Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 15
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Valery tuvo una suerte enorme, llegó a tiempo para cambiarse y pasar al comedor a almorzar. La visita de Errol —aunque incómoda— la salvó de la reprimenda de su madre. Helen no daría un espectáculo delante del invitado.

Por suerte la duquesa no puso al corriente a su esposo, Helen era consciente de que a la primera que reprocharía el duque sería a ella por descuidar a su hija, y permitir que escapara de su vigilancia.

La señora Sable al parecer tampoco se enteró de nada, porque permaneció toda la mañana encerrada en sus aposentos, y no pudo percatarse de la salida y la entrada de su sobrina.

Su madre la miraba como si quisiera darle una regañina ahí mismo delante de todos, pero se contuvo por su propio bien. El duque y el ahijado estaban muy entretenidos hablando de un tema en particular. Valery escuchó sin proponérselo.

—¿Cómo que te han despedazado el carruaje y han esparcido las piezas desde tu casa hasta el Támesis? —inquirió asombrado Richmond.

—A alguien le ha parecido gracioso —protestó Errol tratando de no reflejar su molestia—. La policía se ha cruzado de brazos, ocurrió durante la madrugada y no tienen cómo descubrir la identidad de los delincuentes.

—¿Y los caballos? —preguntó Valery preocupada por los animales.

—Están bien. La guerra no es contra los caballos, es conmigo. No robaron el carruaje, solo lo dejaron inservible para mí. Sospecho que Edward Raleigh tiene algo que ver con esto —sostuvo Errol muy convencido.

—Parece que no todos en Londres te han recibido con los brazos abiertos.

—El doctor Raleigh no es de los que van por ahí cobrando venganza. —Valery no pudo guardar silencio.

—Pero es el único que tiene reproches en mi contra.

—Querido Errol, desearía tener un heredero para el título de tu tamaño, aunque no fuera mi hijo —explicó su padre con un tono de voz más sereno que en otras ocasiones.

Ninguno de los lacayos se atrevió a servir, Richmond con una seña de su mano le ordenó al mayordomo que despidiera al servicio del comedor—.

Mi respaldo alejaría a los bravucones de tu camino.

Los Sable son dichosos por tenerte, listo para hacer el magnífico papel de perpetuar el linaje.

En mi caso, no hay más ramas de la familia, así que viendo mi panorama decidí hace muchos años iniciar negociaciones discretas con abogados de la Corona, miembros distinguidos de la Cámara de Lores y contactos cercanos a la reina, buscando una extensión especial de sucesión para favorecer al primer hijo varón de Valery.

La aludida sintió que se le erizaba la piel que recubría la espina dorsal. ¿Por qué su padre ponía a Errol al tanto de cuestiones tan privadas de la familia? Solo sí… Continuó atendiendo.

—Lo escucho, padrino.

—Mis aspiraciones requieren un esfuerzo de toda mi familia para que nada amenace la aprobación real.

Nada como rumores, escándalos, el canto, una escuela en ciernes en manos de una dama que debería estar más preocupada por buscar un esposo adecuado, y no deslumbrada por la independencia femenina.

Cada decisión que tomen los miembros de esta familia tiene peso político, no solo emocional.

Por eso me pregunto, ¿por qué mi autoridad se ve socavada y nadie parece responsable de informarme que mi hija vendió algunas de sus pertenencias con tal de salirse con la suya?

Ya estoy enterado de que ha contratado un carpintero para que mejore las ventanas de la planta baja de la propiedad que le legó su abuela.

Y que ha ordenado como dueña y señora sin necesidad de darle cuentas a nadie, que el piano de la propiedad reciba mantenimiento.

Valery sintió que un escalofrío la recorría, vio a su madre, petrificada, con la vista clavada en la mesa. La tía Gertrude parecía decepcionada más de su hermana que de su sobrina, pero tampoco se atrevió a pronunciar palabra alguna.

Errol no intervino. No se veía desconcertado por lo que Richmond indagó y expuso en la mesa.

Valery se debatía entre el temor a las represalias de su padre y a la incomodidad de que todo quedara expuesto frente a Errol.

¿Cómo se atrevía su padre a tocar esos temas tan delicados con el invitado presente?

—Lo que aún no logro dilucidar es para qué fue primero a Primrose Palace, para después llegar con la duquesa de Norfolk a Allard House —continuó sin entender en qué momento su propia hija había traspasado tantas líneas que para él eran claramente infranqueables—.

¿Desde cuándo somos íntimos de los Allard?

Menos desde que el doctor Raleigh se comportó tan poco honorable en la carrera de botes.

Espero que no hayas ido a ponerlo al corriente de nuestra opinión sobre su actuar, porque de eso nos hemos encargado nosotros.

—Una mujer con propósito propio es difícil de controlar.

Podría rechazar el matrimonio o elegir por sí misma —recitó la señora Sable como si todavía estuviera enseñando lecciones arcaicas en la escuela para señoritas.

