Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 19
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Valery aún sonreía con Honey en brazos y Vivianne a su lado cuando el carruaje llegó a Richmond House. Hacía tiempo que no se permitía gozar así de una tarde al aire libre con excelente compañía.

Su sonrisa se borró, dio paso a la incertidumbre.

Contempló la casa donde había nacido. La mansión ducal se alzaba imponente entre las distinguidas fachadas de piedra de la plaza Grosvenor Square.

Altas ventanas de guillotina captaban la atención.

Una amplia escalinata conducía a la entrada principal.

El pórtico sostenido por las sólidas columnas y la hilera de faroles de hierro forjado proclamaban discretamente el lujo y el rango heredados.

Sabía que su escapada no pasaría desapercibida. Su madre le reclamaría. Era una posibilidad con gran potencial. Suspiró.

—Ese perrito disfrutó como nunca. —El tono de Vivianne era jovial, tampoco la pasó mal en Hyde Park—. Qué manera de ladrarle a las aves. Sí es un cazador genuino. Imagino que ya veía a los cisnes asados sobre la mesa y un buen hueso sobre su plato.

—Vivianne, que no te escuchen queriendo engullir las aves reales. Nadie tiene permitido tocarlas. —Su doncella siempre influía en su humor, lograba sacarla hasta de su inquietud.

—La realeza no sabe cómo ruge el estómago cuando el hambre aprieta.

—Supongo que no. —Rio discretamente—. Pero te prohíbo comerte un cisne, son como ángeles que flotan sobre las aguas con tanta gracia y elegancia.

—De niña uno me dio un picotazo en una pierna que me dejó una cicatriz nada elegante.

—Querida, cuánto lo lamento.

Ambas rieron con la camaradería que construyeron por años y se dispusieron a apearse.

Cuando el mayordomo abrió la puerta de la entrada principal, tenía cara de circunstancia.

Vivianne la ayudó a despojarse de su capa, sombrilla, abanico y retículo. Mientras las dos se miraban la una a la otra con cierto grado de preocupación e intriga.

Salieron de dudas cuando en el salón de estar se encontraron a toda la familia reunida: Helen, Richmond, Gertrude y por añadidura, de quien no se podían librar, Errol.

Valery intentó escurrirse hacia sus aposentos sin compartir más que un escueto saludo, pero su padre no se lo permitió.

Richmond la hizo detenerse frente a todos como una penitente que espera castigo.

—¡Valery, no te atrevas a darnos la espalda! —El duque tan apegado a las buenas maneras, últimamente, alzaba la voz más de lo acostumbrado. Su ánimo parecía muy turbado.

Los rostros de los presentes estaban muy serios, pero el de Errol no solo albergaba seriedad, había algo más que no podía dilucidar del todo: cierta soberbia, mezclada con satisfacción, disfrutaba del tono humillante que usó el duque para detenerla.

La doncella tras una seña de Valery intentó pasar desapercibida y escabullirse. Pero el duque no se lo permitió.

—Vivianne, también hay algo que debo decirte.

Acude de inmediato con el ama de llaves, te dará tu liquidación hasta el día de hoy.

No esperes una compensación, menos una carta donde te recomendemos para un puesto similar.

No tenemos nada bueno que decir de ti. Estás despedida.

Tienes hasta esta noche para abandonar Richmond House.

—No la castigues por mi culpa, padre. Solo me obedeció, ella no tiene responsabilidad alguna. Vivianne es una doncella ejemplar, confiable, honesta…

—Hay diez mejores que ella esperando por tomar la posición. Si no responde ante mí, no me sirve. Vivianne, retírate. Debo hablar con mi hija.

Valery sintió que era sorprendida por una tormenta invernal.

Un frío caló hasta sus huesos. Buscó el rostro de su doncella y estaba pálido.

Se veía estupefacta y perdida, desahuciada.

Echada a la calle como una pieza remplazable, no como un ser vivo que no tendría donde cobijarse. La noche estaba por caer.

