Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 13
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Una candidata excepcional y, sobre todo, por completo por encima de sus posibilidades, si el matrimonio estuviera en sus planes. Lo tenía muy claro, aunque no lo diría en voz alta.

Lo referente a sus posibilidades porque se traicionaría a sí mismo si reconocía que el estatus establecía que una persona era menos valiosa que otra. Aunque para la sociedad fuera así.

Y lo segundo, lo concerniente a su decisión de mantenerse soltero, porque prefirió no repetirlo para no causarle una humillación, sería completamente una descortesía.

Verla ahogarse donde daba pie a la perfección despertó la ternura en el corazón de Edward, lo habría tomado con humor, pero al comprender que estaba tan ofuscada prefirió imprimirle seriedad al asunto.

Entendía que tras la pérdida de una suma tan importante que tenía destinada para su propósito de vida estuviese tan confundida. Sin embargo, no entendía cómo Valery continuaría el linaje. Tampoco quiso preguntar…

Y sí propuso aquel paseo por El Serpentine para escuchar todo lo que la angustiaba. Si podía servir de ayuda lo haría con gusto, pero también la invitó porque ella le agradaba. No para casarse, sí como una amiga, sí como persona.

¡Había alguien que lo escucharía de inmediato!

¡Y tenía que hacerlo antes de que su tía le contara sus planes a su madre!

O ya no tendría que esquivar a una casamentera, sino a dos.

Demasiado tarde. Antes de introducirse en la estancia escuchó sin que lo vieran llegar.

—Agatha querida, escúcheme bien. Se lo contaré en confidencia, pero no puede repetir esta información confidencial. La hago partícipe porque es una de las partes interesadas, y como la madre de Edward su aprobación es importante.

—Soy toda oídos.

Elizabeth, la cuñada de Edward, que también estaba en la sala de estar agudizó los sentidos.

—Tía, ¿en qué se ha metido esta vez? —Enderezó la postura, para no perder detalle.

—Tu opinión también es valiosa, como condesa de Allard y esposa del cabeza de familia. —La picardía en los ojos de lady Abbott brillaba, tanto que no pudo esperar para informarlas de su hallazgo.

—Abbott, ¿por qué el misterio? —Comenzó a preocuparse Agatha.

—Edward podría convertirse en el futuro padre de un duque… —soltó y ya no pudo continuar reclinada en su mullido sillón orejero. Se puso de pie y tomó asiento en el amplio sofá que compartían las dos.

Las damas se quedaron con las bocas abiertas, y Edward que escuchaba sin que se percataran que estaba bajo el umbral de la puerta, con las manos en las caderas, también se quedó estupefacto.

—¿Mi Edward? ¿Padre de un duque? —Agatha no entendía qué tenía que ver su hijo con un título tan distinguido.

—Además, el muchacho ganaría una esposa insuperable. Lady Valery Belcher una dama encantadora, de un carácter que según mi juicio compagina con el temperamento de Edward. Hermosa, dulce, elegante. Ambos poseen una propiedad, así que están en igualdad de condiciones.

—¿Está delirando, tía? Ella es la hija de un duque, la única.

—Elizabeth se preguntaba cómo su tía tenía tanta facilidad para meterse en embrollos de los que era difícil salir.

¿Qué estaba tramando en ese momento? Suspiró—.

¡De ese duque! Richmond es insoportable.

Tenerlo como suegro no es una bendición.

Edward es nuestra joya y quien lo despose tendrá un hombre valioso a su lado, pero Richmond no le entregará la mano de lady Valery.

—¿La hija del duque de Richmond? —Agatha se llevó la palma al pecho, casi a punto de pedir las sales; pero le intrigó tanto el tema que puso de su parte para tranquilizarse.

Necesitaba saber más—. ¿Usted cómo piensa hacer para que lady Valery despose a Edward?

Yo sí estoy interesada en escuchar qué ha tramado.

Su excelencia debería agradecer al cielo que mi hijo muestre interés en la suya.

—Querida suegra, no le dé alas a mi tía. Hasta donde sabemos Edward no ha manifestado su inclinación por el matrimonio en general, y en particular tampoco por lady Valery Belcher. —Elizabeth trataba de que las mujeres se serenaran, pero ellas ya veían a los contrayentes en el altar.

—Primero necesito que The Golden Gazette colabore con nuestra causa.

Dos o tres notas sobre Edward serán necesarias.

Unas para hablar del carácter simpático de nuestro muchacho, eso alejará rumores sobre el altercado ocurrido durante la carrera de botes.

Otras para enfatizar su magnánimo corazón, así la opinión pública interpretará su incursión en Bedlam como solidaridad con los afligidos, y se destruye cualquier estigma que su nuevo puesto pueda traer sobre su potencial como pretendiente de la hija del duque.

Lady Abbott tomó aire al terminar la última palabra, había hablado casi sin respirar.

—¿Cree que sea suficiente? —inquirió Agatha, pero con la esperanza rondándole.

—Para que el futuro hijo de Valery pueda ser duque debemos anular cualquier posibilidad de rumor o escándalo que atente contra la reputación de Edward. —Lady Abbott estaba decidida.

—¿El duque de Richmond ha pedido una patente real para modificar parcialmente la sucesión del título? —Elizabeth no recordaba si alguna vez había sido testigo de algo así.

—Así es querida.

—Interesante —agregó Elizabeth—. Pero por qué ha pensado en Edward a la hora de buscar un candidato para lady Valery si él ha dado muestras suficientes de que el matrimonio no está en sus planes por ahora.

Edward estaba a punto de despegar los labios para emitir una frase de saludo.

Quería ver qué cara ponían cuando por fin dejaran de estar tan concentradas en el jugoso cotilleo sobre su persona y se enteraban de que llevaba rato escuchándolas.

Pero lady Abbott volvió a intervenir. Al oírla, él se quedó inmóvil prestando atención.

—Lady Valery no desea que su padre elija a su futuro esposo por ella. Me ha dado sus requisitos y no creerán cual fue mi sorpresa al percatarme que Edward encajaba a la perfección.

—Por favor, quiero oírlo. ¿Cuáles fueron esos requisitos? —inquirió Elizabeth.

—Sí, sí, hable, querida, o ahora sí me tendrán que traer las sales —la apuró Agatha.

—Que no se entrometa en sus aspiraciones, o sea su escuela de canto, también lo busca instruido, limpio, comprensivo, moderno y, sobre todo, que haya atracción de ambas partes.

—Tía, no creo que esté describiendo a Edward, aunque coincide en casi todo. Solo faltaría averiguar si se atraen y si ella está dispuesta a desposar a un hombre tan ocupado.

—Mi intuición me dice que ella lo ha descrito a él. Y una vez observé a Edward absorto mirando a lady Valery mientras cantaba. Fue en la inauguración de la Casa de Correspondencia de la condesa de Cumberland.

—Son sus apreciaciones. No obstante, lo primero que debe hacer usted antes de armar ese revuelo es consultar a Edward.

—No, querida Elizabeth. Una casamentera debe ser más sutil o el esposo en ciernes se escurriría antes de que consigamos atraparlo.

Y justo fue lo que sucedió. Tras escuchar los requisitos de Valery, Edward no pudo continuar allí y salió tal como había llegado, en silencio, y sin que ninguna se percatara de su presencia. Las mujeres estaban muy exaltadas y él no tenía suficiente disposición para lidiar con ellas en ese momento.

¿En serio era eso lo que una joven mujer como Valery, con el mundo a sus pies, buscaba para su futuro esposo?