17
Edward volvió a acomodarse el cabello. ¿Cómo terminó de pie frente a los cisnes que estiraban sus elegantes cuellos en el Serpentine?
¿Por qué la había invitado en ese momento?
Su cabeza era una maraña de ideas. Todo había ocurrido según la siguiente secuencia.
Emerson le dio el resto del día libre para que pusiera en orden su caos interno, y en vez de recobrar las horas de sueño perdidas decidió reunirse con Frederick en The Red Cave para plantearle su dilema profesional.
Le contó que llevaba días preocupado por una dama en particular.
El periodista lo escuchó con ese gesto que solía hacer más enigmático que el de un jugador de póker.
Y Edward sintió un impulso, su amigo le dijo que debía hacer lo que su instinto le impelía sin tardar.
Así que Edward siguió esa corazonada sin detenerse a reflexionar y ahí estaba observando a las aves. Seguía creyendo que era necesario brindarle soporte a la dama que sufría de una profunda aflicción. Y de pronto, recordó algo que con tanto ajetreo estaba pasando por alto.
Había llegado a la conclusión de que lady Valery Belcher necesitaba apoyo con urgencia, antes de escuchar a su tía contar tan emocionada que la joven estaba buscando esposo y que sus requisitos le resultaban bastante parecidos a la descripción del propio Edward.
Cayó en cuenta en ese importante detalle cuando ya no podía retractarse. Dejar a la dama plantada era algo que su estricto código moral jamás se lo permitiría.
—¡Demonios, Fred, olvidé algo importante! Creo que esto no saldrá bien.
—No entiendo nada, Edward, hoy estás muy quisquilloso.
Primero me dices que lady Valery está en dificultades de esas que solo tú puedes arreglar.
Y como sabemos que Richmond es parte del problema, la hemos citado en Hyde Park a la vista de muchos para evitar las susceptibilidades que conlleva un lugar más privado.
Después de todo, no te está visitando en un consultorio.
Incluso, me hiciste traer a Charlotte para alejar las conclusiones equivocadas de quienes adoran esparcir murmullos sobre un hombre y una mujer a solas paseando por el Serpentine.
Ambos miraron en dirección de Charlotte que intentaba alimentar a los cisnes con migas de pan, y sostenía en brazos a una bebé a la que le susurraba con cariño.
—Se ve feliz con la pequeña Iris —le dijo Edward.
—Después llegará otro más. —Frederick y Charlotte habían comenzado los trámites de adopción de Iris, la hija de su primo, quien había perdido a sus padres. Y, además, estaban en estado de buena esperanza.
—Agradezco que vinieran como chaperones.
No obstante, mi tía se enterará de que lady Valery y yo estuvimos paseando en el Serpentine y eso la volverá imparable.
La escuché contarle a mi madre que le parecía que los requisitos que lady Valery le dio para encontrarle a su futuro esposo coincidían con mi vivo retrato.
—¿Lady Valery ha recurrido a lady Abbott como casamentera?
—¿Para qué más consultan las damas casaderas a mi tía?
—Lady Abbott es capaz de jugar con tu mente y meterte en un lío. Cuéntame exactamente qué escuchaste. Te diré si es fantasía de tu tía que ya te ve en el castillo con la dulce princesa o si nuestra Valery siente una especial inclinación por ti…
—Oh, no. Ya lo he olvidado —dijo y por mentir lo atacó un acceso de tos.
—Edward, creo que la bruja de tu tía tiene algo de razón. Cuando un tema te motiva solo necesitas oírlo o leerlo una vez para memorizarlo. ¿Estás de suerte que olvidaste lo que no quieres recordar o de verdad lady Valery no te interesa como mujer?
—Estoy al borde de la desgracia porque te pondrás insoportable e insistente con ese tema. No se te ocurra decirle a tu esposa. ¿Cómo fui tan descuidado de contarte?
—Habla, sinvergüenza. No te librarás de mí. Para eso están los amigos. Yo puedo ayudarte a juzgar la situación. Sé que te mueres por una opinión objetiva, fuera de la completa subjetividad de lady Abbott que ya te ve en el altar.
—Lo primero es que el caballero no se entrometa en sus aspiraciones… —reveló y casi se muerde la lengua por dejarse llevar. Frederick podía ser un incordio cuando se lo proponía.
—De acuerdo, bastante general ese requisito de lady Valery. Supongo que todas las mujeres que se aprecian lo desean. Una coincidencia. Tú jamás socavarías los planes que alguien tuviera para su vida, menos los de una posible esposa. Al contrario, la incentivaría a luchar por ellos.
