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Mientras Edward transitaba por las salas luminosas, rodeado por enfermeras formadas bajo la influencia de Nightingale, su vista se perdía más allá de las ventanas, en el Támesis, en la sede del Parlamento.
Pensaba en cómo agradecer y cerrar ciclos.
Seguía convencido de que la medicina podía transformar la vida de muchos.
No quería irse de St Thomas, pero era realista, no le permitirían servir a dos «amos», ni en beneficio de la ciencia.
Recordaba cuando solicitó hacía un par de semanas su incursión en Bethlem Royal Hospital y fue aceptado de inmediato.
El director le dio todas las facilidades para que se incorporara lo antes posible, entre confundido e impresionado, porque un joven médico con su currículum mostrara interés.
Conocía su reputación y trayectoria, era lo que necesitaba.
Y sucedió así porque Edward apareció en medio de la batalla constante entre los dos bandos del personal de salud de Bethlem.
De un lado, los de la vieja escuela, convencidos de que sus métodos eran los adecuados, y que no acababan de entender que el mundo giraba y que los pacientes mentales también necesitaban un trato justo.
Del otro, los que abogaban por tratamientos modernos y ayudaban en la transición de Bethlem hacia un lugar menos inhumano.
Al director le correspondía la difícil labor de conciliar ambos grupos.
Un médico cirujano, especialista en Enfermedades Mentales y certificado como Edward, le ayudaría al director a poner orden al caos que imperaba entre su dividido equipo.
Lo anterior porque tenía argumentos sólidos, basados en evidencias, de que sus métodos progresistas funcionaban mejor que los más antiguos.
Una brillante estancia en el Hospital de la Salpêtrière en París, lo acercó a los descubrimientos de Jean-Martin Charcot sobre los trastornos del sistema nervioso.
Estando allí, también cursó seminarios basados en los estudios y hallazgos que Philippe Pinel y Jean-Étienne Esquirol dejaron para el campo de la salud mental.
Defendió como ellos el trato humano, así como sus aportaciones más significativas.
Intercambiaba correspondencia con Wilhelm Wundt y estaba al tanto de sus experimentos y enseñanzas.
Y en su natal Inglaterra, seguía de cerca los avances de Henry Maudsley. Todo le apasionaba.
El director lo admitió sin reservas o tiempo de prueba. Y le ofreció quedarse como médico residente. Hacía años los médicos en Bethlem debían vivir en apartamentos en el asilo designados para ellos. Su vida entera estaba a punto de cambiar.
Pero si quería seguir adelante, debía despedirse de quienes lo contrataron durante tanto tiempo en el Hospital St Thomas.
No tardó en llegar frente a la oficina del doctor Emerson, un médico titular de unos cuarenta años, de amplia trayectoria que había logrado conquistar altas esferas de la carrera a la que había entregado su vida.
Formaba parte de la directiva del nosocomio y a petición de lord Oso había apadrinado a Edward desde que llegó.
Emerson ya lo esperaba, y cuando escuchó de su boca su renuncia no pudo creerlo. Los rumores de los pasillos a los que no solía dar crédito eran ciertos. Edward pretendía abandonarlos.
—¿Por qué te vas? Eres de los mejores cirujanos que tengo. No hay otro hospital en Londres que te pueda aportar más prestigio.
—Sabes que no trabajo por el prestigio, Emerson.
—Pero el prestigio te permite acceder a posiciones donde puedes ser más útil.
Estamos viviendo una época especialmente innovadora.
Los nuevos edificios de St Thomas están diseñados siguiendo los principios de ventilación e higiene promovidos por Florence Nightingale.
Hoy por hoy es considerado uno de los hospitales más modernos de Europa.
Si lo que buscas es aprender, este es el lugar.
Con sencillez, Edward aceptó que era cierto. Estudió sus manos con uñas impecables y continuó con sinceridad. Habían logrado cultivar una sana amistad.