Esas ideas preconcebidas de cómo debía comportarse una dama a las que el Comité Rosas Inglesas se oponía por completo, y querían reformar.

La madre de Valery asintió con la cabeza gacha dando su aprobación a las palabras de su hermana.

—Usted tiene sentido común, cuñada. A partir de ahora queda al frente de esta casa hasta que su hermana recobre el suyo.

Mi hija le deja una nota a su madre asegurándole que va a desayunar con la duquesa de Norfolk.

Y mi propia duquesa decide esperar a que la señorita regrese. —Soltó una exhalación de frustración.

Valery apretó los puños por debajo del mantel, su madre no se defendía, no protestaba. Le dolió por ella, porque indirectamente la había metido en problemas con la intransigencia de su esposo.

Pero no podía compadecerse, porque Helen se volvería más dura con ella, lo veía venir. Lejos de que unieran esfuerzos, su madre trataría de controlarla más para recobrar su lugar en aquella casa.

Ninguno en esa mesa la haría retractarse de sus aspiraciones.

La escuela de canto ya no era un simple sueño, ahora representaba su autonomía.

Abrirla significaba administrar dinero, tomar decisiones, tener un propósito, crear algo suyo fuera del ducado.

No lo gritó en voz alta porque sabía cómo funcionaba esa familia, solo la reprimirían más. Necesitaba ganar tiempo.

—Errol, como ha sugerido mi cuñada, eres la solución perfecta.

La duquesa levantó la cabeza, como si tampoco hubiese esperado escuchar aquella revelación.

—Lo es, cuñado.

—Absolutamente —ratificó el duque—. Evita riesgos, facilitará la aprobación de la Corona, y el patrimonio Sable y Richmond se consolidarán como uno, haciendo a los dos títulos más fuertes y poderosos. Creo con sinceridad que es lo mejor.

Valery palideció. Su padre estaba dando por un hecho que debían Errol y ella desposarse. ¿Por qué Errol no mostraba asombro?

¿Lo sabría? ¿Estaba de acuerdo?

Tragó en seco, tan mortificada. Claro, su posición de abogado de la iglesia sumaba puntos a la decisión de su padre porque aportaba influencia moral, prestigio social y poder indirecto, más con sus conexiones. ¡Y era un vizconde!

—Para todos es excelente la decisión que acaban de tomar —protestó Valery—. Qué ilusa por creer que la idea no es premeditada. Están confabulados. Errol es en quien usted ha puesto sus esperanzas, no en mí. Lo pondrá como esbirro a vigilarme para que sus aspiraciones no corran riesgo, padre.

—Si vuelves a llamar así a Errol, no responderé —continuó Richmond sin alzar la voz, pero firme y con tono amenazador.

—Los tres están encandilados por Errol. ¿Y qué soy yo? Solo un vientre con la sangre correcta donde engendrar al heredero, sin deseos, sin sentimientos a valorar.

—No lo veas así, pequeña. —Gertrude abrió mucho los ojos para pedirle a Richmod que la dejara intervenir para calmar a la muchacha—.

Es hermoso lo que pretendemos crear, Errol y tú no tendrían fallas.

Es estable, moralmente impecable, políticamente prudente, racional, disciplinado.

Se comportará a la altura de las circunstancias en todo momento.

Jamás haría algo escandaloso. Es el candidato ideal, y además es nuestro, conocemos su crianza, su entereza.

No es un desconocido que tendremos que probar.

Admira profundamente el deber como te correspondería también a ti, Valery.

Estamos unidos por defender el título de tu padre.

—Gracias, querida tía Gertrude, por tenerme en alta estima. —Errol nunca había recibido tantos halagos, pero creía que los merecía todos.

—Basta ya, muchacha. No seguiremos rogándote —zanjó Richmond—.

Errol entiende de protocolo, de legados y jamás desafiaría a la Corona.

Mientras sostenga como me afirmó cuando cerramos el trato, que el canto es impropio fuera de una cena familiar, un concierto entre debutantes o un evento discreto, tiene tu mano asegurada.

Si abres esa escuela o te exhibes dando un concierto en situaciones inapropiadas para una dama terminarás siendo rechazada por la sociedad.

¿Pretendes arruinar la oportunidad de tu futuro hijo de convertirse en duque?

—Quiero que mi hijo sea el duque de Richmond si lo consigue por el camino honorable, no pidiéndole a su madre renunciar a todo lo que ama. Y sé que mi hijo no me lo pediría. ¿Pretende anularme, padre?

—¡No intento destruirte, trato de salvarte de ti misma! —gritó ofuscado golpeando con fuerza la mesa—. El deber trae estabilidad.

Valery ya no pudo más, se puso de pie sin esperar compasión o comprensión de nadie más en aquel comedor. Con las lágrimas desbordadas salió corriendo ante la mirada ofuscada de su padre y el temor a opinar de Gertrude o Helen.

