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Recordó que sus amigos se habían reunido en ese nuevo club al que migraron cuando a uno de ellos, no le permitieron volverse miembro de White’s.
The Red Cave no era un club precisamente para caballeros.
Había señores que no encajaban en los círculos más exclusivos de Londres, poderosos hombres de negocio que hacían funcionar el reino entero, aunque no poseyeran títulos y no obtuvieran entrada a ambientes más selectivos.
Ahí estaban reunidos los cinco: Hayden, Frederick, Zachary, Cailean y Broc.
Valentine, duque de Hayden, con un brandy en la mano y justamente haciendo un comentario despectivo en contra de Richmond.
—El muy insensato está levantando cabeza —gruñó tras pasarse la mano por su corta melena rubia color miel—.
Me debato en si ya tuvo suficiente castigo y lo dejo avanzar o lo hundo otra vez.
Mi querida Ettie se inclina por la primera opción, pero sé que lo hace por su amiga, lady Valery.
A fin de cuentas, si destruyo a Richmond, la joven podría sufrir las consecuencias.
—Los hijos no deben ser castigados por las faltas de sus padres.
—Zachary Moray, marqués de Blair, lo sabía bien.
Hizo una mueca de fastidio y sus ojos extremadamente azules brillaron bajo el efecto de las luces a gas del lugar.
—En el pasado, su progenitor cometió muchos errores.
Su hermana Charlotte y él habían lidiado con las consecuencias de sus decisiones.
—Parece que Richmond no es muy hábil haciendo amigos —masculló entre dientes el cuñado del anterior, Frederick Banes-Ashworth, conde de Cumberland.
—En tu periódico ese duque tampoco sale bien librado.
En el último número le diste tal escarmiento que no creo que le queden ganas de proponer leyes en el Parlamento.
Si sigue molestando se buscará que Hayden lo desplume de nuevo.
—Todos se le quedaron mirando al último que habló, Broc MacKenzie, el responsable de que abandonaran White’s hasta que le abrieran las puertas—.
¿Qué sucede? ¿Por qué me miran como si tuviese un nido de pájaros en la cabeza?
Sé que mi peinado no es el último grito de la moda para un caballero, pero tampoco soy uno.
Zachary le había pedido a Frederick que contribuyera a refinar los ásperos modales de Broc y que le diera algunas recomendaciones de etiqueta para mejorar su imagen, ya que Frederick era el más presumido de los seis.
No obstante, Broc era esquivo cuando le tocaban el tema.
Estaba muy feliz con su aspecto y sus maneras. A las damas las enloquecía.
—Nada, Highlander, supongo que se quedaron con la misma expresión que puse yo cuando supe que leías —dijo irónico Frederick, y se encogió de hombros mientras el aludido lo miraba con cara de pocos amigos.
— Och, nae . No leo, solo compro The Golden Gazette porque te pertenece, para contribuir a que no te mueras de hambre —agregó Broc MacKenzie y dio un largo trago a su whisky para no arruinar su reputación.
Después, acomodó su melena rebelde de la que estaba muy orgulloso.
Maldijo para sus adentros por su descuido al escapársele que leía la columna.
Solo Frederick sabía hasta la fecha que era más instruido de lo que aparentaba.
Le hizo una torpe seña al periodista para que no hablara de más.
Tenía una imagen que cuidar. Y estaban en un sitio muy público.
Cailean MacAlister su primo, que lo conocía bien, carraspeó; pero no se atrevió a hacer un comentario al respecto. Sabía que Broc era, de cierta forma, hermético y huraño hasta con sus amigos, y las razones de su carácter. No lo aprobaba, pero no era el más indicado para hablar.
Prefirió desviar el tema de la mente de todos: Broc y lectura.
—¿Qué es lo que están tomando? —bramó el pelirrojo escocés—.
Pediré que tiren el contenido de sus copas.
El dueño de The Red Cave acaba de comprar lo mejor del Whisky MacAlister, pidamos que nos sirva algo de más calidad.
No voy a corromper mi paladar bebiendo otra cosa.
Menos tú, Hayden, eres mi socio en la destilería.
Todos rieron.
—Pues el único que no lo está tomando es Hayden, que todavía tiene gusto por el brandy. —Se burló Frederick—. Los demás pedimos tu whisky antes de que nos lo recordaras.
—En ese caso brindemos ¡ Sláinte ! Para todos menos para Hayden —dijo jocoso Cailean.
— Sláinte Mhath —replicó Broc alzando su copa.
— Och , nuestro estimado Edward tiene su copa vacía porque acaba de llegar —observó Zachary.
—Y no beberé alcohol —repuso el aludido—, tengo trabajo en una hora.
Prefiero llevarme algo más sustancioso a la boca.
El estómago me ruge. Acudí a la casa de mi hermano a almorzar a insistencias de mi madre y tuve que abandonarla antes de probar bocado.
Oí a las damas de mi familia complotando a mis espaldas acerca de cómo acabar con mi soltería.