Veía a Emerson como maestro, mentor en su área de estudio y colega ejemplar. Cuando llegó como médico residente, Emerson lo guio en su crecimiento, y pronto lo propuso para que ocupara el puesto de médico asistente.
—Emerson, sé que no quieres que me vaya y apoyo todo lo que sostienes.
Pero sabes cómo es ese sentimiento que emerge cuando percibes que un área de la medicina no ha recibido la atención que merece de nosotros los médicos.
Más cuando es una necesidad apremiante. No sé todavía hacia dónde voy a girarme.
Sin embargo, solo atender a los pacientes que más sufren, me puede dar los datos que necesito para desarrollar métodos que sean verdaderamente eficientes en el área de la salud mental.
—Lo veo —dijo el doctor Emerson con un brillo en la mirada y las palmas unidas en la posición de rezar recostadas a sus labios—. Te apasiona, y entiendo por qué. La mente humana está colmada de aristas, es como un enorme pozo sin fondo lleno de secretos. Y tú quieres conquistarlos todos.
—¿Qué tanto podemos recetar ahora a quien sufre de melancolía, histeria, manía, demencia?
Diagnósticos que presiento que solo están en pañales.
¿Bromuro de potasio para calmar la agitación, hidrato de cloral como sedante, opiáceos en algunos casos, baños calientes o fríos, reposo, dietas especiales, rutinas estrictas de sueño y trabajo?
Y eso en los mejores casos. He visto atrocidades prescritas por ciertos colegas que se hacen llamar médicos alienistas.
—También. Sé que llegará el día en que esos diagnósticos serán reemplazados y que habrá medicamentos que puedan ayudar. Pero aún no tenemos las herramientas para profundizar en las conexiones de la mente y sus efectos en el comportamiento o las emociones.
—Emerson, la única forma de lograr adelantos en esta gran silla a la que llamamos medicina, es buscar la pata que más cojea y sacrificarse para entenderla, para repararla. Todo lo que ha hecho Charcot en Francia, Maudsley aquí en Inglaterra, sé que soy joven, pero tengo mucho que aportar.
—Créeme, esa silla tiene más de una pata coja.
No solo las enfermedades mentales. Aquí también hay tantos estudios, técnicas de cirugía y de recuperación que mejorar.
—Emerson negó convencido que había tanto camino por delante para ellos y sus sucesores—.
Edward, es una pena que dejes un hospital que hará brillar tu potencial cuando estábamos a punto de nombrarte médico adjunto. ¿Te ofrecen algo similar en Bethlem?
Negó.
—Sin embargo, no es la razón por la que deseo servir allí.
Sé que medicamentos que intervengan en el funcionamiento cerebral podrían marcar una diferencia, así como el estudio de lo que provoca los síntomas.
Por ejemplo, la melancolía… Vemos sus signos, pero no tenemos una certeza irrevocable de las causas.
Estoy seguro de que con más estudios podremos desarrollar tratamientos que le permitan tener una mayor calidad de vida a los pacientes.
—Te ofrezco un trato. — Lo miró reflexivo—.
El director de St Thomas me dijo que bajo concepto alguno acepte tu renuncia.
Eres necesario aquí, Edward. Aunque sé que allí también.
Acomodaremos tu horario y hablaré con el director de Bethlem para que ninguno se prive de tus servicios profesionales. Hay una opción muy interesante.
—Te escucho, Emerson.
—Como sabes, no tenemos pabellón de enfermedades mentales y nuestros estudiantes acuden a Bethlem para aprender sobre los trastornos.
Si aceptas el rango de profesor de desórdenes mentales y das una conferencia los viernes en nuestra escuela, puedes acudir a Bethlem de ocho a una de la tarde a estudiar casos clínicos complejos y dirigir investigaciones aquí.
Quédate como médico adjunto en St Thomas y estudioso de las enfermedades mentales, colaborando con el personal del Bethlem Royal Hospital.