Y Errol continuaba mirándola con una sombra muy turbia de disfrute, como si aplaudiera con vehemencia el trato autoritario de su padre hacia ella.

—Esto es solo el inicio, Valery. He sido un padre complaciente. No me hagas volverme un monstruo, porque también puedo serlo. No he hecho otra cosa que cumplir tus caprichos desde que naciste. Siempre fuiste mi niña perfecta… Hermosa, grácil, ingeniosa, vi pronto el potencial en ti.

—No es ella, cuñado, es la influencia de las amigas revoltosas y rebeldes que frecuenta. Corta esos lazos de raíz y tendremos a la damita dulce y educada de siempre —intervino la señora Sable.

La duquesa la miraba decepcionada, con menos clemencia que Gertrude. Cuando se dignó a abrir la boca sus palabras fueron tan hirientes que habría sido mejor que se quedara callada con sus pensamientos.

—Siempre supe que a la larga me decepcionarías, Valery. Solo tu padre y tu tía confiaron demasiado en ti. Tienes la misma mirada que…

—¡Cállate, mujer! —gritó de pronto Richmond, sorprendiendo a todos.

—¿La mirada de quién? —inquirió Valery, pero nadie tenía intenciones de responder.

—No echarás por tierra mis planes, muchachita rebelde. Por supuesto que no. —El duque la señaló con el dedo.

Valery no quiso escuchar más, salió corriendo hacia la escalera de los sirvientes, primero bajó hasta el saloncito del ama de llaves, y solo la encontró a ella.

—Milady, ¿qué hace aquí? Me hubiese mandado a llamar y con gusto habría subido a atenderla.

—¿Dónde está Vivianne?

La buena mujer bajó la cabeza. Se notaba que le había dolido mucho tener que despedir a la doncella, incluso le dio más dinero que el autorizado por el duque, de sus propios ahorros. ¿Dónde pasaría la noche?

—Subió a hacer su equipaje.

Tras agradecer por la información, Valery corrió de nuevo hacia las estrechas escaleras de servicio, donde su vestido lleno de capas y encajes batallaba por entrar sin atropellos, más cuando otros de los sirvientes se cruzaron a su paso, asombrados por encontrarla allí.

Cuando por fin llegó al último piso preguntó a una de las mucamas cuál era la habitación de Vivianne y gracias a la respuesta oportuna no tardó en encontrarla.

Vivianne aún no había hecho el equipaje, estaba sentada en una de las dos camas de la estrecha habitación llorando desconsolada, sin saber qué rumbo tomar o cómo enfrentar a su familia cuando supieran que la habían echado sin contemplaciones, por una falla.

Valery se sentó a su lado y la rodeó con sus brazos, como una amiga, no como la dama a la que había servido.

—Lo siento, lo siento tanto —le susurró—. Tenías razón, soy una ilusa. No debí pedirte que me secundaras y me acompañaras al paseo. No trabajabas para mí y sí para mi padre. Lo lamento. Ojalá puedas perdonarme. Sé que te gustaba mucho tu posición aquí.

—No la culpo, milady. Usted solo fue a Hyde Park con sus amigos. Tampoco cometió un delito. Su padre es… Es… —No se atrevió a decir en voz alta lo que pensaba—. Supongo que esto sucedería tarde o temprano. ¿Quién puede quedarse de brazos cruzados viendo cómo la trata?

—Escúchame bien. Vamos a resistir. Las dos. Estamos juntas en esto. Ve a Hayden House y pregunta por su excelencia, la duquesa de Hayden, y por lady Bonnie Severn. Cuéntales lo ocurrido.

Tenía lágrimas en los ojos. No solo por alejarse de Vivianne, a quien conocía de toda la vida, sino porque le había fallado.

Ella le brindó su fidelidad y Valery le aseguró que nunca perdería su posición.

No podía comprender la crueldad de su padre.

Vivianne tenía apenas unos años más que ella, su familia no vivía en Londres y la estaban obligando a marcharse a punto de anochecer. La calle no sería clemente.