¿Por qué se obsesionan con casar a los solteros de la familia?
—Es lo bueno de estar muy lejos de casa, Edward —intervino Broc—. Aunque en mi familia a nadie se le ocurriría tratar de exigirme nada. Tal vez debas poner cara de bruto salvaje y loco cuando estés en presencia de ellas, dejarán de insistir.
—Dudo que a Edward le funcione —repuso Frederick—. Aunque ponga su peor semblante esas damas con las que vive son de armas tomar, sobre todo lady Abbott. Osé retarla al inicio de la temporada, terminé casado y enamorado. Apenas vamos por abril.
Las toscas carcajadas varoniles inundaron la estancia y nadie los mandó a callar. Eso les gustaba de The Red Cave, en ese lugar tenía cabida el lujo, pero sin reglas tan estrictas como en clubes más conservadores como del que salieron huyendo.
—Volviendo al tema acerca de Richmond opino que no lo lleves a la bancarrota por su hija.
—Edward no podía sacarse de adentro la aflicción del semblante casi etéreo de Valery.
Su cara era como la de un hada o ángel, tan llena de benevolencia—.
Esa criatura sufriría los estragos y no necesita una carga extra, con el padre que tiene ya es suficiente castigo.
Aunque si de mí dependiese ya habría sujetado del cuello a Richmond y lo habría obligado a dejar de ser un abusivo.
—Oh, Edward, no sabía que tampoco te simpatizaba Richmond. —Frederick observó mientras movía su copa de coñac entre sus dedos—. Y, por cierto, Cailean mentí, no estoy bebiendo tu whisky , pero lo haré al terminarme este sorbo. Lo mejor se deja para el final.
—El aroma me llega hasta donde estoy, Látigo . Sé que eres más astuto que un zorro. Solo aguardaba para ver hasta cuando reconocerías que no bebes algo que de verdad merece la pena. —Cailean le siguió la corriente.
—Lady Valery es agradable y le ha tocado una familia detestable.
Por cierto, sus esposas asaltaron mi comedor hace algunas mañanas con una petición especial —dijo Edward señalando con el mentón a Hayden y Frederick—.
Querían que examinase a la señora Sable, pero esa arpía es más escurridiza que yo mismo cuando me hablan de matrimonio.
—Veo que Ettie y Charlotte no son buena compañía para ti, si le llamas arpía a una mujer —puntualizó Frederick.
—Es que esa mujer en particular es más peligrosa que nosotros juntos si no la mantenemos a raya.
—Hayden no la soportaba—. Si descubro que está mintiendo y se quiere pasar de lista quedándose en Londres, yo mismo seré la fuente para The Golden Gazette .
Aunque no sé si contar sus abusos de poder mientras era maestra en mi escuela arruinaría la reputación intachable de English Roses School.
—Cuéntanos más de tu altercado con Errol Sable —pidió Zachary apretando uno de sus puños—. Justo hablábamos del tema cuando llegaste.
—No se preocupen por ese estirado con ínfulas de grandeza porque ahora es vizconde. Ya ajustamos cuentas.
—No si ganó la carrera de botes con trampas —protestó Cailean—. Mi primo y yo hemos iniciado investigaciones a petición de Frederick.
—Decidimos que, si el sinvergüenza manipuló tu asiento para quedarse con la victoria, debemos exponerlo. Publicaré una nota muy polémica si encuentro las pruebas de su culpabilidad —expuso el aludido—. Habría mandado a mis hombres, pero los primos escoceses se ofrecieron.
—¡¿Que hicieron qué?! ¿Ahora trabajan para The Golden Gazette ?
—Somos un grupo, debemos proteger a los nuestros —espetó Cailean travieso—. Pronto tendrás noticias y te reirás muchísimo, och aye . Errol tocó a uno de los nuestros, y su osadía exige un precio a pagar.
Las toscas carcajadas de Broc, que se asemejaban más a gruñidos, hicieron que varias cabezas se giraran hacia la mesa.
—A mí me parece fantástico. Pero si somos algo así como una hermandad, habrá que elegir a un cabecilla.
Me ofrezco para el puesto. —Hayden enarcó una ceja, muy entretenido.
Desde que los escoceses, Zachary, Cailean y Broc se unieron a Frederick, Edward y él, trajeron consigo un elevado sentido de lealtad y procedimientos más estudiados que los llevados a cabo por un general para enfrentar a los enemigos.
—¿Deberíamos buscarnos un nombre como el de nuestras esposas, las Rosas Inglesas? —Zachary bromeó al ver que Edward negaba.
—Un nombre para nuestro grupo conformado por el Látigo, Rey Midas —añadió Edward burlón—, Highlander, Laird, Ogro Gruñón y un servidor.
¿Cómo podríamos denominarnos? —Se rio como hacía rato no lo hacía, mientras sus amigos en el orden que los había mencionado se le quedaban observando, deliberando si estaban a gusto o no con sus apodos.
