Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 18
34%

18

Valery estaba muy triste por todo lo que le arrebataron, y porque sentía que la habían despojado de algo más. La noche anterior la sublime melodía del ala oeste la consoló. Y ahora la había perdido también.

Lo primero que hizo esa mañana al despertar fue correr a las habitaciones del huésped misterioso y las encontró vacías. Solo quedó el pianoforte y los muebles antiguos. Ni las partituras, los mapas, menos los dibujos que ella había atribuido que pertenecían a aquel sitio.

Así pues, cuando recibió la nota de Charlotte citándola para un paseo en el Serpentine junto a su esposo y al doctor Raleigh, no le importó las regañinas que había soportado el día anterior y burló nuevamente la vigilancia de su madre para escapar.

—Doctor Raleigh…

Las lágrimas que había contenido desde semanas, tratando de ser fuerte, ya no hallaron contención. Y se soltaron como una presa quebrada.

—Lady Valery… —La habría abrazado allí mismo, la alondra necesitaba un abrazo fuerte y largo.

—Lo siento, mis modales son un desastre.

—No, pequeña, sus modales son los más exquisitos que he conocido.

—Tensó la mandíbula. A diferencia de lo que le ocurría con sus pacientes, donde su mente analítica buscaba causas enraizadas y trazaba estrategias de superación, cuando se trataba de ella lo único que deseaba era sujetar al causante de tanto sufrimiento por el cuello y apretarlo hasta que perdiera toda capacidad de respirar.

—Es que… Es que… —¿Cómo justificaba el estropicio que causó su llanto?

—¿Sigue teniendo dificultades para abrir su escuela?

—Sí… Va de mal en peor… Sin recursos, vigilada por mi madre, manipulada por mi tía, con el zapato reluciente de mi padre sobre mi nuca…

Pero, al menos, logré burlar la seguridad del fuerte Richmond y estoy aquí.

—Lo último lo agregó secándose las lágrimas con el dorso de la mano y tomando una amplia bocanada, infundiéndose valor.

Edward le brindó su pañuelo y ella lo rechazó.

—No quiero arruinarlo. Traigo el mío. —Abrió su retículo y sacó un pañuelillo que ella misma había confeccionado con el algodón más fino de batista, bordado al estilo Whitework con unas florecillas y bordes de encaje.

—Usted puede arruinarme lo que sea —le salió del alma y hasta él mismo se sorprendió muchísimo por sus palabras. Un pensamiento que se le escapó en voz alta. ¿Tendría razón Frederick, y la abstinencia involuntaria debido a sus múltiples obligaciones le estaba pasando factura?

El rostro de ella se iluminó de golpe, como la primavera cuando deja atrás el invierno, como una flor que se abre en busca de los rayos del sol.

—Yo… Yo… —Se sonrojó un poco, conmovida por esa salida que no anticipó—.

En ese caso me encantaría arruinarlo… Quise decir, su pañuelo.

—Se recriminó por sus nervios que la hicieron soltar lo que sea, sin siquiera reflexionar si era educado.

Las mejillas de la joven ahora sí quedaron como dos tomates—.

No sé cómo le hace, doctor Raleigh, pero termino contándole lo que no quiero decirle a nadie.

Tiene la capacidad de hacer sentir cómodo a quien está en su presencia.

—Eso dicen mis pacientes. —Por un lado, sí; pero sus pacientes no se ruborizaban. Todo correcto como solía ser, añadió compadecido por el rubor de la muchacha—. Espero no haberla importunado con mi comentario.

—No me molesta, en absoluto.

La miró con una exhalación contenida. Y sufrió por ella, porque su hogar no fuese lo que se esperaba de uno.

Edward había crecido en un entorno familiar tan cálido.

Sus hermanos gozaron de unos padres cariñosos y preocupados, que les dieron lo mejor que pudieron a cada hijo.

Y, aunque ninguna familia era perfecta, su casa y sus padres siempre fueron su refugio, donde podía hablar sin ser juzgado, incluso, si los demás no estaban de acuerdo.

Pero imperaba el respeto, el afecto y la cercanía.

Con un hermano mayor que era soporte y ejemplo.

Con una hermana del medio que era dulzura, rebeldía y complicidad.

Un padre que jamás olvidaría porque les legó lo más importante: la firmeza, la honradez y la fuerza.

Y una madre aguerrida que daría si era necesario la vida por sus retoños.

Valery no tuvo ni la mitad de eso. Podía percibirlo en la timidez que manifestaba al expresar lo que bullía por salir, en la necesidad de revelarle a un completo extraño que el alma le dolía.

—¿Sus amigas lo saben?

—Una parte. No que me quitaron el dinero y, menos, lo que sucedió ayer.

—¿Se refiere a que desean casarla?

—Me refiero a que ya encontraron el pretendiente…. —soltó y le siguió un profundo suspiro. Él tragó con dificultad, como si fuera necesario pasar un alimento amargo, pesado e indigerible—. Es reciente, no he tenido la oportunidad de desahogarme con ellas como corresponde.