—¿Me permite ir tras ella, padrino? —solicitó Errol pero ya estaba de pie—. Tal vez no nos hemos encontrado en las mejores circunstancias. Quizás habría sido menos traumático para Valery si me hubiese dejado acercarme primero.

Richmond le hizo una seña para dar su consentimiento.

—Consuélala, quizás así se suavice contigo.

Valery corrió desahuciada hacia las escaleras, todo su cuerpo temblaba. ¿Casarse con él? ¿Entonces la última conversación con su padre donde le garantizaba que le daría un tiempo prudente para elegir era solo parte de la manipulación a la que la sometían todos en la casa?

—Valery… —La voz de Errol la detuvo al pie de los escalones.

—Usted es la última persona con la que deseo hablar ahora.

—No soy su enemigo. Conversemos. No soporto verla así. Permítame protegerla, incluso de su padre.

—Entonces haga lo más honorable. Niéguese. No pongo en duda que sea un candidato correcto o no. Quizás elegirlo sí facilitaría el visto bueno de la reina sobre la nueva patente. Pero preferiría enamorarme espontáneamente de mi futuro esposo, de un modo menos conveniente, sin presiones, sin cálculo.

—¿Podemos volver a empezar? Deme la oportunidad de demostrarle que podría ser su elección.

—Ahora no. Por favor, déjeme en paz. Usted ya ha tomado su decisión, debo reflexionar sobre la mía, a solas. No invada, no insista. Necesito espacio.

Subió ágil por los escalones. Su instinto la prevenía, alejarse de Errol era lo que la mantendría a salvo.

Sus piernas corrieron renuentes a detenerse. Recorrió pasillos, abrió y cerró puertas y cuando frenó de golpe se dio cuenta de adónde había llegado: el salón del viejo pianoforte.

La puerta permanecía cerrada. Trató de accionar el picaporte, pero este no cedió, estaba pasado el seguro.

Tocó tres veces con la palma, desesperada por encontrar un consuelo o alguna respuesta. Por un instante, todo lo que quería era refugiarse ahí, donde ese cálido papel tapiz le recordaba el de su escuela de canto a medio empezar.

Y cuando menos esperanza albergaba, su cuerpo escuchó claramente tres toques sobre la superficie de la misma madera que ella había golpeado.

—¿Quién está ahí? ¡Revélate! —exigió con la voz temblorosa.

Silencio.

Al no obtener respuesta, quiso buscarla en la habitación aledaña. Quizás ahí podía encontrar las pertenencias del huésped misterioso y con las pruebas tratar de adivinar su identidad. Accionó el pomo, pero tenía la llave echada.

Gritó de frustración y entonces las notas de una melodía, casi imperceptibles se dejaron oír… Después un poco más altas, hasta que la envolvieron por completo, brindándole el amparo que su alma tanto precisaba.

La música era tan hermosa, jamás la había escuchado en otra parte más que proveniente de las manos prodigiosas del huésped misterioso.

Pegó la frente a la habitación del pianoforte y se dejó atrapar por la belleza de las notas… Se perdió en su vaivén tan envolvente como un abrazo.

—¡Valery, ¿qué hace aquí?! —Una voz masculina la sobresaltó, la reconoció en el acto sin siquiera mirarlo. Incluso, cuando siempre le habló con respeto y esa era la primera vez que le gritaba.

Errol Sable.

—Escuchaba la música que se detuvo cuando me llamó. ¿Alcanzó a oírla? Parece que alguien se hospeda en estas habitaciones. ¿Me ayuda a descubrir de quién se trata?

—No escuché nada. No deberíamos estar aquí, menos a solas. Volvamos abajo. La discusión con su padre la ha agotado. Pediré que le suban algo de comer a su habitación.

—No lo haga, no tengo hambre.

—Pero no ha comido nada… Y me dijeron que también se saltó el desayuno.

—No me tiene, Errol, y por más que se esfuerce es probable que jamás me tendrá.

No persevere, no se desgaste. No se ilusione con las ideas de mi padre.

Estamos a punto de continuar con nuestra relación cordial como parientes o sumergirnos en una guerra que no conocerá precedentes.

Nadie me convencerá de hacer nada que yo no quiera.

—Pensé que era una dama sensata. No es más que una muchacha malcriada que jamás se ha tenido que esforzar por nada en la vida. Nació como la hija de un duque y cree que por ello todos debemos rendirnos a sus pies.

—Se equivoca. Una cárcel, aunque sea de seda y diamantes, también es una cárcel.

No tiene idea de lo frustrante que resulta crecer como la hija de un duque.

Jamás me han permitido ejercer mi voluntad.

Debo consultar cada paso que doy y pedir autorización para proseguir.

No me mire con esa cara de mártir, yo no le he exigido ningún sacrificio.

Lo dejó con la palabra en la boca porque ese hombre no tenía intenciones de ceder, sostenía que la razón estaba de su lado. Y Valery ya había tolerado bastante.