—Del Látigo ya no te salvas, Frederick, es de conocimiento de todo Londres y ninguno aquí tiene culpa de haberte bautizado así. —La risa de Zachary era contagiosa, mientras Fred hacía una mueca de descontento—. Tú solo te lo buscaste.
—Tienes suerte que la opinión pública te ame. No como a mí. Rey Midas, no todos tenemos tu habilidad para convertir lo que tocas en oro. —Frederick se dirigió a Zachary.
—Laird y Highlander tampoco están terribles —dijo Hayden estudiando cómo les decían los amigos cercanos a Cailean y Broc respectivamente.
Después añadió con el ceño fruncido y cierto reclamo en la voz—.
Hablaré seriamente con mi esposa al llegar esta noche a casa.
Su ingenio belicoso y rebelde me ha dejado con el peor sobrenombre de todos.
Y lo más terrible es que fue ella justo a quien se le ocurrió.
—Es que Ettie es tan ocurrente —soltó Edward tratando de no reírse ante tan hilarante situación. Ettie y Hayden se conocieron tiempo atrás en circunstancias adversas, cuando ella era la alumna sonriente y rebelde, y él el dueño gruñón y autoritario del internado.
—Lo es. —Hayden negó reprimiendo un gruñido. Esa noche haría más que hablar con su mujer, le recordaría en la cama cuán gruñón podía ser. Aún, a más de un año de casados, ella seguía enloqueciéndolo de pasión por completo.
Edward ya no pudo seguir reprimiendo su carcajada y esta explotó frente a Hayden que continuaba con el rostro ceñudo. Todos los demás trataron de ser solidarios, pero igualmente estallaron de risa.
—Al menos tengo un apodo que inspira temor. —Se consoló Hayden.
Todos tuvieron que recobrarse para tomar aire, casi sin aliento, ahora sí los ocupantes de otras mesas los miraban de vez en vez. Seguramente era envidia porque se la estaban pasando muy bien.
—Yo dije que mi whisky era especial y no me creyeron —terció Cailean.
—¿Cómo se llamará nuestra hermandad? —insistió Zachary.
—Solo espero que no elijan un nombre muy inglés como sus mujeres. Rosas Inglesas es insultante para Charlotte, más escocesa no puede ser, se le nota demasiado —masculló Broc.
—Es por la escuela donde estudiaron, Highlander, y ese comité que erigieron es para tomar decisiones sobre el colegio —le aclaró Cailean y el primo asintió, con la nariz arrugada, seguía sin agradarle—.
Amigo Edward, ¿y a ti cómo te bautizamos?
—insistió Cailean al notar que solo él se libraba de un apodo.
—Edward me encanta, no se atrevan a dirigirse a mí de ninguna otra forma. Son pocos los que me llaman por mi nombre, la mayoría me dice doctor o señor Raleigh. Quiero ser Edward para mis amigos, sin más.
Todos volvieron a reír como si ese whisky tuviera la capacidad de ponerlos de buen humor.
—Edward será… —Frederick intervino y las carcajadas guturales y varoniles continuaron.
—Parecen unos mozalbetes alborozados. —Edward entendía el efecto que causaba la camaradería en ellos, cada uno con un pasado difícil—.
También me alegra que hayamos conformado esta alianza.
De haber sabido, los habría convocado a golpear a Errol por mí, mis dedos de cirujano me lo hubiesen agradecido.
—Con gusto habría tomado tu lugar. Es más, estoy aburrido, llevo mucho tiempo sin golpear a nadie —bramó Broc genuinamente fastidiado por haber perdido la oportunidad.
Broc MacKenzie estaba a cargo de The Crest Stud, el negocio que él y Zachary abrieron juntos para criar caballos; pero Broc lo dirigía desde que Zachary se quedó al frente de sus hoteles.
El escocés era un hombre muy ocupado que trabajaba incansablemente cuidando a sus animales, cerrando tratos comerciales sobre la venta de purasangres o caballos de tiro.
Edward se sorprendía que pudiera funcionar tanto en los establos, ayudando a una yegua a traer su cría al mundo, como dirigiendo un negocio exitoso y concertando ventas con miembros de la aristocracia.
Brindaron y rieron, y cuando llegó la hora, Edward se despidió de sus amigos.
Tenía un día ocupado y debía volver al trabajo.
Las dos horas que tomó para almorzar con los suyos pasaron rápidas.
La primera con lady Valery. La segunda compartiendo con sus amigos para no tener que ser acribillado a preguntas y consejos si se enfrentaba a las mujeres de su familia.
No quería casarse, pero si la candidata era ella, ¿se negaría igual?
Prefirió no responder. Había escuchado tanto a Valery como a lady Abbott.
El duque de Richmond jamás lo aceptaría como yerno, más después del enfrentamiento con Errol.
Y Valery, por Dios, Valery merecía ser feliz. La vida de la esposa de un médico era muy sacrificada, no compaginaba con el destino de la hija de un duque que debía casarse con un lord y tener una vida sosegada.
¿De dónde sacó su tía que ellos dos juntos podían funcionar?