Eso te dará prestigio académico, contacto con los avances médicos más modernos y la experiencia que persigues para tus exploraciones, sin obligarte a residir dentro del asilo.
—Lo que me ofreces es… —Cerró los ojos unos instantes. ¿Merecía tal consideración a su edad?
—Tenemos una de las más prestigiosas escuelas y tendrás acceso completo a los hallazgos más avanzados. En tu contrato se especificará una cantidad de horas significativas para la investigación —continuó Emerson tratando de convencerlo sin comprender que ya lo había ganado.
—Médico adjunto aquí y médico investigador allá —decidió en el acto.
A pesar de la carga física y mental que representaría, como doctor aún ligado a St Thomas tendría una autoridad que los médicos antiguos de Bethlem se pensarían dos veces antes de enfrentar—.
Significaría renunciar a mi consultorio, un precio alto a pagar.
¿En qué tiempo atendería a mis pacientes?
—Pero eso ya lo habías decidido cuando aspiraste a convertirte en médico residente en Bethlem.
—Lo sé. Solo pongo en orden mis ideas.
—Cinco días a la semana en St Thomas, incluyendo el jueves que es cuando se reciben más pacientes. Tampoco te la pondré fácil.
—Comprendo.
La mayoría de los médicos de su estatus acudían cuatro días a la semana.
—Es el precio por ir más allá de lo que la medicina ha descubierto —reflexionó Emerson en voz alta, pocas veces había conocido a galenos tan entregados como Edward, como él mismo—. Siempre puedes contratar a otro médico y supervisarlo para no cerrar tu consultorio.
Y para sus adentros, Edward añadió que también debería renunciar a su vida personal.
No lo dijo en voz alta o aquel le recordaría que lo hizo al aspirar a una posición en Bethlem.
Era muy fácil para Emerson, se había casado con Diane, una enfermera que llevaba años trabajando con él.
Ni siquiera tuvieron hijos. Prácticamente, vivía en el hospital.
Pero, en cambio, a él la ciencia quería reclamarlo entero… ¿Debía renunciar a lo que tenían los demás?
—¿De verdad me propones esto, Emerson? —Sí, sentía que alcanzaba el tope de sus ambiciones profesionales, para ese momento de su vida.
—En las mañanas en Bethlem y en las tardes aquí.
—Enarcó una ceja y continuó—: Así no tendrás objeciones de retirarte en un horario específico.
Siempre hay emergencias que se extienden hasta la madrugada.
El salario que te ofrecemos lo compensará.
Como médico adjunto en St Thomas trabajarás directamente conmigo y estaré a cargo de los permisos que necesites para tus investigaciones en Bethlem, también me interesa lo que puedas encontrar.
Tu rango aquí en St Thomas subirá, igual tu remuneración, seiscientas libras al mes.
Para alguien de tu edad no es nada despreciable.
Tenemos médicos adjuntos que perciben trescientas o cuatrocientas libras.
—Lo intentaré por un tiempo con la esperanza de que funcione, si el director de Bethlem Royal Hospital está de acuerdo y mi cuerpo no cae derrotado antes.
Porque nunca renunciaré a mis aspiraciones clínicas en el asilo.
Pero los sábados no cuentes conmigo, lo dedicaré a mi consulta particular y revisar a los médicos que deje a cargo.
—No descansas. ¿Cierto? Trato hecho, y claro que tu cuerpo resistirá. Aquí siempre encontrarás una cama donde puedas dormir un par de horas para reponerte, y la señora Bates te obligará a alimentarte como corresponde.
Le guiñó el ojo, mientras Edward se ponía de pie negando, emocionado por el reto, pero con dudas de si no había firmado su propia sentencia.
Quizás era demasiado ambicioso en el ámbito profesional, tal vez estaba destinado como Emerson a casarse con la medicina.