—¿Todo? —También continuaba llorando, llena de incertidumbre por su suerte.

—Sí, Bonnie y Ettie son mis amigas. Diles que vas de mi parte, que preciso que te ayuden.

Ellas te buscarán un lugar donde pasar unas cuantas noches hasta que acondicionemos la casa de mi abuela.

¿Te acuerdas de que necesitaba un ama de llaves?

Pues, yo te contrato y él ya no podrá echarte.

La propiedad es mía. Ahí puedes vivir, y en cuanto me libre de esta prisión iré contigo.

—Milady… Sé que sus intenciones son nobles, pero su padre…

—Haz lo que te digo, Vivianne. Te he fallado una vez. No te fallaré dos veces. En la casa de mi abuela estarás protegida.

Pasó la noche enredada en el insomnio, preocupada por Vivianne y también por su propio futuro. Pero como siempre, trataba de no hundirse en la tristeza o la desesperanza. Tenía que luchar y hacerlo con el mejor talante.

Gracias a Dios su mente ingeniosa siempre se le ocurría cómo hacer frente a los problemas.

Cuando dieron las nueve de la mañana y ella no pudo salir supo que las Rosas Inglesas entenderían que había problemas, más después de mandar la noche anterior a Vivianne con la información de lo ocurrido tras el paseo.

Sus padres no la encerraron en casa, pero les prohibieron a los mozos de cuadra ensillarles un caballo y a los cocheros llevarla hacia donde quisiera.

Eso no la detuvo, cuando su madre le preguntó que a dónde se dirigía explicó que al jardín a darle su paseo habitual a Honey.

—Espero que no hagas ninguna tontería —le dijo Helen, con Gertrude a su lado bordando—.

Ya viste anoche cómo tu desobediencia escaló hasta volver a tu padre un ser irreconocible.

No le busques los tres pelos al gato. Un hombre como él puede ser un perfecto caballero, pero se vuelve un guerrero cuando es retado.

—¿Ves un retículo, una capa o acaso guantes? Solo voy al jardín.

—No puedo entenderte. Tu hijo será duque. ¿Sabes qué suerte tienes? Yo no puedo presumir de ello. Y un caballero está dispuesto a convertirte en su esposa. Lo tendrán todo.

—Madre, Honey hará un estropicio en la alfombra si no lo saco de inmediato.

—Lo que me faltaba. Pues saca de una vez a esa bola de pelos. Tómate el tiempo para que haga lo que debe hacer. Te servirá para airear tus ideas.

—Helen, no seas tan dura con Valery. Todos tuvimos etapas de rebeldía, cuando esté casada con Errol volverá la vista atrás y se arrepentirá de haber estado a punto de lanzar su futuro por la borda.

Sé que tomará la mejor decisión. ¿Verdad, querida?

—insistió Gertrude. Era su forma de lograr el mismo objetivo que su hermana.

—Sacaré al perro.

En cuanto estuvo fuera y lejos de la vista de todos dejó a Honey en el suelo y metió su mano bajo las faldas.

Sacó un bulto que había hecho con una manta muy delgada tejida a crochet, la desanudó y obtuvo su retículo y sus guantes.

Volvió a alzar a Honey y salió sin que la vieran.

Sabía que el regaño a la vuelta sería épico, pero estaba segura de que valdría la pena.

Por suerte se había quedado con una parte significativa del dinero de los artículos que vendió, necesitaba tomar un coche de alquiler. Ya iba tarde a la cita que tenía.

Cuando sus amigas la vieron llegar al saloncito Vivaldi se pusieron de pie de inmediato. Ahí estaba Vivianne.

Bonnie había considerado que las demás debían escucharla también.

Charlotte había contribuido con la información al contar lo que Valery le confesó en Hyde Park.

Ettie fue la primera que corrió a abrazarla.

Se sentaron en los amplios sofás del salón Vivaldi, que desde que era usado por ellas para sus reuniones se había beneficiado con algunas mejoras: nuevo mobiliario e iluminación.

