Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 18 #2
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—Sí. Después se burló de mí con total descaro e impunidad.

Supuestamente, me dio un ultimátum para elegir un esposo según sus criterios.

Y ayer descubrí que solo lo hizo para distraerme y ganar tiempo.

Su excelencia ya ha elegido por mí y pretende que acepte como si estuviéramos en la época medieval.

La cara de Edward reflejaba orgullo. Conocía a varias de las amigas de Valery, sabía que le darían el soporte que la joven tanto necesitaba. Solo precisaba confiar.

Y no se equivocaba, Charlotte decidió de inmediato.

—Esto amerita una reunión urgente con el Comité Rosas Inglesas.

Yo me encargo de organizarlo. Mañana a las nueve en English Roses School porque a Bonnie es a la que más se le dificulta abandonar sus responsabilidades.

Además, el saloncito Vivaldi ya se ha vuelto algo así como nuestra base secreta de operaciones. ¿No te parece?

Edward miraba a Valery confirmando que sabía que no la dejarían sola, únicamente necesitaba pedirlo.

—Si alguna tiene experiencia en cómo librarse de un pretendiente pertinaz, me serviría la receta —señaló Valery.

—En eso algunas tenemos maestría. Florence se batió como una guerrera contra uno de los primos malvados de mi marido. Y yo tuve que espantar con sutileza al otro —expresó Charlotte.

—Amor, la sutileza no es tu fuerte —blandió Frederick orgulloso de verla en su medio, la adoraba.

El que se atreviera a cortar las alas de su flor escocesa se las vería con su furia—.

¿Y quién es el susodicho, si se puede saber?

Siempre ofrezco mis servicios para sacarle una nota que lo disuada de sus pretensiones.

Mi pluma está al servicio de las amigas de mi esposa

—Será difícil que puedas encontrarle una mácula. Y no sé si te convenga enemistarte con el deán de Westminster o el arzobispo de Canterbury.

—¿Te quieren casar con alguno de esos viejos? —Frederick soltó horrorizado, decidido a destruir a Richmond si entretejía tal plan retorcido—. Hasta donde sé el deán está casado y el arzobispo…

—No, son los protectores de Errol, lord Sable —añadió con sencillez.

Edward sintió que pasaba un trago de hiel. Apretó los puños, mientras la ira le hacía subir abruptamente la temperatura.

—No, no, no… —masculló Edward escandalizado—. Definitivamente, tu padre ha perdido la cordura o es un imbécil que no sabe diferenciar la manzana podrida del resto. ¿Errol Sable?

—Sé que tuvieron un enfrentamiento en la carrera de botes. —Valery recordó lo que se dijo esa vez sobre Edward, ella continuaba defendiéndolo.

—¡Es un tramposo, hipócrita doble cara! —Alzó tanto la voz que los curiosos volvieron a hacerlos blanco de sus miradas. Trató de aplacarse para no continuar llamando la atención, pero no se guardó nada. Necesitaba protegerla de la peor decisión que ella podría tomar.

—¿Tanto lo detestas? —preguntó Valery sorprendida.

—No me agrada.

—¿Entonces fuiste tú quien despedazó su carruaje y dejó las piezas regadas desde Sable House hasta el Támesis?

—No tengo idea de lo que sucedió. —Edward hizo un gesto de asombro al recordar la promesa de los primos escoceses.

—Él asegura que fuiste tú, pero no tiene pruebas. —Ella se encogió de hombros, indicando que le creía.

—Justo como lo sucedido a mi asiento, yo aseguro que fue Sable, pero no hay pruebas.

Escúchame bien, Valery. No puedes casarte con él.

No importa los recursos que use tu padre para presionarte.

Llevo años enfrentándome en el Támesis con Sable, ambos ocupamos la misma posición en nuestros respectivos botes, y no me perdonó ganarle por cinco años consecutivos.

Es un hombre bajo, mísero, que jamás te dará felicidad.

—Si Edward lo dice, debes creerle. —Frederick también mostró su preocupación. Su amigo jamás perdía la compostura y ese tema lo había alterado lo suficiente como para saber que sus temores no eran infundados.

