Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 12 #2
26%

12 #2

—Lo siento, le he robado tanto tiempo. Solo quería decirle que he intentado por todos los medios examinar a su tía y ha sido muy eficiente para evadirme.

Ahora, no creo que sea el momento más idóneo para visitar su casa.

Como le comenté, su padre y yo tuvimos esas diferencias.

Pero me encantaría continuar la conversación…

¿Y si la invito a una sana caminata por El Serpentine? ¿Cree que su padre se oponga?

—Oh, sé lo que intenta hacer… Charlotte me contó cuánto ayudó a su hermano cuando pasaba por ciertos altibajos tras sus desavenencias con su padre.

Y yo le he soltado toda mi angustia de golpe…

Y, quizás, usted solo por educación ha escuchado mi retahíla de…

—Se cubrió el rostro, apenada por abrirse delante del caballero.

Volvió a preguntarse llena de vergüenza por qué su alma se abrió sin más con él, cuando no lo hizo aquella mañana con Bonnie y tampoco con Grace. Y, sin embargo, con él su voluntad de hablar se desbordó, las palabras le salieron hasta por los codos…

—No, esa no es la razón.

—Disculpe —lo interrumpió y comenzó a caminar hacia el carruaje, atormentada.

—Aguarde…

—Doctor, usted es tan sincero y tan… cálido… No puedo mirarlo a los ojos y ocultarle la verdad, menos permitir que más tarde me acuse de clavarle un puñal a traición. Tiene que saber por qué vine hoy a Allard House…

Uno de los mechones de su cabello, en ese momento inoportuno, se salió de su recogido, y además tuvo que batallar con regresarlo a su lugar.

Honey cansado de esperar por su dueña, ladró con desespero desde el carruaje, llamándola.

—Lady Valery, no está obligada a decirme absolutamente nada, menos la razón que la trajo a la casa de mi hermano.

—Vine a solicitar los servicios de su tía, la casamentera. —Lo miró con ternura contenida, aguantando un suspiro.

—Ni así tendría que contarme. No está obligada. —Pero la sorpresa se reflejaba en su rostro de forma precisa.

—Quizás sí, más si le afecta.

—¿Cómo podría afectarme?

—Es que he venido a solicitar los servicios de lady Abbott porque para cumplir con las necesidades del ducado debo casarme, y no quiero hacerlo con quienes mis padres elijan por mí.

Tal vez me dejé llevar al dar mis requisitos, no sé por qué lady Abbott consideró que…

que el posible candidato para mí podría ser usted.

—¿Qué? —Los ojos de Edward se abrieron desmesurados más de lo habitual.

—Oh, lo siento tanto. Perdón. —Se disculpó por enésima vez. Avergonzada se mordió el labio inferior—. No alimenté sus esperanzas. Ni quiero ser descortés. Sé que detesta que su tía intente acorralarlo.

—Valery —la llamó por su nombre y ella dejó de hablar, con una quietud cada vez más grande apoderándose de su alma—. Valery… Calma.

—Por supuesto, me calmo —repitió muy lento, como hipnotizada por el sonido de su voz.

—No voy a culparla. —Volvió al trato formal, pero había cierta familiaridad en la voz que se sentía tan tibia como cubrirse con una manta y sentarse cerquita de la chimenea en invierno—.

Mi tía siempre piensa en mí cuando una señorita o dama que es una excelente alternativa acude a ella a solicitarle sus servicios…

—¿Una exce-len-te al-ter-na-tiva? —balbuceó. Sin escuchar todo lo demás.

—Hija de un duque, con una dote seguramente decente, con modales exquisitos, una dulzura inigualable, y con sueños… —Le guiñó un ojo sin malicia—. Usted está en la cima de la pirámide de una buena candidata. La joya de la temporada.

—¿Una dulzura inigualable? —Volvió a morderse el labio—. ¿En la cima de la pirámide?

—¿No me diga que no lo sabía? —Sonrió de medio lado.

¿Ese hombre no era consciente del daño que causaba? Hablaba tan relajado, incluso bromeaba. Para él era una charla sin mayores implicaciones, para ella era una sentencia. Concluyó que estaban en distintos canales.

—Yo… Supongo que no le doy valor a ciertas cosas como ser la hija de un duque o la dote…

—Tampoco.

—Pero me agrada que usted considere que la dulzura, los modales y los sueños tengan tanto valor…

para su tía, quise decir para su tía. —Hizo un gesto de pesar, cada vez que abría la boca se hundía más—.

Sé que usted no pretende casarse y no quiero perder su simpatía por considerarme una joven obsesionada por atrapar a un marido.

—Nada la hará perder mi simpatía. —Seguía viéndose tranquilo, sincero, como si las palabras reveladas no lo afectaran en lo absoluto.

—Y no estoy obsesionada por casarme. Lo retrasaré todo lo que pueda. Jamás iré al altar hasta no encontrar al hombre adecuado.

—No tiene que darme explicaciones, ni sentirse juzgada. —Ahora parecía que la consolaba y Valery se sintió fatal.

—Si he considerado casarme, pero por razones de honor.

El ducado me necesita y me honra que la línea sucesoria descienda directamente de mí.

Por lo anterior, preciso buscar un esposo que contente a la Corona, pero no tiene que ser usted.

—Tragó de golpe al tiempo que pensaba por qué no podía callarse y huir mientras le quedara dignidad.

—Supongo que no —murmuró cruzándose de brazos, ya hablaría con su tía al respecto.

—Elegiré entre las opciones que me brinde lady Abbott, en cuanto haya considerado a otros candidatos. Ahora me marcho o mi perro sufrirá una crisis de inanición. Los canes pequeños, si están muchas horas sin comer, pueden desmayarse. Son muy delicados, aunque en su interior se creen muy fuertes.

—Piense en el paseo en El Serpentine, los cisnes han llegado ya —dijo sin descruzar los brazos, observándola.

Sin embargo, ella no lo consideró un halago, sino un acto de compasión.

—Mis amigas dicen que usted es un doctor de almas. ¿Está buscando ayudarme tras notar que desvarío?

—No… Sí… —Su pregunta directa lo dejó confundido.

No obstante, cuando ella se preparó para subir al carruaje, él corrió a ayudarla. La tomó de la mano enguantada y le dio el impulso.

Valery aceptó su galantería sin volver a mirarlo, y emitió un «gracias» esquivo.

Si lo contemplaba otra vez, soltaría otro despropósito y su lengua había causado ya varios estropicios por falta de contención y prudencia.

Ya no podría cambiar la opinión que él se estaría formando de ella, ni con todas sus amigas defendiéndola para que aquel no creyera que Valery carecía de cordura.