible que alguien llamara a su puerta para algo semejante?
Negó profusamente—. No soy el candidato ideal. No tengo título.
—Tu sangre está emparentada con la nobleza —farfulló Ettie—.
Eres hermano de un conde muy prestigioso.
A Richmond no le interesa en este momento que su hija despose un noble, para él con sangre aristócrata será suficiente.
Además, eres tan inteligente y sabio. ¿Qué duque no querría la posibilidad de que su nieto herede ese rasgo del padre?
—Uno que me odia, por ejemplo. Preferiría a cualquier otro por encima de mí.
—Dudo que Richmond te rechace en público. —La joven duquesa volvió a la carga—: No querrá convertirse abiertamente en enemigo de tu hermano, el gran conde de Allard.
—Oh, no, Ettie. Deja a mi hermano fuera de esto. Yo podría prestarme a un juego similar para salvarte o salvar a tu amiga. Pero no quiero involucrar a mis familiares, menos sus sentimientos.
—No seas hipócrita, Ed.
—¡Ettie, sin ofenderlo o ya no querrá ayudar! —la amonestó Bonnie creyendo que ahora sí el médico se cruzaría de brazos.
—No es para tanto, Bonnie, déjala que lo ponga en su lugar. ¿Cómo es posible que Edward siendo nuestro aliado se niegue a salvar a una de las Rosas Inglesas? —blandió Charlotte divertida curvando una de las esquinas de su boca, como si la ofensa fuese más un juego entre viejos camaradas.
Florence y Emily se cubrieron con asombros sus bocas. Si Ettie no medía sus palabras, terminaría por ahuyentar al aliado que tanto necesitaban. ¿Qué otro caballero se prestaría a semejante acuerdo?
Para asombro de aquellas el varón soltó unas agrias carcajadas.
—Eres un diablillo. Y no soy hipócrita. Según tú, ¿por qué merezco tal calificativo? ¿Hipócrita yo?
—Cuando fingiste ser mi prometido…
—No tu prometido, solo aparentamos que iniciábamos un cortejo. —Se detuvo frente a una estantería con botellas de cristal y frascos de madera con medicamentos. Hizo como si los revisara, buscando cómo librarse de la emboscada.
—Casi, creo que dejamos ese límite muy difuso para salirnos con la nuestra.
Pero, gracias por la corrección. En fin, cuando lo simulamos te convenía, descarado.
—Todas la miraron ante la segunda ofensa—.
Por eso aceptaste. Como tu tía buscaba también una candidata para ti, te pareció un trato justo.
Así tu familia te dejaba en paz. Por consiguiente, no fuiste mi cómplice solo por caridad. Nos convenía a ambos.
—Pero ya escarmenté que con mentiras todo puede torcerse de un instante a otro.
—Pensé que serías más fácil de convencer.
—Se cruzó de brazos Charlotte muy aburrida por la incursión que parecía infructuosa—.
Tendremos que buscar a otro candidato. Pero el único soltero que podría pinchar para convencerlo es menos adecuado que Edward.
¿Qué diría su excelencia el duque de Richmond si Valery le presenta como nuevo prometido a Broc MacKenzie?
Sé cómo ingeniármelas para persuadir a ese highlander.
—¡No! —Gritaron Ettie, Florence y Emily al unísono.
A excepción de Bonnie que las miró intrigada por lo efusivas que se pusieron para descartar al escocés. Ella aún no lo conocía y la estupefacción por cada comentario que hacían sobre el susodicho crecía.
—¿Por qué es tan inadecuado para el plan? —preguntó Bonnie sin poder guardarse la curiosidad.