—Gracias a Dios por sus amigas. —Volvió a pensar en voz alta—. Los amigos, cuando son bien elegidos, son tan necesarios. No se guarde nada. ¿Sabe? Ayuda mucho soltar. Reprimir lo que nos causa angustia lo vuelve más doloroso.

—Pero soy de las que les cuesta hablar. No quiero arruinarles el día y ser la amiga dramática que todo gira en torno a sus preocupaciones. Detesto angustiar a los demás.

—En ese caso, úseme, arruíneme. Tenga por seguro que puedo soportarlo.

Se miraron largamente, como si cada uno estudiara al otro con la intención de adivinar qué callaban aún.

—¿La idea del Serpentine es suya o de Charlotte? —Valery despegó los labios antes de que el silencio que de pronto creció los envolviera y alejara del grado de intimidad que cada segundo aumentaba entre ellos.

—Puede atribuirme a mí la iniciativa. Ya se lo había pedido. ¿Lo recuerda?

Ella asintió feliz de saberlo.

Charlotte por fin se dio cuenta de que Valery había llegado. Se sacudió las manos y la falda de las migas de pan y acudió a saludarla con Frederick, escoltándola, con Iris en brazos.

—Lady Valery —dijo Frederick con cortesía.

—Lord Cumberland… —comenzó Valery—. Déjeme sostener a Iris al menos un rato, es tan hermosa.

—Por supuesto, lady Valery. Aproveche antes de que la niñera la reclame.

Charlotte negó, mientras Valery tomaba en brazos a Iris. La niña era hija de un primo que la última y Frederick tenían en común, Marcus, el que ya no estaba en este mundo a consecuencia de sus malas decisiones.

—No podremos disfrutar de estos paseos con tanto tratamiento entorpeciendo nuestras lenguas.

Edward, Valery. Valery, Edward. Y, tampoco serás la excepción, querido esposo.

Frederick, Valery. Valery, Frederick. Me encantaría ahora mismo estar en Normandía, tendidos cerca de una cabina de playa, con el susurro de las olas del mar y la brisa suave despeinando nuestros cabellos.

En cambio, tenemos el magnífico lago y los cisnes.

Son tan magnéticos esos animales y románticos.

—Miró a sus amigos solteros con picardía y después le guiñó un ojo a su esposo para que dijera algo.

—Supongo que ahora es mi turno de hablar, referirse al estupendo clima sería oportuno.

—Mientras garantices que en ningún periódico saldrá una nota suspicaz sobre este encuentro tan perfectamente medido y analizado, estaremos a salvo —bromeó Charlotte—.

Dios nos libre que algún pasquín de pésima reputación encienda el rumor de que como ávidos casamenteros intentamos unir a nuestros queridos amigos para que ya no estén tan solos.

—Dios nos libre de salir en periódico alguno —secundó Edward—. Por eso he invitado a Frederick. La competencia de The Golden Gazette lo pensaría dos veces antes de tener que incluir en un artículo al Látigo .

Todos rieron por las ocurrencias de Edward y las de Charlotte.

Esta última no solo era voluntariosa y espontánea, también caprichosa.

Pero tenía razón. Eran un grupo de amigos, aligerar etiqueta y protocolo permitiría que la tarde se desarrollara con menos rigidez.

Y, Edward, por su parte había sido muy atinado.

Incluso los periódicos de más prestigio evitaban mencionar a Frederick en sus páginas, la revancha del periodista que desde que era conde escribía con un seudónimo, era de cuidado.

—Valery… —Edward fue el primero en asumir la recomendación de Charlotte— Si te parece bien.

—Por supuesto, Edward —le restó importancia.

—Supongo que tendré que seguir la corriente, Valery. Por favor, puedes decirme Fred.

Volvieron a reír.

—¿Y de qué hablaban tan serios cuando nos acercábamos? Lucías preocupado, Edward. Y tú, amiga, te veías triste… Incluso, todavía me lo pareces. —Charlotte no sería jamás prudente, menos cuando estaba en confianza, y Valery era importante para ella.

Valery miró a Edward a los ojos y él la animó con la expresión.

—El dinero del premio desapareció.

—¡¿Qué diablos estás diciendo?! —El alarido de Charlotte hizo que las cabezas de las otras personas que paseaban se volvieran llenas de curiosidad hacia ellos.

La niñera que estaba cerca notó que había problemas, se acercó de manera oportuna y tomó a Iris en brazos, para alejarla a un área más tranquila.

—No está en el sitio donde lo dejé. No debí llevarlo a mi casa.

Durante todo este tiempo Bonnie lo cuidó para mí, en la caja fuerte de English Roses School.

Se lo pedí hace pocos días, cuando me decidí a no continuar posponiendo la apertura de mi escuela.

Y lo escondí a conciencia. Pero mi padre me ha dicho con todas sus letras que no aprueba mi decisión.

Que dirigir mi negocio arruinará mi reputación.

—Maldición —murmuró Charlotte ante el rostro paciente de su esposo, que adoraba que se expresara como merecía cada circunstancia.

—Bravo, Valery —la animó Edward—. No te quedes con nada.

—¿Pero es que puede haber algo peor? —soltaron Charlotte y Frederick al unísono.