—Instruido…
—Interesante. —Frederick lo miró con suspicacia.
Aquello se ponía cada vez mejor—. No solo tienes tu carrera, hablas varios idiomas y has tomado cursos en Francia, Alemania, etcétera; sino que devoras cada texto que cae en tus manos sin importar de qué área trate: política, literatura, economía.
Supongo que es otra casualidad, nadie quiere casarse con un ignorante.
—Limpio.
—Mmmm. Curioso. Si tiene a un médico en la mira, uno como tú que siempre luce impecable, podría ser un requisito importante que solicitar.
—La limpieza es primordial, los monstruos más intimidantes son los diminutos que no se pueden ver a simple vista. No creo que se refiera a mí, es solo algo básico.
—Continúa. No me distraigas, bribón.
—Comprensivo.
—Interesante. En este mundo lleno de egocentristas pocos saben escuchar y contener como tú. Tus amigos, conocidos y pacientes coinciden en que puedes leer el alma.
—Moderno.
—Eres progresista. Tanto que buscaste el área más olvidada de la medicina para entregarte en cuerpo y alma con tal de que gane terreno frente a sus contrapartes.
Tu tía no está tan errada. Lo que lady Valery pide son características muy comunes, pero que no haya fallado al coincidir con tu persona al menos en una, llama mi atención.
Pudo pedir alguien con título, con el bolsillo abultado y cosas del estilo que a una dama de sociedad no le habría faltado en su lista.
—Hay una más.
—Deslúmbrame, tal vez en esa podamos buscar al hombre en cuestión en otro lado.
—Que haya atracción de ambas partes…
Frederick ladeó la cabeza, convencido de que Edward no sacaba a relucir un tema si no lo consideraba relevante.
—¿Te parece atractiva?
Edward negó con la cabeza y se negó a seguir por ese camino.
—No seas tan cerrado, Ed, no lo publicaré en The Golden Gazette . —Ya no bromeaba. Tenía un cariño fraterno hacia Edward. Él y Hayden fueron su compañía en Eton, y desde ahí los vio como si fueran sus hermanos.
—Si en mis planes estuviera casarme, podría verla atractiva. Pero como he renunciado a mi vida para dedicarme sin respiro a mi carrera, ni siquiera me lo preguntaré.
—¿Entonces te volverás monje? Porque tu amante fue a verme a The Golden Gazette , sabes que promociona su negocio en mi columna. Dice que llevas sin visitarla justo desde el día que mi esposa inauguró su Casa de Correspondencia.
—Calla —lo previno en un susurro para que divisara a quien caminaba hacia ellos, en el fondo de su campo visual—.
No es mi amante. Nos divertimos cuando a cada uno le apeteció y ya no tengo intención de volver a buscarla.
Cité a lady Valery en el Serpentine para ayudarla como hice en el pasado con tu cuñado.
Y como llevo tiempo haciéndolo con otras personas que tenían problemas evidentes.
—Supongo. Pero no recuerdo que me hayas pedido a mí o Charlotte que te secundáramos para proteger la reputación del paciente en cuestión.
Solo lo observo. Tú eres el médico. Y si no tienes otra amante, perdón, me corrijo, una amiga para la sana diversión cuando a ambos les apetece, tomaría cartas en el asunto.
Porque creo que definitivamente Valery te parece atractiva.
Y un apetito descuidado, o mejor dicho, la abstinencia, podría despertar a la bestia en el momento menos oportuno.
—Con una risita se alejó en dirección a su esposa.
Por lo visto estarían mucho rato alimentando a los cisnes para ser la coartada de aquellos dos.
—Sabía que me cobrarías el favor con tu sarcasmo. Diviértete, pero estás completamente equivocado.
¿Estaría en negación?
No, solo la citó para auxiliarla.
Valery no conseguía ocultar que sufría, y que atravesaba una situación que la desbordaba. Él podía intervenir y ayudarla a encontrar de nuevo la paz, la felicidad… Clínicamente.
Sin embargo, aunque trataba de convencerse de su aseveración, cuando la vio aproximarse hasta él seguida por su doncella y con su pequeño can corriendo feliz, olfateando el pasto y las flores, sintió la inusitada necesidad de sonreír.
¡Demonios! Sí que había atracción, al menos por su parte. Debía abortar de inmediato sus intenciones de intervenir como médico. A ella jamás podría verla como paciente, carecería por completo de objetividad.