Valery les relató su calvario sin guardarse nada. Principalmente, la idea que había motivado la locura de su padre de casarla con Errol: la aprobación que esperaba de la realeza para que le permitieran que el primer hijo varón de Valery heredara el título de Richmond.

—No regresarás a tu casa. Es una suerte que hayas podido escapar. —Ettie tomó en brazos a Honey, y las demás se turnaron para abrazarla.

—¿Cómo no voy a volver? —inquirió preocupada.

—Estábamos debatiendo cómo sacarte de allí —dijo Charlotte—.

Cuando mi padre intentó casarme a la fuerza con el libertino de Marcus, lo mejor que hice fue huir.

En Blair House estaría bajo su ojo avizor, desde fuera pude buscar solución a mi dilema.

Son unos cobardes. Mi padre trató de presionarme ocultando a mi madre, el tuyo se ha desquitado con Vivianne.

—Mi padre jamás tomaría represalias con mi madre, ellos no pueden estar más de acuerdo.

—En mi casa podrías quedarte, Valery. Richmond no se atreverá a retar a Zachary —ofreció Emily con ternura.

—Gracias, Emily, pero no quiero causarte un problema ni a ti ni a tu esposo. Estás embarazada, no puedo alterar tu estado de buena esperanza. Tampoco el de Charlotte. Sus embarazos deben transcurrir sin sobresaltos.

—Mis puertas también están abiertas para ti, amiga.

Charlotte y Ettie tienen razón, si vuelves a Richmond House podríamos perder contacto.

No sabemos de qué estratagemas se sirva tu padre para obligarte a obedecerlo.

—Florence suspiró. Aún vivía con sus suegros, pero estaba segura de que la apoyarían, la querían como a una hija.

—No podría alterar la paz de tus suegros, entiéndeme, no es ingratitud. Me daría tanta vergüenza con ellos. Aunque son estupendos, es un límite que no estoy dispuesta a cruzar.

—Entonces te quedarás en mi casa y no se hable más —sentenció Ettie—. Tu padre ya midió sus fuerzas con mi Valentine y se topó con un granito más duro que el de Escocia. Estaremos Bonnie y yo para hacerte compañía, y Vivianne ya está con nosotros.

—No es necesario. Solo escapé para explicarles por lo que estoy atravesando. Volveré a casa y lucharé desde allí —insistió segura de que podía manejarlo.

—Querida, ese Errol Sable con quien desean casarte parece una mosca muerta, pero tiene cola que le pisen —la abordó Charlotte—.

Cuando te fuiste, Edward y Frederick me pusieron al corriente.

El día de la carrera de remos, Edward lo vio en su lado del río.

¿Qué hacía cerca del bote del equipo contrario?

Además, al pasar por su lado no solo le dio un empujón, simulando que tropezaba sin querer, sino que le dijo que tuviera cuidado con su asiento.

Edward está convencido de que manipuló su asiento para que se rompiera en medio de la carrera.

¿Crees que puedes luchar limpio contra ese espécimen de insecto que aún no logro calificar?

—Charlotte lleva razón —insistió Florence.

—Si nos tienes a nosotras y el apoyo de nuestros esposos como respaldo, volver al nido de serpientes donde creciste es lo menos atinado que puedes hacer —soltó Emily y todas apoyaron su comentario.

—La verdad, me encantaría, pero… —confesó Valery—. Ya no soporto una cena más con Errol y su séquito de adoradores, incluyo a mis padres y a mi tía.

—No se hable más. Ahora viviremos juntas.

—Bonnie, que estaba sentada a su lado, la tomó de la mano para animarla—.

Tu pomposo padre tendrá que ingeniárselas para inventar una justificación muy grande sobre la razón de tu estancia en Hayden House.

Eso si no quiere opacar tu reputación. Y créeme no le conviene, debe trabajar al servicio de la petición que hizo a la Corona, no en contra.