—Coincido con Frederick y Edward —reforzó Charlotte—.

Amiga, por todo lo que has tenido que pasar.

En cuanto llegue a casa mandaré una misiva a cada Rosa Inglesa.

Ahora más que nunca tenemos que estar unidas.

Acabaremos con ese Errol Sable, no tengas dudas.

Que no se atraviese en mi camino cuando vaya con mi cabriolé o no respondo.

—Querida, podemos darle una lección a ese impresentable sin necesidad de mandarlo al infierno donde ya deben estar reclamándolo.

—Frederick le besó la mejilla para calmarla, y los curiosos alrededor hicieron gestos para demostrar qué tan escandalizados estaban.

Después abrió mucho los ojos en dirección de Edward al añadir—.

Además, parece que alguien misterioso ya se encargó de ponerlo en su lugar.

—Bueno, tendremos que mandar una carta de agradecimiento al desconocido justiciero.

Sin embargo, estaremos prevenidas. Mientras la reunión de nuestro comité llega, qué les parece si alimentamos a los cisnes para que los curiosos dejen de estar pendientes de todos nuestros movimientos —propuso Charlotte divertida.

El beso cariñoso de su esposo la puso de buen humor—.

Así nadie sospechará de nosotras cuando le demos un escarmiento a ese tal Sable.

—Vamos, querida. Con las técnicas de ofensa y defensa de las Rosas Inglesas, creo que nuestra hermandad no necesitará desplegar sus armas. Estas damas son letales, yo no osaría importunarlas —jugó Frederick.

Edward todavía estaba serio, la noticia no le había gustado nada. Aunque Valery había comenzado a sonreír por las ocurrencias de Charlotte y Fred.

—¿Tienen una hermandad en regla? —preguntó coqueta Charlotte.

—Algo así, también tenemos una base de operaciones: The Red Cave. Eso sí, no es nada discreto —jugó Frederick—. Pero nosotros somos diestros en pasar información de manera disimulada: una ceja alzada, una mueca de lado, un gruñido.

Las dos mujeres rieron al fin. Edward tenía la mente lejana, se arrepentía de no haberle pegado más fuerte al inepto de Sable.

—¿Y cómo se llama la hermandad, Edward? —Valery notó que estaba con la mente en otra parte, y trató de captar su atención.

—Eh… ¿De qué hablaban? —preguntó mortificado por su descortesía.

—De la hermandad que conformaron —respondió ella con el rostro apacible, con suma amabilidad hacia el varón.

—Oh, nuestra hermandad —dijo para ganar tiempo con la voz más grave que lo habitual—. Estamos trabajando en eso.

—Edward es el único cuerdo entre nosotros.

—Frederick trató de mejorar el ánimo de su amigo y hacerlo reír, principalmente por las damas; pero en el fondo todas sus alertas se encendieron.

¿Qué le preocupaba tanto a Edward? Se preguntaba—.

No sé cómo se atrevió a unirse a unos locos descerebrados como nosotros.

El Highlander es el más peligroso, ese hombre sueña con quebrar huesos, está fuera de control.

Y el Ogro Gruñón, parece menos mortífero que el anterior, pero tiene tratos oscuros que causan idénticos resultados que los de ese escocés.

Laird, el primo del otro, es caldo de la misma sopa que su pariente.

El Rey Midas es el más rescatable, mientras no lo hagan enfurecer. Y yo solo soy peligroso con la pluma.

—Y con los puños de acero, mi amor. No minimices el éxito de tu derecha que te he visto boxear —presumió Charlotte con una expresión enamorada.

Edward creyó que ese par era tal para cual, seguía renuente a casarse, pero si algún día la vida lo llevaba por ese derrotero esperaba, como mínimo, conseguir ese nivel de complicidad y compenetración. Daba gusto verlos prodigarse mimos, amor y reírse de sus propias travesuras.

—Vamos a alimentar esos cisnes. Dios nos libre de que las aves de la Corona mueran de inanición —dijo Edward por fin relajándose.

Le extendió el brazo a Valery que no tardó en prenderse de él, llena de ilusión porque se lo hubiese ofrecido.